El pasajero Picasso

El pasajero Picasso

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Cuento – Fernando Nunez-Noda

Una mañana luminosa de domingo y una consideración sobre la altura del césped son calmos placeres que Albert Banchank conoce y practica. Su casa es amplia, con dos pisos y ático.

La parte trasera tiene un largo jardín, tan grande que toma varios minutos alcanzar una cerca de madera al fondo. En el extremo oeste la piscina es perturbada por la brisa. Albert se sienta en el porche y mira la TV, o come alguna de las variadas cosas que su esposa Audrey coloca. Ayer llegó de Houston, hizo excelentes negocios.

A los cincuenta años su vida es bastante satisfactoria: un poco más arriba de la clase media y muy orgulloso de ello, por cierto, porque prueba que el trabajo duro, bien hecho, produce sus frutos.

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Su casa es amplia, con dos pisos y ático.

Ejerce el libre comercio desde 1978. Su esposa es contadora y él es ingeniero químico, profesión que jamás ha ejercido. Vive con ellos su hija menor, de quince años.

Lauren, la segunda, está en la Universidad de Michigan. El mayor, de veintiocho años y graduado, ya se encarga parcialmente de la compañía (almacenes de mayoreo de herramientas) y su probable matrimonio con una chica de prestigiosa familia sureña, sería tópico de orgullo generacional para los Banchank.

Pero ese día la cavilación es corta. Audrey trae el teléfono, tapando con los dedos la bocina.

— Es Bill, tu viejo compañero de la compañía de taxis.

Albert toma el aparato.

— ¡Bill, qué sorpresa!

— Hola Albert, debo hablarte.

— Dime.

— Hace unos minutos salieron para tu casa dos agentes del FBI. Querían saber quién había manejado el taxi # 25, el 10 de febrero de 1973. De eso hacen veintidós años, tú sabes, por eso tuvimos que cavar en los archivos y entonces averiguamos que fuiste tú el chofer aquel día.

— ¿Y qué hay con eso?

— Parece ser tremendamente importante un pasajero que llevaste ese día. ¿Puedes recordar?

— ¿Recordar, Bill? Claro, la famosa tormenta, tuvimos nieve en New Orleans. Recuerdo esos días, pero hace tantos años…

— ¿Recuerdas algo en particular? ¿Un tal Herbert Avidson no hace sonar una campanilla?

— ¿Avidson? No, bueno, no sé, para esa fecha… yo estaba en Loyola y era sustituto ¿o ya era titular?

— Sustituto aún, creo.

— Bueno, llámame luego, para saber.

— Sí, – dijo separando las persianas con los dedos- deben ser esos.

En efecto, llegan los policías. Podría ser una pareja de detectives de cine, excepto que ambos son blancos. Toman café en la amplia cocina de los Banchank.

— ¿Estoy en problemas?, preguntó a secas Albert.

— No se preocupe Sr. Banchank, usted no ha hecho nada. Nos interesa un pasajero que tuvo hace veintidós años, cuando era taxista. Su nombre es Herbert Avidson.

— ¿Le dice algo ese nombre? -dice el otro, acercándose insidioso.

— No, en absoluto me dice nada ese nombre…

— Acompáñenos, por favor.

Camino a la oficina del FBI, un insólito domingo en la mañana, Albert ya cree saber a quién se refieren los agentes, el pasajero que tuvo en aquel atípico invierno sureño.

El resto es silencio hasta que llegan. El edificio está vacío, excepto por una oficina de improvisado ajetreo. Surgen de repente asistentes y otros detectives. Están aquí por Albert, o por lo que Albert pueda recordar.

Los recibe un superior, de aspecto altivo pero de trato respetuoso. Ésta, obviamente, no es su oficina, dado que todo lo amontonó en una mesa lateral. El resto intacto.

— Sr. Banchank, tome asiento, lamentamos quitarle tiempo pero el gobierno está muy interesado en su colaboración.

— Cualquier cosa que pueda hacer…

— ¿No recuerda usted a este hombre?

Saca una fotografía tamaño carta, la ampliación de una foto-carnet, que muestra a un hombre como de 35 años, de rostro alargado, pelo muy liso con carrera del lado derecho, labios delgados, pómulos suaves y cejas tenues. Sólo se aprecia un nudo de corbata grueso y un cuello de camisa blanco.

— ¿Es éste el tal Avidson?

— Sí. Él dice que estuvo en su auto el 10 de febrero de 1973, entre las 12:05 y las 4:00 am, según su diario. Queremos verificar, en principio, si esto es cierto.

— Me acuerdo, no soy mal fisonomista. Este hombre se parece… al de la (EN VOZ MUY BAJA): intldog astfh emation…

— ¡¿Cómo!?- preguntaron varios a la vez.

— …el de la intoxicación estomacal, incluso vómitos…

— Sí, en efecto -dice el jefe- ése resulta el rasgo distintivo de la historia.

— Fue muy extraño, dimos muchas vueltas -murmuró Albert.

— ¿Cómo pudo recordar el episodio tan rápido?

— Imposible olvidarlo, nevó en New Orleans y el episodio con este Avidson (me entero de su nombre) fue tan cómico y tan trágico.

— ¿Cómico? ¿Podría contárnoslo?

-Bueno, puedo tratar. Aunque (parece despertar de un sueño)… ¿ustedes no saben qué pasó? ¿El hombre no les contó?

— Es muy importante escuchar su versión antes de contrastarla con la de él, Sr. Banchank.

— O sea que no se murió… ¡Ja! ¿Y qué pudo hacer ese pobre hombre esa noche? Estaba… acabado.

– Cuéntenos…

— Fue un… a ver…

— …sábado en la madrugada -se apuró a decir Jackie, un asistente con buena perspectiva de jefe de zona.

— Recuerdo un frío insoportable, menos de 20 [Fahrenheit, alrededor de -6 grados centígrados]. Iba yo por la avenida Carrolton, la empresa de taxis se llama “Carrolton”, que raro ¿no? Conocía a Bill, entonces pequeño accionista, quien me cedía taxis. Como era novato, debía atenerme a las horas más incómodas, casi siempre nocturnas.

Se recuesta de la silla, disfrutando el recuerdo:

— Esa noche creo que escuchaba una emisora de radio, mezclada con mi CB, que esputaba sin cesar órdenes y diálogos entre Bill y las decenas de taxistas que cruzábamos la ciudad. Franjas de hielo bordeaban las aceras y las mansiones exhibían decoraciones navideñas.

“Siempre lo mismo, usted sabe: los burdeles de la calle Decatur; la zona del Hyatt o el Lakefront. Algún “preppie” cerca de Tulane. El caso es que iba por ese túnel de árboles cuando me informaron que alguien solicitaba un taxi en Audubon Place, uno de los lugares más exclusivos de la ciudad.

” ‘Propina’ era la palabra mágica en esas llamadas. Al torcer el codo de sur a este, entré en la calle Saint Charles… seguí hasta cruzar hacia Audobon Place, cerca del parque del mismo nombre. El guardia me dejó pasar… anotó la placa.

“Audubon Place es lugar de gente rica. Me dirigí a la dirección y contemplé una enorme mansión de piedra que me gustaba ver desde las afueras de la urbanización. El hombre estaba allí, estático. Creo que fumaba. Se montó, con un paquete o algo similar.

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“Audubon Place es lugar de gente rica…”

“Me dio una dirección ¿un hotel de mala muerte o un bar? creo que fue un hotel. ¡Ah sí! De allí sacó sus cosas. El contraste me perturbó, pero decidí no hacerle caso. Me dijo que había comido algo que le cayó muy mal y pronto lo empecé a ver decaído. Pobre hombre. Recuerdo su grito para que me detuviera. Abrió la puerta y vomitó.

— ¿Poco o mucho?

— Levemente, tosiendo repetidas veces… Acostumbrado a estos menesteres, le di agua de una cantimplora que llevaba en la guantera. La tomó con desesperación, temblando.

— Señor -le dije. Lo voy a llevar a un hospital…

Ríe profusamente:

— Siempre me he acordado de él, pero no sabía cómo se llamaba y que lo estaban buscando o algo por el estilo…

— ¿Usted ofreció llevarlo a un hospital?

