La Antiayuda

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La autosuperación o la superación a secas, el mejorarse a uno mismo o dejar que otro nos mejore, han llegado a ser una moda ubicua que, con un foco único, ha tomado mil formas. Pero cuando algo llega a estos extremos de repetición, de falta de originalidad y esquematismo… pues parece que la solución puede terminar siendo parte del problema que queríamos evitar…


LA ANTIAYUDA

(Cultores de la corrección política ¡huid!)

1. En principio, no tengo nada contra la autoayuda, ni el…

Posted by Fernando Nunez-Noda on Sunday, November 12, 2017

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La Cruz de Tiuatán

La Cruz de Tiuatán

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Un cuento juvenil. Mi película serie B soñada

I. Lo que quedaba del Convento de la Virgen de La Pacificación poseía más altivez guerrera que solemnidad piadosa.

En el Departamento de Madre de Dios en Perú fue construido en 1552 por el infame Hernando del Besto como emplazamiento defensivo en el noreste, asediado por los tiuatanes, una raza misteriosa y legendaria que había tenido grandes momentos hacia los siglos XIII y principios del XIV.

Aunque ese territorio ya amazónico suele denominarse Pacificación, popularmente se le conoce como el “país de Tiuatán”. En 1610 solo quedaba una dispersión de tribus, buena parte absorbida por los conquistadores, que ellos llamaban “invasores”.

Para entonces la pequeña fortaleza dedicó un mediano edificio lateral, separado por una muralla, a un convento de la orden chermejina, ya asentada en esa húmeda región del sureste peruano. Los usos religiosos se extendieron por siglos, compartidos con presencia militar irregular por casi 300 años.

Ahora bien, en 1685 ocurrieron acontecimientos que aún desafían a los estudiosos.

Departamento de Madre de Dios en Perú, que fue creado en 1912 (nueve años después del viaje de Crassas), en la frontera con Brasil y en plena amazonia.

Departamento de Madre de Dios en Perú, que fue creado en 1912 (nueve años después del viaje de Crassas), en la frontera con Brasil y en plena amazonia.

En medio de batallas de la época, hubo una invasión que literalmente arrasó el convento y la guarnición. Lo que no pueden descifrar los historiadores es cómo de 75 hombres y mujeres residentes en ambas instalaciones, se contaron 24 víctimas pero ningún sobreviviente. No hay recuento de escape del resto y no se encontró a ninguno de los “desaparecidos”. El ejército de refuerzo llegó un par de días después pero no encontró rastros de quienes faltaban.

Huelga decir que se tejieron innumerables especulaciones. Una conjetura popular indígena habla del cóndor: Dios mandó un “escuadrón” de cóndores para llevarse volando a los sobrevivientes al “cielo” del dios Tihua. Otra más extravagante: que por algún indecible conjuro se transformaron en bestias deshumanizadas que sembraron terror en esas selvas.

Y aquí empezó la leyenda de este lugar, que ha obsesionado a centenares de historiadores y curiosos, yo incluido.

Hacia principios del siglo XVIII se reportaron casos esporádicos pero muy extraños. Soldados o proveedores del castillo aparecían muertos, mordidos por animales salvajes. Esto, en el fondo, no hubiera sido extraño, dado que desde siempre se han visto jaguares y caimanes en los alrededores y hasta en el castillo.

Lo notorio y aterrorizante es que estos animales no tienen la costumbre de vaciar de sangre a sus presas. Incluso en algunos casos la víctima estaba físicamente intacta y, sin embargo, seca de fluido sanguíneo.

Diversas investigaciones fueron inútiles. El territorio era demasiado extenso e impenetrable, con lluvias interminables e inundaciones. Los avistamientos de “ese simio u oso que bebía sangre” aumentaron y daban cuenta de todo tipo de seres: panteras cruzadas con lobos; “Pagotos”, el Yeti amazónico y el más horrible: una especie de hombre-mosca o ave-peluda, ambas chupasangres.

Hacia 1754 fue abandonado el castillo y se consolidó su fama de maldito. Los “encuentros” y “testimonios” en el bosque se han sucedido hasta el presente.

[Nota del editor: Hay fotos borrosas de estos seres, una de las cuales se muestra más adelante.]

Violentas lluvias terminaron por precipitar una parte importante de ambas instalaciones. Y a estas ruinas, ya dejadas al abandono hace 150 años, llegaba yo.

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El actual Departamento de Madre de Dios en Perú. El símbolo rojo indica la ubicación de las ruinas de los emplazamientos de La Virgen de La Pacificación.

II. Crassas Estulutzú es mi nombre.

Soy arqueólogo. En 1903 fui a Tiuatania, uno más de docenas de investigadores que habían auscultado las ruinas palmo a palmo. Pero no, debo ser justo y decirles que no fui uno más. Tenía un valioso documento del siglo XVIII, que me fue dado para buscar un punto en los restos del edificio principal donde había una bóveda oculta con respuestas. 

Llegamos en la tarde, iba con Antón, mi asistente.

Contemplé la mole recortada contra el lento crepúsculo. Sentí que retaba todo mi sentido común ejecutar esa investigación, pero no podía evitarlo. El angosto camino a veces empinado nos llevó a un templado bosque selvático. Donde antes se erguía un poderoso portón ahora apenas un muro raído y una vía libre para entrar.

Estaba en lo que fue el Convento de la Virgen de La Pacificación, la cuna de tantas leyendas: el “hombre mosca”, los vampiros, ciudadelas perdidas. Adentro había una pendiente de tierra, hecha de pisos, terrazas y paredes derruidas. La subimos y alcanzamos el patio de armas, un terraplén con grandiosa vista sobre una montaña a 1.500 metros de altura.

Levantamos campamento. El tiempo había trabajado con calma pero contundencia: el castillo estaba limado, como un monolito inerte salido del infierno. De vez en cuando mi mente huía de la ciencia y miraba aquello con terror supersticioso. Hacía un frío muy soportable, unos 13 grados.

Conversé con mi asistente la estrategia del día siguiente. Comimos, se fue a dormir y yo decidí revisar mis documentos. En esencia: las notas selectas de un libro de 1773, encuadernado en cuero y con indicaciones para encontrar una bóveda, una pequeña cámara con pergaminos invaluables.

¿Evidencia? La Cruz de Tiuatán o Cruz Tiuatana, un símbolo sincrético de “religión diabólica”, propio de esta raza de la que se sospecha hay sangre inca. El símbolo se multiplicaba en algunas esquinas de lo que quedaba.

Lo sorprendente es que el documento parecía mostrar una conexión entre la Cruz y las misteriosas desapariciones que por siglos han plagado la región: gente que aparecía muerta, o sencillamente no aparecía. No se habían reportado en los últimos 20 años, pero igual nos turnaríamos la vigilancia, fuertemente armados.

Tomé el primero, alrededor de una robusta fogata y aproveché para repasar algunas anotaciones. Encendí una pequeña mota de opio. No me atreví a caminar más allá de cierto punto en plena noche, rodeado de ese manto de misterio y de miedo que daba el paraje…

Silbidos cruzaban la noche y formaban en mi mente imágenes fugaces que me llevaban a eventos ancestrales, dentro y fuera de esos muros…

Sí, mi vigilia y el sopor del opio me sumergieron en un agitado entresueño. Sentía las “aves-noche” acechar, las terroríficas y grotescas aves-noche.

Tomé la lámpara, la alcé y la dirigí al suelo al azar. Había un escarabajo en el piso, un coleoptera adephaga. Al sentirse bañado de luz pareció despertar y caminó muy rápido hacia adelante. Lo seguí, no sin antes llevarme conmigo mi morral y mi canana.

A veces perdía al coleóptero y giraba mi haz de luz hasta ubicarlo. Corrió hasta una galería semi destruida, pero aún techada. Entró en un cuarto de baja y siguió en línea hacia una puerta aparentemente clausurada. Pasó debajo de la puerta (el coleóptero).

Instintivamente giré la perilla (era una puerta moderna, puesta ahí por el Ministerio de Guerra hace muchos años) y se abrió con un rechinar. Sentí el golpe de una atmósfera fría y antigua. La llama tembló y sólo se estabilizó cuando me detuve.

Estaba frente a un corredor hecho por mi lámpara, como si pintara paredes ancestrales con resplandores frescos. Delante de mí seguía diligentemente el escarabajo. Recordé, no sé porqué, el fragmento de Don Petronio Gabriello  en el poema La alfombra de piedra (1774):

Son halados por un hilo de silencio
Arrastrados por la alfombra de piedra…

Aparecían súbitamente frescos y me daba la impresión de una escolta espiritual más de temer que de confiar. Por el efecto del tiempo, muchas de estas pinturas estaban desfiguradas.

El escarabajo se detuvo frente a una pared. Tomé mi navaja y comencé a rasparla. Poco a poco apareció un aro enterrado. Recargué la lámpara con aceite y al rato desenterré el pesado anillo de cobre que concluía en un engranaje. Lo así, girándolo a la derecha y a la izquierda alternativamente. Una violenta sacudida me lo arrebató de las manos. Retrocedí con miedo. La pared giró pesadamente produciendo un ruido sordo, rozante, pedregoso.

Lo que creí un muro resultó un secretum ostium, una puerta secreta. Entré con mucha precaución y bañé de luz un recinto pequeño, como de diez metros cuadrados. El olor a encierro era insoportable. Iluminé el piso y noté, en la esquina sur, una abertura circular, una especie de pozo cuyo fondo iluminado por el candil no se veía.

