Casa de sueños

Casa de sueños

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Entretelones hipnóticos

Mis amigos saben que duermo una #SiestaVespertina antes que se oscurezca el cielo. No los agotaré con citas sobre lo bueno que es ese dormir intermedio, corto, con el astro solar en cielos del oeste. Los científicos (al menos los últimos que han publicado informes) dicen que son maravillosas para el cuerpo y el ánimo.

Pero yo no lo hago por eso. Mi razón es pragmática: poder mantenerme despierto de noche. Es una transacción que hago: doy descanso diurno y recibo vigilia bajo las estrellas. Y de noche es que escribo cosas como éstas, porque suelo trabajar hasta las 3 o 4am. De modo que duermo poco mientras el cielo está oscuro, apenas una o dos horas.

Recorrido

Los sueños en la tarde son diferentes. En la noche la mente, digamos, abre una compuerta y somos todo tipo de constructos combinados. Pero en la tarde mis sueños ocurren de día y son secuenciales. Podría decir, incluso, que son una misma aventura de entrecráneo.

Transito una casa gigantesca, realmente del tamaño del mundo. En mis sueños del día yo creía que visitaba muchas casas. Ahora entiendo que son una sola. Si salgo, las calles son parte de la casa, rara vez hay gente, son como patios sin fin, a veces con horizontes neblinosos.

Los detalles en esos escenarios son vastos pero indiscernibles. Si me fijara, por ejemplo, en una fuente de calle vería decenas de arabescos en las rejas, grafitis en su base, detalles casi humanos en el rostro de la estatua… pero casi nunca me fijo, porque parece que busco algo, que no paro de caminar. Cierto, a veces me siento y converso con sombras, con presencias que son nombres que hablan. Sé quiénes son pero no los veo ni recuerdo sus nombres, hablan desde los lados o a lo lejos.

Hay una serie de caminatas entre ruinas que dan al mar, incluso se meten en la costa empedrada. Podría saltar al mar, pero también está dentro de la casa, bajo un gran techo, un cielo que bien podría ser falso, escenográfico.

He llegado a entender que viajo hacia el este, de Macuto a Australia, muchas veces bordeando la costa. La casa del mundo atraviesa los océanos y los tiempos que nos separan, como una película. En esencia, recorren todos los países que he conocido o que imagino.

Una vez me metí al mar. Entraba en una ancha playa de mansas aguas. Eran las cinco de la tarde, el sol todavía despuntaba y una franja de anaranjado bailaba frente a mí. Sentí las aguas tibias y una gran llanura bajo mis pies: caminaba y caminaba pero no lograba sumergirme sobre la cintura. Estuve, para efectos oníricos, muchos minutos caminando hasta que por fin vi llegar el agua a mis hombros. De pronto a lo lejos y, realmente, en todos los puntos excepto en el camino de oro, oscureció súbitamente, de forma que estaba muy lejos de la orilla y ya era de noche. Me sumergí, para calmarme y al salir a la superficie el hilo de sol ya no estaba.

Tampoco estrellas, sino gruesas nubes. La temperatura descendió tan rápido como pudo, porque en segundos experimentaba una exacerbación impresionante de frío y temblor. El agua comenzó a agitarse y a colmar mi cabeza, de forma que sentí que me estaba ahogando en un mar helado, sin saber ya donde estaba la orilla. En tiempo-sueño, tardé horas en despertar.

Los patios internos

Otra versión ocurre en un laberinto, casi en ruinas, con paredes muy anchas de tierra y piedras ancestrales. Son, he llegado a entender, miles de permutaciones que tiene mi casa natal de Macuto. No hay techo pero son tan altas las paredes que nunca pienso escalarlas para salir, porque nunca se sale. Siempre es de día. Hay marcos de puerta vacíos, bordeados por enredaderas y maleza. Encuentro muchas obras de arte abandonadas: esculturas que se deshacen, frescos ya desdibujados por los siglos.

Especulo que los sueños son de una coherencia pasmosa, pero se desgastan al salir de la vigilia, se desdibujan por una “envidia de la lucidez” y nos condenan a la embriaguez del estar despierto.

En un sueño vespertino estaba en Oritapo, caserío de la Costa, donde cientos de mangos se pudren en el piso. Era de noche, pero una noche falsa, como un filtro extendido frente al día infinito. Lo que los cineastas llaman “noche americana”, filmada de día y oscurecida en estudio.