— “No, no lo haga”, me dijo, “ya estoy bien, sólo necesitaba vomitar, ya estoy mejor…”

“Y me dio otra dirección. Me pidió que me bajara con él… era un callejón oscuro. Me compadecí y lo acompañé. Caminaba en ligero zigzag, como bajo una embriaguez controlada. Lo esperé frente a un caserón y, por un rato, pensé que se había escabullido. Al voltear estaba allí, casi desmayado en la acera, vomitando la bilis.

“Esta escena, tan prosaica, no ocurrió una sino varias veces. El hombre, sobrecogido por la vergüenza, quería adentrarse en los lugares más oscuros y solitarios para descargar su estómago. Claro que me pareció un poco loco, pero me dio lástima y lo acompañaba.”

— ¿Recuerda alguna situación específica?

— El Parque Audubon, a ver, sí, el bosque, tan tupido, esos montoncitos de nieve que quedan en los lugares donde una nevada es una fiesta. Era una noche clara, pero allí se veía más por las luces laterales y artificiales de los postes. El individuo salió disparado. Hablaba, más para sí, expulsando gruesos vahos de vapor; se pedía perdón, parecía no poder resistir esa situación de ridículo. Patinaba con el hielo disperso. Y le daba mucha pena conmigo, estaba terriblemente avergonzado. En ese lugar lloró, pero no entendí sus palabras. Devolvió y lo dejé solo. Le di la espalda.

“Sentí, no sé, que ese hombre estaba viviendo un tormento indescriptible, un amor roto, la muerte de alguien, lo sentí solo y desvalido, muy en el filo, usted sabe, habría tenido que tomar tanto…

“Se hizo un repentino silencio. Volteé y no estaba. El chasquido de las hojas lo revelaron, daba vueltas, concentrándose para recuperarse, caminando con paso marcial, recordándose una y otra vez que estaba bien y que el malestar era una especie de ilusión. Había mucho de una religión extraña en ese individuo.

“Yo cerré los ojos y me recosté del tallo de un árbol, estrujándome el entrecejo: ´¿Por qué a mí? ¿Qué hago aquí congelándome el culo?´ Entonces decidí llevarlo, no a la fuerza, pero sí persuasivamente a un médico.

“Cuando giré para ubicarlo ya no estaba. Fui hacia el lugar de su incomprensible monólogo y no había rastros. Preparado para irme al carro y esperarlo allá, sentí unas manos que se posaron sobre mis hombros. Aquel pobre ser pedía auxilio. Se desplomó frente a mí. Su ímpetu, a pesar del colapso, era tal que parecía más bien querer cargarme a mí.

“Lo llevé en brazos al taxi, mejor dicho, empujado. Murmuré que quizá era mejor dejarlo directamente en la estación de bomberos o en la policía. Como no parecía mejorar, por un segundo pasó por mí el inquietante terror de que ese hombre se muriera en mi carro. ¿No era negligencia de mi parte?

“Pero cada vez que le hablaba de hospital o policía estallaba de ira, a regañadientes prometía mejorarse pero en realidad se ponía peor. Nos bajamos en muchos lugares y el hombre se perdía, para aparecer súbitamente frente a mí, surgido de las sombras. Fue una locura, algo absurdo. Para el momento ya yo estaba mareado y casi congelado… atontado por la calefacción del carro, por la modorra de esa madrugada sin sentido.

“En una de las paradas lo vi a lo lejos, en la oscuridad. Caminaba con extrema lentitud, pero se esforzaba en ir más rápido. Al acercarme me di cuenta que cargaba una barra de hierro muy pesada, la cual le hice soltar. Me pareció que el pobre estaba saliendo de sus cabales.

“Especulé, malévolamente, que este hombre huía de la ley o algo por el estilo, porque rehusaba los lugares muy iluminados o concurridos. O quizá flirteaba con el abismo, era un suicida y yo un guardián no invitado, que una y otra vez lo ayudaría a no morir. ¿Cómo me dijo que se llamaba?”

— Herbert Avidson.

Prosigue Banchank:

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Plaza Jackson con la Catedral de San Luis al fondo.

“Vaya periplo que hicimos: de Saint Charles a Decatur St., pasando por la Plaza Jackson. Nos dirigimos, también, al Lakefront pero -según él- estaba muy concurrido. Volvimos al Garden District, nos detuvimos en las veredas del Parque Audubon. Bajamos por Napoleon St. e hicimos una parada en Tipitina´s, donde esa noche estaba, nada más y nada menos, que Johnny Lee Hooker, un blusista de la calle.

Lo que pasó allí fue desastroso con ese pasajero: se retorcía, corría al baño, salía con un aspecto patético y mortecino.

“Terminamos en una vereda del río, a lo largo de Magazine St. Allí ocurrió lo terrible, por lo cual jamás olvidaré ese pobre ser, varias horas después de haberlo recogido. Me alejé del carro para orinar, había luna creciente. Al regresar aquel hombre tenía un cuchillo en la mano en franca actitud de quitarse la vida.

“Me lancé sobre él para detener tal acto, pero estaba tan débil que no hubiera podido hundirse la hoja en lugar alguno. Traté de someterlo, para llevarlo a un doctor a la fuerza, y entonces sacó una energía contenida, forcejeamos, logró derribarme al piso del auto, se escabulló y huyó para siempre.

“Recuerdo ese rostro feroz pero debilitado, poblado de pedacitos de vómito seco. Quiso pelear conmigo por escasos segundos, pero al constatar que era pérdida segura, haló con inesperada fuerzas su bolso, se fundió en la noche y no lo vi más.

“Dejó en el asiento, atado por una liga, suficiente dinero para pensar en una generosa propina. Aunque fue trágico no puedo dejar de reírme ante la imagen de un hombre vapuleado, que decía: ‘Estoy bien, estoy perfecto, ya me curé’ y ¡búa! vomitaba las entrañas por la ventana.”

— ¿Es todo?

— Una vez soñé con el son of the gun.

— ¿Sí? ¿Qué soñó?

— El hombre estaba vestido de gris y me decía, varias veces: “Algún día el sirviente será rey”. Por supuesto que jamás he tratado de explicarme estas palabras sin sentido. Pero, no sé porqué, me inquietaron.

— ¿Conversaron mucho?

— Supongo que sí, todo taxista tiene algo de psicólogo. En realidad no recuerdo esa conversa. ¿Usted cree que ése fue el único loco que me conseguí? Ahora dígame, porqué es tan importante este episodio que yo recuerdo con cariño pero que siento como una anécdota sin mayor importancia…

— ¿Ha oído usted hablar de “El Pasajero”?

— ¿El Pasajero? ¿Una serie de TV?

— Le refresco un poco la memoria.

Acto seguido activa un aparato de video que contiene un fragmento del noticiero CNN. Dice la narradora:

“La policía de San Diego se mantiene hermética ante la información extraoficial llegada hace unos minutos sobre la supuesta captura del célebre asesino en serie “El Pasajero”. Nathan Frigger, jefe del FBI en California, informó que el sospechoso -cuyo nombre no ha sido revelado- es sometido a intensos interrogatorios y que un equipo especializado revisa su casa para recolectar evidencia. Como el Unabomber, que fue investigado y perseguido durante 19 años, el Pasajero ha frustrado a investigadores federales por más de 25 años y tiene el dudoso honor de estar en la Enciclopedia Guiness como el “Hombre más buscado por mayor período de tiempo continuo (12 años)” “.

Corte de edición casera. Abrupto. Prosigue un clip reporteril, con diversas imágenes y voz en off del reportero:

[Mostrando la última versión del famoso retrato hablado]: Con un trabajo circunscrito al sur de los Estados Unidos, entre Florida y California, el asesino en serie “El Pasajero” ha desconcertado a las autoridades y también al gran público norteamericano por casi treinta años. Considerado como uno de los más sanguinarios asesinos, la policía ha logrado construir un perfil sicológico más preciso pero no ha podido ponerse sobre las pistas correctas. Otros, como el doctor Calvin Woodrow, jefe de la Unidad de Siquiatria del FBI, no son tan optimistas:

 

 

[Declaración]: “Excepto una inteligencia fuera de lo común y una especie de obsesión seudo religiosa, es poco lo que podemos decir de la mente de este individuo. Mi teoría es que sus cartas están llenas de trampas. Recuérdese lo que pasó en los setenta…”

 

 

Reportero: En los años setenta, el FBI y la prensa se apresuraron a etiquetar al Pasajero como un simple loco y a pronosticar su pronta captura. Diez años después ya los especialistas estaban convencidos que el hombre había construido, deliberadamente, un falso perfil de sí mismo. Su locura era el disfraz de otra, no menos terrible, pero sí menos descifrable…

[Otro corte.]

