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Al escribir me gustan las múltiples construcciones

que se cruzan en un mismo cuento, de modo que a las pocas lecturas que podemos controlar, se sumen muchas que no. Siempre me sorprendo con los mundos paralelos no voluntarios que se generan de lo escrito. Casi siempre evito ser específico sobre mis propios cuentos, es decir, hablo poco sobre ellos y mucho menos los analizo. Pero si lo hiciere o comentara algunos, siempre tendría que aclarar que es mi lectura, no mi escritura.

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Cuando escribo me siento un Dios: por la creación y porque es imperfecta.

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Las historias de terror. En mi adolescencia Horacio Quiroga sembró imágenes sobrecogedoras e irresistibles: un hombre que muere a la deriva, picado por una culebra de nombre impronunciable; una dama en secado progresivo… velas que iluminan salones góticos en Misiones, o en la frontera con Paraguay y que ocultan horrores revelados en la noche. Un Poe del Sur: pretendió sistematizar la narrativa con un decálogo.

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Cada vez que pienso porqué escribo, dejo de pensarlo y escribo.

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No me atrae la “ingeniería verbal”, ni el cuento-poema.

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La inspiración ilumina algo que ya poseemos.

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Borges dijo: “Clásico no es un libro (lo repito) que necesariamente posee tales o cuales méritos; es un libro que las generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad. ” Pienso que lo que hay que hacer es escribir, literalmente sin mirar a los lados, bebiendo de todas las fuentes, pero sin esperar grandeza, ni buenos reviews, ni ventas, ni halagos. Escribir como si la vida y el universo dependieran de eso. Escribir para quien lea, no para quien evalúe; para quien se alimenta, para quien sustituye su sangre con esas letras. Luego, si uno está en la sombra, en el camino, en la compañía o en el templo de los grandes, ya no es asunto de uno.

En todo caso, para responder mi propia pregunta: Yo escribo para quien me lee.

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¿Para qué o quién debe escribir un escritor? ¿Para emular a los maestros, para la gente, para la posteridad, para los críticos?

Hace tiempo cada acto de mi vida tenía ante sí (o sobre sí) un auditorio espiritual. Lo que pensaba, decía o hacía era contemplado por Dios, Cristo, ángeles y demonios. Yo era testigo de lo pensado, dicho o hecho pero no veía a mis espectadores, sólo sentía dérmicamente sus reacciones. Buscaba, sobre todo, su atención, de modo que mi transcurrir en la vida era una supuesta retroalimentación divina.

Lejos de una vanidad cósmica, el mecanismo era particularmente estresante. Ahora ¿qué ocurre cuando colapsan Dios, Cristo y Satanás? ¿Cuándo pasan de manejadores del cosmos a personajes no menos irreales que Augusto Qui o Herbert Avidson? La obra se hace redundante porque no contacta o cree contactar una realidad superior. Cuando el diálogo cósmico se rompe, cuando desaparece esa ensoñación que nos hacía en conversa con Dios y Cristo, sobreviene un vacío indecible. Todo lo que se introduce en ese vacío se evapora, como un agujero negro. El monólogo ahora es un soliloquio. Mas para mi salvación, descubro otra audiencia, mejor, más real en su abstracción: quienes me leen. Ahora que veo las butacas vacías, a oscuras, no puedo parar de escribir porque sé que los lectores están detrás de las paredes.

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Lo primero que evito como escritor es la “responsabilidad social del escritor”.

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Me interesan sobremanera los argumentos, incluso por encima de los personajes.

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Escribir menos es ya escribir mejor.

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Hace muchos años leí un libro: ¿Qué es la literatura? Allí Sartre me proporcionó una de esas frases que uno no ha podido decir mejor. Para él la literatura es “mentira dirigida”, una íntima e incluso lúcida voluntad de dar realidad a lo que no existe: una identificación eficiente entre el lenguaje-mundo y la imagen que nos hacemos de ese mundo.

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Escribo en primera persona muchas cosas que no tienen que ver conmigo.

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Una reflexión sistemática que pretenda descubrir el mundo más allá del yo, sin -por así decirlo- atravesar ese yo, equivale a la de un astrónomo que especulara sobre los planetas y las constelaciones sin conocer la física, biología e incluso la propia historia de la Tierra.

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Prefiero escribir con rabia que con lástima. Y siento lástima.

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Hay cosas que uno escribe por escribir (ésta, por ejemplo).

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El lenguaje, nuestro lenguaje, a veces usa los signos sin conocer sus referencias o confundiendo la palabra por la cosa o no correspondiendo la intención con el efecto. Ese es el glorificado uso del lenguaje: una muleta para el olvido y una balsa en el mar del sinsentido.

Sin embargo, el mucho o poco sentido que tenga el universo depende de este lenguaje, de sus entonaciones, de sus mundillos internos, de su mitología propia y, sobre todo, de sus pruebas de fe.

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Yo escribo esto sin saber cómo seré después.

 

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IMÁGENES: Lúdico.

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