Relatómicos

Relatómicos

Cuentos – Fernando Nunez-Noda

Nadie es fantasma en su propia casa

Mi otro yo me llevó a las aguas termales. Él lo tomó como un ejercicio de salud y meditación. Yo preferí divagar por los corredores del caserón decimonónico, rozando a la gente que sentía “como algo que pasaba” o departiendo con otros colegas. El otro le decía entre dientes a un amigo, durante la sencilla misa de la mañana, que ansiaba fervientemente contactar a una aparición, un meta-cuerpo porque así tendría un atisbo de trascendencia y no el frío abismo de la nada. “Bueno, mira, yo soy un espectro”, le dije, pero qué va, ya mi voz era una brisa perdida en los pasillos. (más…)

Aprender de las hienas

Aprender de las hienas

A Wolfgang Mazza P.

1.
Las infinitas llanuras del Serengueti son un horizonte que tiembla en los documentales de televisión.

El león se despereza con un bostezo terrorífico, las leonas cumplen su faena cazadora. Clavan sus poderosas mandíbulas en ñús de ojos apagados y más atrás los guepardos hacen lo suyo con las gacelas de Thomson.

Cuando cae el herbívoro el glamour de la zigzagueante andada y del zarpazo disminuye. Mientras más estática y sometida la víctima menos espectacular el cuadro. Cuando entran otros felinos a deglutir y hay esos rugidos de “déjame mi pedazo de carne”; cuando permiten a los críos clavar sus incipientes colmillos o surca el cielo límpido esa oscilación descendente del buitre… la naturaleza toma primacía contra la personalidad, el espectáculo se hace animal, demasiado animal.

Empieza a oler al caos elemental de la carne expuesta. Hay toda una panoplia de felinos robustos, los leones mismos, que son parcial o totalmente carroñeros. Los buitres ni se diga. En todo caso, la presa ya es guindajos sucios, llenos de pantano. Y entonces y sólo entonces entran en cuadro los más exitosos carnívoros africanos y de más allá: las hienas. Casi rastreras, como por la puerta de atrás, los más agresivos en aquello de comer carne cruda.

Recibió un memorando: “Sr. Igor C. usted ha sido seleccionado para asistir al Taller Gerencia de las Hienas”.

La compañía donde trabaja (Hamfton Tools Corporation, líder mundial de propilsores y neumódocos), tenía un programa de desarrollo personal-corporativo y allí estaba él, con una buena excusa para hacer algo diferente durante dos días.

Al llegar al auditorio se sentó lejos de todos, como quien llega tarde y no quiere hacer ruido. El taller lo dirigía, escribía y protagonizaba Karen T. (en realidad “Karenina” pero ella optaba por el diminutivo). Alta, madurota, MILF, casi de 50. Cuando Igor se dejó caer sobre la flexible silla  sintió que el escenario tenía en esa mujer su centro de gravedad. El Director Regional en persona abrió el evento leyendo:

La corporación moderna es como un portafolio de la selva, la máxima competitividad basada en supervivencia, alimentación (el puesto en la cadena alimenticia corporativa) y –en nuestro particular caso- movilidad, es decir, estar en el lugar adecuado en el momento preciso. Necesitamos equipos de trabajo, más que fuertes y majestuosos, efectivos y cumplidores… ¡y con un consumo mínimo de recursos! Uno normalmente no piensa estas cosas ¿verdad? [risas del público], en todo caso hay alguien, una persona, con nosotros hoy [mira a Karen] con quien los dejo.

Aplausos dispersos. Su voz se fue apagando en la medida que “el mujerón” se levantaba y tomaba por entero la sala. Karen pulsó un botón. La lámina invadió la pantalla:

Instituto AltoEgo
Talleres de Desarrollo Personal-Heurístico

GERENCIA DE LA HIENAS

Rastree, ataque y engulla a sus rivales…

Primera sesión:
En las llanuras de la corporación moderna: espacio y roles.

La sabana no es uniforme -comenzó Karen y movía su mano palma abajo en una línea oscilante- hay colinas, promontorios, rocas salientes, charcas, lugares privilegiados. Eso se aplica desde la fría e intimidatoria oficina del Presidente (y eso no lo digo por usted, mi estimado Director) [risas] hasta la pequeña sala de fotocopias. Lo que quiero significar es que constituye la totalidad del espacio. Sí, Dr, Arévalo, como lo acaba de murmurar: “Hasta en el baño” [risas, sobre todo de Arévalo mismo].

Para Karen cada poder es un Dios, como en las tribus seculares del África subsarahiano y de América: el sol es el calor; la brisa es la fuerza inaprovechada; el agua, equilibrio entre caída y sostenimiento. Los roles son claros y elementales: depredadores dominantes, como leones y grandes felinos en general, en las riberas y ríos los cocodrilos y caimanes; depredadores intermedios, como las águilas junto a los carroñeros, oportunistas o no, como los buitres. Los grandes herbívoros, elefantes e hipopótamos, búfalos y rinocerontes, gregarios y defensivos.

En este ecosistema las hienas y chacales son una mezcla de todos los ambientes y papeles de este drama natural. Cazadoras o carroñeras casi en la misma proporción, carnívoras o herbívoras si es necesario… son una prueba de la eficacia grupal para sobrevivir y la importancia de una buena máquina corporal.

Y cerebral, que las hineas (sobre todo las moteadas) demuestran tener. Karen explicó con abundancia de gráficos estadísticos y fotografías de gacelas y reptiles, que los animales poderosos retozan en los mejores lugares, donde les place. Los herbívoros, como bisontes o cebras, se arriman con su extraordinaria fuerza colectiva a excelentes sitios abiertos. Las hienas no. Aunque en lugares más bien apartados, casi siempre están en movimiento y se cuelan en todos los espacios. Karen decía esto mirando a unos y a otros gerentes, de modo que quedaban: “¿Entonces soy un antílope…?”.

Luego retomaba el podio y pedía explícitamente que miráramos a nuestro alrededor para detectar estos roles. Quién es depredador; quien se come a otras especies o a la misma.

— ¡No lo digan en voz alta! [risas] No quiero meterme en problemas con ninguno de ustedes.

En la corporación moderna la información y el logro de objetivos eran la comida de los depredadores empresariales: la “información-poder”. No como colonización -en el caso de los grandes felinos-, no como empuje masivo, sino como desplazamiento. Las hienas para sobrevivir, el ejecutivo moderno para no morir y en el mejor de los casos “ascender” en la escala del poder, andan en una ronda permanente por los pantanos organizacionales. Significa ser hiena como única forma de llegar a ser león.

La recomendación en dos platos: crear equipos hiénicos (de Hiénica, la disciplina creada por AltoEgo) que degluten en todas las presas, las roban a veces y sobre todo jamás dejan sobras o restos sin revisar (de información-poder, por supuesto).

En vez de realzar el perfil de los individuos, se centraba en la multiplicación mimética. Tenía líderes pero externamente el trabajo parecía anónimo, de ser posible con total desconocimiento de los demás, sin heroísmos, cual hormigas o abejas. Acaso su éxito residía tanto en la genuflexión del perro como en la egoísta distancia de felino.

Porque ni perro ni gato es la hiena, más bien ambos, las hienas habían poblado las pesadillas de Igor por años, junto a cocodrilos y tiburones. Las odiaba. Al asociarle cualidades humanas las veía oportunistas, traidoras, incluso asesinas. “No tienen la majestad de los felinos; no compiten con el hombre ni lo ponen en peligro… Nadie se toma una foto sobre una hiena muerta”. Y esa risa…

2.
Había un ambiente extraño en la sala.

Ocurre cuando hay mujeres muy atractivas en una reunión de hombres: los bobalicones de contabilidad le cambiaban la botella de agua mineral a cada dos o tres sorbos; el consultor jurídico, generalmente circunspecto, imitaba al animal que sus colegan habían decidido que representaba y sonreía hasta las alusiones menos graciosas de la hábil charlista. Había dos espectaculares asistentes (así como uno masculino que entraba y salía) e Igor no le quitaba el ojo a una de ellas, vestidas de negro muy ceñido, con labios de una voluptuosidad que calcinaba en medio de ese gélido aire acondicionado.

Karen lucía como una reina checa, cierto y Yarizza deslumbraba por su piel de bronce y sus curvas… pero era Moana con su palidez transparente, su lejanía de allí mismo, su aire de niña perdida, lo que monopolizó la mirada de Igor. ¡Y no es que las otras no causasen estragos!

Hasta las mujeres se sentían alteradas sexualmente, más aún cuando se presentaba a ratos y se ausentaba en intervalos un musculoso pero estilizado mandadero.

Hay que notar que el Taller de Karen tenía serias imprecisiones o crasos errores científicos, como mezclar animales de distintos ecosistemas, pero poco importaba para la metáfora final.

Era la misión de AltoEgo (ella, las asistentes y una recepcionista) diseñar y ejecutar cursos de desarrollo individual para grupos de ejecutivos bajo el eslogan: “Trátate de tú”. Algunos de sus talleres más exitosos: “Salir al mundo interior”, “La crisis optimista”, “¡El largo plazo ya!” y otros recursos motivacionales.

A veces uno se preguntaba cómo podía Karen llevar tan alto nivel de vida y suponía que la empresa era muy próspera. Intentó ser más ingeniosa con los títulos: “La verdad interior no es lo mismo que la verdad en el interior” para su célebre seminario cerebro-prostático; “Chofer de su autoestima” y así sucesivamente. Impartió dinámicas antistress en sabanas, bajo cascadas, en una lejana isla del Caribe, en ardientes arenas del desierto.

El Director Regional cometió la barbaridad de proponerle a Karen, delante de todos, que diseñara una segunda parte de este curso, hecha a la medida de Hamfton. “Con animales tropicales si es posible”. Karen advirtió que estos trabajos ad hoc solían demorar tanto como, por ejemplo, las certificaciones de calidad ISO 75000, pero rendían frutos poderosos aunque intangibles y prometió una propuesta para la semana siguiente, titulada “Hamfton Tools Latam y el ecosistema empresarial de la Orinoquia-Amazonia”.

— Así Hamfton se transforma en una jauría, capaz de aprovechar todas las oportunidades de mercado más cerca del ecuador terrestre.

Ahora bien ¿hienas?