Era la granja de H. y me hallaba en el medio de sus terrenos. A lo lejos la casa, a los lados gallineros de cemento con pequeñas tejas. Fulguraba una luz. Se acercó una sombra y me dijo que en la casa había algo horrible: un ser primitivo, que no había liberado la pelambre.

Mangos en el suelo y oscuridad, muchas regiones oscurecidas por mangos regados. Acto seguido la casa de bloques, sencilla y no del todo terminada. La lumbre venía de un cuarto, entre pasillos y cortinillas, donde el antropomorfo era rodeado por campesinos. Los lugareños acompañaban, sin demasiada ansiedad, al hombre de las cavernas.

Sentía terror de entrar y provocar una conmoción en esa calma nocturna. Había leña encendida, una estufa. El cromañón miraba fijamente el fulgor e igual así la lumbre saltaba en los trigueños rostros del auditorio ausente.

Detrás de una columna me quedé, haciendo lo posible porque no me viera. Entonces el silencio fue cortado por una trituración de saliva que parecía decir algo. Agucé el oído y noté que el salvaje le hablaba directamente a la llama, que había despertado entre carbones radiantes.

El punto álgido duraría acaso fracciones de segundo: sentí, en su inentendible perorata, que estaba hablando de mí.

Multitud en soledad

Este fue un sueño gótico y transcurrió bajo un cielo nublado. Creo que está influido por la película “Nosferatu, el vampiro”, de Herzog (no de Murnau), que había visto el día anterior.

Un señor apellido Fernández había alquilado una casa. Alguien nos lo dijo, alguien en la sombra. Vaya Dios a saber por qué bagatela se podía conseguir una mansión. Recuerdo un jardín mustio, pero grande. La grama seca, pequeños arbustos en formación precisa. La casa sin duda tuvo momentos de gloria, aunque ahora lucía abandonada y turbia.

Milagros y yo tocamos el timbre, o acaso golpeamos la arandela, en un porche al tope de escalones que doblan a la izquierda.

Como nadie contestó nos dirigimos a una esquina de la casa, donde nos recibió una puerta abierta con portero y todo. Este caballero era ligeramente azul y parecía ¿verdad Milagros? salido del mundo de los reptiles. Vestía levita en la cual saltaban condecoraciones y chapitas.

Hacia adentro se contemplaba un salón sorprendentemente profundo, más largo que la casa de A. Fernández vista desde afuera. Pero ustedes comprenden que esto pase en la casa de los sueños, donde esencialmente el adentro es afuera.

Como asidas a la pared, una fila de dragones de piedra pintada perdidos en la niebla del fondo. A un lado se alzaba un ventanal cuyo arriba también era robado por la estrecha y enana puerta.

Milagros y yo penetramos al palacio. Como siempre, era de día. Encontramos un ascensor transparente, abierto y lo abordamos. En los sueños de día no debería haber miedo, como la filmación de una película, ello es, la construcción lenta y pausada de una realidad aparentemente inesperada.

En aquellos sueños en los que siento estar soñando, recuerdo haber deseado determinados efectos, los cuales se han producido no sin resultados desastrosos: cuandol deseé ganar un juego de ajedrez y terminé aplastando el edificio de enfrente con un poste que no pude sostener. Un poste musgoso.

He visto casas así en El Paraíso, en La Florida (Caracas) y Macuto. Lugares que funcionan en otra dimensión cuando están solos. Esa soledad física, ese auténtico teatro de operaciones, es lo que hace aparecer o desaparecer el temor. Al no sentir que estamos solos los buenos y que las fuerzas del mal pueden ser, no sólo hostiles, sino súbitamente horribles, el atardecer deviene en pesadilla.

Es allí donde reside el espíritu de Nosferatu, un vampiro respetable en comparación con los cientos de miles de chupasangres que ha creado la literatura, el cine y la mitología colectivas. En esa película, que palidece de tedio frente al ritmo de las películas estadounidenses, logró recrear una auténtica soledad.

Y una película requiere una trabajo colectivo, de equipo, multidisciplinario. Son decenas de personas coordinando escenas en pantalla. De modo que es magistral que mucha gente, trabajando al unísono, generen una sensación de estar solo.

Ése fue el terror y la liberación de ese sueño. Fue loco. Alguien llegó en un ascensor transparente. Con la cara, de alguna forma, tapada,. Desperté sin ver quién era. Luego sentí que no hubiera podido, porque este recién visitante era nadie.