Vacilé entre llamar a mi asistente o emprender un rápido reconocimiento. Al escarabajo no lo vi más. Me até la lámpara al cinturón e inicié el descenso por una endeble escala colgante, desesperadamente largo. En vano trataba de iluminar el fondo, parecía atravesar las capas geológicas de la tierra.

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La Cruz de Tiaután según dibujo de Crassas.

Descendí probablemente por espacio de quince minutos. No veía mis pies ni sobre mi cabeza, sólo el limitado globo de luz a mi alrededor. Una mirada casual a un peldaño reveló una Cruz Tiuatana, emblema de la difunta secta sincrética tiuatano-española de los siglos XVI y VII, cuyo desenlace continúa siendo otro enigma para la historia.

Continué bajando hasta que pisé el vacío. Acerqué la lámpara y vislumbré un suelo de piedra, al cual podía saltar. Ahora ¿podría trepar de vuelta? Pensé que sí y me precipité al suelo. Uff, al instante me arrepentí.

Estaba en una especie de mina, con poco oxígeno y hasta el vaho de la lámpara se hacía visible y viscoso en el aire. Al mover el resplandor noté un agujero circular en una pared, un hueco de fondo oscuro e insondable. Asomé la cabeza. En mi morral llevaba suficiente combustible para explorar y en todo caso tenía una cuerda con ganchos.

III. Comencé a transitar un pasillo cilíndrico, a ratos dos veces más alto que yo, otras a ras de mi cabeza.

Todo tipo de escenas se sucedían en los frescos, sorprendentemente vibrantes: luchas entre españoles e indígenas, trajes rituales de ambos combatientes, la selva en miles de combinaciones… pronto el suelo plano dio paso a escaleras labradas en la piedra.  

Cuando ya comenzaba a desesperarme en ese laberinto univial, el pasillo termino en una salida de tenue resplandor. Al traspasarla penetré en un gran aposento, como una galería a juzgar por el eco. La sensación de oxígeno limitado se mitigó. Caminé y al lado un muro de piedras oscuras y brillantes.

Me aterroricé súbitamente al contemplar Anillos de Amanaupa, inconcebibles objetos de tortura que los tiuatanes usaron contra sus enemigos y que, se dice, los conquistadores decomisaron y usaron contra la tribu de marras. Colgaban de la pared, abandonados por siglos.

Cuando la pared hizo esquina, vi a mi derecha una especie de altar de la misma piedra, abandonado. Llegaba un olor rancio, típico de compuestos orgánicos cuando son almacenados por siglos. Detrás del altar colgaba una cortina que, al acercarme, entendí era una bandera con el símbolo de la Cruz Tiuatana. La calidad de la tela me impresionó, parecía no tener tiempo.

En el piso tropecé con objetos heterogéneos de satanismo sincrético. Emití un sonido gutural para calcular las dimensiones del recinto, como de 200 metros cuadrados y pronto era yo un globo de luz que taladraba esa pesada y gélida oscuridad.

Huesos de murciélagos en el piso y huesos que me parecieron humanos pero que no toqué. Alcancé el otro extremo de la gran estancia, cruces de Tiuatán en todas partes, el cadáver fresco de una serpiente, cercenada su cabeza, el fragmento de una cadena, un… “¡¿Qué?!”

Examiné con terror el reptil macheteado: en efecto cortado seca y limpiamente hace poco, con una herramienta, no con dientes o garras. Era trabajo humano. Un escalofrío indecible recorrió mi cuerpo y me sumió en un temblor estático que no podía reprimir.

Sentí la oscuridad y el frío sobre mi espalda. Los dibujos en la pared se tornaban cada vez más sobrecogedores: monstruos, mantícoras, murciélagos gigantes, caimanes de dos cabezas devorando a indígenas, a soldados europeos y ¡a sacerdotes católicos!

Puse la lámpara en el suelo, saqué mi pipa y comencé a aspirarla para bajar un poco la ansiedad. Debía regresar. Me sentía abrumado. Pero al voltear contemplé la silueta de siete individuos parados frente a mí, en una especie de semicírculo. El del centro llevaba la Cruz Tiuatana estampada en el frente de su toga oscura.

“Bienvenido a Tiuaquirop, señor Estulutzú. Es usted el primer visitante que tenemos en siglos”.

Me incorporé lentamente. De los alrededores se acercaban otros portadores de antorchas, con capuchas que me impedían ver sus rostros. El líder prosiguió:

“Soy Nelpiro Kumpo, sumo sacerdote de la secta Tiuaquirop. Somo moradores de las profundidades. La sombra ha sido nuestro cobijo y la piedra nuestro escudo. Sabemos que existe un mundo del Sol pero lo despreciamos. Sólo visitamos la superficie de noche …”

No importaba el esfuerzo: sólo veía ojos alargados y vidriosos entre las pliegos de tela. Mi incredulidad y mis nervios desdibujaron bastante lo que me dijo Nelpiro, pero aquí os lo resumo:

En 1610, bajo el cargo falso de que entre la guarnición y el ejército había relaciones non sanctas, una facción disidente de un ejército disidente mayor atacó ambas instancias. Con poco tiempo de aviso, los tomaron desprevenidos. El resto  (que incluía indígenas de servicio de uno y otro sexo) se refugió en el convento, porque el castillo ya había sido parcialmente invadido.

Asediados y rodeados, se atrincheraron en la torre central y sus sitiadores los creyeron arriba, pero bajaron por un agujero natural que permitía el paso de una persona a la vez. De allí a la piedra laberíntica de una cueva. Luego, por desgaste de ciertos pasajes, un derrumbe selló la entrada y obligó a los escapados a seguir hacia las profundidades.

Quienes huían transitaron una serie de conductos naturales hacia galerías subterráneas. Afuera, sus enemigos revisaron palmo a palmo, buscándolos. Adentro, no carecían de agua, pero su alimentación era poco variada y sofisticada, de hecho era repugnante en algunos casos.

La guerra se extendió hacia las tribus tiuatanas que quedaban en la región y las intentaron exterminar una por una. Se cuenta que un grupo cercano a la montaña del castillo, obsesivamente asediados por el ejército español, halló una ruta a las porosas entrañas de la montaña y, luego de un deambular de meses, algunos se encontraron con los disidentes religiosos. En vez de luchar optaron por colaborar, y más temprano que tarde esa colaboración implicó cópula y descendencia cruzada. Unieron ritos y símbolos.

Como no podía ser una religión de luz, lo que hicieron estos topos humanos fue un sincretismo católico-tiuatano, que ya no adoraba a Yavé en los Cielos y a su primogénito, sino a dioses zoomórficos y a insólitos seres compuestos.

Las combinaciones químicas de esas aguas, la dieta tan sui generis, la ausencia de luz, la interacción con una nueva fauna de microbios y microorganismos hicieron el resto.  

Adquirieron la facultad de ver con mínima luz e incluso en ausencia total. Se adaptaron a los estrechos pasadizos y ríos subterráneos. De noche salían a cazar y sus mutaciones los hicieron vampirizarse, aunque de un tipo más omnívoro que no dependía exclusivamente de la sangre.

Sus correrías por la selva eran prácticamente impunes, a no ser por animales como jaguares. Lo impenetrable de la selva mantenía su leyenda intacta. Consolidaron una religión, una sociedad nictálope que se extendía desde los árboles más altos hasta la piedra profunda.

IV. Este relato me dejó sin aliento.

— Es obvio, Don Crassas, que no podemos dejarlo salir –dijo Nelpiro.

— ¿Por qué no, si no voy a decir nunca nada? Le doy mi palabra de honor.

— Hemos escuchado demasiadas “palabras de honor” que no lo fueron.

Mientras decía esto yo auscultaba las posibles rutas de escape. Era difícil discernir cuántas personas me rodeaban, qué tipo de armas tenían, en fin…

Se dijeron unas palabras y, de una forma u otra, comenzaron a rodearme. Uno de ellos ondeaba una larga cuerda, enrollada en su antebrazo. Se acercó otro llamado Puma Punkuto, armado discretamente con un cuchillo. Se presentó y me pidió que me rindiera sin violencia.

Por un instinto que ahora celebro, me abalancé primero, lo así fuertemente por el cuello y pude comprobar poco peso y dureza de piel (pesaría la mitad que una persona de su tamaño en la superficie), lo amenacé públicamente con mi pistola que coloqué en su sien.

Otro de ellos se lanzó hacia mí, emitiendo un chillido agudo extremadamente desagradable… No tuve más remedio que disparar. El tiro lo levantó del suelo para lanzarlo hacia atrás. El estallido retumbó de tal forma en la galería que los “sacerdotes” cayeron aturdidos en el piso y ocurrió un caos en los espectadores que se acercaban, haciéndolos correr en todas direcciones. Yo mismo, al no prever la amplificación exagerada del disparo, quedé con un silbido incesante en mis oídos por largos minutos. Sentí sobre mí el volar desesperado de miles de murciélagos, sin que cesara el silbido.

Comencé a desplazarme trabajosamente con Puma Punkuto asido fuertemente por el cuello, quien me decía con el poco aliento que tenía: “¡No lo logrará, es inútil, ríndase!”

Varios guardias habían llegado, dispersándose para rodearme. Alcancé una de las puertas del primer altar, el silbido persistía pero sentí decenas de pasos que se aproximaban. Tomé una antorcha de la pared, incendiando la bandera gigante que tapizaba el muro detrás del altar principal. Un pedazo ardiente se desprendió, lo tomé por un extremo y me lo llevé conmigo, junto a Puma Punkuto a quien apuntaba a la cabeza. Una flecha me rozó el rostro e hice varios disparos a la oscuridad, creando más caos y dispersión.