Fue casualidad. Como cuando en Scrabble uno ve en silencio la madre de las palabras, descuidada por todos… Aquí y allá oyó que las hienas competían como los más exitosos depredadores, incluso contra los leones. Que su mala fama era sólo comparable a su extraordinaria astucia y versatilidad. Leyó –por encima- ciertos papeles de prominentes investigadores y, bueno, mucha National Geographic y similares.

Estudió documentales sobre sus modos de vida y su rol en las estepas africanas. Todavía las veía como crueles e insensibles, tramposas y no merecedoras de los estupendos botines que lograban. Pero la percepción cambió. Porque resulta que, en el darwiniano mundo animal, las hienas constituyen un equipo de alto desempeño, más motivado al logro que al poder, el cual ceden con gusto a los más fuertes. “Buen material para la gerencia media”, pensó.

Intentaré destacar algunos puntos claves de la “ideología biológica” que subyace en los talleres y dinámicas de Karen.

— Si se trata de supervivencia o ventajas, el humano sí está dispuesto a aliarse para conseguir alimento y protegerse. 

  • Uno pelea para no morir, pero hay que pelear desde el principio. No se pelea para ocupar un puesto sino para no ser desocupado. No se mata para imponerse sino para subordinarse.
  • La mujer es más fuerte que el hombre si lo quiere. El siglo XXI pertenece a la mujer. Cuando se lo propone, la mujer domina.
  • La promesa de sexo más efectiva no implicar sexo o no todavía. Como otros artículos de guerra, se concibe por y para el poder.
  • En la Gerencia de las Hienas no hay objetivos diferentes a la supervivencia en el terreno que nos ha sido dado. La supervivencia implica depredación. Hay que comer carne corporativa cruda.

Igor siguió el curso con gran minuciosidad. Más que para aprender a deglutir “información-poder”, lo movía la curiosidad de conocer los entretelones de tan insólito programa. Vino a él, de golpe, una hipótesis:

Una monumental estafa. Esta mujer ha cosido una impresionante cantidad de información seudocientífica en un corpus coherente en apariencia. Pero no sirve sino para impresionar. Lo vende a costa de distraer a sus clientes mayormente masculinos y para los femeninos también aparecen de vez en cuando atléticos jóvenes.

Durante el “coffee-break” Igor, confundido en un apretado público, no podía quitar sus ojos de Moana, la de peinado brillante y labios rojísimos.

Se acercó, mientras una nube de gente revoloteaba a Karen y dejaba a esta “bellezura” en el monótono acto de repartir tarjetas.

IGOR: Hola. Alguien quiere integrarse a la manada (chiste malo).

MOANA: Bueno, eso es asunto de cada empresa, ustedes forman sus equipos…

IGOR: A mí me gusta la idea de formar un equipo contigo…o donde tú estés [risas].

Todo esto con la afabilidad adecuada y una rápida toma de la tarjeta, se transformó en un flirteo descarado que Karen no ignoró aunque se hizo la desentendida. De vez en cuando Moana miraba con aprehensión a Karen y luego volteaba esos ojos caoba hacia Igor, electrizándolo.

IGOR: Me gustaría verte.

MOANA: Ya yo no vuelvo más, tengo que estar en la oficina.

IGOR: Pues te busco en la oficina.

Y así fue. Le invitó un café. Luego se volvieron a ver en el cierre del taller (una semana después), copas de vino en la mano. Kren se dio cuenta, sobr todo cuando camino al baño vio a Moana entrelazando labios y lengua con Igor. Aunque puso un rostro severo, no pudo disimular que le había gustado mirar aquello.

Al principio Moana sutilmente rechazaba las invitaciones de Igor y le manifestaba por teléfono su temor a que Karen supiera que salían. Pero nada que una cena con clase no pudiera arreglar. Se hicieron amantes sin amor. Sexo salvaje que dejó sus marcas: poderosos rasguños en su espalda que al día siguiente le picaban horriblemente durante una reunión con proveedores. Siguieron viéndose y por más que Igor hacía intentos de humanizar la relación, de darle algunos toques de convivencia se sorprendía de cuánto énfasis en dejarlo en solo-sexo ponía Moana.

— Cógeme nada más, pero dame durísimo.

Igor se esmeró sin duda, pero ese volcán momentáneo propagaba ráfagas sobre el espacio intermedio. (O comenzó a pensar fuera del pene o su corazón tomó partido).

Una vez fue intempestivamente a su apartamento (algo que habían convenido no hacer) y encontró a Moana con Yarizza en actitud extraña, inmersas en algún tipo de intimidad. Otra noche vio a una de sus colegas de Hamfton, sin proponérselo, saliendo de un local nocturno de manos con un joven fornido que no era su esposo, sino un asistente de Karen.

A finales de año el Director Regional lo llamó Igor para hablarle del plan estratégico. El jefe tuvo que salir un momento dejando a Igor solo en la oficina, frente al iPhone del jefe. Un mensaje privado de Karen se asomó en la pantalla: “Insolada todavía por la playa. Esperemos hasta el viernes”. Y el jefe muy bronceado…

Un día en los pasillos de la empresa Igor se cruzó con una apurada Karen, quien al verlo se detuvo y lo “cercó” contra la pared.

KAREN: Me estás echando a perder a la muchacha.

IGOR: ¿Por qué?

KAREN: Por mezclar la diversión con el trabajo.

IGOR: Hay cosas que no son diversiones.

KAREN: Nosotros somos Consultoras Corporativas.

IGOR: Quizá yo me relacione con ella en esferas más privadas.

Intentó hablar con Moana, luego del sexo, pero aquello le parecía a ella una absurda paranoia sin fundamento. E Igor seguía: por qué esto, por qué aquello.

MOANA: Así no sirve.

IGOR: Hay algo raro, con Karen… ¿tú tienes algo con Karen?

MOANA: Todas tenemos algo con Karen.

IGOR: ¿Viste? Lo sabía.

MOANA: Pero sin sexo, hombre, qué primitivo eres. Karen es la mamá de todas nosotras, nuestra gurú.

Mas Igor seguía torturado por una genunina atracción hacia Moana y una mirada capciosa a las actividades de AltoEgo. Se le ocurría que los talleres y otras actividades eran una tela de araña, en la que animales, sobre todo machos, quedaban atrapados en telas de araña (y felices de estar allí todos empegostados), mientras la Viuda Negra cebaba su banquete. Una red de prostitución ejecutiva, pues…

Pasó varios días molesto con Moana. Veía inminente una ruptura. La llamó y esta vez Moana decidió conversar.

MOANA: No somos putas. Pero sí, te mentí, negué que Karen y yo tuviérmos algo. Ella tiene algo con todas las chicas, con las que ella quiera. Nosotras podemos tener sexo con otros si Karen lo aprueba y contigo no lo aprobaba. Porque “te vio primero”, tú la ignoraste y viniste directo a mí. Eso no le gustó, que yo no te cedí.

IGOR: ¿Yo le gusto a Karen?

MOANA: ¡Por Dios, te comería vivo! Así que te aprueba con una condición, que nos demos un trío de dos días seguidos. Tú y nosotras dos. ¿Te he contado del sauna en casa de Karen?

IGOR: ¡Así se arreglan los problemas mi bella!

MOANA: Pues al compartirte ganamos todos. A mí no me importa. Los quiero a los dos.

3.
Recoge a Moana y cruza pocas palabras en el camino, ninguna referida al encuentro.

Llegan a un espectacular apartamento. Karen maquillada y voluptuosa como Moana, los recibe con copas de champán. Toman unos tragos, Karen invita un joint y se sientan ambas firmemente apretadas contra Igor, a derecha y a izquierda. Líneas de cocaína. Moana lo besa apasionadamente y lo invita a degustar mejor el trago. Karen le besa el cuello, toma su mano y la lleva a sus pechos, besa apasionadamente la boca de Karen.

A Igor algo lo sumerge en un sopor atípico para un simple joint. En vez de levantarse para la ocasión, Igor siente que pierde control sobre sus piernas. Una bruma le invade la visión y se precipita en la alfombra.

Gritos cortos, siluetas que se mueven frente a él, un hombre que trata de escabullirse. Levanta los pesados párpados, hasta la mitad. Es Guillermo Ostos, Director de Recursos Humanos de Hampfton, en calzoncillos tipo short y franelilla, lo acechan tres sombras que vibran en la distancia, femeninas por la silueta, una de ellas desnuda o semi desnuda.

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La escena parece una película psicodélica. Las mujeres le cortan el paso a Ostos, una lanza un alocado swing que falla. Acierta el siguiente. Ostos se desploma sobre unas sillas de mimbre.

Una hembra masiva, que nunca había visto, sale del cuarto y arrastra al Director de RRHH. Igor respira apresuradamente, para darse energía.

Karen se acerca y trata de inmovilizarlo. Igor se sacude y se zafa. Karen lo embate contra la pared con un jab de derecha. Moana le cae encima, lo sofoca, entre varias lo llevan a la sala. Es depositado sobre la alfombra, humo, hienas, luces tenues, sale el mujerón y le apreta el cuello, firmemente contra el tapete.

Va y viene su conciencia. Se sacude. Ya no puede abrir los ojos, todo oscuro, perfumes mezclados con cannabis, bamboleo mientras lo sujetan. (En una ráfaga mental Igor siente que aquella forma de morir le parecía erótica en el fondo). Después del reverse gangbang hubiera sido perfecta… pero he allí que yacía en la sabana africana, atontado como los insectos con el veneno de las arañas, como un ox indefenso listo para ser devorado.

Algo distrae a las cortesanas. En la habitación contígua acaban de liquidar a Ostos con un tiro silenciado. Aquella noche aniquilan a dos machos disruptivos, que no respetaron la jerarquía de las hienas. Las asesinas, también y después de todo, están algo borrachas, de modo que Karen tropieza sin querer su cartera o una cartera, que cae cerca de Igor. Cuando éste abre los ojos buscando oxígeno, mira bajo el sofá un revolver caído junto a polveras y peines.

El intervalo es minúsculo como las panties de Moana y de Yarizza, y no sabe con qué fuerza… pero estira el brazo y logra asir la .48. Mientras tanto Yarizza lo trepa, esta vez para terminar de inmovilizarlo y que Karen lo liquide.