El sol de la niñez

Las memorias de la infancia son luminosas casi siempre. Si soy niño en el sueño no hay miedo (allá las emociones y sentimientos tienen vida propia, no están dentro de nosotros). Juego con amigos de la infancia y con mis propios hijos y otros que, quizá, sean sus hijos que aún no conozco o no conoceré. Cruzamos patios empedrados y accedemos a la playa a bañarnos en todos los mares en uno. Eso sí, bajo la mirada de mi abuela, de Mary Isabel y de Milagros, que nos cuidan.

El brillo de la mañana está iluminado por las madres, que son las casas vivientes. Y por eso este pequeño recuento. Son sueños de la tarde en los que siempre es de mañana.

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Alienígena revela: “He vivido en el cuerpo de un humano”

Alienígena revela: “He vivido en el cuerpo de un humano”

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A Carlos Elio

La primera media hora de la entrevista que Facundo M. le hizo a Oxoxo-Isti2.

FM: ¿Es usted un alienígena?

Oxoxo:  Sí, para efectos terrestres. Nací en el planeta Orgaiga, no revelo la ubicación en el cuadrante sideral… todavía. He sido un piloto, un transportador a través de nuestros sistemas solares. Todo hasta llegar a  este planeta, chocar con él… mejor dicho. Para mí ustedes son los alienígenas. (más…)

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Microorganismos, mamíferos no humanos y ballenas en la luna manejan secretamente los motores de búsqueda

Microorganismos, mamíferos no humanos y ballenas en la luna manejan secretamente los motores de búsqueda

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¡Tiemblan las empresas de search engines! Les diré lo que Google y otros motores de búsqueda no quieren que sepas.

La gente cree que los buscadores web trabajan con complejos algoritmos digitales. 

En realidad cuando haces una búsqueda (por ejemplo, “restaurantes de ensaladas en Villa Linda”) ese mensaje es memorizado por pequeños microorganismos que se alojan en tu computadora o móvil. Estos organismos transmiten el mensaje telepáticamente a alturas estratosféricas. (más…)

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Pedazos de infinito

Pedazos de infinito

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Vivimos en un mundo donde todo se termina, así que ¿por qué no hablar del infinito?

Es un concepto abusado, subestimado. Hablamos de “infinito” para denotar cosas muy grandes, difíciles o imposibles de numerar. El no fin es apenas una variación.

En el Diccionario de Filosofía de José Ferrater Mora, la definición (3) lo degrada a “algo negativo e incompleto”. Injusto por burdo reduccionismo. Porque el infinito propiamente, fuera de la palabra… es impensable. Y cuando algo es impensable es que vale la pena pensarlo.

La mayor duración que tiene sentido para la ciencia es el tiempo estimado que le toma a un protón desintegrarse espontáneamente: 10 a la 80 años (unas ocho veces el tiempo desde el Big Bang). Cifras ciertamente grandes, pero ridículamente minúsculas al lado del tema de este artículo.

Carrera por la numerabilidad

Lo que no tiene fin, conocido o del todo, suele ser fuente de obsesión e incluso locura para escritores, filósofos y en realidad cualquiera que se adentre en sus aguas.

¿Qué es? ¿Cómo es? Los griegos antiguos le dedicaron la mayor atención. En el siglo V a.C. Zenón de Elea formuló su célebre paradoja de Aquiles y la tortuga. En una carrera el de los pies ligeros le da ventaja de diez metros (por decir algo) al animal. Aquiles, a su vez, corre diez veces más rápido que el quelonio.

infinito3Zenón aseguraba que el paladín nunca alcanzaba a su lenta contrincante. ¿Por qué? Aquiles avanza -por decir algo- seis metros; la tortuga 60 centímetros; el héroe se desplaza cuatro metros más, la del caparazón, 40 centímetros; el corredor avanza un centímetro, la tortuga un milímetro; nuestro héroe (trágico) un milímetro, su contrincante la décima parte de un milímetro. Aquiles siempre alcanzará la distancia recorrida por su lenta competidora, pero en la misma medida ésta avanzará una décima parte de la anterior.

Aunque física e intuitivamente es obvio que la sobrepasa, matemáticamente la paradoja es impecable en afirmar que no. Genera la ilusión de completitud e intervalo en un continuo inconmensurable. Aunque parece reducirse el espacio, al dividirse aumenta.