Un audaz guardia desafió el cerco y se lanzó suicidamente sobre mí. Levanté la tela ardiente, que lo envolvió y pronto era una tea humana que se abría paso entre sus compañeros aterrorizados.

Yo continuaba usando a Puma como escudo, pero comenzó a ponerse difícil, a sacudirse y rehusar continuar. En ese forcejeo le arranqué la capucha. ¡Oh! Contemplar su rostro casi me congeló el corazón del impacto: era una cabeza oblonga, plena de pliegos, cubierta totalmente de minúsculos bellos, con orejas negras grandes y puntiagudas… ¡Era un murciélago! Una especie intermedia, un horrible mutante.

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La famosa “Foto de Altamirano” (1), tomada en 1932 y de la que se afirma que muestra a un mutante en la esquina inferior derecha, amplificado en el número 2. Fuente: Archivo General Amazónico.

Sentí tal impresión y asco que lo solté violentamente y me lancé solo por la primera puerta que vi (no la misma por la que llegué a la galería). Blandía la antorcha en una carrera alocada por un camino que no conocía. El trecho hasta el primer descanso de la escalinata se me hizo larguísimo.

Me sacudió el temblor de muchos pasos y garras, el humo se acumulaba y me ahogaba, restándome fuerza. De mi cantimplora tomé lo que quedaba de agua. Me hice de fuerza y emprendí un ascenso que sentía inútil, pero imaginar lo que pasaría si me atrapaban me hacía sobreponerme y seguir.

En el camino vi a lo lejos el ejército que me perseguía: seres, ya sin capuchas, con ojos inyectados de sangre y pequeños colmillos, en medio de una insoportable agregación de chillidos.

Llegué a un recinto y no vi puertas. El fin, pues, pero no los dejaría atraparme vivo así que tomé mi pistola para acabar con todo… hasta que noté un agujero en el techo, con peldaños similares a los que usé para bajar. Me acerqué y no hallaba cómo treparla, salté pero estaba muy alta.

Ya mis perseguidores se asomaban a los lejos. Recordé una cuerda con ganchos que tenía, me costó trabajo sacarla del morral. La lancé y fallé. Lo hice otra vez y otra vez hasta ensartar el garfio en un peldaño. Lo trepé con la menguada energía que tenía.

Cuando entré en el cilindro labrado en la piedra sentí la electrizante mordida de una flecha que se hundió en mi muslo derecho, pero la [adrenalina] era tal que seguí adelante a pesar del lacerante dolor. Me la extraje justamente cuando alguien se abrazó de mi pierna izquierda.

Noté que era sorprendentemente ligero. Con sus garras que me hirieron en el recorrido, se subió conmigo al pasadizo vertical. Lo aprisoné contra la pared y le apreté el cuello (baboso y cubierto de unos vellos lisos), le di un tiro, lo ahogué y solté para que cayera encima de otros frenéticos que ya escalaban para atraparme.

Escuché sus gruñidos y me rozaron dos flechazos. El cilindro de piedra comenzó a curvarse, de modo que los perdía de vista pero sin duda se acercaban. La herida me laceraba e impedía subir más rápido. Tomé un aliento profundo y continué.

Menos mal que solo podía subir uno a la vez, por lo cual se me ocurrió una idea. En una esquina del ascenso los esperé. Cuando vi las garras y el horrendo rostro del primero le disparé y cayó sobre el siguiente, ocasionando un bienvenido embotellamiento que me dio una pequeña ventaja en la escalada. Me quedaban tres balas y una antorcha menguada.

En un codo del ascenso esperé de nuevo, disparé al líder, le pegué la antorcha y se encendió rápidamente (aquellos seres ardían con gran rapidez). El cuerpo en llamas se precipitó, llevándose consigo a dos o tres que le seguían. Los chillidos de furia me ensordecieron y el humo casi me sofocaba.

No obstante alcancé como pude el tope del cilindro y llegué a una habitación, esta vez completamente sellada, sin agujeros, ni puertas o ventanas, excepto el círculo donde había salido, y por donde pronto surgirían mis enemigos. Grité de frustración y el eco me atormentó. El bullicio de mis perseguidores me hizo calcular que llegarían en unos cinco minutos. Me quedaba una bala.

Me paré de espalda contra un muro. La antorcha en el suelo terminaba de consumirse. Respiré con calma, resignado. Tomé mi arma y me la puse en la sien. Vi la primera garra salir del círculo, ya todo estaba perdido.

Miré a mis pies, el coleoptera adephaga pareció salir de la pared. Inmediatamente escuché el estruendoso trillar de piedras cuando giró la pared conmigo, apoyado en una vibración contundente. Allí estaba Antón, mi asistente, candil en mano:

— Crassas, tuve un sueño, al despertar vi un escarabajo y lo seguí…

Eran las 4:45 am. Una flecha destinada a mí y que me rozó el cuello, le atravesó el hombro.

— Antón ¡corre!

Contemplé al arquero que preparaba una flecha para mí y le dediqué mi último tiro. Ya emergían otros. Antón estaba tan impresionado que no había llegado a sentir el dolor real del flechazo. Giré el aro del otro lado de la pared y ésta se cerró pesada y obedientemente. Un perseguidor que pretendió salir fue aplastado por el violento movimiento y fue partido en dos.

Le extraje la flecha a Antón.

— ¡No hay tiempo para explicarte, vámonos!

A nuestras espaldas el muro se estremecía por la orden interna de girar. Pronto estarían detrás de nosotros. En una alocada carrera hacia el agujero en la muralla traté de contarle a Antón, pero mis palabras no tenían sentido alguno para él.

— ¡Las “aves-noche”, las “aves-noche”! Son mutantes, murciélagos, tiuatanos, monjas, Nelpiro.

De repente de una esquina surgieron varios para emboscarnos y, en una desafortunada escaramuza, atraparon a Antón quien soltó su revólver. Me detuve, recogí el arma y disparé como pude, pero no había nada qué hacer. Lo apresaron entre muchos y los llevaron a un cuarto donde no lo vi más.

Seguí la carrera, salí del castillo pero mis perseguidores venían de varios puntos hacia mí. Al frente había una explanada donde ya los sentía desplazarse. Al oeste un precipicio hacia el que corrí trabajosamente, ya que el dolor en mi pierna era paralizante.

Llegué al borde del desfiladero, no podía ver qué había abajo. Sólo sabía que a unos 600 metros, fluía el río Madre de Dios o un afluente. Mis perseguidores estaban a pocos metros, a lo lejos una franja de anaranjado anunciaba el amanecer. Las “aves-noche”, los mutantes murciélagos frenaron la carrera y venían a mí calmada y ritualmente, no había salida. Aparentemente me querían vivo. Y yo, Crassas Estulutzú, ateo, miré el precipicio (que no me miró de vuelta), me encomendé a un poder superior y me lancé al vacío.

Mi cuerpo chocó contra una pendiente de pequeñas piedras y comencé a rodar furiosamente hacia la falda de esa montaña. Cuando la gravedad se atenuó, me levanté con lo poco que me quedaba de energía. Había recibido una paliza. Los murciélagos humanos ya se sentían desplazarse entre los árboles. Escuché abajo, como a 15 metros, la corriente del río.

Y me lancé de nuevo.

V. Tardé cinco días en alcanzar la civilización, gravemente herido.

Reporté el hecho pero no como ocurrió. Obviamente, me hubieran tildado de loco si hablaba de hombres-murciélagos que moran en las profundidades de un monolito rocoso. Simplemente les dije que me separé de Antón, quien se perdió en la selva, y fui atacado por indios de los que logré escapar.

Mi herida en el muslo, los maltratos posteriores e infecciones en la selva me han obligado a un par de operaciones, pero ya estoy mejor y aún camino con muletas.

No le he contado esto a nadie (excepto a usted, que me lee) y le pido que no haga mención … todavía.

Cuando me mejore pienso volver a Tiuaquirop y ver si termino de develar este misterio. Por favor, espere mi recuento al respecto, si es que alguna vez ocurre. Las pesadillas me atormentan y he llegado a creer que solo volviendo puedo superarlas.

CruzdeTiautan2En mi alocado escape dejé todas mis posesiones en el camino, pero cuando llegué a una medicatura rural donde me salvaron la vida y comencé a recuperarme, encontré algo en mi bolsillo.

Una pequeña piedra circular, de unos cinco centímetros de diámetro, con la Cruz Tiuatana cincelada. No recuerdo cómo llegó allí pero la guardo como un peligroso tesoro.

Me acompaña a todas partes desde entonces. Un recordatorio de que contra todo sentido común y precaución, debo regresar tan pronto pueda al misterioso y peligroso reino de Tiuatán.

No, querido lector, no importa lo que implique. No me puede negar una aventura como ésa.

 

Crassas Estulutzú,
1904

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IMÁGENES: Lúdico.
Publicada en Mayo 12, 2014.

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En posesión de sus facultades

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1. La Caracas de 1910 era tranquila y fría. Esa ausencia de ciudad dejaba colar frescas bocanadas de El Ávila, la principal tracción era de sangre y había muy pocas construcciones mayores de dos pisos.

Las noches eran frías y tenuemente iluminadas. Ese noviembre en particular.

Consuelo Alcalá de Hidalgo era una dama joven muy respetada por su religiosidad y membrecía en la Liga de Jesús local, a la que dedicaba todo su tiempo libre. Rafael José Hidalgo era un hombre 10 años mayor que ella, luchando por echar adelante su matrimonio, a ver si lograba la ansiada descendencia. Lucían enamorados, aunque Consuelo no era elocuente sino devota, de modo que su mirada parecía siempre fija en algo más allá del aquí y ahora. Pero no había inconvenientes en verlos felices. Y la vieja Alcalá también, viendo el fruto de educar a Consuelo en la sagrada consagración. Era lo mejor de dos mundos: beata pero capaz de darle nietos.