Con lo que queda de fuerza aprieta el gatillo. El tiro hace un estruendo y le atraviesa el hombro a Karen, todas se alejan momentáneamente. Mareado, con sombras que danzan, se levanta, apunta al azar y corre tambaleándose a la luz. Lo acechan, las repele con el revólver que agita amenazante. La grande (Petra) lo apunta y con un simple movimiento lo pudiera abatir, pero Moana le prohíbe disparar.

Karen es sostenida por sus asistentes, otras llaman al 911 y una grita desde el balcón pidiendo una ambulancia. Ya se siente la voz de vecinos afuera y sirenas de policía abajo. Otro cadáver no sería nada buena idea y ya no es necesario. El de Ostos ya sellaba el destino del clan.

La policía entra violentamente y encuentra a Igor desmayado, dado por muerto al principio. Karen canta, ebria, ya contenida la herida que no era grave. Moana llora. Ostos yace en una habitación, boca abajo, ejecutado.

4.
Sólo una cincunstancia fortuita permitió desmantelar ese clan.

A raíz del incidente Igor experimentó, digamos, su propia evolución mamífera. De musaraña a primate más avanzado, probablemente habilis, entendió mejor su puesto en la cadena alimenticia del deseo y del amor. Contra las hienas no se puede luchar. Acaso defenderse o huir. Si te deshaces de una, vienen más.

Y así se sube lentamente por las llanuras de la sabana milenial. Dejando huellas en la tierra caliente, comiendo carroña o cacería, migrando… Igor ya sabe que llegar al tope como el león sólo es posible si lo aprendiste de una hiena.

 

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ILUSTRACIONES: Lúdico.

 

Compendio de viajes en el tiempo

Compendio de viajes en el tiempo

Una recopilación personal, no rigurosa sino lúdica.

En Wikipedia.org se define “viaje en el tiempo” como “el concepto de moverse hacia atrás o hacia delante a diferentes puntos en el tiempo, de manera análoga a moverse a través del espacio.”

Un “viajero”, entonces, se desplaza de una fecha a otra en la misma línea de tiempo (digamos, de 2014 a 1492 hacia atrás o a 2500 en el futuro), como si rodara por una carretera de sur a norte o viceversa. (Por eso, diremos sólo “tiempo” pero en realidad es más preciso usar “viaje en el espacio-tiempo”.)

Si nuestro turista temporal no influye sobre los eventos del pasado, es decir, sólo los registra como mero observador, no hay posibilidad de paradojas. Una paradoja temporal ocurre cuando la alteración del pasado afecta la causalidad del viajero en el futuro (su origen) y su ejemplo más célebre es la “paradoja de los abuelos” que pregunta: ¿qué pasa si una persona viaja al pasado y asesina a sus abuelos biológicos o a sus padres? ¿Cómo puede nacer? ¿Qué ocurre con sus propios hijos?

Algunos científicos afirman (o especulan) que si uno viajara a su propio pasado y lo modificara, se crearía una nueva línea de tiempo y el futuro (¿o pasado?) que conocíamos ya no podría existir. Es decir, un nuevo universo o al menos una nueva línea de tiempo.

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Edipo resuelve el acertijo de la Esfinge en un vaso ornamental del siglo V aEC.

La cultura antigua está llena de relatos que implican viajes en el tiempo no paradójicos. Las revelaciones, por ejemplo. A Edipo le predicen exactamente cómo perpetrará el complejo que lo hará famoso: alguien ve el futuro y a Edipo en él.

Juan de Patmos, autor del Apocalipsis, fue espectador único de una guerra sideral entre Cristo y el dragón y contempló incluso más allá: la Ciudad de Sión un milenio después. Tales viajes consideran el tiempo-destino como absoluto, incambiable. Son impulsados por la voluntad divina, por una magia superior, pero siempre en un rol de testigo pasivo.

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Juan de Patmos. Grabado de Gustave Doré.

Los Edipos y los Juanes son testigos de lo que será, no de lo que sería. Nada pueden hacer para cambiar lo que viene, sea porque es voluntad divina o porque nuestros héroes no comprenden la profunda realidad en la que están envueltos.

Si la línea de tiempo es inmutable, se retrocede como una película en reversa. Viaje a la semilla de Alejo Carpentier narra este devenir regresivo.

Magias menos explícitas pero igualmente efectivas tendieron un puente para que Fausto (el legendario personaje cuyo máximo exponente fue inmortalizado por J. W. Goethe), de la mano de Mefistófeles, echara un vistazo al futuro e incluso caminara por fastuosas ciudades. En la historia Memorias del año dos mil quinientos del francés L. S. Mercier, publicada en 1771, un hombre se duerme y despierta más de 700 años después en un lugar llamado Utopía. Igual le ocurrió al dormilón Rip Van Winkle en la historia de 1819: abrió los ojos 20 años después. Cuando se viaja al futuro no hay paradojas causales.

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Esta maravilla es el manuscrito original y único de “Un cuento de Navidad” de Charles Dickens en la J.P. Morgan Library and Museum, NY, NY. Foto del autor.

Un tratamiento más sutil ocurre en 1843, cuando se publicó una de las más célebres alegorías que incluyen un viaje en el tiempo: Una canción de Navidad de Charles Dickens. Por primera vez, se ve el futuro como algo cambiable, un atisbo de las teorías sobre universos alternativos que después aparecieron: un tiempo hipotético, indecidible, que depende de cómo vivamos el ahora.

Incluso en el viaje temporal por excelencia, La máquina del tiempo de H.G. Wells, el autor evita las paradojas al apuntar 800 mil años en el futuro.

Como en poderosos temas de la física, es la narrativa la que ha abierto ventanas al entendimiento. La literatura, el drama, la comedia y, por supuesto y en categoría aparte, el cine. Todos prolíficos, éste último más.

A 24 cuadros por segundo y algunas páginas por minuto

En la saga de El planeta de los simios (1968), del francés Pierre Boulle, los astronautas adelantan miles de años en el futuro y llegan a un lugar similar a la Tierra. La sociedad humana ha sido relegada a un estado salvaje, sin lenguaje, dominada por diversos géneros de simios (chimpancés, orangutanes, gorilas). Hasta ahí no hay paradoja.

Pero si los universos paralelos existen, el asunto se complica. Acaso coexistimos con infinidad de líneas de tiempo distintas, que no se cruzan o lo hacen en escasísimas ocasiones. U ocurren pero en otras realidades o dentro de otras mentes…

En la epopeya simiesca (se hicieron cuatro películas posteriores y una serie de TV), el astronauta sobreviviente escapa y organiza una gran revuelta que termina por devolver una familia de chimpancés al pasado (su futuro inicial). Esos simios cambian por entero la historia humana desde entonces, es decir, son la causa de sí mismos en el futuro. Ya aquí hay otra trayectoria estadística.

La película Supermán de 1978 (aunque contraste crudamente con el ejemplo literario) postula una forma de “retroceder” el tiempo, físicamente absurda. Se trata de revertir la rotación de la Tierra, de hacerla girar hacia atrás con la esperanza de rebobinar la cinta hasta el punto en el que el hombre de Krypton salvara a su amada Luisa. Así lográsemos cambiar el sentido de la rotación del planeta, todos los cambios (catastróficos, por cierto) ocurrirían hacia el futuro.

El componente de cambiar el pasado o el futuro ha revivido en películas como Terminator de 1984 o Volver al Futuro de 1985, en las que sus héroes y villanos viajan (hacia atrás y en la primera también hacia delante) para cambiarlo. En la del androide una sociedad robot del futuro envía al presente un sicario cibernético. ¿Su misión? Eliminar a la madre del líder de una rebelión que se vive en el futuro (presente) de las máquinas.

En la película de Robert Zemeckis el protagonista viaja por accidente al pasado y, al entorpecer el que su padre y madre se conocieran en 1955, pone su propia existencia en peligro (al punto de comenzar a desvanecerse). A pesar del aparente determinismo que plantea, al final el film acepta la hipótesis del pasado-futuro modificable. En este caso, sobre la misma línea de tiempo.

En el cuento de Julio Cortázar “La noche boca arriba” ocurre un salto prehispánico, pero no en la dirección que uno imagina. El autor se burla del “presentismo” vanidoso, esa afirmación de que nuestro tiempo (y más radicalmente, sólo el ahora) es el centro dinámico del Universo, la medida de todas las cosas. El viaje en el tiempo de este monólogo es mítico, pero a la vez concreto. Hago reverencias ante este cuento.

Hay un film, un tanto subestimado al principio, pero que ha ganado prestigio con el tiempo: Día de la Marmota, de 1993, protagonizado por Bill Murray. Yo esta película no me canso de verla. En vez de un viaje, ocurre allí una permanencia en el tiempo. No importa qué hiciera (incluso matarse), ni cómo lo terminara… siempre amanecía en la misma cama, a la misma hora, en el mismo exacto día, el cual podía cambiar pero no evitar que se reiniciara ad infinitum. Es un ciclo desesperante, que le hace vivir muchas vidas sin salir del mismo día y le cambia el mundo para ¿siempre? Al final siempre transcurrió el tiempo, porque el protagonista cambió  notablemente.

Aquí un motaje de escenas, dobladas con acento castizo:

En su periplo temporal impulsado por la tostadora, Homero se cruza con el Sr. Peabody y Sherman, dos viajeros del tiempo de comiquitas más antiguas.

En su periplo temporal impulsado por la tostadora, Homero se cruza con el Sr. Peabody y Sherman, dos viajeros del tiempo de comiquitas más antiguas.

Un verdadero abuso de la paradoja, ya no de los abuelos sino de los tatara tatara abuelos, lo comete Homero Simpson en un capítulo de su famosa serie. Allí descubre una máquina del tiempo poderosísima, camuflageada en una tostadora. Homero recordó una máxima de su padre: “Si alguna vez viajas al pasado, no toques nada.”

Nuestro héroe, con su torpeza habitual, retrocede hasta cuando las primeras criaturas marinas probaban suerte en el medio terrestre. Sin querer, aplasta al primer voluntario y previene que se desarrolle la vida tal cual la conocemos. Oh, les he arruinado la sorpresa al ver un video que les pongo más adelante.

Homero vuelve al futuro, ve que su familia no es la de siempre (eran a veces monstruosos o amorfos) regresa al pasado pero siempre toca algo: una flor o contagia de gripe a un dinosaurio y crea un extinción en cadena.