Reportero: ¿Qué aspecto tiene el Pasajero?

M. J., detective: Es blanco, fornido, debe tener casi sesenta años actualmente. Hombre culto, de comportamiento social refinado. (RÍE). Bueno, ese nos deja con quince millones de individuos.

[Fotografía de víctimas; videos de cuerpos encontrados]: La ola de crímenes de este asesino comenzó en 1971 y se ha extendido hasta 1987, fecha de su último asesinato conocido. Desde siempre mantuvo una intensa correspondencia con la policía, mucha de la cual ha sido estudiada por los especialistas. Su carrera homicida se desarrolló en las interestatales, en las carreteras de campo, en las líneas de tren. Sus víctimas son preferentemente camioneros, taxistas, choferes y conductores en general. Se le atribuyen al menos 35 asesinatos, en los cuales desfiguraba salvajemente a sus víctimas, haciendo lo que él llamaba una “escultura humana”, un macabro arte corporal. Se sospecha, sin embargo, que la lista de víctimas desconocidas es mucho mayor.

 

 

Fin del video. Albert mira las fotos y las suelta instintivamente. Comienza a compararlas con el recuerdo. Está anonadado. Dice al agente:

— Estuve con El Pasajero aquella noche…

— Nada más y nada menos que con Herbert Avidson, el hombre más buscado del país, un hombre de una locura, de una crueldad y de una peligrosidad indecible, pero de inteligencia superior, sabe, para poder burlar a la policía por tanto tiempo. El caso es que, gracias a la casualidad más inesperada, se le descubre ahora, casi septuagenario, con un diario detallado de cada uno de sus crímenes.

– ¿Sí?

– Sí. La prensa sería capaz de matar por esta obra maestra del crimen. La seguridad que estamos aplicando es máxima. Queremos verificar todo lo dicho en ese diario antes de hacerlo público y, sobre todo, estudiarlo con equipos muy especializados de sicólogos y expertos en conducta humana.

– ¿Tanta importancia tiene?

– Sí, porque éste en particular expresa uno de los altos niveles de astucia que hemos encontrado. Pocas veces la policía se mantuvo tan ignorante acerca de unos asesinatos tan aparatosos. Además, hay una ola de admiración por estas lacras, que propicia imitaciones o emulaciones y queremos tratar ese asunto también. Como le dije, tenemos que verificar los hechos.

— ¿Tendré que identificarlo en persona?

— Realmente no… Herbert Avidson confesó ser El Pasajero, de hecho, nunca lo negó.

Abre, un tanto ritualmente, la gaveta de su escritorio. Saca un sobre que contiene fotocopias de la transcripción del diario, junto a algunos facsímiles del mismo.

— El hombre narra todos y cada uno de sus crímenes, con lujo de detalles y una prosa nada mala. Es usted, junto a Desiree Stanton en Lake Charles y un anciano, Malcom Balder en Phoenix, Arizona, el único que acepta que no pudo matar aunque lo quiso y lo intentó. Ambos testigos ya han muerto, uno de viejo y la otra de un infarto, no se asuste, usted es el único que nos puede arrojar luz sobre la validez de este relato para poder calibrar la confiabilidad de esta bitácora del infierno.

Acto seguido, exaltado por una curiosidad sobrehumana, Albert toma los papeles y los hojea aleatoria y nerviosamente.

— Póngase cómodo ¿café?

— Gracias.

Fija su vista, primero en los facsímiles del diario manuscrito. Aunque la imagen no es precisa, muestra claramente una letra consistente, cursiva, con pocos tachones pero sí algunas notas laterales. Albert saca los lentes y comienza a leer, borrada de su rostro la sonrisa inicial:

—–INICIO DEL TEXTO———————————————————-

«02/10/73
12:15 a 4:00 am.
Albert…
Taxis Carrolton, #25
Nueva Orleans, LA

El método había sido exitoso desde Panama City. Llamar de un público a la empresa de taxis, en un lugar glamoroso pero oscuro, dar el teléfono del público y esperar. Fumaba entonces, de modo que consumí un cigarrillo mientras esperaba.

Audubon Place tiene esa extraña combinación de bulevar hollywoodense con aristocrática calle inglesa. Estaba nervioso porque demoraba. Cuando ví las luces y el pequeño letrero de taxi, me invadió la usual excitación sexual: una noche entera de faena, de acto creativo sumergido en la oscuridad.

Me preocupaba sobremanera el aliento. En realidad, mi afición al alcohol era reciente en el viaje nocturno. La sensación dionisíaca, el mareo impetuoso, la desinhibición mayor: todo invitaba a pensar que Baco sería mi secuaz de muerte. Pero el aliento a alcohol me asqueaba y avergonzaba.

Era yo, pues, un ángel de la noche, un vampiro-escultor sediento de sangre pero también del lienzo mismo, un consumador de Del asesinato considerado como una de las Bellas Artes. Cómo decirlo, una especie de diablillo seducido por la luz del arte, un escándalo en el cielo y en el infierno por igual.

Esa lucha ¡el horror! se reproducía en mi estómago desde hacía varios minutos. Mi espina era sacudida por corrientazos cada vez más continuos.

La comida y la bebida se entremezclaban en mí como lava sobre agua de mar. Retorcijones que anunciaban un posible saboteo de mi fiesta. Después de hacer la llamada me sentí mejor, ya mi rescate venía en camino. Era vital que el nombre dado a la compañía de taxis fuese una recomposición del mío. Así manejaba mis seudónimos artísticos.

En vez de nome de plumme, yo tenía nome de marteau. En once veces que hice tal cosa, siempre mi nombre pudo haberse encontrado con un trabajo más malicioso de investigación. Cualquier detective televisivo lo habría resuelto en medio capítulo.

Pero volvamos al taxi que inundaba de luz el recinto de árboles y muros donde me hallaba. Tengo por costumbre dejarme ver bien por los beneficiarios de mi arte, de modo que me encantó ser iluminado, como si en una obra teatral apareciera de entre las sombras el personaje más misterioso: el pasajero Picasso.

En pleno proceso de mariposas en el estómago, boté el cigarrillo, porque jamás entro fumando a vehículo alguno. Abrí la puerta y se desató la primera señal de mi caída estomacal e intestinal.

Vestía sobretodo y una ropa de algodón, muy mal planchada, por cierto. Los días de mal vestir, para mí, son en compensación jornadas de orden y concierto.

Soy bastante inmune al frío, mi calor interno es tal que no puede lacerarme ni el más despiadado viento del norte. Pero en ese momento el temblor en el estómago me hizo momentáneamente vulnerable a la gélida brisa. De hecho, producía rayos de frío, exacerbados con el templado exterior.

Por eso deseé entrar en ese taxi, para compartir su calefacción. Así mi pesado maletín de médico y me puse en posición, no hubo llamada de confirmación. Al conductor le extrañó que estuviese afuera.

— ¿Mr. Daffy?

— Sí.

— Móntese.

Así hice, en el asiento trasero. A diferencia de Nueva York, donde las había visto, en New Orleans no habían esas rejillas de separación entre el chofer y su cliente. Mi cuerpo se sumergía en una marejada de escalofríos.

Al cerrar la puerta y arrancar, recuperé el bienestar. Miré los robles y abedules impregnados del perfume de la magnolia, las luces de navidad que alegraban las fachadas de casas y edificios. En invierno prevalecía un olor a leña ya hecha humo. El taxi llevaba calefacción, pero el aroma penetraba y se disfrutaba en toda su tibieza.

— ¿Qué le pasa, señor?