La familia Alcalá pertenecía a los distinguidos de Caracas. Su hogar daba fe de esa alcurnia. La casa de dos pisos en la esquina de Pericos a Palma ya no tenía la gloria decimonónica que le dio el pater familia †Don Fermín Alcalá Romero. Para la primera década del siglo XX estaba dividida en tres apartamentos (si cabe el término): la planta baja, hogar de la viuda Visitación de Alcalá, mujer también muy estimada por su religiosidad, fundadora de la Liga de Jesús y miembro activo de las Hermanas de Sión, otro grupo de oración de las damas de sociedad. Con ella vivía su hermana Trinita, otra afiliada de ambos grupos.

La planta superior estaba dividida en dos viviendas: una para Consuelo y Rafael Hidalgo, y la otra mitad para Juan Martín Alcalá, su hermano mayor, quien vivía en otra parte y lo ocupaba de vez en cuando. Cada vivienda, aunque en el mismo edificio, tenía una entrada independiente.

Plaza Bolívar de Caracas, circa 1900. Foto de autor desconocido.

2. Hacia noviembre la casa de los Alcalá y los Hidalgo empezó a ser noticia y no por buenas razones. Fueron pocos episodios pero muy intensos. A la sólida quietud se abrió paso en madrugada un jadeo ululante en el piso superior. Consuelo, parecía ser. Luego quejidos de un dolor casi místico. Pasos de Rafael José. Se calló pronto. Todo volvió a un silencio tan normal que las dos señoras de abajo volvieron a la cama. Rafael José confirmó luego que había sido su amada. Un mal sueño.

Dos semanas después otra vez la aparente pesadilla. Con sus ojos cerrados pero intranquilos bajo los párpados, Consuelo repetía frases en latín, o así parecía. “Vade retro satana”… ésa fue descartada. Pero repitió “Ningrún” aunque nadie supo a qué lengua correspondía. Lloraba quedamente y se quejaba como invadida por un dolor fuerte que iba y venía. Rafael José se desesperaba y la “jamaqueaba” para despertarla, lo cual empeoraba la perturbación de la bella mujer. Sudaba. Luego de interminables intervalos de sacudidas, parecía salir de trance y despertar.

Juan Martín, el hermano que estudiaba medicina fue llamado y acudió varios días después. Luego de casi una semana infructuosa durmiendo en su parte de la casa, fue despertado un día y somnoliento escuchó los gemidos que le helaron el corazón, alargados, profundos, tétricos sin duda porque evocaban cierta pérdida de la razón. Demasiado indescifrable para pensar en una personalidad dividida, pero sin duda dentro y a la vez fuera de la mujer que los emitía. Rafael José la sentó en la cama y ella oscilaba en trance, callada pero no despierta, más bien reía y si caía de nuevo en el colchón volvía a llorar. El estudiante le echó agua en la cara, le inmovilizó la cabeza con ambas manos y la sacudió hasta que despertó.

─ Ahhhhh -como quien emerge de un río donde se ahoga.

Juan Martín la sentó, el esposo la abrazó, pero el bachiller estaba más interesado en interrogarla. Consuelo lloraba y apenas podía articular palabras.

─ Oh Dios mío, perdóname, ¿me he alejado para qué me castigues así? ¿que no recuerde nada solo esas sombras, esos volúmenes, ese calor del infierno? -llora-, solo recuerdo al diablo frente a mí o a un enviado, detrás de él una luz potente pero la bloquea y veo un resplandor, es un ángel del infierno que me engaña, me acorta la respiración y me hunde en la oscuridad –se quiebra en llanto, a su alrededor la acompañan con gritos y crujir de dientes. Pero… -se estira- estoy bien -sonríe.

Esa sonrisa tranquilizó a madre y a tía, quienes bajaron a descansar (si acaso pudieron).

Su hermano Juan la interrogó “médicamente”. Consuelo poco recordaba o sí, lo que ya había reportado: alguien cuyo rostro no veía, algún tipo de íncubo invasor, y detrás un resplandor rodeado de oscuridad. Lloró porque imaginó haber estado en un lugar inicuo. El hermano quiso despejar esas creencias. Son dormires perturbados, pesadillas y ya. Le recetó remedios  caseros, valeriana antes de dormir y otros cocidos. Su diagnóstico fue enfático: Nada de qué preocuparse.

La siguiente vez, dos semanas después, Visitación entró sin permiso al cuarto, con un aguamanil en la mano. Rafael José estaba tan nervioso que no reparó en la intrusión y más bien la agradeció. Afuera Trinita rezaba, llorando, porque ambas temían lo peor, lo impensable. Consuelo rasgó la noche con el chillido de un animal herido, solo que con voz a la vez angelical y maléfica. Como si el íncubo hubiera ganado terreno.

Rafael José, absolutamente rehusado a creer lo insólito, lo innombrable, solo podía pensar en una indisposición mental, un espasmo más vesánico que sobrenatural.

Pero Visitación le reclamó con los ojos su falta de lucidez y aceptación. Llegó Trinita, se abrazaron llorando y a Rafael José también se le salían las lágrimas, solo que su rol de hombre de la casa lo aguantaba. Para la madre de Consuelo era la visita de algún espíritu perturbado que le mandaba mensajes, un alma perdida que contactaba a una santa para que la guiara a la luz. “Pero la hace sufrir porque tiene a la oscuridad detrás de sí”.

Trinita era más pesimista. No quiso ni por asomo mencionar la palabra “posesión” pero la sugirió de muchas formas. Ambas concluyeron –con terror- que era algún demonio del que solo veía la silueta, como una oscuridad solo un poco más clara que el fondo. Y vertían más y más lágrimas.

3. Con mucha discreción llamaron al Padre Vizoso, no obstante ya los vecinos sabían más de lo necesario. Se rumoraba que Consuelo tenía problemas para dormir y pesadillas recurrentes. Las creyentes le daban una vuelta más a la tuerca: esa bella mujer de blanca palidez estaba poseída por un demonio que luchaba por llevársela a la noche perpetua de Gog y Magog. Esa niña, pues, estaba en peligro de muerte.

Vizoso se puso en guardia, pero con Consuelo despierta no avanzó mucho, dado que era la misma mujer dulce e iluminada por la gracia del señor de siempre. No recordaba sino lo que repetía una y otra vez. Pero su pedido de que la dejaran en paz encendió alarmas.

Un sábado cruzó la neblina caraqueña a las 2am, junto a la servicio de Visitación, para llegar al segundo piso de Consuelo de Hidalgo y verla semidespierta, elevada artificialmente por almohadones, despeinada y exhibiendo una sonrisa vesánica, diabólica… Vizoso la rocío con agua bendita, sacó la cruz y la presionó con fuerza sobre la base del cuello, invocó a la Virgen y luego al Cordero que Quita el Pecado del Mundo.

A pesar de sus visitas, rezos y ritos, Consuelo no recordaba nada más y parecía predispuesta, sobre todo por su dormir inquieto y el escape intermitente de gemidos y la invocación de un dios pagano cuyo nombre no podían discernir. Algo oscuro, enorme, como El Ávila omnipresente en la Caracas de 1910.

Noches después Trinita llevó, a escondidas, una santera llamada Tania conocida en el oeste de la ciudad por sus “trabajos”. Tal convocatoria era impensable para las hermanas Alcalá, pero la desesperación las empujaba a tomar medidas extremas. La mujer sexagenaria y desdentada declaró que la posesión era fuerte. Usó por primera vez esa palabra indeseable, proscrita, pero cuya verdad saltaba a la vista. No prometió nada y a decir verdad tampoco logró mucho. Solo quedaron sesiones horrendas, en las que vociferaba en medio del sólido silencio caraqueño. Si había dudas en el vecindario, se disiparon esa noche.

No obstante, antes de que se hiciera un escándalo, la “posesión” de Consuelo cesó para no repetirse más. Algo en ella despertó o escapó de la ciénaga que la atrapaba. Nunca más ocurrió el incidente cuyo misterio solo podría ser revelado por un narrador omnisciente. Consuelo y Rafael José vivieron con considerable felicidad hasta avanzada edad. Consuelo tuvo hijos, nietos y bisnietos hasta morir de vieja en 1962.

4. Su última crisis ocurrió a mediados de diciembre de 1910. Cuando la valeriana hizo efecto, apoyó grácilmente la cabeza en el almohadón. De entresueño pasó a sueño profundo donde se vio en el Mercado lateral a la Urdaneta, a dos cuadras de su casa, lleno de vendedores proletarios y ambulantes, como ese mulato alto y fornido, que la miraba lascivamente para su rabia (pero secreta y sorpresiva excitación).

Lo esperaba en una casa inespecífica, mezcla de la de abajo con la de las Galípoli y algo de la escuela Mariano Eustaquio Narváez. Buscaba la cama y yacía boca arriba. No era su cama, sino la de una tía lejana y no sabía porqué. Pronto el mulato de las frutas, llegaba silencioso y casi invisible excepto por su silueta y solo era delatado por la respiración. Trepaba la cama, le subía el camisón a Consuelo, le separaba las piernas, se bajaba el pantalón y sacaba el descomunal miembro erecto para penetrarla e iniciar un embate salvaje que la incrustaba en la cama y la sumía en un placer a la vez diabólico y celestial, hasta sentir que aquello le salía por la boca y le trancaba la respiración y solo veía su silueta y no era un diablo, o el diablo se había transmutado en un ángel oscuro y sudoroso como el mítico Chiridirilles. Por prodigios de la mente esos pocos minutos contenían horas y horas de sexo salvaje. Cuando llegaba Rafael José y tocaba la puerta del sueño todo quedaba en penumbras y ella sola tenía que salir del limbo, trepar el agujero en el colchón para reincorporarse a la otra vida, algo que podía tomarse un largo tiempo. Y así fueron todas las anteriores.