Igual en La máquina del tiempo de Wells: puede trasladarse al ayer, pero no modifica los grandes acontecimientos. De modo que se lanza a un futuro no paradójico.

Por los momentos queda el mantra: si alguna vez viajas al pasado, por favor mantén las manos en los bolsillos.

El universo es los universos

La respuesta, según The Simpsons, al enigma de la extinción de los dinosaurios.

La respuesta, según The Simpsons, al enigma de la extinción de los dinosaurios.

Me llama la atencion el rigor que ponen ciertos personajes al advertirle a un eventual viajero en el tiempo sobre los riesgos de intervenir en el pasado. El anterior “No toques nada” o el regaño del profesor de Volver al Futuro al confiado adolescente. Palabras más o menos, le dice que cualquier cambio sustancial en una cadena de sucesos los altera irremisiblemente, de modo que ya no serán lo que eran en el futuro.

Si uno retrocede al pasado y no mata a sus abuelos. Incluso se mantiene bien alejado para no alterar las posibilidades de que se conozcan y se casen tal cual estaba ya “dateado” que ocurriría. Bueno, uno se encontraría con uno mismo. Eso ya es un universo paralelo. ¿Y qué ocurriría con estas dos versiones de uno mismo? Nadie lo sabe. Quizá se aniquilarían al tocarse, como materia y antimateria o, más probablemente, tendrían que coexistir. Imagino la excusa perfecta que darle a una esposa perpleja: un hermano gemelo que aparece de repente, después de haber sido criado en las Islas Salomón.

Stephen Hawking, el gran físico de los agujeros negros, duda de los viajes en el tiempo del todo. No obstante, especula que de ocurrir hacia el pasado no podrían liberarse del universo paralelo, ya que se altera la causalidad física y no se juega el futuro con los mismos átomos, la misma energía ni espacio-tiempo. Maravilloso “caldo de cultivo” para crear hsitorias.

La ciencia tras un viaje en el tiempo es complicada.

Nuestro viaje en el espacio-tiempo es el bólido más veloz que podemos tripular. Incluso en nuestro creido reposo nos desplazamos globalmente en el universo conocido a la pasmosa velocidad de 2 millones de kilómetros por hora. Esto lo explica exquisitamente el astrónomo Andrew Fraknoi en su ensayo “¿Cuán rápido te mueves cuando estás en reposo?” (en inglés). Pero eso palidece ante la velocidad de la luz: cerca de mil millones de kilómetros por hora.

Si uno se desplaza a la velocidad de la luz el paso del tiempo cambia radicalmente, los fenómenos que nos rodea darían registros insólitos. El tiempo se dilata (en magnitudes terrestres resulta indetectable). Es cuando se acerca un cuerpo a la velocidad de la luz que ocurre una forma distinta de viajar en el tiempo. Se viaja en menos tiempo respecto a cualquier cosa que se desplace por debajo de tales valores.

Vi el otro día un programa de Stephen Hawking donde afirma que tales desplazamientos temporales no serían posibles hacia el pasado pero sí al futuro. Por ley física conocida la consecuencia no puede preceder la causa, energéticamente hablando.

Hawking: pasado no, futuro sí. Foto: Hawking.org.uk

Hawking: pasado no, futuro sí. Foto: Hawking.org.uk

Una explosión primero y su ignición después no son físicamente justificables. Una manzana que se devuelve de su caída a un gajo en un árbol tampoco. En el cine solo son trucos que van hacia adelante. Contradirían la segunda ley de la termodinámica, aquella de la degradación energética de cualquier sistema. Sea una explosión o una estrella que se desintegra, todo marcha hacia un “adelante entrópico”.

Descartado por Hawking el viaje al pasado, considera plausible uno hacia el futuro. ¿Cómo? Si logramos colocar a seres humanos en una colosal y casi inimaginable máquina que lograra acelerar hasta velocidades de un tercio o dos de la velocidad de la luz.

Para un viajero que logre tales magnitudes un segundo de su vida adentro de la máquina puede equivaler a un año afuera, de modo que los 20 años-luz hasta el planeta Gliese 581 g, una aparente súper Tierra alrededor de la estrella homónima Gliese, duraría 50 años (digamos, un par de generaciones actuales, que serán más longevas en el futuro). Eso, en vez de 180.000 años con la tecnología actual.

La opción de Hawking, sin embargo, está muy lejos todavía con al tecnología actual.

Ahora bien, que la imposibilidad de viajes al pasado haya sido rebatida por la mayoría de los físicos actuales, no significa que en efecto (¿o causa?) tengan razón. Einstein estableció la velocidad de la luz (c) como límite del universo físico conocido, pero hay una conjetura bien fundamentada sobre que la gravedad tiene una partícula de intercambio: el gravitón. Las ecuaciones asoman que la antipartícula del gravitón: el takión al menos teóricamente supera la velocidad de la luz hasta, supuestamente, estar en todo lugar de su trayectoria a la vez. “Velocidad infinita”, la llaman.

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Los nerds de The Big Bang Theory adquieren un modelo de la película La Máquina del Tiempo de 1960. No viajan al pasado ni al lejano futuro, pero la pasan muy bien. Foto: DPWWW.

Suena complicado y lo es, pero imagínense una montaña rusa, un rollercoaster que diese la vuelta en redondo, en una especie de anillo, tan rápido que se adelanta más allá del objeto que se desplaza. Si algo ocurrió hace un minuto doy la vuelta hasta ese momento y lo visito, en el pasado.

Esto es, como dije, conjetural, no hay evidencia y si ocurre sería en ámbitos microcuánticos de lo pequeño y casi instantáneos de lo fugaz. Como un geek que quiere construir historias, yo simulo en mi mente esos distintos modelos como si en efecto ocurrieran. Son puestas en escena en las que pongo a personajes a vivir inconcebibles permutaciones.

Si fuera posible un viaje al pasado ¿qué ocurre si un viajero interfiere en su propio pretérito? ¿Qué tal si se encuentra consigo mismo?

Don Marcial de Viaje a la semilla ve su vida retroceder como si en efecto frenara una trayectoria a velocidad-takión y retrocediera en la misma línea de tiempo al pasado. Quizá o casi seguramente en nuestra mente está el material para una pasmosa película en reversa que nos llevaría hasta la génesis biológica. En un gran atrevimiento, me aventuro a especular que ése es el recursos del cuento carpenteriano.

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Lúdico.

Hay otras posibilidades sugerentes

Según la física cuántica casi toda partícula conocida tiene una antipartícula. La del electrón es el positrón; la del neutrino es el antineutrino, etc. Hace más de un año científicos europeos afirmaron haber encontrado resultados en el Súper Colisionador de Hadrones en Suiza, que permitían suponer que los neutrinos viajaban más rápido que la luz. Luego, revisiones más cuidadosas del experimento descartaron la versión .

No obstante, más allá de los neutrinos, la teoría cuántica (esa críptica ciencia de las energías insondables) dice que la gravedad tiene una hipotética partícula de intercambio, llamada “gravitón”. Es “hipotética” porque no ha sido observada ni medida todavía. Bien, ese supuesto gravitón tendría una antipartícula llamada “taquión”, una pelotita de energía con masa negativa.

Lo curioso de este extraño objeto es que aumenta su velocidad a medida que pierde energía, hasta llegar a viajar ¡más rápido que la luz! No lo dicen las mediciones, pero sí las ecuaciones y ciertas conjeturas de astrofísicos.

Su velocidad puede llegar a ser “infinita”. Especulan los científicos que si los taquiones (de existir) se mezclaran con la materia ordinaria, el principio de causalidad se vulneraría y algunos fenómenos podrían estar precedidos por sus consecuencias y viceversa. Los físicos lo dejan hasta allí, pero los creadores extienden estas posibilidades hasta pisar territorios metacientíficos.

Un ejemplo clásico es la carrera contra las ondas electromagnéticas. Hay un libro del astrónomo Carl Sagan titulado Contacto (luego hecha película con Jodie Foster) en el cual la primera señal de extraterrestres (capturada por el programa SETI) es un discurso radial de Adolfo Hitler.

Los anonadados científicos encuentran el mensaje real embebido en esas ondas audiovisuales, las primeras en ser transmitidas por antena y, por tanto, propagadas hacia el espacio exterior. Obviamente los supuestos alienígenas captaron esas señales e inmediatamente contestaron, empaquetando su mensaje con la diatriba del maniático nacionalsocialista. Vale decir (y me perdonan el spoiler) que Sagan no deja claro si eso fue un encuentro real con alienígenas o un truco producido en la Tierra.

WatchMojo.com nos ofrece un ranking de lo que ellos consideran las mejores películas que implican viaje en el tiempo (en inglés):

Carrera contra la onda

Pero quedémonos con la transmisión electromagnética de la película Contacto. Imaginen un suceso en la Tierra (un juego de fútbol, por ejemplo) transmitido en vivo vía satélite. Las ondas del evento se desplazan a velocidad-luz y dan fe del suceso una vez que alcancen un aparato o un ser capaz de percibir y procesar tal señal.

Termina el juego y el equipo B le gana sorpresivamente al A. Si pudiésemos viajar sobre taquiones, en teoría pasaríamos las ondas como si fuesen tortugas y llegaríamos primero al destino, digamos, un planeta a cientos de años luz en la Vía Láctea. Al llegar allá iríamos muy rápido (bueno, más expeditos que la luz) a las taquillas de apuestas y le apostaríamos todo al equipo B. Entonces, en un tiempo que puede durar minutos o meses (de acuerdo con la distancia) llegarían las ondas con las imágenes y sonidos del partido, que ganará B y pagará 1.000 a 1.

En la mitología de los superhéroes, a Supermán (quien puede volar a velocidades inimaginables) le obsesiona ganarle la carrera a Flash (otro que a pie puede alcanzar fracciones de la velocidad de la luz), obviamente sin explicaciones físicas plausibles.

En la mitología de los superhéroes, a Supermán (quien puede volar a velocidades inimaginables) le obsesiona ganarle la carrera a Flash (otro que a pie puede alcanzar fracciones de la velocidad de la luz), obviamente sin explicaciones físicas plausibles.