— Me siento mal, he abusado del Gumbo y de los mariscos y del bourbon. Pero estaré mejor…

— Espero…

— ¿Cómo se llama, amigo?

— Albert…

— Lléveme hacia el French Quarter.

“Sí -pensé- llévame hacia mi orgía nocturna de piel y sangre. Llévame a tu propio holocausto.”

http://ciberneticon.com/wp-content/uploads/2012/06/nola1.pngPorque gustaba pensar que yo corregía con furia las deficiencias que la naturaleza añade -o le niega- a la gente. Quedó grabada en mí una frase de la película El Mago de Igmar Bergman, donde un moribundo borracho dice que ama el cuchillo, “una hoja filosa para cortar las deficiencias”.

De modo que yo los lijaba, los recomponía como Picasso hasta lograr las formas que la desquiciada Natura perdía. Lejos de ese superficial mote (El Pasajero, The Passenger), debí haber sido llamado El Escultor o, más audazmente, el “Rehacedor” (The Remaker) o incluso Picasso o NeoPicasso, uno que hacía cubismo anatómico.

Lamento profundamente no haber enviado esa carta al Houston Chronicle en 1971, habría cimentado mi leyenda desde hace buen tiempo y dádome un nombre que sólo después de mucha hermenéutica la prensa especializada ha dibujado.

Mi última víctima antes del taxista sin nombre es un ejemplo perfecto de esta evolución que daba mi carrera: un gran deseo de ser leído en mi trabajo, un esfuerzo honesto por revelarme en mi inevitable destino de hombre escondido. Bernard Cox (extraño nombre), era un miserable.

Su vida estaba entregada a la más abyecta ruindad: en los bares, escapando un Vietnam que sus hermanos no eludieron, borracho con cerveza, como un niño. Jugaba mal pool ¡ay, no! había que destrozarlo. Un animal.

Quien crea que pretendo justificar mi acto se equivoca: yo sé quien soy. Lo sentencié y murió. Punto. Algún día la vida me sentenciará, pero igual será el mismo castigo que le otorga al más piadoso. Por eso sentencié a Bernie. Porque era un asno y no comprendía estas cosas.

Recuerdo la nota que envié a la policía (nunca fue publicada, al menos correctamente):

“Me bastó una hora para saber que era un malnacido. Si fuera ustedes me descubriría, en uno o dos meses. Yo debería ayudarlos con otros asesinos. Soy el más grande y no me simpatiza la competencia. Quiero el monopolio del anatema. Quiero posicionarme como el artista del asesinato.”

Le dí, muy secamente, un leñazo en la parte posterior del cráneo. No murió; quedó agonizante en el asiento, embebiéndolo de sangre. Yo, temblando de la excitación, tomé mi alicate y un bisturí para formar la primera imagen cubista. Labios distribuidos, frentes surcadas, orejas en el centro de la cara.

Con los ojos no jugué sino mucho tiempo después, hacia principios de los ochenta, como doy fe. Mi obra es un perpetuo y, yo diría, enfermizo deseo de que la gente entienda qué quiero decir, aun cuando no sepan quién soy. He sido y soy, un mensaje sin emisor.

Ya de Bernie hablo profusamente en su capítulo respectivo. Lo traigo a colación porque sentí esa “sensación tipo Bernie” con este taxista miserable.

Mi sensibilidad era tan grande para entonces… que nadie me creería, jamás, la circunstancia insólita de que no soy malo. Mi discurso es riguroso para probar que no soy un loco, pero incluso eso se dudará cuando diga que mi problema es que he sido demasiado bondadoso. Amo demasiado.

La bondad de mis actos era un deseo de convivencia con la materia prima de mi trabajo. Los necesitaba vivos para poder inmortalizarlos. Eso intenté decirlo al Chronicle, pero nada, caso omiso. “Loco, insano, monstruo”. Volvamos al taxista.

No sé porqué, pero el Albert me irritó. Al principio su distancia me gustó, su porte lejano, pero cuando empezó a congeniar con esas estúpidas frases hechas, mi sangre empezó a hervir. Saqué la pequeña botella para absorber el escocés con frenesí, pero las náuseas me obligaron a esconderla en el bolsillo. Mi maletín pesaba cuatro kilos.

Mi intuición, para entonces, se había aguzado. Por eso me siento un vampiro, porque percibo cosas. Por ejemplo, capté claramente que aquel ingenuo me creía un desvalido y no sospechaba que al recuperar yo mis fuerzas lo suaría como insumo estético. La trayectoria de allí en adelante fue conflictiva: un penoso malestar creciente, una puntada muy aguda, como un sable que atravesaba mis intestinos, comenzaba a penetrar, soltando alrededor escalofríos que me hacían temblar. ¡Qué desastre!

Pensé que la brisa del Lago Pontchartrain me calmaría y que, en todo caso, su largo bulevar me ofrecería el sosiego para darle a mi cuerpo un estado neutro y luego desatar mi crescendo y para transformar a ese otro Bernie en un arreglo floral.

Pero frente a esa gran masa oscura de agua, frente al vaivén de una pupila lunar amplia y tétrica, mi cuerpo se estremeció. El mareo era insoportable, resultaba impensable salir y vomitar en público. Las parejas pasaban y yo, allí adentro, paralizado por el escalofrío.

Me preguntaba, no obstante, qué horrorosa justicia aplicaría a tan insigne John Doe que me conducía. A ratos ¿se podría decir? incluso lo sentía agradable, poco dado a hacer preguntas, práctico como todo hombre de esta nación… Su manejar era suave y eso más mi expectativa de trabajo hacían que me recuperara lentamente.

Puras ilusiones, sin embargo. A medida que nos desplazamos por esas galerías vegetales, el Gumbo en mi estómago hacía estragos. Detuve el auto dos veces para vomitar. Ese acto repulsivo de “devolver” al mundo lo que nos ha dado, de forma tan escatológica… me hacía vomitar más. Y mientras más devolvía, quedando por segundos asfixiado, tosiendo como un tísico, más deseaba volcar mi furia contra el chofer.

En el llamado Garden District le pedí detenernos en el amplio Parque Audubon, que se veía brilloso bajo la luna. Allí decidí acabar con todo. Nos bajamos y comencé a deambular. Me hablaba, o trataba de hablarme, para recuperar la compostura, para saber que vivía y que mi misión requería fuerzas más allá de la falibilidad humana.

Desde entonces poco recuerdo, excepto el deseo punzante de matar. Sólo eso me estabilizaba ¡así sería el temblor… el temor y temblor de Kierkegaard, el que sintió Abraham al disponerse a sacrificar a Isaac! ¿Qué es Abraham, un héroe o un asesino? Yo respondo: uno como yo, pero ingenuo.

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“En el llamado Garden District le pedí detenernos en el amplio Parque Audubon.” (Imagen contemporánea).

Entonces colapsé y aquel chofer llamado Albert me llevó cargado al taxi. Otra vez camino a ninguna parte, le ordené a mi conductor que se detuviera. Vi algunos claros en el camino, ideales para salir o minimizar mi infierno. Varias veces me resbalé en la escarcha sobre las calles. Sudaba frío, incluso llegué a temer por mi vida. Al detenernos salí aparentando normalidad, dejé el maletín. Me adentré en la oscuridad de un largo callejón, deseando que me siguiera para aplastarle alguna piedra en la cabeza, llenar su boca de trapos y buscar mi preciosa caja de herramientas estéticas.

Localicé una barra de hierro, oxidada, pero imponente. Lo esperé detrás de una vuelta de esquina, el infeliz sureño me buscaba con una generosidad que no comprendía. En ese momento pensé que la noche recobraría su gloria. Apreté la barra, sentí sus pasos y, al alzar mis brazos, una descarga eléctrica exaltó mis nervios y en mis adentros sentí la erupción de un volcán.

En ese momento sólo pude salir patéticamente con la barra en la mano, buscando fuerzas para activarla. Fue penoso. Me retorcí del dolor, el frío comenzó seriamente a entumecerme.