A su manera, una posesión demoníaca al final del día.

 

…………………………………………………………………
ILUSTRACIÓN: Lúdico.

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El pasajero Picasso

El pasajero Picasso

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Cuento – Fernando Nunez-Noda

Una mañana luminosa de domingo y una consideración sobre la altura del césped son calmos placeres que Albert Banchank conoce y practica. Su casa es amplia, con dos pisos y ático.

La parte trasera tiene un largo jardín, tan grande que toma varios minutos alcanzar una cerca de madera al fondo. En el extremo oeste la piscina es perturbada por la brisa. Albert se sienta en el porche y mira la TV, o come alguna de las variadas cosas que su esposa Audrey coloca. Ayer llegó de Houston, hizo excelentes negocios.

A los cincuenta años su vida es bastante satisfactoria: un poco más arriba de la clase media y muy orgulloso de ello, por cierto, porque prueba que el trabajo duro, bien hecho, produce sus frutos.

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Su casa es amplia, con dos pisos y ático.

Ejerce el libre comercio desde 1978. Su esposa es contadora y él es ingeniero químico, profesión que jamás ha ejercido. Vive con ellos su hija menor, de quince años.

Lauren, la segunda, está en la Universidad de Michigan. El mayor, de veintiocho años y graduado, ya se encarga parcialmente de la compañía (almacenes de mayoreo de herramientas) y su probable matrimonio con una chica de prestigiosa familia sureña, sería tópico de orgullo generacional para los Banchank.

Pero ese día la cavilación es corta. Audrey trae el teléfono, tapando con los dedos la bocina.

— Es Bill, tu viejo compañero de la compañía de taxis.

Albert toma el aparato.

— ¡Bill, qué sorpresa!

— Hola Albert, debo hablarte.

— Dime.

— Hace unos minutos salieron para tu casa dos agentes del FBI. Querían saber quién había manejado el taxi # 25, el 10 de febrero de 1973. De eso hacen veintidós años, tú sabes, por eso tuvimos que cavar en los archivos y entonces averiguamos que fuiste tú el chofer aquel día.

— ¿Y qué hay con eso?

— Parece ser tremendamente importante un pasajero que llevaste ese día. ¿Puedes recordar?

— ¿Recordar, Bill? Claro, la famosa tormenta, tuvimos nieve en New Orleans. Recuerdo esos días, pero hace tantos años…

— ¿Recuerdas algo en particular? ¿Un tal Herbert Avidson no hace sonar una campanilla?

— ¿Avidson? No, bueno, no sé, para esa fecha… yo estaba en Loyola y era sustituto ¿o ya era titular?

— Sustituto aún, creo.

— Bueno, llámame luego, para saber.

— Sí, – dijo separando las persianas con los dedos- deben ser esos.

En efecto, llegan los policías. Podría ser una pareja de detectives de cine, excepto que ambos son blancos. Toman café en la amplia cocina de los Banchank.

— ¿Estoy en problemas?, preguntó a secas Albert.

— No se preocupe Sr. Banchank, usted no ha hecho nada. Nos interesa un pasajero que tuvo hace veintidós años, cuando era taxista. Su nombre es Herbert Avidson.

— ¿Le dice algo ese nombre? -dice el otro, acercándose insidioso.

— No, en absoluto me dice nada ese nombre…

— Acompáñenos, por favor.

Camino a la oficina del FBI, un insólito domingo en la mañana, Albert ya cree saber a quién se refieren los agentes, el pasajero que tuvo en aquel atípico invierno sureño.

El resto es silencio hasta que llegan. El edificio está vacío, excepto por una oficina de improvisado ajetreo. Surgen de repente asistentes y otros detectives. Están aquí por Albert, o por lo que Albert pueda recordar.

Los recibe un superior, de aspecto altivo pero de trato respetuoso. Ésta, obviamente, no es su oficina, dado que todo lo amontonó en una mesa lateral. El resto intacto.

— Sr. Banchank, tome asiento, lamentamos quitarle tiempo pero el gobierno está muy interesado en su colaboración.

— Cualquier cosa que pueda hacer…

— ¿No recuerda usted a este hombre?

Saca una fotografía tamaño carta, la ampliación de una foto-carnet, que muestra a un hombre como de 35 años, de rostro alargado, pelo muy liso con carrera del lado derecho, labios delgados, pómulos suaves y cejas tenues. Sólo se aprecia un nudo de corbata grueso y un cuello de camisa blanco.

— ¿Es éste el tal Avidson?

— Sí. Él dice que estuvo en su auto el 10 de febrero de 1973, entre las 12:05 y las 4:00 am, según su diario. Queremos verificar, en principio, si esto es cierto.

— Me acuerdo, no soy mal fisonomista. Este hombre se parece… al de la (EN VOZ MUY BAJA): intldog astfh emation…

— ¡¿Cómo!?- preguntaron varios a la vez.

— …el de la intoxicación estomacal, incluso vómitos…

— Sí, en efecto -dice el jefe- ése resulta el rasgo distintivo de la historia.

— Fue muy extraño, dimos muchas vueltas -murmuró Albert.

— ¿Cómo pudo recordar el episodio tan rápido?

— Imposible olvidarlo, nevó en New Orleans y el episodio con este Avidson (me entero de su nombre) fue tan cómico y tan trágico.

— ¿Cómico? ¿Podría contárnoslo?

-Bueno, puedo tratar. Aunque (parece despertar de un sueño)… ¿ustedes no saben qué pasó? ¿El hombre no les contó?

— Es muy importante escuchar su versión antes de contrastarla con la de él, Sr. Banchank.

— O sea que no se murió… ¡Ja! ¿Y qué pudo hacer ese pobre hombre esa noche? Estaba… acabado.

– Cuéntenos…

— Fue un… a ver…

— …sábado en la madrugada -se apuró a decir Jackie, un asistente con buena perspectiva de jefe de zona.

— Recuerdo un frío insoportable, menos de 20 [Fahrenheit, alrededor de -6 grados centígrados]. Iba yo por la avenida Carrolton, la empresa de taxis se llama “Carrolton”, que raro ¿no? Conocía a Bill, entonces pequeño accionista, quien me cedía taxis. Como era novato, debía atenerme a las horas más incómodas, casi siempre nocturnas.

Se recuesta de la silla, disfrutando el recuerdo:

— Esa noche creo que escuchaba una emisora de radio, mezclada con mi CB, que esputaba sin cesar órdenes y diálogos entre Bill y las decenas de taxistas que cruzábamos la ciudad. Franjas de hielo bordeaban las aceras y las mansiones exhibían decoraciones navideñas.

“Siempre lo mismo, usted sabe: los burdeles de la calle Decatur; la zona del Hyatt o el Lakefront. Algún “preppie” cerca de Tulane. El caso es que iba por ese túnel de árboles cuando me informaron que alguien solicitaba un taxi en Audubon Place, uno de los lugares más exclusivos de la ciudad.

” ‘Propina’ era la palabra mágica en esas llamadas. Al torcer el codo de sur a este, entré en la calle Saint Charles… seguí hasta cruzar hacia Audobon Place, cerca del parque del mismo nombre. El guardia me dejó pasar… anotó la placa.

“Audubon Place es lugar de gente rica. Me dirigí a la dirección y contemplé una enorme mansión de piedra que me gustaba ver desde las afueras de la urbanización. El hombre estaba allí, estático. Creo que fumaba. Se montó, con un paquete o algo similar.

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“Audubon Place es lugar de gente rica…”

“Me dio una dirección ¿un hotel de mala muerte o un bar? creo que fue un hotel. ¡Ah sí! De allí sacó sus cosas. El contraste me perturbó, pero decidí no hacerle caso. Me dijo que había comido algo que le cayó muy mal y pronto lo empecé a ver decaído. Pobre hombre. Recuerdo su grito para que me detuviera. Abrió la puerta y vomitó.

— ¿Poco o mucho?

— Levemente, tosiendo repetidas veces… Acostumbrado a estos menesteres, le di agua de una cantimplora que llevaba en la guantera. La tomó con desesperación, temblando.

— Señor -le dije. Lo voy a llevar a un hospital…

Ríe profusamente:

— Siempre me he acordado de él, pero no sabía cómo se llamaba y que lo estaban buscando o algo por el estilo…

— ¿Usted ofreció llevarlo a un hospital?

— “No, no lo haga”, me dijo, “ya estoy bien, sólo necesitaba vomitar, ya estoy mejor…”

“Y me dio otra dirección. Me pidió que me bajara con él… era un callejón oscuro. Me compadecí y lo acompañé. Caminaba en ligero zigzag, como bajo una embriaguez controlada. Lo esperé frente a un caserón y, por un rato, pensé que se había escabullido. Al voltear estaba allí, casi desmayado en la acera, vomitando la bilis.

“Esta escena, tan prosaica, no ocurrió una sino varias veces. El hombre, sobrecogido por la vergüenza, quería adentrarse en los lugares más oscuros y solitarios para descargar su estómago. Claro que me pareció un poco loco, pero me dio lástima y lo acompañaba.”

— ¿Recuerda alguna situación específica?