Veamos el caso opuesto. Si una estrella cercana a ese sistema estallara, la luz de ese evento saldría disparada a la Tierra obviamente a 300 mil km/seg aproximadamente. Si volamos a nuestro planeta a velocidad-taquión llegaríamos antes de que se percibiera el evento, podríamos predecirlo y hacernos famosos. Una mina de oro para los apostadores y quienes dan “tubazos” en la fuente “Universo”…

No obstante, el taquión es acaso la forma menos probable de los viajes a mayor velocidad de la luz.

La gravedad en la Tierra atrae cualquier objeto o masa hacia el centro del planeta, pero tal “fuerza” no es tan grande como para colapsar las piedras y los suelos y fundirlas en su centro. Ni siquiera el Sol puede atraer contundentemente su enorme masa de plasma y gas incandescente porque en su núcleo ocurren monumentales explosiones termonucleares que expulsan la materia hacia fuera en un equilibrio que mantiene la mayoría de las estrellas.

Pero sabemos que las estrellas no son eternas y que su hidrógeno nuclear se transmuta en materiales más pesados. Tarde o temprano sale más materia (en forma de fotones y rayos cósmicos) de lo que entra, de modo que en algún momento la gravedad le ganará la pelea al impulso explosivo.

Si la estrella es lo suficientemente masiva (digamos, poco más de tres veces el Sol) y llega a su fase final, es decir, incapaz de producir reacciones nucleares, ocurre un proceso de colapso o de atracción de la materia hacia el centro. Mientras más átomos caen, más masivo y denso se hace ese centro.

Se cree que el centro hacia el cual colapsa toda la materia genera tanta gravedad que los átomos se fragmentan en partículas y que la densidad hace que una pequeña porción de material equivalga a cordilleras terrestres.

Si esa estrella colapsada estuviera en el lugar correcto, en medio de una masa de mucho polvo y gas -por ejemplo- comenzaría a absorber átomos sin parar y en ese curso se haría más pesada cada vez. Y su gravedad podría hacerse infinita y convertirse en un agujero negro. Un punto alrededor de cuyo “horizonte de eventos” no escapa ni la luz, según va la teoría. Se especula que en un agujero negro no se cumplen las leyes físicas tal cual las conocemos. Puede haber dobleces y pliegos del espacio-tiempo que todavía no podemos detectar. En esos corredores las particulas podrían desplazarse más rápido que la velocidad-luz.

Ahora bien, el modelo de universo surgido por el Big Bang (llamado Modelo Estándar) sugiere la existencia de otros objetos, los agujeros de gusano, que crean túneles o conexiones intraespaciotemporales en los que la materia se absorbe aquí pero se libera a millones de años-luz de distancia. La gravedad produce alteraciones del comportamiento de la luz y de las partículas en general, pero todavía la comprensión humana no las ha alcanzado.

Así que, por los momentos, no podemos adelantar más…

Intercepciones conjeturales

Si por ésta u otras muchas interacciones hubiera universos paralelos… serían tantas historias como permutaciones. O más: muchas historias dentro de cada permutación. ¿Habrá variantes entre ellas? ¿Hay universos más cultos o evolucionados que otros, más algres, más espectaculares… que otros?

Por ejemplo, yo Fernando viajo a mi propio pasado. Son dos Fernandos (A y B), el que estaba y quien viajó. ¿Qué pasa si B quiere cambiar su historia y elimina a su yo más joven? ¡Oh mi juventud!

Allí se incumple el principio de causalidad y, según la imaginería científico-literaria, se genera un universo -digamos- descentralizado. Dos observaciones:

  1. El universo que vive B es paralelo solo para los observadores externos. Para B es el universo.
  2. Así viaje hacia el pasado, B probablemente se estará moviendo siempre hacia adelante en el tiempo. Si se mueve a mayor velocidad que la luz literalmente pasa de largo el presente y puede devolverse.

En cambio, si se cumple el principio de causalidad, el tiempo va hacia adelante como un tren que no puede devolverse ni detenerse.

En el cuento El otro, Borges viejo habla con él mismo joven. El mozo le pregunta primero que nada por su mamá y el longevo le dice que todavía vive y está bien. Intercambian impresiones, opiniones, vislumbres. Chequean mañas y aprendizajes posteriores. Curiosamente, cada Jorge Luis cree estar frente a un río distinto.

Lo digo porque uno de ellos cita a Heráclito: “Nunca bajas al mismo río”.

Muchos años antes de la Nasa los escritores han viajado en el tiempo.

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Hugh Everett III, para la época en la que formuló su interpretación cuántica. Foto: DPWWW.

Se debió al físico Hugh Everett III, en 1957, la primera formulación científica del universo paralelo: se le llamó la “interpretación de muchos-mundos” (IMM). Groseramente simplificada (por mí), postula que el universo completo puede describirse por el concepto de “función de onda”, una especie de reconstrucción abstracta de toda la energía conocida según su “densidad” cuántica. Todo ello probabilístico y, en mi caso, conjetural.

(Muy bueno que para escritores y creadores, lo conjetural sea también real).

Como hemos visto,Ebenezer Scrooge en La canción de Navidad se ve a sí mismo en el pasado e incluso percibe el presente sin él. Gracias a ese viaje hacia atrás puede reorientar su devenir. Yo diría que hay un universo paralelo y que el Scrooge original, lamentablemente, terminó como un solitario avaro que no le interesaría sino acaso a la oficina de impuestos. El otro es el protagonista de la historia dickesiana.

Hay un cuento de Guy de Maupassant, no recuerdo el nombre, cuyo protagonista ejecuta un intrincado recorrido por el caserón hasta toparse con un individuo misterioso que surge de las sombras. ¡Es él mismo! Casi con seguridad el autor.

¿Qué haría uno si se encontrara cara a cara, no con un gemelo idéntico perdido, sino litera(riamente) con el mismo genoma individual, como un sí mismo pero externo? Una paradoja: es un sí mismo que no es uno mismo, aunque lo sea. Y no serlo viola el principio de identidad de la lógica. Por más genoma compartido A no es B, de modo que ¿quién es quién? ¿a cuál le otorgarían un número de identificación, a cuál le envío un email? Haciendo equivalencia internética: si es “con copia” no es de “IP único”.

Entonces si la tesis del universo paralelo establece que cada quien va por su lado, imaginar que se cruzan es una motivación narrativa.

Un error en la mecánica de escenarios para beneplácito de un titiritero mental.

Si hay un encuentro me pregunto: ¿desde cuándo son dos distintos? Un gemelo contestaría: desde la concepción, pero esto es distinto: hablamos de un “uno mismo” que se separó por efecto de viaje en el tiempo paradójico. Si Fernando B surgió hace un segundo es prácticamente igual a A. Mientras más tiempo transcurre más se diferencia de A. ¿Qué pasa si el cruce se da hace un segundo? Son dos vidas por separado con las mismas memorias, actitudes, personalidades.

No puedo evitar pensar que habría una confrontación territorial, pero no territorial en el sentido de geografía o propiedades. Me refiero a la potestad de ser el titular de la identidad. Quien pierda la pelea es el otro. Un encuentro casual a dos edades (como el de Borges) es, más bien, entretenimiento de la curiosidad, pero una convivencia me parece conflictiva de por sí. ¿Cómo negociar con alguien que conocemos y nos conoce como a sí mismo?

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Biff, en “Volver al Futuro III” se entiende consigo mismo en dos edades. Captura de pantalla del film.

La edad, pues, es un factor importante, porque si el encuentro es asincrónico, la tradición predice un ejercicio de tutoría del viejo sobre el joven. En Volver al Futuro III, Biff va al pasado y se da a sí mismo joven una revista con resultados deportivos del futuro que lo hacen rico. Además de eso le hala las orejas varias veces por su torpeza.

Hay un ángulo de novela negra que implica la necesidad de eliminarse entre sí, esa pavorosa guerra me sugiere buenas historias. Por una herencia, una chica o por el mero honor de portar la identidad. ¿Cómo anticipar al otro según lo que haría uno? Lo que lleva a ¿cómo actuar de modo de no ser descifrado? Y luego ¿cómo descifrar al otro entendiendo que también intentará engañarnos?

Yo tengo un cuento que, por todas las señas implica un viaje en el tiempo, aunque no lo sea en el sentido que se imagina: Las dos visitas del señor F. Lo cito como una miscelánea más que una referencia.

Otros dobles

Del folclor germánico viene la figura del doppelganger, el doble paranormal de una persona viviente. A veces se expresa en la sensación de haberse visto de reojo, como una ráfaga en la visión periférica, en ángulo o configuración que hacen imposible una ilusión.

La mayoría son versiones perversas de nosotros mismos, a veces verdaderos monstruos aunque de aspecto igual o muy similar a su modelo.

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En el film “El cisne negro”, Nathalie Portman experimenta repetidos encuentros con su “doppelganger”, sobre todo en el espejo. Una “ella misma” malévola, que la instiga a asesinar. Foto: DPWWW.

Recuerdo la serie Twin Peaks de David Lynch en la que el agente Cooper entra a un lugar y ve a todos los protagonistas, pero no puede ser porque sabe que están en otro lugar, lejano. Son doppelgangers ¿cómo llegaron allí? No se sabe.

En Avatar de James Cameron hay otra forma del doble: una replicación remota, una reconstrucción que traslada la mente de una persona a otro cuerpo. Igual en The Matrix, cada persona en el mundo cree ser alguien operativo, ejecutivo, luchador en un sociedad moderna, cuando en realidad es un cuerpo enchufado a máquinas que, a cambio de la energía, le otorgan una vida falsa.

Un microcuento para terminar

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Supuesto doppelganger del autor captado en una de las pruebas fotográficas para su perfil en redes sociales. Según el fotógrafo la aparición duraría escasas fracciones de segundo.

Verse en el espejo es un ejercicio enigmático pero, al final, común. Lo destaco para dejar claro cuán impactante es verse a uno mismo pero sin espejos de por medio.

En dos platos: me vi esta mañana. No es la primera vez, pero sí la primera con contacto visual mutuo. Fue fugaz. Yo caminaba apurado, miré al azar y pude constatar que era mi rostro. Al verme me sonrió (¿o sonreí?) con una mueca que me electrificó el espinazo. Sin correr, huí con pasos disimulados pero rápidos. Entré a mi casa, oteé los alrededores desde todas las ventanas, me mantuve alerta pero en la tarde sucumbí a la siesta vespertina.