Dos mil años después (en los 1600) se desarrollaron las llamadas “series convergentes”, que relacionan una lista infinita con una finita. Pascal trabajó en eso. La paradoja halló una formulación mas no una solución. Se hable de duración, de espacio o de espacio-tiempo, el infinito o lo infinito es una presa demasiado deseada por la matemática, por la filosofía, por la religión. Ah, y la literatura.

Por eso, quizá, el infinito le compete tanto a la matemática como a la religión o a lo religioso. Uno de los “Upanishads”, textos sagrados indostánicos de hace 2.400 años señala que “si quitamos una parte del infinito y añadimos una parte al infinito, todavía queda el infinito”. Allí está en poesía mística lo que Cantor expresaría en lógica matemática o en áreas intermedias, al decir del escritor francés Alfred Jarry: “Dios es el punto tangente entre el cero y el infinito”.

Algunas ramas del hinduismo predican que el universo se crea y se destruye en un vaivén repetitivo. Brahma respira y en cada aspiración arrastra las estrellas, los cometas y la luna, como un tapiz halado de súbito. Luego exhala y sale en borbotones la materia del siguiente universo. Este ciclo se repite sin fin y somos un momento de su indetenible repetición.

Otras mitologías, nuevas y antiguas, también pregonan esta oscilación entre lo uno y lo múltiple. Abanicos que se abren y cierran. El intervalo entre el sonido de dos tambores o entre determinado número de milenios. El giro del cielo hasta un punto preciso. La sucesión de etapas y acontecimientos predichos por un libro divino…

La repetición es misteriosa

Georg Cantor (en la foto) fue un matemático alemán, que legó al mundo la teoría de los conjuntos. Hacia 1874 aplicó su metodología de relaciones biyectivas y sobreyectivas a las series convergentes, como la de Aquiles avanzando una unidad y la tortuga una décima. Y, sobre todo, a los pedazos infinitos que se le extraen a un infinito ya establecido.

El resultado fue un campo matemático enteramente nuevo y con un nombre de leyenda: los números transfinitos, conceptualmente “más allá” de lo infinito y en esencia ¿mayores o iguales?

Cada parte de un todo es igual al todo… o mayor. “Todos los números” son más que sólo todos los números. Los pares 2, 4, 6… funcionan exactamente igual que 1, 2, 3, 4… e igual así los impares 1, 3, 5… De esta forma se crean listas infinitas distintas.

En el reino de los “enteros” hay más tela que cortar. Entre dos números se dice que hay infinitos números. Ejemplo: entre 1 y 2 están 1,1; 1,2; 1,3… Y no obstante Cantor afirma que hay “más que infinito”, porque entre 1,1 y 1,2 están 1,10; 1,11; 1,12… Y entre 1,10 y 1,11 están 1,101; 1,102; 1,103… y así sucesivamente.

Cantor encontró que los infinitos derivados de series finitas eran “numerables”, es decir, podían corresponderse con la serie de números naturales (relación biyectiva). Por ejemplo: en 1, 2, 3 hay, al menos, dos series infinitas. La forma más elemental de infinito son los números naturales, de modo que podríamos decir que en 1, 2, 3 están escondidos tras las rendijas varios infinitos numerables (y dentro de estos…).

Entre cada dos números de cualquier serie infinita, hay una serie sin fin pero definible y así sucesivamente. A este tipo algo monótono de infinito Cantor lo llamó Aleph 1 (y de aquí quizá adivinemos de dónde sacó un genio el título de su über cuento), pero su afán de traslindar el sinfín cobró su precio. Dicen que cuando se asomó a los corredores del Aleph 2 enloqueció y terminó sus días en un asilo.

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Concebir lo inconcebible

Jorge Luis Borges hizo al infinito protagonista de El Aleph, uno de sus cuentos más celebrados. Una narración extraña, ligeramente vesánica, que súbitamente estalla en la mayor audacia literaria imaginable. En la base de una columna de cemento Borges observa el lugar “donde confluyen todos los puntos del universo”.

“El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Frey Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer de pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemont Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplicaban sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osadura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi propia sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.”

Nada que agregar sobre el fragmento anterior, excepto que lo leo regularmente con cierto miedo.