Al despertar de ese colapso estaba en el auto, otra vez. Mi mareo vomitivo flirteaba con la vigilia, o con el esfuerzo de la vigilia, ante el miedo extremo a que este hijo de vecino me llevara a un hospital o peor, a la policía. No tanto por mí sino, obviamente, por mi maletín. Pensé nebulosamente que podría simplemente bajarme pero en pocos minutos la orden “¡detén el vehículo!” era para una devolución… Estaba a merced de una gravedad infalible: el peso del cuerpo cuando se desploma ¿sería un mensaje, una metáfora para mi arte?

Al menos, fue la última vez que usé ése maletín y lo sustituí por herramientas que escondía en mi ropa y morral. Albert, un poco confuso él mismo, se detuvo frente a un local de jazz y, no sé por qué vesánica circunstancia, lo convidé a bajarnos.

El ambiente era ruidoso, humeante y el olor a cerveza y escocés barato terminaron por alborotar mis náuseas. Mi taxista, obstinado -supongo- me siguió, tomóme por un brazo y quiso sacarme a la fuerza. Claro, el muy imbécil no notó que mi maletín yacía en el suelo y que lo dejábamos atrás.

Entonces me abalancé sobre él con la poca fuerza que tenía. Intenté impulsiva y divagatóriamente ahorcarlo. Logré, al menos, conectarle un buen golpe a la cara y derramar un vaso de maloliente cerveza que había comprado. El hombre, mil veces más fuerte que yo en ese instante, me sacudió contra la pared y me sacó de ese lugar con violencia, no sin antes arrastrar el maletín consigo. Yo pensé: “Sí, Jesús, carga tu propia cruz”.

En el carro:

— Ahora sí lo llevo a un hospital, usted está mal…

— No, esta vez, le prometo Albert, me recupero, sólo deme un paseo y disculpe por el golpe, estoy un poco abrumado y no sabía que era usted -eso lo dije fingiendo ser un humano cualquiera.

Luego, más humano aún:

— Tendrá la propina de su vida, pero por favor déjese de tonterías. Lléveme a un sitio cerca del río, permítame tomar aire y luego déjeme botado en una dirección que le daré. Perdone todas las molestias.

A esas alturas estaba impregnado de vómito, cansado pero con reservas… el maletín seguía allí, afortunadamente. Decidí dar el finiquito en la rivera del Mississippi. Incluso imaginé la obra final, no un cubo, sino un hipercubo carnal. Llegamos una parte solitaria y marginal de la calle Magazine, con casas de madera cruzadas por vías férreas.

Nos detuvimos en un banco de césped que, al cruzarse, conducía a un trecho incólume del gran Mississippi. El hombre salió muy rápido, a orinar, supongo. Yo acumulaba fuerzas, me resultaba insoportable perder el tiempo de esa manera y sobre todo la última oportunidad real de divertirme aquella noche. Abrí mi maletín y saqué un puñal, muy efectivo en el pasado y participante en el festín de Bernie.

Lo empuñé y ya todo terminó. Tenía la puerta abierta y Albert se acercaba. Ese hombre ahora era un monstruo para mí. A todas estas nunca entendí cómo no se daba cuenta. Forcejeó para quitarme el cuchillo. Yo tomé una decisión, triste, pero ya incambiable.

Como artista he de aceptar el fracaso cuando se presenta. Éste era un bloque de mármol que rehusaba ser cincelado, un lienzo impintable. Mi único consuelo era el futuro, la oportunidad de volver y liquidarlo. Ya sabía dónde trabajaba, encontrarlo no sería difícil.

Le dije que me llevara a un hospital. Cuando giró para abordar el carro, abrí la puerta, así el maletín y emprendí una loca carrera hacia la oscuridad. Mi terror consistía en que me persiguiera, cosa que nunca supe si ocurrió. Mi miedo aumentaba, desbocado frenéticamente a través de las altas hierbas ribereñas… sentía que pronto sucumbiría y caería desmayado. ¿Qué pasa si me consigue y lleva al hospital? ¿O si me quita la vida? ¿Me deshago del maletín?

En efecto, me desboqué inconsciente a una vereda del río y allí dormí hasta el día siguiente, cuando me recuperé y pude llegar de alguna forma a la desvencijada habitación. No puedo negar que tuve terribles pesadillas: aquel taxista era, para mí, como yo he sido para mis víctimas.

Dejé a Albert para después, esa tarde me fui en un Greyhound hacia Missouri, donde resurgiría mi gloria con el caso de Bertha Lowenstein, la primera fémina que descosí. Registré mucho y nunca encontré un paquete de billetes que tenía en el bolsillo. Bueno, propina para engordar un bloque de mármol carnal…»

—-FIN DEL TEXTO——————————–

El escrito parece seguir, pero la copia fotostática llega hasta ahí. Albert cierra los folios.

— Aunque lo que pensó no lo sé, su recuento del viaje y sus peripecias es exacto.

Aunque al terminar de leer conversa mucho con los policías y éstos toman abundantes notas, el regreso a casa, en el asiento trasero del auto, es particularmente silencioso.

— Algún día el sirviente será rey… -piensa una y otra vez.

Mira a lo lejos surgir su casa entre los árboles. Comienza a despedirse de los policías, a intercambiar tarjetas. Está desesperado de llegar y contárselo todo a Audrey.

Eso le hará ver a ella que en la vida de Albert, alguna vez, por fin y verdaderamente, había pasado algo.

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FUENTE: Encuentros en el vórtice (Amarante, 2012) de FNN.
ILUSTRACIÓN: Lúdico. FOTOS: FNN.

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Paredes y puertas

Paredes y puertas

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No sabemos, por supuesto, quién levantó la primera pared, ni cuándo. Tenemos claro que son inherentes a las ciudades, pero ignoramos cuál fue la primera “polis”.

Si nos guiamos por la Biblia resulta que el mismísimo Caín, durante o quizá después de su vagabundeo por el mundo, fundó la primera ciudad, llamada Enoch. La fecha: a mediados del primer milenio luego del nacimiento de Adán (padre de Caín).

Con no más de 4.000 años, pues, Enoch palidece frente a los 11 mil años que le atribuyen los arqueólogos al asentamiento más antiguo todavía habitado: Jericó, en Palestina, famoso por las murallas que una vez la rodeaban e hicieron inexpugnable. Cuenta el libro homónimo que Josué las derribó con trompetas (y, claro, un buen empujón divino) poco más de un milenio antes de Cristo.

En Jerusalén hay un famoso muro: el de las Lamentaciones. Esta pared es lo que queda del Segundo Templo de Salomón, destruido por los romanos en 70 dC. Según el Talmud al caer el recinto sagrado se cerraron las puertas del cielo, menos ésta, llamada la “Puerta de las Lágrimas”. De modo que una pared, al menos metafóricamente, puede ser una entrada también.

Las paredes como bordes

Al hablar de muros, por supuesto, salta a la ¿vista? la Gran Muralla China. Con al menos 2.200 años de antigüedad, no hay sin embargo consenso sobre su longitud y las estimaciones van desde 2.400 hasta 7.300 kilómetros no continuos, lo cual equivale –sorprendentemente– a entre 20 y 60% del diámetro ecuatorial de la Tierra. Cuenta la leyenda que su primer constructor, el emperador Shih Huang Ti, quiso recomenzar la historia: ordenó que se quemaran todos los libros y documentos existentes. Curioso: nuevos registros y una pared para comenzar la historia, en medio de muchas cenizas.

La muralla china desde la atmósfera (no el espacio exterior). Foto de la NASA.

No es cierta la leyenda urbana de que la Gran Muralla es la única estructura hecha por el ser humano que puede verse desde la Luna. Cierto que se distingue a alturas atmosféricas, pero trabajosamente y con ayuda de instrumentos. 

Aunque puerta a Europa o Asia, según vaya uno, Constantinopla (actual Estambul, Turquía) también conoció una pared fabulosa.

En realidad, fueron tres muros concéntricos que finalizó Teodocio II en 447 dC, luego de treinta años de construcción. Isaac Asimov lo reporta en su Libro de los datos: la más externa estaba antecedida por un foso de casi ocho metros de profundidad, la interna tenía una altura de 21 metros. Ejercitos completos se deshicieron en esos interesticios, hasta que en 1470 los cañones lograron perforarlo y cayó una hegemonía mural que marcó fronteras aún vigentes.