Mi problema no es haberme visto, sino sentir ahora… mejor dicho, saber ahora, estar plenamente seguro de que mi yo único y auténtico, quien soy, fue quien sonrió, no éste.

Y en ese complicado problema sigo. Dormir la siesta, creo, fue lo que provocó todo…

 

 

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Postdatas de lectores

Samuel Villegas:

“Mi estimado Fernando Nunez Noda … Me trajiste a la memoria a Isaac Asimov, en particular el libro “El Fin de la Eternidad” …  Aquellos viajeros llamados “Eternios” cuyo viajar continuo era “de Una Realidad a Otra” (las Eternidades o “eternias” )alterando dichas realidad para eliminar los sufrimientos de la sociedad… Asimov ya en esa época de por los 50s, ya incluía y marcaba distancia de la paradoja o polémica de los viaje imposibles o prohibidos al pasado, o los viables/permitidos solo al futuro … Libro 100% Recomendable a todo aquel amante del ?”viajar a realidades paralelas (o secuenciales?)”, y buscando reencontrarse fuera de las prisiones de ese fulano “vació y burlón”, llamado “tiempo” …”

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Republicado con actualizaciones. Fecha de primera publicación: 6 de junio de 2012. IMÁGENES: la inicial: Lúdico. Resto: se señala el autor, si no del dominio público de la WWW.

Paradojas

Paradojas

La contradicción es símbolo de buena salud
F. Nietzsche

Desde niño he amado las paradojas. Me parecen pequeñas joyas del pensamiento. También, para mi contento y espero que de otros, he confeccionado una o dos.

“Paradoja” viene de una expresión griega que significa “contraria a la opinión” y, para ajustar el significado, diríamos que más bien se opone al sentido común.

Hay un cuento-ensayo publicado en estas páginas que se basa en una paradoja: Metáfora de lógica y absurdo.

Las paradojas son componentes indispensables de la lógica y, sobre todo, de los estudios del lenguaje. Han ejercido -desde Pitágoras hasta hoy- una fascinación sobre filósofos, matemáticos, literatos y lectores.

Las paradojas son al cerebro lo que una bicicleta fija al cuerpo: no se llega a ninguna parte, pero se ejercitan los instrumentos para llegar. Me recuerda, por cierto, esa malévola ironía de Miguel de Unamuno: “El ajedrez estimula la inteligencia… para jugar ajedrez.”

Ilustración de Lúdico.

Verdad y mentira

Ésta es de El Quijote: unos jinetes llegan a un puente donde los interceptan soldados. El de más alto rango le informa a los viajeros que para cruzar cada uno tiene que enunciar una frase. Si la proposición es correcta, pasa. Si es incorrecta se le ahorca. Puede elegir someterse a la prueba o tomar otro camino.

Si dice: “El sol es una estrella”, pasa. Si afirma: “Las vacas vuelan”, lo cuelgan, a menos que lo demuestre. La astucia “zamarra” dicta que debe expresarse una proposición obvia: “La gente viva no está muerta”, por ejemplo, tan tautológica que no agregue ninguna información y sea segura.

Pero un temerario jinete dice: “Seré colgado por mentiroso”. ¿Qué hacer? Si lo cuelgan resulta que estaba diciendo la verdad y no podría ser colgado por mentiroso. Si lo dejan pasar el hombre estaría mintiendo y deberían colgarlo por mentiroso. Sin fin, a menos que se fuerce la dialéctica…

Hay una variante de esta paradoja con Pinocho, el célebre personaje infantil. Si la marioneta dijere: “Mi nariz crecerá” hay una contradicción inmediata, sea cual sea el desenlace. Si la nariz crece dijo la verdad, de modo que no debería crecerle. Si la nariz se queda tal cual, pues fue falsa la afirmación y, por mentir, debería crecer y entonces estaría dicienlo la verdad. Imagino al pobre Pinocho con una nariz que crece y se encoge infinitamente.

Uno rápido y otro lento que llegan iguales

En el siglo V a.C. Zenón de Elea formuló su célebre paradoja de Aquiles y la tortuga. En una carrera el de los pies ligeros le da ventaja de diez metros (por decir algo) al animal. Aquiles, a su vez, corre diez veces más rápido que el quelonio.

Zenón asegura que el paladín nunca alcanza a su lenta contrincante. ¿Por qué? Aquiles avanza –por decir algo- seis metros; la tortuga 60 centímetros; el héroe se desplaza cuatro metros más, la del caparazón, 40 centímetros; el corredor avanza un centímetro, la tortuga un milímetro; nuestro héroe (trágico) un milímetro, su contrincante la décima parte de un milímetro. Aquiles siempre alcanzará la distancia recorrida por su lenta competidora, pero en la misma medida ésta avanzará una décima parte de la anterior.

Aunque física e intuitivamente es obvio que la sobrepasa, matemáticamente es impecable en afirmar que no. Dos mil años después (en los 1600) se desarrollaron las llamadas “series convergentes”, que relacionan una lista infinita con una finita. La paradoja halló una formulación más no una solución.

Todo no absoluto

Hay una de Bertrand Russell (1872-1970) que también pretende torpedear la falaz totalidad de las palabras. Se refiere a la oración: “Todo es relativo”.

Relativo significa “en relación con”. Las cosas que componen el todo se relacionan unas con otras. Pero el todo está compuesto, valga la redundancia, por todas las cosas, de modo que no hay nada externo al todo con lo que éste pueda relacionarse. Queda la cosa como que el todo, precisamente, no es relativo a cosa alguna.

Ah, excepto esa regla…

A esta la llamo “Paradoja de Excepción” y es mi primer modesto aporte a la galería de contradicciones armónicas. Dice:

La proposición “Toda regla tiene su excepción” (R) es una regla. Siendo una regla tiene que tener una excepción. Esa excepción sólo puede ser una regla sin excepción. De modo que hay, al menos, una regla sin excepción, para que pueda cumplirse R. Si R se cumple luego R es falsa. Verdad y mentira en conjunción.

Catálogo no inclusivo

Formulada por Russell, impone limitaciones a la teoría de los conjuntos. Se expresa así:

En todas las bibliotecas hay un catálogo de sus libros. En muchas de ellas el catálogo mismo figura como libro número 1. En otras el catálogo no se incluye a sí mismo. Ahora Russell pide: “Deme un catálogo de los catálogos que no se incluyen a sí mismos”.

Fácil, se cree. Si el catálogo se incluye a sí mismo, entonces hay en él al menos un catálogo que sí se incluye a sí mismo. No sirve. Si el catálogo no se incluye entonces hay, al menos, un catálogo que no se incluye a sí mismo que no figura en el catálogo. Tampoco sirve.

La asignación no se puede realizar. En los dos casos tendremos un libro de más o uno de menos.

Un automóvil y dos cabras

A esta paradoja-juego se le llama comunmente “El problema de Monty Hall” y plantea una intrigante confrontación entre la intuición y la lógica.

Veamos. Estamos en un programa de concursos. El participante tiene ante sí tres puertas (1, 2 y 3). El animador le dice que tras una de las puertas hay un automóvil y que en las otras dos hay una cabra por puerta. Es decir, un automóvil y dos cabras.

El participante debe elegir al azar una puerta. Si acierta el automóvil se lo lleva. Si tras la puerta hay una cabra se va con las manos vacías. El participante elige, por decir algo, la puerta 1. Entonces el animador, sin abrir todavía la puerta 1, abre una de las dos puertas restantes, digamos la 3 y revela una cabra. Entonces ya sabemos que tras la puerta 3 no está el automóvil.

El animador (quien sabe qué hay detrás de cada puerta) le pregunta al participante: “Sabiendo que en 3 hay una cabra ¿quiere usted cambiar su elección o la mantiene en 1?” El participante dice que se queda con 1, porque no hace diferencia saber lo de 3. Veamos.

¿Qué nos dice la intución? Que si se descarta una puerta (3) la probabilidad de que el automóvil esté en 1 o en 2 es de 1/2, es decir, 50%. Entonces ¿para qué cambiar la opción si no ganamos con hacerlo? Hasta ahí todo el mundo contento.

Pero en 1990, el problema fue planteado en la columna de Marilyn vos Savant de la revista Parade. La pregunta era: ¿qué debe hacer el participante? La respuesta de vos Savant (de quien se ha regitrado un cociente intelectual récord, superior a 170 puntos) fue tajante: debe cambiar su decisión de la puerta 1 a la 2.

La reacción fue instantánea: más de 10.000 cartas de protesta, incluida la de muchos matemáticos, PhDs, doctores en lógica, etc. Le reprochaban el error de atribuirle a la opción 2 más probabilidad cuando tenía la misma que 1.

Pero el razonamiento de vos Sant fue impecable. Y más allá de su limpieza, la respuesta pone en el tapete algunas lecciones importantes. Siempre privilegiamos la intución por encima de la lógica. Después de todo la intución es un recurso evolutivo clave para la supervivencia. No obstante, a veces la lógica nos da mejores respuestas. Examinemos.

Cuando el participante no conoce que hay detrás de ninguna de las puertas, la probabilidad de acertar el automóvil es una en tres (1/3) y la probabilidad de perder es de 2/3. Cuando el animador revela que en la puerta 3 hay una cabra, ese dato no dice nada sobre dónde está el auto, de modo que -desde la lógica- hace que se mantengan intactas las proporciones de 1/3 vs 2/3.

Ojo. La autora no dice que el automóvil está en 2. Sólo afirma que, desde la perspectiva del enunciado lógico, si el participante pasa de 1 a 2, dobla sus probabilidades de 1/3 a 2/3. Matemática, no místicamente. En esta imagen puede verse el árbol de probabilidades, en inglés (Wikipedia).

Otro enfoque dice que miremos la probabilidad de acertar (1/3) como un bloque y la de no acertar (2/3) como otro bloque. Obviamente 2/3 es mayor que 1/3. Pero el razonamiento de vos Sant va más allá. Si el participante elige A, obviamente el animador (que sabe dónde está cada cosa) abrirá una puerta en la que no esté el automóvil. Ergo, es muy factible que el automóvil esté en la puerta restante, al menos desde un punto de vista estrictamente probabilístico.

Ahora bien, el problema tiene sus condiciones. La principal: que el animador sepa qué hay tras cada puerta. Vos Sant dice: “Si el animador no tiene idea, da lo mismo qué elegir. Si el animador sabe, debes cambiar la elección” de 1 a 2.