— El Parque Audubon, a ver, sí, el bosque, tan tupido, esos montoncitos de nieve que quedan en los lugares donde una nevada es una fiesta. Era una noche clara, pero allí se veía más por las luces laterales y artificiales de los postes. El individuo salió disparado. Hablaba, más para sí, expulsando gruesos vahos de vapor; se pedía perdón, parecía no poder resistir esa situación de ridículo. Patinaba con el hielo disperso. Y le daba mucha pena conmigo, estaba terriblemente avergonzado. En ese lugar lloró, pero no entendí sus palabras. Devolvió y lo dejé solo. Le di la espalda.

“Sentí, no sé, que ese hombre estaba viviendo un tormento indescriptible, un amor roto, la muerte de alguien, lo sentí solo y desvalido, muy en el filo, usted sabe, habría tenido que tomar tanto…

“Se hizo un repentino silencio. Volteé y no estaba. El chasquido de las hojas lo revelaron, daba vueltas, concentrándose para recuperarse, caminando con paso marcial, recordándose una y otra vez que estaba bien y que el malestar era una especie de ilusión. Había mucho de una religión extraña en ese individuo.

“Yo cerré los ojos y me recosté del tallo de un árbol, estrujándome el entrecejo: ´¿Por qué a mí? ¿Qué hago aquí congelándome el culo?´ Entonces decidí llevarlo, no a la fuerza, pero sí persuasivamente a un médico.

“Cuando giré para ubicarlo ya no estaba. Fui hacia el lugar de su incomprensible monólogo y no había rastros. Preparado para irme al carro y esperarlo allá, sentí unas manos que se posaron sobre mis hombros. Aquel pobre ser pedía auxilio. Se desplomó frente a mí. Su ímpetu, a pesar del colapso, era tal que parecía más bien querer cargarme a mí.

“Lo llevé en brazos al taxi, mejor dicho, empujado. Murmuré que quizá era mejor dejarlo directamente en la estación de bomberos o en la policía. Como no parecía mejorar, por un segundo pasó por mí el inquietante terror de que ese hombre se muriera en mi carro. ¿No era negligencia de mi parte?

“Pero cada vez que le hablaba de hospital o policía estallaba de ira, a regañadientes prometía mejorarse pero en realidad se ponía peor. Nos bajamos en muchos lugares y el hombre se perdía, para aparecer súbitamente frente a mí, surgido de las sombras. Fue una locura, algo absurdo. Para el momento ya yo estaba mareado y casi congelado… atontado por la calefacción del carro, por la modorra de esa madrugada sin sentido.

“En una de las paradas lo vi a lo lejos, en la oscuridad. Caminaba con extrema lentitud, pero se esforzaba en ir más rápido. Al acercarme me di cuenta que cargaba una barra de hierro muy pesada, la cual le hice soltar. Me pareció que el pobre estaba saliendo de sus cabales.

“Especulé, malévolamente, que este hombre huía de la ley o algo por el estilo, porque rehusaba los lugares muy iluminados o concurridos. O quizá flirteaba con el abismo, era un suicida y yo un guardián no invitado, que una y otra vez lo ayudaría a no morir. ¿Cómo me dijo que se llamaba?”

— Herbert Avidson.

Prosigue Banchank:

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Plaza Jackson con la Catedral de San Luis al fondo.

“Vaya periplo que hicimos: de Saint Charles a Decatur St., pasando por la Plaza Jackson. Nos dirigimos, también, al Lakefront pero -según él- estaba muy concurrido. Volvimos al Garden District, nos detuvimos en las veredas del Parque Audubon. Bajamos por Napoleon St. e hicimos una parada en Tipitina´s, donde esa noche estaba, nada más y nada menos, que Johnny Lee Hooker, un blusista de la calle.

Lo que pasó allí fue desastroso con ese pasajero: se retorcía, corría al baño, salía con un aspecto patético y mortecino.

“Terminamos en una vereda del río, a lo largo de Magazine St. Allí ocurrió lo terrible, por lo cual jamás olvidaré ese pobre ser, varias horas después de haberlo recogido. Me alejé del carro para orinar, había luna creciente. Al regresar aquel hombre tenía un cuchillo en la mano en franca actitud de quitarse la vida.

“Me lancé sobre él para detener tal acto, pero estaba tan débil que no hubiera podido hundirse la hoja en lugar alguno. Traté de someterlo, para llevarlo a un doctor a la fuerza, y entonces sacó una energía contenida, forcejeamos, logró derribarme al piso del auto, se escabulló y huyó para siempre.

“Recuerdo ese rostro feroz pero debilitado, poblado de pedacitos de vómito seco. Quiso pelear conmigo por escasos segundos, pero al constatar que era pérdida segura, haló con inesperada fuerzas su bolso, se fundió en la noche y no lo vi más.

“Dejó en el asiento, atado por una liga, suficiente dinero para pensar en una generosa propina. Aunque fue trágico no puedo dejar de reírme ante la imagen de un hombre vapuleado, que decía: ‘Estoy bien, estoy perfecto, ya me curé’ y ¡búa! vomitaba las entrañas por la ventana.”

— ¿Es todo?

— Una vez soñé con el son of the gun.

— ¿Sí? ¿Qué soñó?

— El hombre estaba vestido de gris y me decía, varias veces: “Algún día el sirviente será rey”. Por supuesto que jamás he tratado de explicarme estas palabras sin sentido. Pero, no sé porqué, me inquietaron.

— ¿Conversaron mucho?

— Supongo que sí, todo taxista tiene algo de psicólogo. En realidad no recuerdo esa conversa. ¿Usted cree que ése fue el único loco que me conseguí? Ahora dígame, porqué es tan importante este episodio que yo recuerdo con cariño pero que siento como una anécdota sin mayor importancia…

— ¿Ha oído usted hablar de “El Pasajero”?

— ¿El Pasajero? ¿Una serie de TV?

— Le refresco un poco la memoria.

Acto seguido activa un aparato de video que contiene un fragmento del noticiero CNN. Dice la narradora:

“La policía de San Diego se mantiene hermética ante la información extraoficial llegada hace unos minutos sobre la supuesta captura del célebre asesino en serie “El Pasajero”. Nathan Frigger, jefe del FBI en California, informó que el sospechoso -cuyo nombre no ha sido revelado- es sometido a intensos interrogatorios y que un equipo especializado revisa su casa para recolectar evidencia. Como el Unabomber, que fue investigado y perseguido durante 19 años, el Pasajero ha frustrado a investigadores federales por más de 25 años y tiene el dudoso honor de estar en la Enciclopedia Guiness como el “Hombre más buscado por mayor período de tiempo continuo (12 años)” “.

Corte de edición casera. Abrupto. Prosigue un clip reporteril, con diversas imágenes y voz en off del reportero:

[Mostrando la última versión del famoso retrato hablado]: Con un trabajo circunscrito al sur de los Estados Unidos, entre Florida y California, el asesino en serie “El Pasajero” ha desconcertado a las autoridades y también al gran público norteamericano por casi treinta años. Considerado como uno de los más sanguinarios asesinos, la policía ha logrado construir un perfil sicológico más preciso pero no ha podido ponerse sobre las pistas correctas. Otros, como el doctor Calvin Woodrow, jefe de la Unidad de Siquiatria del FBI, no son tan optimistas:

[Declaración]: “Excepto una inteligencia fuera de lo común y una especie de obsesión seudo religiosa, es poco lo que podemos decir de la mente de este individuo. Mi teoría es que sus cartas están llenas de trampas. Recuérdese lo que pasó en los setenta…”

Reportero: En los años setenta, el FBI y la prensa se apresuraron a etiquetar al Pasajero como un simple loco y a pronosticar su pronta captura. Diez años después ya los especialistas estaban convencidos que el hombre había construido, deliberadamente, un falso perfil de sí mismo. Su locura era el disfraz de otra, no menos terrible, pero sí menos descifrable…

[Otro corte.]

Reportero: ¿Qué aspecto tiene el Pasajero?

M. J., detective: Es blanco, fornido, debe tener casi sesenta años actualmente. Hombre culto, de comportamiento social refinado. (RÍE). Bueno, ese nos deja con quince millones de individuos.

[Fotografía de víctimas; videos de cuerpos encontrados]: La ola de crímenes de este asesino comenzó en 1971 y se ha extendido hasta 1987, fecha de su último asesinato conocido. Desde siempre mantuvo una intensa correspondencia con la policía, mucha de la cual ha sido estudiada por los especialistas. Su carrera homicida se desarrolló en las interestatales, en las carreteras de campo, en las líneas de tren. Sus víctimas son preferentemente camioneros, taxistas, choferes y conductores en general. Se le atribuyen al menos 35 asesinatos, en los cuales desfiguraba salvajemente a sus víctimas, haciendo lo que él llamaba una “escultura humana”, un macabro arte corporal. Se sospecha, sin embargo, que la lista de víctimas desconocidas es mucho mayor.

Fin del video. Albert mira las fotos y las suelta instintivamente. Comienza a compararlas con el recuerdo. Está anonadado. Dice al agente:

— Estuve con El Pasajero aquella noche…

— Nada más y nada menos que con Herbert Avidson, el hombre más buscado del país, un hombre de una locura, de una crueldad y de una peligrosidad indecible, pero de inteligencia superior, sabe, para poder burlar a la policía por tanto tiempo. El caso es que, gracias a la casualidad más inesperada, se le descubre ahora, casi septuagenario, con un diario detallado de cada uno de sus crímenes.

– ¿Sí?

– Sí. La prensa sería capaz de matar por esta obra maestra del crimen. La seguridad que estamos aplicando es máxima. Queremos verificar todo lo dicho en ese diario antes de hacerlo público y, sobre todo, estudiarlo con equipos muy especializados de sicólogos y expertos en conducta humana.