También son notables los muros en terrazas de Machu Picchu, considerados perfectos aunque no tengan argamasa, adheridos por una fuerza gravitatoria muy equilibrada. Un manejo sobrehumano de dos magnitudes: peso y volumen.

Izquierda: Ruinas de Jericó, en Palestina. Derecha: Muro de Macchu Pichu.

Paredes para entrar

Hay una extraña alusión en El lobo Estepario de Herman Hesse. El protagonista Harry Haller transita una calle y observa un muro y una puerta. Al lado el letrero “Teatro de los locos”. La ignora. Otro día se topa con la misma entrada y rótulo, pero en otro callejón. No le otorga mayor importancia. Al tiempo, recuerda el letrero y le da curiosidad. Vuelve a la misma locación pero ya no está la puerta, sólo la pared, lisa, sin señales de tal entrada. Igual ocurre en las otros escenarios de ocurrencia.

Años después, Harry halla sin esperarlo el famoso teatro y esta vez no pierde la oportunidad de entrar en un mundo de genios y locos. En realidad la genialidad de Hesse y la del propio Harry. Recuerdo un gran corredor también rodeado de puertas, detrás de las cuales se escondían mundos extravagantes, maravillosos e incluso peligrosos. Una puerta tenía el letrero:

En decenas de novelas y películas hay murallas en las que empujando uno o varios ladrillos se abre la pared o parte de ella. En las de momias egipcias, en casi todas las de detectives clásicos, en la hacienda de El Zorro y, por supuesto, en la Baticueva.

A veces es una piedra que funje de botón u otro objeto: espadas en una panoplia, la cabeza de una estatua o la cuerda que sujeta una bandera. El efecto más teatral se logra cuando la pared se desliza hacia un lado, generalmente con una biblioteca a cuesta.

En un famoso cuento de las Noches de Arabia, Alí Babá entra a una galería secreta por una puerta de piedra que solo abre al invocar un nombre (“¡Äbrete Sésamo!” dice la cultura popular). Un ejemplo clásico de login y password medievales. Ya develada la contraseña ¿cuál es el login? Pues la voz del Alí Babay concluimos que era un sistema biométrico (chiste geek).

Un ejemplo más cotidiano de “pared para entrar” es el Muro de Facebook. La red social llama a la página particular que cada quien tiene el “Muro” (Wall en inglés). Allí mostramos los post y recibimos estímulos de amigos y suscritores. Una pared para dejar mensajes, como grafitis.

Y para no entrar (o salir)

Claro, las paredes y muros se usan principalmente para separar, para aislar. Un caso famoso e infame fue el Muro de Berlín. Hecho para evitar que los ciudadanos del lado comunista de la ciudad se fugaran al lado “federal”, fue paradójicamente el punto focal de miles de escapes, algunos espectaculares. El principal autor de La pared, Roger Waters, tocó estos temas en Berlín, casi diez años después, cuando derribaron el Muro en el preludio de la reunificación alemana. Es famosa la frase de Ronald Regan, en la mismísima Puerta de Brandenburgo: “¡Mr Gorbachov, tumbe ese muro!”

Y, demolido el de Berlín, se han seguido construyendo. Se ha criticado mucho una muralla que Israel quiere colocar en una de sus fronteras con los territorios palestinos. Ni qué decir de la pretendida pared que evitaría entradas ilegales en ciertos puntos de la frontera EUA-México. Donald Trump ha levantado, no el  muro, pero sí el tema de nuevo en la opinión pública.

Entre Cuba y la península de Guantánamo hay un muro al que se refiere el Coronel Jessep (Jack Nicholson) en la película A few good men. Le reprocha a un joven abogado que lo quiere imputar: “Ustedes me necesitan en aquella maldita pared”. Una vez más, la pared como contención, como dique.

En la novela Lapas del escritor venezolano Doménico Chiappe, a una Caracas futurista y colapsada la cruza un gran muro que separa a la clase social depauperada del resto.

Prolijo en estados alterados, La pared (1979) es un exitoso álbum del grupo Pink Floyd, que canta a la alienación humana y la creación -para protegernos- de mundos internos, a veces benignos, a veces infernales. Luego de años de filtraciones, el protagonista logra encerrarse del todo en su propia marisma.

De La Pared, la canción: “Another Brick in the Wall”, con letra en inglés:

Frases sobre paredes

 • Si no arreglas una grieta, construirás una pared. Proverbio Swahili

• Aún el paraíso podría convertirse en prisión si uno tuviera el tiempo para notar las paredes.  Morgan Rhodes

• La oscuridad nos envuelve a todos, pero mientras el sabio tropieza en alguna pared, el ignorante permanece tranquilo en el centro de la estancia. Anatole France

• Una plaza muy grande y no un muro. Ésa es la separación entre el cielo y el infierno. Del autor

Puertas según búsqueda en Google Images (1)

Laberintos

Un ir hacia adelante y nunca llegar a donde creemos o queremos. Perder el norte y los demás puntos cardinales. No hay violencia, no hay amenaza, solamente se avanza hacia ninguna parte. Eso es un laberinto.

La estructura de un laberinto incluye paredes, un largo camino que toma arbitrarias direcciones con el objetivo específico de confundirnos.

Cuenta la leyenda que Teseo entró al laberinto de Creta para matar al monstruo Minotauro. Su enamorada Ariadna le dio un ovillo para que dejara un camino de hilo que lo trajera de vuelta. De otra manera no hubiera encontrado salida.

Dédalo había construido ese laberinto años antes y fue condenado a perderse en él. Junto a su hijo Ícaro escapó volando con las célebres alas unidas con cera.

En El Nombre de la Rosa de Umberto Eco, el secreto de los asesinatos está en la biblioteca del siglo XIV, un laberinto compuesto por miles de estantes y libros incluso no visitados en años. Son paredes tapizadas de códices y textos previos a la invención de la imprenta. Las paredes no se pueden atravesar ,de modo que hay que seguir hacia adelante o hacia atrás. Guillermo de Basquerville, el detective medieval de la novela, recuerda que es muy difícil -casi imposible- salir de un laberinto sin ayuda externa. Para él, no hay laberintos sin matemáticas.

Hay un cuento de JL Borges, sobre un poderoso rey que invita a otro, menos fastuoso, a su palacio y, para jugarle una broma, lo suelta en un laberinto oscuro y pétreo del cual sale mucho tiempo después, sometido a la humillación de toda la corte.

Pasan los años y este rey nómada conquista al primero. Lo lleva prisionero a las tierras del sur. A caballo, atado de manos, lo conduce al centro del desierto y lo suelta. “Ahora”, le dice, “estás en mi laberinto”.

Uno sin paredes, el más terrible porque su matemática es el conjunto vacío… Más sobre laberintos

Agujeros verticales con hojas oscilantes: vaya forma rebuscada de decir “puertas”.

Me gusta. La puerta permite o impide el acceso al “próximo” ambiente. Tiene el poder de transformar la pared: de un muro sólido a parte del camino. Una canción mexicana dice: “Adelante quien esté tocando las puertas del alma”. Cuando uno quiere invitar a participar o a zanjar diferencias señala que “las puertas están abiertas”.

Los Beatles son sugestivos con las puertas en sus canciones: “Los tontos se extrañan de porqué no entran por mi puerta” (Fixing a hole) o “El largo y tortuoso camino que conduce a tu puerta nunca desaparecerá” (The long and winding road). Bod Dylan escribió Open the Door Homer, canción dedicada a un amigo muerto cuyo apodo era Homer. En una estrofa le dice a Homer(o) que abra la puerta y salga. Muchos escritores y poetas han tipificado la muerte como el otro lado de una puerta.

Y la cultura popular está llena de alusiones a puertas: “El último, que cierre la puerta”. “Una puerta se cierra y otras se abren”. “Darte con la puerta en la cara”. Y ni qué decir de esa caricatura de Quino en la que un malhumorado jefe cuelga en el vestíbulo de su oficina un cartel por demás paradójico.