Una interesante disyuntiva o convergencia contrastante entre intuición y lógica.

¿Un buen consejo?

Las paradojas éticas son más difusas, pero igual así intuitivas, porque se sustentan en emociones y vivencias. He aquí una muy buena de Oscar Wilde, maestro de los epigramas: “Los buenos consejos sólo sirven para pasarlos por alto”.

Si lo anterior es cierto, luego es un buen consejo. Entonces usted debe pasarlo por alto, es decir, no pasar por alto los buenos consejos. Pero si va a atender el consejo de Wilde, debe soslayarlo, es decir, no pasarlo por alto… Regreso en infinito. Deliciosa pieza intelectual.

Una obligación complicada

Otro aporte personal, más semántico que lógico:

El genio de la lámpara le dice a Aladino que le concede un deseo, sea cual sea, pero uno solo. Aladino responde: “Deseo que me lo concedas”. Imagino el siguiente diálogo:

GENIO: ¿Qué te concedo?

ALADINO: El deseo.

GENIO: ¿Qué deseo?

ALADINO: Ya lo expresé aunque no tenga objeto, pero tú debes concedérmelo.

GENIO: Pero no puedes formularlo porque sólo se te permite formular uno y ya lo hiciste, pero por otro lado debo concedértelo y para ello debes formularlo. Si lo formulas ya no es uno solo y si no lo formulas, no podré cumplirlo, a lo cual estoy obligado.

¿Y entonces?

Mascaradas del metalenguaje

La lógica moderna, el ya lejano atomismo lógico, han desactivado las paradojas clásicas con un argumento ingenioso. Las paradojas no hablan de objetos de la realidad física, sino sobre palabras que denotan tal realidad. Son referencias de referencias y, por tanto, están en un plano netamente lingüístico. Russell habló acertadamente de lenguaje (expresa objetos o sucesos físicos) y metalenguaje (un lenguaje sobre el lenguaje primario). De esta forma, lo que parezca tener sentido pero no se remita a relaciones primarias coherentes, es una proposición falsa, absurda o ambas.

Frases deshechas

Cual corolario, paradojas en líneas de grandes intelectuales:

El tiempo: si pienso en él no lo entiendo; si no pienso en él, lo entiendo. –San Agustín

Yo aún soy ateo, gracias a Dios. -Luis Buñuel

Si nos encuentran estaremos perdidos. -Groucho Marx y sus hermanos

El arte es una mentira que permite darnos cuenta de la verdad. -Picasso

Mi holgazanería no me deja tiempo libre para nada. -Alphonse Allais

La cosa más incomprensible del universo es que al final resulta comprensible. -Einstein

Y finalmente, de mi propia cosecha (de mi serie Rendijas) algunos aforismos paradójicos:

Si dios no existe, me reconcilio con él.

A veces me agoto tanto que sólo quiero seguir corriendo.

A mí la palabra “quizá” me da seguridad.

Si no tienes nada que decir, di algo.

Las calles nos cruzan.

El autoengaño es verdad.

Saber nada es lo que verdaderamente me da una licencia para hablar de todo.

Soy rápido para decir “espérenme”.

El agotamiento me impulsa.

Lo que digo de mí se aplica a todos, es decir, a nadie.

El epicentro de mis terremotos es periférico.

A veces mi nada es bastante sustancial.

Respondo con mayor gusto las preguntas que no me hacen.

Mi ego se cree más que yo.

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ILUSTRACIÓN: Lúdico.

ANUNCIO

Detrás de la Cuna Luna

Detrás de la Cuna Luna

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Queridísimo hijo:

En esta carta postmortem, en el capítulo que dedico a la familia, me veo obligado a revelarte -por fin- el secreto de nuestra fortuna. De más está decirte, manténlo en el más obsesivo secreto. Como sabes, ofrecemos una gran línea de productos para bebés e infantes, pero nos centra en la celebérrima Cuna Luna, la única en el mundo que garantiza total eficiencia en dormir a los recién nacidos.

El secreto de esta cuna ha sido nuestro más valioso activo y hemos logrado ocultarlo de tal forma que si alguien toma una Cuna Luna y la desarma, ni que diseccione los resortes o extraiga el sistema de sonido, jamás podrá encontrar su ingrediente mágico. Pero hoy inauguraré una tradición: el paso generacional de este dato hermético. Paso voluntario, me refiero.

Todo comenzó conmigo y tus abuelos desesperados por mi llanto sostenido. Empezaron a buscar métodos para hacerme dormir. Yo tenía apenas días de nacido. Mi madre resolvía el problema a mayor plazo: teta y paseos mecidos en su hombro. Pero se cansaba y en los primeros días, en ese preciso intervalo tan difícil, los nervios de ambos estaban en ascuas. Bastaba que mi cabeza tocara la sábana para que todo el sistema llantístico se desatara.

El mencionado logro financiero de los Luna se basa en que el dormir del bebé es una de las mayores preocupaciones de los nuevos y viejos padres. Entonces papá lo solucionó, más que pensativa, desesperadamente. Agobiado por mi imposibilidad de conectar con el mundo de Hipnos, sacudiendo mis manitos en señal de vigilia y con varios decibeles exacerbados, mi padre sacó el “portabebé” del carro, que tenía una fuerte asa de plástico y metal y comenzó a mecerme rítmicamente. Al rato de patalear un poco, me quedé dormido como un querubín. Mi papá había hecho algo bien.

Con esto logró vencer la vigilia involuntaria y ayudar a ajustar ese mecanismo que nos une con el interior de la mente. El sistema resultó casi infalible, hasta los tres meses. Luego menos, pero siempre confiable en una emergencia. El portabebés era una cunita acolchonada, en una estructura semicircular que le permitía mecerme, si estaba en el piso. Mi papá simplemente cargó el portabebés por el asa y lo osciló hacia atrás y hacia delante. Lo que mis padres dedujeron era que éste lograba un balance y velocidad perfectos.

Mi padre se colocaba, con piernas en V invertida y dejaba mecer el portabebés unos centímetros sobre la línea horizontal de sus manos. Luego se colocaba de perfil, alternativamente izquierdo y derecho, para continuar la oscilación de lado, tomado el coroto con un solo brazo. Un secreto importante parecía ser la fluidez, la minimización del sobresalto, por lo cual papá desarrolló una pericia para que el movimiento fuera homogéneo y continuo. Mamá me hacía dormir sin mayor problema con el pecho, pero cuando me despertaba y no era hambre mi problema, para ayudarla a recuperarse del parto y luego como cocrianza, mi padre me cargaba con sutileza, me mecía un rato en sus brazos a ver si me dormía (nunca lo lograba).

Generalmente mamá se levantaba y él le pedía opinión, como en el Zorro, cuando el uso del disfraz es la última instancia, se decían sin palabras: “Es hora de usar el portabebés”. Papá irrumpía feliz en mi cuarto para buscar su instrumento, me colocaba en él (usualmente protestaba con un berrinche) y comenzaba su suave paseo de medio círculo.

Luego desarrolló su célebre “adaptación motriz”, que consistía en moverse unos pasos adelante o a los lados cuando el bebé perdía concentración. La adaptación motriz evolucionó hacia pequeñas caminatas o circunvalaciones cada vez más cerradas, hasta llegar al puro ejercicio de los brazos. Claro, el cariño cuenta y esto funcionaba porque papá era un ser bondadoso y amaba a los niños y más aún a su primer hijo. Hasta bien entrados los seis meses todavía se podía aplicar en emergencias, aunque ya los ositos y el chupón resolvían el problema dentro de la cuna. En algunos casos colocaba, muy bajo, música de Mozart para ayudarse, en especial el Divertimento en Si bemol mayor y Cassattion en Sol mayor. En un MP3.

Alguna vez la describió, según mi mamá, como “música esférica”. Sin embargo, luego por lo difícil que era encender el equipo de sonido conmigo en brazos u oscilando, optó por silbar sencillas y repetitivas melodías que ajustaba a la velocidad de oscilación. A veces el arco era cerrado y rápido, pero a veces extendía el brazo como para enviarme lejos a ambos lados. Cuando me dormía al fin, papá posaba el portabebés en el suelo y gracias a sus bases curvadas, podía moverse cual mecedora. Luego minimizaba el impulso hasta detenerla, cargarme y colocarme en el Moisés. Cuando cumplí un año ya mi sueño era de toda la noche y si tenía problemas bastaba mamá al lado con sus mágicas caricias y voz en la oscuridad, para devolverme a ese mundo donde también estaba ella, pero volando. Papá parecía liberado de la necesidad de mecerme y había guardado el portabebés en el viejo clóset.

Un día sonó el timbre a altas horas de la noche.

Una pareja de vecinos, dos pisos más abajo, pidió disculpas por lo tarde. Cargaban a su bebé, que no lloraba, pero apenas lo ponía en posición horizontal estallaba.

— Ay, discúlpennos de verdad — apuntó la señora—, no hallamos cómo decirlo pero ya que usted (mamá) me contó el otro día sobre lo de la cunita que se balancea y que ya no la usan, queríamos saber si nos la podrían prestar a ver si funciona con Jesús A. y luego compramos una así, pero para ver…

— Claro.

Les entregaron el portabebés y colocaron al pequeñín en plena descarga de llanto, con una breve indicación de papá sobre cómo mecerlo. Se fueron y todo quedó en un silencio relativo. Al rato afinaron el oído y sintieron que el niño lloraba a todo pecho, con cortos intervalos de gimoteo. Papá se preguntaba si no sería indiscreto presentarse y ofrecer ayuda. Mamá especuló que tenían que afinar la técnica. Al rato el bebé se calmó.

A primera hora se presentó la señora con Jesús A. en brazos.

— Ay gracias, pero el bebé no se pudo dormir en el portabebés, tuve que darle pecho porque si no…

— ¿No se durmió? Bueno, si quieren le digo a mi esposo esta noche que les explique un poco cómo lo hacía.

Esa noche, efectivamente, mi papá le dio una somera inducción al colega paternal, con ideas de cómo –de paso— podía entonar los bíceps con el levantamiento y movimiento. El vecino hizo lo mejor que pudo, pero el bebé se despertaba o no se dormía o no era profundo su sueño. Cuando mi papá lo cargaba y mecía, con el mismo instrumento, en la misma habitación, el bebé se dormía como un querubín. El vecino se afanaba, imitaba hábilmente la adaptación motriz ¡qué va!, el bebé se enrojecía de furia.