– ¿Tanta importancia tiene?

– Sí, porque éste en particular expresa uno de los altos niveles de astucia que hemos encontrado. Pocas veces la policía se mantuvo tan ignorante acerca de unos asesinatos tan aparatosos. Además, hay una ola de admiración por estas lacras, que propicia imitaciones o emulaciones y queremos tratar ese asunto también. Como le dije, tenemos que verificar los hechos.

— ¿Tendré que identificarlo en persona?

— Realmente no… Herbert Avidson confesó ser El Pasajero, de hecho, nunca lo negó.

Abre, un tanto ritualmente, la gaveta de su escritorio. Saca un sobre que contiene fotocopias de la transcripción del diario, junto a algunos facsímiles del mismo.

— El hombre narra todos y cada uno de sus crímenes, con lujo de detalles y una prosa nada mala. Es usted, junto a Desiree Stanton en Lake Charles y un anciano, Malcom Balder en Phoenix, Arizona, el único que acepta que no pudo matar aunque lo quiso y lo intentó. Ambos testigos ya han muerto, uno de viejo y la otra de un infarto, no se asuste, usted es el único que nos puede arrojar luz sobre la validez de este relato para poder calibrar la confiabilidad de esta bitácora del infierno.

Acto seguido, exaltado por una curiosidad sobrehumana, Albert toma los papeles y los hojea aleatoria y nerviosamente.

— Póngase cómodo ¿café?

— Gracias.

Fija su vista, primero en los facsímiles del diario manuscrito. Aunque la imagen no es precisa, muestra claramente una letra consistente, cursiva, con pocos tachones pero sí algunas notas laterales. Albert saca los lentes y comienza a leer, borrada de su rostro la sonrisa inicial:

—–INICIO DEL TEXTO———————————————————-

«02/10/73
12:15 a 4:00 am.
Albert…
Taxis Carrolton, #25
Nueva Orleans, LA

El método había sido exitoso desde Panama City. Llamar de un público a la empresa de taxis, en un lugar glamoroso pero oscuro, dar el teléfono del público y esperar. Fumaba entonces, de modo que consumí un cigarrillo mientras esperaba.

Audubon Place tiene esa extraña combinación de bulevar hollywoodense con aristocrática calle inglesa. Estaba nervioso porque demoraba. Cuando ví las luces y el pequeño letrero de taxi, me invadió la usual excitación sexual: una noche entera de faena, de acto creativo sumergido en la oscuridad.

Me preocupaba sobremanera el aliento. En realidad, mi afición al alcohol era reciente en el viaje nocturno. La sensación dionisíaca, el mareo impetuoso, la desinhibición mayor: todo invitaba a pensar que Baco sería mi secuaz de muerte. Pero el aliento a alcohol me asqueaba y avergonzaba.

Era yo, pues, un ángel de la noche, un vampiro-escultor sediento de sangre pero también del lienzo mismo, un consumador de Del asesinato considerado como una de las Bellas Artes. Cómo decirlo, una especie de diablillo seducido por la luz del arte, un escándalo en el cielo y en el infierno por igual.

Esa lucha ¡el horror! se reproducía en mi estómago desde hacía varios minutos. Mi espina era sacudida por corrientazos cada vez más continuos.

La comida y la bebida se entremezclaban en mí como lava sobre agua de mar. Retorcijones que anunciaban un posible saboteo de mi fiesta. Después de hacer la llamada me sentí mejor, ya mi rescate venía en camino. Era vital que el nombre dado a la compañía de taxis fuese una recomposición del mío. Así manejaba mis seudónimos artísticos.

En vez de nome de plumme, yo tenía nome de marteau. En once veces que hice tal cosa, siempre mi nombre pudo haberse encontrado con un trabajo más malicioso de investigación. Cualquier detective televisivo lo habría resuelto en medio capítulo.

Pero volvamos al taxi que inundaba de luz el recinto de árboles y muros donde me hallaba. Tengo por costumbre dejarme ver bien por los beneficiarios de mi arte, de modo que me encantó ser iluminado, como si en una obra teatral apareciera de entre las sombras el personaje más misterioso: el pasajero Picasso.

En pleno proceso de mariposas en el estómago, boté el cigarrillo, porque jamás entro fumando a vehículo alguno. Abrí la puerta y se desató la primera señal de mi caída estomacal e intestinal.

Vestía sobretodo y una ropa de algodón, muy mal planchada, por cierto. Los días de mal vestir, para mí, son en compensación jornadas de orden y concierto.

Soy bastante inmune al frío, mi calor interno es tal que no puede lacerarme ni el más despiadado viento del norte. Pero en ese momento el temblor en el estómago me hizo momentáneamente vulnerable a la gélida brisa. De hecho, producía rayos de frío, exacerbados con el templado exterior.

Por eso deseé entrar en ese taxi, para compartir su calefacción. Así mi pesado maletín de médico y me puse en posición, no hubo llamada de confirmación. Al conductor le extrañó que estuviese afuera.

— ¿Mr. Daffy?

— Sí.

— Móntese.

Así hice, en el asiento trasero. A diferencia de Nueva York, donde las había visto, en New Orleans no habían esas rejillas de separación entre el chofer y su cliente. Mi cuerpo se sumergía en una marejada de escalofríos.

Al cerrar la puerta y arrancar, recuperé el bienestar. Miré los robles y abedules impregnados del perfume de la magnolia, las luces de navidad que alegraban las fachadas de casas y edificios. En invierno prevalecía un olor a leña ya hecha humo. El taxi llevaba calefacción, pero el aroma penetraba y se disfrutaba en toda su tibieza.

— ¿Qué le pasa, señor?

— Me siento mal, he abusado del Gumbo y de los mariscos y del bourbon. Pero estaré mejor…

— Espero…

— ¿Cómo se llama, amigo?

— Albert…

— Lléveme hacia el French Quarter.

“Sí -pensé- llévame hacia mi orgía nocturna de piel y sangre. Llévame a tu propio holocausto.”

http://ciberneticon.com/wp-content/uploads/2012/06/nola1.pngPorque gustaba pensar que yo corregía con furia las deficiencias que la naturaleza añade -o le niega- a la gente. Quedó grabada en mí una frase de la película El Mago de Igmar Bergman, donde un moribundo borracho dice que ama el cuchillo, “una hoja filosa para cortar las deficiencias”.

De modo que yo los lijaba, los recomponía como Picasso hasta lograr las formas que la desquiciada Natura perdía. Lejos de ese superficial mote (El Pasajero, The Passenger), debí haber sido llamado El Escultor o, más audazmente, el “Rehacedor” (The Remaker) o incluso Picasso o NeoPicasso, uno que hacía cubismo anatómico.

Lamento profundamente no haber enviado esa carta al Houston Chronicle en 1971, habría cimentado mi leyenda desde hace buen tiempo y dádome un nombre que sólo después de mucha hermenéutica la prensa especializada ha dibujado.

Mi última víctima antes del taxista sin nombre es un ejemplo perfecto de esta evolución que daba mi carrera: un gran deseo de ser leído en mi trabajo, un esfuerzo honesto por revelarme en mi inevitable destino de hombre escondido. Bernard Cox (extraño nombre), era un miserable.

Su vida estaba entregada a la más abyecta ruindad: en los bares, escapando un Vietnam que sus hermanos no eludieron, borracho con cerveza, como un niño. Jugaba mal pool ¡ay, no! había que destrozarlo. Un animal.

Quien crea que pretendo justificar mi acto se equivoca: yo sé quien soy. Lo sentencié y murió. Punto. Algún día la vida me sentenciará, pero igual será el mismo castigo que le otorga al más piadoso. Por eso sentencié a Bernie. Porque era un asno y no comprendía estas cosas.

Recuerdo la nota que envié a la policía (nunca fue publicada, al menos correctamente):

“Me bastó una hora para saber que era un malnacido. Si fuera ustedes me descubriría, en uno o dos meses. Yo debería ayudarlos con otros asesinos. Soy el más grande y no me simpatiza la competencia. Quiero el monopolio del anatema. Quiero posicionarme como el artista del asesinato.”

Le dí, muy secamente, un leñazo en la parte posterior del cráneo. No murió; quedó agonizante en el asiento, embebiéndolo de sangre. Yo, temblando de la excitación, tomé mi alicate y un bisturí para formar la primera imagen cubista. Labios distribuidos, frentes surcadas, orejas en el centro de la cara.

Con los ojos no jugué sino mucho tiempo después, hacia principios de los ochenta, como doy fe. Mi obra es un perpetuo y, yo diría, enfermizo deseo de que la gente entienda qué quiero decir, aun cuando no sepan quién soy. He sido y soy, un mensaje sin emisor.

Ya de Bernie hablo profusamente en su capítulo respectivo. Lo traigo a colación porque sentí esa “sensación tipo Bernie” con este taxista miserable.

Mi sensibilidad era tan grande para entonces… que nadie me creería, jamás, la circunstancia insólita de que no soy malo. Mi discurso es riguroso para probar que no soy un loco, pero incluso eso se dudará cuando diga que mi problema es que he sido demasiado bondadoso. Amo demasiado.

La bondad de mis actos era un deseo de convivencia con la materia prima de mi trabajo. Los necesitaba vivos para poder inmortalizarlos. Eso intenté decirlo al Chronicle, pero nada, caso omiso. “Loco, insano, monstruo”. Volvamos al taxista.