Frases con puertas

Sueltas, pero muy pertinentes para “abrir” el entendimiento:

• El sueño es la pequeña puerta escondida en el más profundo y más íntimo santuario del alma. Carl Jung

• El hombre encuentra a Dios detrás de cada puerta que la ciencia logra abrir. Albert Einstein

Se me abre una puerta, entro y me hallo con cien puertas cerradas. Antonio Porchia

• Si cierras la puerta a todos los errores, dejarás afuera a la verdad. Rabindranah Tagore

• Sólo cerrando las puertas detrás de uno se abren ventanas hacia el porvenir. Françoise Sagan

• Creen que no pasará nada porque cerraron la puerta. Maurice Maeterlinck

• La puerta mejor cerrada es aquélla que puede dejarse abierta. Proverbio Chino

• La puerta de la felicidad se abre hacia dentro, hay que retirarse un poco para abrirla: si uno la empuja, la cierra cada vez más. Sören Kierkegaard

Y de mis Rendijas:

• Siempre hay que dejar una puerta entrecerrada.

• El descuido de la gente suele abrir una puerta de escape para no pasar vergüenza.

• Las puertas de la percepción son apenas una antesala.

¿Se revertirá alguna vez la tendencia? ¿La de levantar más muros que puentes? ¿O de que haya puertas pero no las abramos o la de ponerle nosotros mismos las puertas, sin abrirlas?

Este cuento de Franz Kafka llamado “Ante la ley” lo representa magistralmente:

Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.

-Tal vez -dice el centinela- pero no por ahora.

La puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice:

-Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera.

El campesino no había previsto estas dificultades; la Ley debería ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba negra de tártaro, rala y negra, decide que le conviene más esperar. El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un costado de la puerta.

Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente siempre le repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice:

-Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo.

(…) Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián se ve obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del campesino.

-¿Qué quieres saber ahora? -pregunta el guardián-. Eres insaciable.

-Todos se esfuerzan por llegar a la Ley -dice el hombre-; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?

El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora:

-Nadie podía pretenderlo porque esta puerta era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.

Hacer un comentarios sobre ese cuento sería arruinar su efecto. Prefiero obsequiarles este proverbio japonés: “Hay una puerta por la que pueden entrar la buena o la mala fortuna, pero tú tienes la llave”.

Jim Morrison confesó haber llamado The Doors (Las Puertas) al famoso grupo, inspirado en el libro de Aldoux Huxley, Las puertas de la percepción. Huxley lo basó en sus experiencias con mescalina, un derivado del peyote, usado por indígenas mexicanos en viajes psicotrópicos. Y por Huxley y por Morrison.

Al final el protagonista de La pared logra derribarla y -creemos- liberarse de sí mismo y del afuera. El héroe en El lobo estepario se queda del otro lado de la pared, en un mundo que ya este lado no comprende.

Más sobre puertas famosas

Las Puertas del Cielo en Florencia. Foto: FNN.

LAS PUERTAS DEL CIELO. En el Batisterio de San Juan de Florencia (construido en el siglo XI) hay una puerta que bronce que, varios siglos después, Miguel Ángel llamo “Del Cielo”.  Fue construida por Lorenzo Ghiberti y Filippo Brunelleschi a principios del siglo XV y contiene imágenes bíblicas. Tomó más de 20 años construirlas. La visité hace unos años  y las fotos que ven son del álbum de ese viaje.

Hablando de homónimos, hay un cuento de Julio Cortázar llamado Las Puertas del Cielo (otras), que se desarrolla en un bar y que tiene, a mi juicio, una de las mejores líneas finales que yo haya leído en una historia corta.

Puerta del Coral Castle. Foto: Wikipedia.

LA ENTRADA AL CASTILLO DE CORAL. Muy cerca de mi casa en Homestead, Florida, está el Coral Castle, construido por un letón enamorado entre 1923 y 1951. Hoy sigue siendo un misterio. ¿Cómo pudo este hombre excéntrico mover, sin maquinaria pesada y casi solo, 1.100 bloques de coral de 1, 5 metros cuadrados y 50 kg cada uno? Pero lo más increíble es la puerta: un bloque sólido de coral de 9 toneladas con 24 metros de ancho, 28 de alto y 7 de ancho. Lo más impresionante es que ese monstruo se abre con el ligero empujón de un solo dedo.

10 DOWNING STREET. Ésa es la dirección de la residencia del Primer Ministro británico. Discreta, sin ínfulas, sin embargo detrás de esa puerta se han tomado algunas de las decisiones más importantes de la historia contemporánea.

EL PUEBLO DE LA PUERTA. En el estado venezolano de Trujillo hay un población muy acogedora, La Puerta. Aunque fue fundada en 1620 como San Pablo, se le comenzó a llamar por su nombre actual al considerarse la entrada suroeste a la provincia de Venezuela en la época del Virreinato. Alejandro de Humboldt, el explorador que recorrió las regiones equinocciales a principios del siglo XIX, ya la llamaba así para entonces.

LAS PUERTAS DEL INFIERNO. Si hay unas del cielo, pues hay otras del averno sin duda. En Nicaragua está el volcán Masaya, al que le atribuyen esa misión. Y hay muchas más según las tradiciones de múltiples pueblos. La cultura hebrea sitúa una cerca de Jerusalem, los romanos imperiales otra en el sur de Italia. Los griegos la creían en la actual Turquía. Los mayas la ubicaban en una cueva en el actual Belice.

A pesar de lo piadosos y fanáticos que fueron sus moradores, muchos han creído que hay una entrada a la hogar de Satanás en El Escorial de España, por aquello de que fue en un tiempo centro de práctica de alquimia.

En la foto, otra “puerta”, la boca de una fumarola de lava en West Kamokuna. La imagen emula las almas pecadoras siendo absorbidas por el averno, miren bien.

Cuatro películas que terminan con puertas

La puerta es un símil del comienzo o del fin, aunque la imaginación del director de la película pueda jugar con las combinaciones. Me he fijado en cuatro films cuyas escenas finales incluyen una puerta, abierta o cerrada.

Debe haber muchas más, pero estos títulos me gustan en particular. Primero la catedral del cine, El Padrino, de 1972. Su final es de antología. La esposa del nuevo Don Corleone cree por breves minutos que su esposo no es el monstruo que dicen, autor intelectual de decenas de asesinatos. Él le asegura que son mentiras, que luchará por legitimar la familia. La esposa pasa a un salón a preparar dos tragos. Ve a lo lejos como llegan dos capitanes de la mafia y besan el anillo del nuevo capo di tuti capi. Desde adentro un guardaespalda cierra la puerta, suave pero contundentemente.

La última escena de esa película es un rostro anonadado porque sus peores temores han resultado ciertos. La puerta que cruza esa cara es poesía visual que no se olvida más nunca en la vida.

Goodfellas (1990) de Martin Scorsese, otra excelente película de mafiosos, finaliza con el protagonista bajo el Programa de Protección a Testigos, quien entra a su casa lamentando su suerte actual, lejos de la acción. Tras recordar brevemente a su gran amigo Tommy DeVito (Joe Pesci) como todo un pistolero, cierra la puerta de una casa suburbana. Sin pretensiones, esa escena termina con broche de oro una narración cinematográfica portentosa.

Hay una película de animación del estudio Pixar, Monster Inc, que me gusta mucho por sus personajes y su factura. La historia trata la amistad de una niña y un monstruo de gran corazón, Sully. La única forma de comunicar a ambos mundos era con puertas especiales, diríamos multidimensionales. Una vez devuelta la niña a su cuarto, desde donde por accidente había cruzado la frontera, Sully pensó que no vería más a su amiguita. Y resulta que la encuentra una vez más, cuando abre la puerta reconstruida tiempo después, y es saludado por la aguda voz de la niña que lo llamaba “gatito” (kitty).

El Retorno del Rey de la serie de El Señor de los Anillos de Peter Jackson concluye una larga odisea con el hobbit Sam regresando a su comarca, entrando a su casa y cerrando la pequeña puerta. Él mismo le había dicho a su compañero de viaje, antes de emprender el viaje:

Es peligroso, Frodo, cruzar tu puerta. Pones el pie en el camino y, si no vigilas tus pasos, nunca sabes a dónde te pueden llevar.