Otro día mis padres visitaban a mis tíos, que tenían un recién nacido también. No lo podían dormir. Mi papá buscó el portabebés, insertó al neonato, entró en una habitación y salió con el bebé rendido en sólo cinco minutos. Mis tíos no salían de su asombro y mi mamá tampoco. Si mi padre mecía a un niño, pero a su manera, sin público y en oscuridad, lo devolvía en sueño profundo en menos de diez minutos. Nuestros vecinos volvieron a la semana:

— Nada. Compramos un portabebés como nos indicó. Le he dado vueltas por todo el apartamento, “Baby Mozart”, le he silbado cuatro versiones del Himno Nacional.

— Y llora que llora –completaba la esposa.

— ¿Será que hay que hacerlo sin gente en el cuarto? ¿Usted le habla o no debe hacerse? ¿Será su portabebés específicamente?

Papá los visitó esa noche y lo durmió en pocos minutos ante su mudez. Al día siguiente una llamada telefónica:

— Soy su vecino, le propongo algo ¿por qué no nos cobra?

— Pero por favor, si lo hago con gusto…

— No, señor Luna, de verdad… Así no nos daría pena llamarlo y usted se beneficia también.

Convinieron una tarifa puntual por llamada y contra resultado: un sueño prolongado del nené. Papá bajó esa noche, luego de dormitar un poco al final de la tarde. Les demostró que no era el portabebés, porque trabajó con el que habían comprado. Cierto que algunas veces se prolongaba el proceso, que había que rematar o insistir más, pero en la totalidad de los casos papá los dejaba dormido como un ángel. En la mesa del comedor contemplaba el cheque con cierto sarcasmo:

— ¿Qué te parece? –y mamá reía.

El chisme se corrió como pólvora. Hubo, literalmente, ruegos y una señora se puso a llorar si no la atendía esa misma noche. Como las peticiones se dieron en el edificio donde vivíamos y en las torres aledañas, papá se figuró un sencillo itinerario por el cual salía de casa, portabebés en brazos, a diversos apartamentos y regresaba rodeado por la incredulidad de los padres y sus devotos agradecimientos:

— No sé cómo lo hizo pero que Dios lo bendiga. Por favor, lo llamamos si se despierta.

A pesar de los cursos que llegó a dar a grupos crecientes de padres, ninguno era capaz de dormir a sus hijos la totalidad de las veces, obligándolos a acudir a la teta de mamá o al tetero, mucho más infalibles, pero que implicaban cansancio de la recién parida, del papá y posible sobrealimentación. Por eso el aplauso de papás y mamás era unánime y entusiasta. No importa cuán parecido fuese el portabebés, incluso el mismo (como constató su hermano), ni cuán fiel se siguieran sus instrucciones y movimientos, nadie –excepto papá— podía dormir un bebé en tan poco tiempo y por un período tan largo de sueño profundo.

La fama se extendió.

Los pedidos abarcaban las urbanizaciones más pudientes, que pagaban mucho dinero por exclusividad. Los imitadores o competidores rápidamente revelaban sus debilidades, su falibilidad y papá se cotizaba más en tanto otros lo intentaran infructuosamente. Cuando cumplí dos años, papá dejó su negocio diurno y se alquiló por noches en mansiones, guarderías de clínicas y otros recintos de primeras dormidas. La vida en mi familia cambió, en principio por el extraño horario que obligó a mi papá a dormir más de día que de noche. En las mansiones solían prepararle una habitación con todas las comodidades (igual así en las clínicas) y cuando lo llamaban por “walkie-talkie” acudía, en traje de ejercicios, con portabebés en brazos al rescate. A esta ausencia nocturna se agregó un aumento muy significativo de los ingresos monetarios.

Mi papá llegó a ganar hasta 15 veces su antiguo sueldo. Mamá lo ayudaba con las citas, las agendas y el equipo. A veces le preparaba un café muy especial, para las vigilias prolongadas, pero en general en las casas donde era huésped lo trataban de las mil maravillas, con comida, TV y otras comodidades. Su caso llamó la atención de la prensa, sobre todo las revistas dominicales, que acrecentaron su fama a tal punto que triplicó sus honorarios sin mengua de la demanda. De hecho, las parejas lo contrataban hasta nueve meses por anticipado, cuando se les anunciaba la concepción, con todo tipo de provisiones para los partos prematuros, etc. Esta ocupación, pues, llenó de prosperidad material a la familia.

Nunca pudo tener asistentes mi padre, por cierto, nadie logró imitar su método. De modo que el viejo se echó todo ese trabajo encima, literalmente. Ahora ¿cuál era su método? Muchos especialistas lo han estudiado, aunque nadie ha conseguido ni una sola línea escrita de mi padre, ni siquiera mamá ha encontrado anotación alguna. Han especulado que tenía que ver con el “swing”, con la oscilación lateral, con la altura, con la frecuencia, con la adaptación motriz, con el ángulo, mezcla de estos, combinaciones de aquellos…

La verdad es que he recopilado como 50 teorías diferentes, incluso esotéricas. Nadie pudo figurarlo, excepto yo (porque fue hecho para mí) aunque él jamás me lo dijo y mamá no pasaba de especular. Cuando hubo oportunidad de pedirle ese secreto a papá, yo estaba interesado en bienes raíces, con muy pocos resultados.

Luego de su muerte me aboqué tardíamente a su arte. Mamá suponía que, al ser el primer beneficiario de la mecida hipnótica, podría reconstruir el método.

Me dio lo que había conservado: unas fotos donde papá aparecía joven y vigoroso, meciéndome frente al mar Caribe; una grabación de las palabras que decía y los silbidos repetitivos con los que reforzaba el movimiento y la barra del portabebés original (destruido en una de tantas mudanzas).

Empujado por presiones económicas intenté retomar el arte de tu abuelo. La ocasión más propicia, por supuesto, fue tu nacimiento. Llorabas a moco tendido y sólo la cálida leche de mamá te tranquilizaba. Asesorado por tu abuela, buscamos un portabebés similar al usado conmigo y te mecí según lo que ella recordaba. A veces te tranquilizabas, a veces llorabas más… yo como que no tenía “el toque”. Mi afán se incrementó con ciertos éxitos iniciales pero inconsistentes.

Al mes estaba convencido que no las tenía conmigo. Mis estudios de ingeniería de nada me servían frente a la sabiduría autodidacta de mi padre. Eso lo reflexionaba mientras escuchaba su voz grabada, suave, baja, hablarle a los bebés, invitándolos a sumirse en el silencio y la oscuridad de la “Orquesta Silenciosa”. También me gustaba su silbido fino, circular, ligeramente nostálgico, que lo envolvía todo. Pero capturar su secreto… no avanzaba ni un palmo. Un día se me ocurrió una idea. Vi unas máquinas sencillas que, con un motor muy pequeño, hacían oscilar un portabebés. “Ah, han automatizado el asunto”, pero la oscilación era mecánica, monótona, no adaptativa, como la de cualquier padre que intente.

No obstante me gustó la idea de la máquina, porque me hacía pasar de lo artesanal (papá) a lo industrial (yo, o lo que quería ser) y vaya que lo logramos con Industrias Luna, fabricantes y ahora licenciadores de Cuna Luna, la única que duerme al bebé con 99,8% de efectividad. En ese momento entendí que no debía imitar a mi padre sino seguir mi propio camino. Construí diversos prototipos (de la que llegó a ser nuestro producto estrella) y los llevé a la Maternidad para, gratuitamente, ofrecerme a dormir varios bebés a la vez con mi máquina.

Introduje en la mecida algunos movimientos de mi padre: la oscilación lateral, un sensor de sonidos para cambiar el ritmo cuando el bebé llora, diversas alturas, arcos y ángulos… La eficiencia aumentó pero los resultados globales seguían siendo estándares. Estaba muy frustrado. Luego, agobiado por la desesperación, decidí darme una última oportunidad.

Un día coloqué a los bebés en los portabebés mecánicos por centésima vez. Por cierto que te llevé a ti, para integrarte en la muestra. Para ayudarme, para inspirarme, activé el equipo de sonido aunque, en vez de Mozart, puse accidentalmente la grabación única e inédita de mi papá donde hablaba a un bebé, silbaba e incluso cantaba. La calidad del sonido no era grandiosa, pero la dejé por la negligencia del que abandona. Apliqué todas las combinaciones de mi máquina, que observaba del otro lado de un cristal, junto a mis anotaciones.

Entré al retén para observar los resultados, la voz de mi papá al fondo: “Vamos chochito, a dormir mi niño lindo, a soñar con las nubes y las estrellas…”, pero nada: Jacinto dormido, sí, pero Rodolfito con los ojos como dos “paraparas”, Alicia llorando, Polo en el quinto sueño, Laura jugando con el aire… Tú ya un tanto aburrido, mirabas con desinterés a los bebés colindantes. Resultado estándar, curva normal. Decepcionante.

Salí del retén muy deprimido, había perdido dinero, tiempo y sueño en un experimento sin futuro. Y tú hijo mío… eras muy difícil de dormir, y tan tremendo, eras un diablillo… si tan sólo te doblegaba mi producto tendría algún éxito, pero no… Pensé seriamente en una línea de negocios alternativa, no sé, algún artificio de multinivel. Papá hubiera sabido qué hacer y obviamente su arte era inimitable.

Cuando abrí la puerta para recoger no pude creer lo que vi: a los primeros cuatro niños, rendidos plácidamente; de los dos siguientes sus cabecitas, como burbujas de jabón reclamadas por la gravedad, se posaban en el tibio colchón. Al fondo se escuchaba a papá silbar esa melodía melancólica, sostenida, lánguida –que un recordar inusitado me llevó a la primera mente, a ver el techo en movimiento—, una pieza de profunda belleza, repetitiva, llenaba con su agudeza todos los rincones del retén y luego miré anonadado, junto al resto de los bebés que ya cerraban sus ojos, tu inefable rostro que sucumbía a una silbido irresistible, más allá del movimiento, de la posición, allende el cuerpo y las circunstancias. Créeme: más allá de la existencia.

Como Mozart, el mismísimo arrullo de los ángeles.

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IMAGEN: Lúdico.