Trozos ilimitados

Volvamos al universe cíclico. Supongamos el Big Bang como historia del cosmos. Estalla un núcleo de inconcebible (pero finita) energía indiferenciada. Se forman partículas: bosones de Higgs, fotones, neutrinos, átomos de hidrógeno y luego átomos más pesados. Nebulosas de gas y gravedad de por medio se desarrollan estrellas, galaxias, planetas, vida. El universo se expande hasta que su peso o su gravedad detiene la expansión y revierte la dirección de su movimiento.

Se vuelve a concentrar, aplasta las galaxias, deshace lo que hizo y vuelve a una esfera primigenia de indecible temperatura, masa y cantidad de energía. El llamado Big Crunch. Ese punto ultracaliente vuelve a estallar recreando el universo físico. ¿Cómo será respecto al anterior? Basta que algunas porciones se desplacen o choquen de distinta manera para que el cosmos sea otro. Las permutaciones parecen infinitas, pero no lo son.

En la India y Egipto antiguos pensaron en los ciclos de un universo repetitivo, sea de una vez o luego de muchas combinaciones. De allí surgen las consideraciones de un “eterno retorno”, es decir, un ciclo infinito de universos sucesivos que se parecen mucho.

Friedrich Nietzsche lo consideró como un ejercicio: no importa cuántos universos diferentes ocurren en una sucesión infinita de cambios. Tarde o temprano, habrá uno exactamente igual al actual y habrá universos iguales a cada universo posterior y anterior que hayan ocurrido.

No sé ustedes pero a mí me interesan mucho las cuestiones sin utilidad practica. Y entre éstas este tema luce antológico.

Citas con el sin fin

Al pensar en infinito, dos frases vienen a mi mente. Shakespeare pone en boca de Hamlet, en su delirio o su lucidez superior (usted decide): “Podría encerrarme en una nuez y declararme rey del espacio infinito”. Ésa y el inmortal verso de William Blake: “Ver el mundo en un grano de arena y el cielo en una flor. Sostener el infinito en la palma de mi mano y la eternidad en un instante”.

Pero he recolectado unos cuantos más. Una colección finita, por supuesto:

“El libertinaje es tal vez un acto de desesperación en el rostro del infinito.” Edmond de Goncourt

“Soy incapaz de concebir la infinitud y sin embargo no acepto la finitud.” Simone de Beauvoir

“Algo que un buen filósofo hace bien en recordarse, de vez en cuando, es que es una partícula pontificando sobre el infinito.” Ariel Durant (consejo anotado)

“Meditación es… conciencia pura sin objetivación, conocimiento sin pensamiento, una fusión de la finitud con lo infinito.” Voltaire

Y cierro con M.C. Escher, al que he dedicado el ensayo Creador de mundos imposibles. Su virtuosismo y su estética matemática lo hacen ideal para expresar series concéntricas o expansivas que prefiguran infinitos. Comparto algunas obras de este maestro holandés, que desafió la gravedad, el paralelismo, la perspectiva y la imposibilidad de representar lo irresoluble.

De una serie paradójicamente llamada "Límites del círculo", de 1958. Es como un Big Bang de figuras opuestas que se incrustan.

De una serie paradójicamente llamada “Límites del círculo”, de 1958. Es como un Big Bang de figuras opuestas que se incrustan.

 

"Mariposas" de 1950, otra explosión de diferenciación hacia la diversidad. Infinito hacia el origen, infinito hacia el desenlace.

“Mariposas” de 1950, otra explosión de diferenciación hacia la diversidad. Infinito hacia el origen, infinito hacia el desenlace.

 

"Pequeño y más pequeño" (1956). Todo lo concéntrico, centrípeto y centríguro, bordea el no fin, es decir, no tiene bordes.

“Pequeño y más pequeño” (1956). Todo lo concéntrico, centrípeto y centrífugo, bordea el no fin, es decir, no tiene bordes.

Epílogo

El infinito acabó con todo.

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ILUSTRACIÓN INICIAL: Lúdico, excepto las deM.C. Escher.

—Otro inquilino de Plaza Odot——————

La novela ya está disponible en papel o versión digital:
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Visite PlazaOdot.com.

 

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Equis (X)

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nerdapproved2

La X es una superestrella.

Por un lado es una letra, por otro un signo. Más allá: un concepto evanescente, ignorado por los filósofos pero venerado por la cultura popular. Y en este último se crece. (más…)

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