Las casas de los hobbits son hermosas y están enclavadas en las colinas, como escondidas detrás de murallas naturales.

Esa puerta cerrada parece decir: “He vuelto a mi hogar”. En este caso, luego de salvar al mundo.

Epílogo

Hemos visto que la pared es la infraestructura básica. Horizontal sobre el suelo es un piso y arriba un techo. Pero no hay separación entre el afuera y el adentro que sirva sin caminos entre el afuera y el adentro. Ese camino preeminente es el agujero de la puerta. La ventana misma es una puerta dado que se puede entrar por ella aunque su fin sea otro. Y la puerta, la hoja de madera, metal, etcétera, es el interruptor de separación, paso, expansión y completitud de los espacios. Hasta la computación se basa en pequeñas puertas que frenan o dejan seguir flujos de electrones.

Las paredes y las puertas son parte esencial de la infraestructura del mundo.  Y también de la cultura: las usamos para ilustrar, representar, proveer escenario, contextualizar, dramatizar… tantas cosas además de unir y separar físicamente. Se convierten en metalenguaje.

Vida y muerte se resumen en dos visiones portálicas opuestas: una puerta que se cierra hacia la oscuridad o una que se abre hacia algún tipo de luz. Cada quien vislumbra su fin, pero ambas metáforas resumen poderosamente la cesación o la persistencia.

Imaginé lo siguiente: le abren la puerta a alguien y se acerca al final de la pared de un palacio con miles de pasillos y escaleras. Al final del único corredor que queda, llega a la última puerta que verá en su vida y está cerrada. El reloj indica que faltan tres minutos, dos, uno… cero. No se abre. Y ese alguien sigue ahí frente a la puerta cerrada, con plena lucidez. ¿Qué ocurrió, sigue allí o ya está muerto?

Pasa un tiempo. No sabe si un minuto o un año. Con temor y timidez da media vuelta y contempla.

Las paredes se han desvanecido.

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…………………………………………..
ILUSTRACIONES: Inicial: Lúdico. Publicado originalmente el 25 de mayo de 2014. Fotos y videos: Dominio público de la WWW.

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Sueños favoritos

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 El sueño es un arte poético involuntario.
-Immanuel Kant

Vivo tanto en sueños como en vigilia.

De alguna forma escenifico situaciones (o algo las escenifica en mi cerebro), para luego traerlas a lo que llamo “estar despierto”. Allí hay insumo para vislumbres y desconciertos. Huelga decir que abundante materia prima para escribir. No seré el primero ni el último en esto. (más…)

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Ir mar

Ir mar

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1. El mar que no es azul sino verde, verde azulado, exaltado por la luz solar, el cuerpo oscila arriba abajo. Un niño siente esto como disfrute del escape, del estar allí a pesar de la estrictísima prohibición. Qué agua, qué día. 1949. Uno puede literalmente ponerse por encima de las casas y las palmeras y las montañas de otro azul. La ola nos levanta pues. Ah pero también estar en el subsuelo, debajo del agua… Imías, la playa picada ese día. Corrió mojado a entregarse en casa.

2. Durante el embate lateral de Irma en Miami 68 años después, Camilo ya no es el mismo, no por la edad, sino por sus blackouts y ausencias que pueden ser intensos. Alina su hija está en ascuas tras varios escapes y, sí, exhausta de atender al bebé de dos años y al esposo distraído, duerme (descansa mejor dicho) más de la cuenta. Al despertar salta de la cama pensando en su padre. Se asoma por la escalera, la puerta deja ver un segmento de afuera. Al salir tiene a Camilo frente a ella empapado, con el rostro cómplice consigo mismo de todo pilluelo. Ejerce de hija: lo lleva rápido a la sala, lo seca y envuelve en una bata. Regaños intermitentes. Trata de escucharlo pero aquél calla, cayendo en una especie de éxtasis. En esos pocos segundos afuera, se dice Alina, ha retrocedido en la terapia.

3. La hija calcula que estuvo 10 minutos afuera, oscilando en ese mismo punto. Coral Pointe en Miller Drive es una comunidad peculiar, como un laberinto cretense de cotidianidad cubana, los pasillos de una casa trasladados al afuera.

Al salir, Camilo enfiló por el callejón frente a la puerta de su casa y un árbol estaba por desplomarse y en efecto se desplomó luego que pasó por debajo. La brisa que genera ese choque de hojas con el piso mojado lo bañó de espaldas y estuvo bajo el agua. Decenas de hojas lo saludaron con palmadas de diversas intensidades. Cayó hacia adelante pero el viento que venía y su caminar lo hicieron avanzar inclinado, es la hipotenusa de un ángulo que confrontaba al huracán.

Vinieron en su dirección gatos, ranas, patos, un plumífero voló y su ala despeinó lo que queda de cabello blanco. Los gatos presionaron sus patas contra las cercas blancas, queriendo trepar. Tres frutos de la palma silvestre volaron hacia él, Camilo se dobló para recoger un coco flotante, los proyectiles lo rozaron a velocidad de vértigo.

Un ramal completo se desgajó de un árbol, los brazos elásticos cayeron de tal forma que el cuerpo de Camilo se escurrió, solo rozó, como quien esquiva un alga bajo el agua. Las caminerías de cemento bordeadas por figuras de césped estaban desbordadas, de modo que Camilo fue empujado por Irma pero frenado por sus pies bajo el río en el suelo, como un esquiador. A ratos iba esquiando.

Rió a cántaros y la lluvia cayó en carcajadas. Ahora miles de hojas formaban un río volador que alcanzaba el segundo piso de las viviendas, todas cúbicas y de dos pisos. Las ventanas cubiertas por shutters eran impactadas por ramas y pequeños tallos, además del trepidar de las hojas que en miríadas eran una fuerza.

Siguió hacia delante. Un aligátor encontró en la incipiente inundación un puente entre su laguna y Coral Pointe. Camilo le pasó por encima con suficiente peso para asustarlo y molestarlo. Decidió perseguir y atacar al peatón despistado, los 30 centímetros de agua los navegó oscilando su cola prehistórica. El senior citizen no lo vio, siguió en su surfeo submarino. A dos metros de hincarle los dientes cayó un planchón de madera mal puesto. Camilo confrontaba la lluvia con ojos cerrados pero abiertos hacia adentro. El lagarto chocó contra la tabla y se devolvió a su charca algo humillado.

Y entonces la vuelta de esquina perfecta: la piscina enclavada entre casas y calles internas, enrrejada pero abierta, quizá sacudida su puerta por Irma. Entró y se lanzó. Arriba dos pinos caídos doblaron la cerviz para saludarlo. Buceó un poco pero los brazos ciclónicos lo llevaron hacia atrás, luego sacó la cabeza e igual el soplo lo hizo retroceder.

Vino otra ola. Debajo del agua la forma de mantener la locación es inclinarse en contra de la corriente. Gravedad compensada por fuerza del flujo submarino. Bajo el agua no hay castigos, ni culpas, solo existe el juego de administrar el oxígeno y subir cuando se acaba. Eso no pudo hacerlo por más de unos segundos.

4. Vuelve el hoy aunque no se ha ido el ayer. Sujeta el borde de la alberca, pero siente que se suelta. Madre, mima, mima brava, recuerda que está furiosa y ya sabes cómo se llama. Por eso si Camilo se suelta se ahoga porque ahora ha despertado en el sueño del sueño. Debe salir a la misma tormenta, salir de la nada y del agua. De la lluvia bajo el agua.

En paz (no ha estado los 10 minutos que estimará Alina, sino siete veces más), se suelta y con dificultad gana un borde, busca la escalerilla que tiembla, trabajosamente sube y camina sin rumbo hasta gravitar frente a su puerta. Lo demás es su hija que lo encuentra o él a ella.

Irma truena en Coral Pointe, y él le explica que lamenta mucho decepcionarla y retarla, que él la quiere y le obedece, pero que ha gozado un mundo por ese oscilar de la mañana, por esa travesura de bajamar… en el primer surfeo del laberinto o el último caminar submarino por aquella playa de Imías.

 


Gracias a Kelly Grandal. Imagen inicial : Lúdico.
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