No sé porqué, pero el Albert me irritó. Al principio su distancia me gustó, su porte lejano, pero cuando empezó a congeniar con esas estúpidas frases hechas, mi sangre empezó a hervir. Saqué la pequeña botella para absorber el escocés con frenesí, pero las náuseas me obligaron a esconderla en el bolsillo. Mi maletín pesaba cuatro kilos.

Mi intuición, para entonces, se había aguzado. Por eso me siento un vampiro, porque percibo cosas. Por ejemplo, capté claramente que aquel ingenuo me creía un desvalido y no sospechaba que al recuperar yo mis fuerzas lo suaría como insumo estético. La trayectoria de allí en adelante fue conflictiva: un penoso malestar creciente, una puntada muy aguda, como un sable que atravesaba mis intestinos, comenzaba a penetrar, soltando alrededor escalofríos que me hacían temblar. ¡Qué desastre!

Pensé que la brisa del Lago Pontchartrain me calmaría y que, en todo caso, su largo bulevar me ofrecería el sosiego para darle a mi cuerpo un estado neutro y luego desatar mi crescendo y para transformar a ese otro Bernie en un arreglo floral.

Pero frente a esa gran masa oscura de agua, frente al vaivén de una pupila lunar amplia y tétrica, mi cuerpo se estremeció. El mareo era insoportable, resultaba impensable salir y vomitar en público. Las parejas pasaban y yo, allí adentro, paralizado por el escalofrío.

Me preguntaba, no obstante, qué horrorosa justicia aplicaría a tan insigne John Doe que me conducía. A ratos ¿se podría decir? incluso lo sentía agradable, poco dado a hacer preguntas, práctico como todo hombre de esta nación… Su manejar era suave y eso más mi expectativa de trabajo hacían que me recuperara lentamente.

Puras ilusiones, sin embargo. A medida que nos desplazamos por esas galerías vegetales, el Gumbo en mi estómago hacía estragos. Detuve el auto dos veces para vomitar. Ese acto repulsivo de “devolver” al mundo lo que nos ha dado, de forma tan escatológica… me hacía vomitar más. Y mientras más devolvía, quedando por segundos asfixiado, tosiendo como un tísico, más deseaba volcar mi furia contra el chofer.

En el llamado Garden District le pedí detenernos en el amplio Parque Audubon, que se veía brilloso bajo la luna. Allí decidí acabar con todo. Nos bajamos y comencé a deambular. Me hablaba, o trataba de hablarme, para recuperar la compostura, para saber que vivía y que mi misión requería fuerzas más allá de la falibilidad humana.

Desde entonces poco recuerdo, excepto el deseo punzante de matar. Sólo eso me estabilizaba ¡así sería el temblor… el temor y temblor de Kierkegaard, el que sintió Abraham al disponerse a sacrificar a Isaac! ¿Qué es Abraham, un héroe o un asesino? Yo respondo: uno como yo, pero ingenuo.

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“En el llamado Garden District le pedí detenernos en el amplio Parque Audubon.” (Imagen contemporánea).

Entonces colapsé y aquel chofer llamado Albert me llevó cargado al taxi. Otra vez camino a ninguna parte, le ordené a mi conductor que se detuviera. Vi algunos claros en el camino, ideales para salir o minimizar mi infierno. Varias veces me resbalé en la escarcha sobre las calles. Sudaba frío, incluso llegué a temer por mi vida. Al detenernos salí aparentando normalidad, dejé el maletín. Me adentré en la oscuridad de un largo callejón, deseando que me siguiera para aplastarle alguna piedra en la cabeza, llenar su boca de trapos y buscar mi preciosa caja de herramientas estéticas.

Localicé una barra de hierro, oxidada, pero imponente. Lo esperé detrás de una vuelta de esquina, el infeliz sureño me buscaba con una generosidad que no comprendía. En ese momento pensé que la noche recobraría su gloria. Apreté la barra, sentí sus pasos y, al alzar mis brazos, una descarga eléctrica exaltó mis nervios y en mis adentros sentí la erupción de un volcán.

En ese momento sólo pude salir patéticamente con la barra en la mano, buscando fuerzas para activarla. Fue penoso. Me retorcí del dolor, el frío comenzó seriamente a entumecerme.

Al despertar de ese colapso estaba en el auto, otra vez. Mi mareo vomitivo flirteaba con la vigilia, o con el esfuerzo de la vigilia, ante el miedo extremo a que este hijo de vecino me llevara a un hospital o peor, a la policía. No tanto por mí sino, obviamente, por mi maletín. Pensé nebulosamente que podría simplemente bajarme pero en pocos minutos la orden “¡detén el vehículo!” era para una devolución… Estaba a merced de una gravedad infalible: el peso del cuerpo cuando se desploma ¿sería un mensaje, una metáfora para mi arte?

Al menos, fue la última vez que usé ése maletín y lo sustituí por herramientas que escondía en mi ropa y morral. Albert, un poco confuso él mismo, se detuvo frente a un local de jazz y, no sé por qué vesánica circunstancia, lo convidé a bajarnos.

El ambiente era ruidoso, humeante y el olor a cerveza y escocés barato terminaron por alborotar mis náuseas. Mi taxista, obstinado -supongo- me siguió, tomóme por un brazo y quiso sacarme a la fuerza. Claro, el muy imbécil no notó que mi maletín yacía en el suelo y que lo dejábamos atrás.

Entonces me abalancé sobre él con la poca fuerza que tenía. Intenté impulsiva y divagatóriamente ahorcarlo. Logré, al menos, conectarle un buen golpe a la cara y derramar un vaso de maloliente cerveza que había comprado. El hombre, mil veces más fuerte que yo en ese instante, me sacudió contra la pared y me sacó de ese lugar con violencia, no sin antes arrastrar el maletín consigo. Yo pensé: “Sí, Jesús, carga tu propia cruz”.

En el carro:

— Ahora sí lo llevo a un hospital, usted está mal…

— No, esta vez, le prometo Albert, me recupero, sólo deme un paseo y disculpe por el golpe, estoy un poco abrumado y no sabía que era usted -eso lo dije fingiendo ser un humano cualquiera.

Luego, más humano aún:

— Tendrá la propina de su vida, pero por favor déjese de tonterías. Lléveme a un sitio cerca del río, permítame tomar aire y luego déjeme botado en una dirección que le daré. Perdone todas las molestias.

A esas alturas estaba impregnado de vómito, cansado pero con reservas… el maletín seguía allí, afortunadamente. Decidí dar el finiquito en la rivera del Mississippi. Incluso imaginé la obra final, no un cubo, sino un hipercubo carnal. Llegamos una parte solitaria y marginal de la calle Magazine, con casas de madera cruzadas por vías férreas.

Nos detuvimos en un banco de césped que, al cruzarse, conducía a un trecho incólume del gran Mississippi. El hombre salió muy rápido, a orinar, supongo. Yo acumulaba fuerzas, me resultaba insoportable perder el tiempo de esa manera y sobre todo la última oportunidad real de divertirme aquella noche. Abrí mi maletín y saqué un puñal, muy efectivo en el pasado y participante en el festín de Bernie.

Lo empuñé y ya todo terminó. Tenía la puerta abierta y Albert se acercaba. Ese hombre ahora era un monstruo para mí. A todas estas nunca entendí cómo no se daba cuenta. Forcejeó para quitarme el cuchillo. Yo tomé una decisión, triste, pero ya incambiable.

Como artista he de aceptar el fracaso cuando se presenta. Éste era un bloque de mármol que rehusaba ser cincelado, un lienzo impintable. Mi único consuelo era el futuro, la oportunidad de volver y liquidarlo. Ya sabía dónde trabajaba, encontrarlo no sería difícil.

Le dije que me llevara a un hospital. Cuando giró para abordar el carro, abrí la puerta, así el maletín y emprendí una loca carrera hacia la oscuridad. Mi terror consistía en que me persiguiera, cosa que nunca supe si ocurrió. Mi miedo aumentaba, desbocado frenéticamente a través de las altas hierbas ribereñas… sentía que pronto sucumbiría y caería desmayado. ¿Qué pasa si me consigue y lleva al hospital? ¿O si me quita la vida? ¿Me deshago del maletín?

En efecto, me desboqué inconsciente a una vereda del río y allí dormí hasta el día siguiente, cuando me recuperé y pude llegar de alguna forma a la desvencijada habitación. No puedo negar que tuve terribles pesadillas: aquel taxista era, para mí, como yo he sido para mis víctimas.

Dejé a Albert para después, esa tarde me fui en un Greyhound hacia Missouri, donde resurgiría mi gloria con el caso de Bertha Lowenstein, la primera fémina que descosí. Registré mucho y nunca encontré un paquete de billetes que tenía en el bolsillo. Bueno, propina para engordar un bloque de mármol carnal…»

—-FIN DEL TEXTO——————————–

El escrito parece seguir, pero la copia fotostática llega hasta ahí. Albert cierra los folios.

— Aunque lo que pensó no lo sé, su recuento del viaje y sus peripecias es exacto.

Aunque al terminar de leer conversa mucho con los policías y éstos toman abundantes notas, el regreso a casa, en el asiento trasero del auto, es particularmente silencioso.

— Algún día el sirviente será rey… -piensa una y otra vez.

Mira a lo lejos surgir su casa entre los árboles. Comienza a despedirse de los policías, a intercambiar tarjetas. Está desesperado de llegar y contárselo todo a Audrey.

Eso le hará ver a ella que en la vida de Albert, alguna vez, por fin y verdaderamente, había pasado algo.

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FUENTE: Encuentros en el vórtice (Amarante, 2012) de FNN.
ILUSTRACIÓN: Lúdico. FOTOS: FNN.

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