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A @seleccionada

“Ustedes hacen más ruido que una banda’e pericos”, dijo un campesino al salir del rancho. Su esposa e hijas le dieron una refriega, un escándalo de voces femeninas.

Rudolph Bloch lo escuchó al recorrer con un guía los húmedos y ardientes llanos venezolanos. Le pareció tan graciosa la sentencia (una vez traducida adecuadamente) que la anotó en su bitácora. Lugar: caserío de Tampico en Guárico, Venezuela, 23 de julio de 1845.

La frase se transformó en una palabra: pasó de “como bandada de pericos” a “bandepericos” a “bandeperic”, tal cual la escribió Bloch en un nuevo borrador circa 1847, luego de tachar la forma larga.

Uno de los primeros plutócratas estadounidenses controlaba la gran industria de los ferrocarriles.

Cuando quiso dominar el transporte de kerosene (el combustible que producía la luz artificial de entonces) llamó a un joven empresario petrolero: John D. Rockefeller, quien comenzaba como operador de refinerías.

— No olvide esta palabra: “Bandaki” –dijo el de los trenes. La leí en un libro que cayó en mis manos. A mí la voz me dijo que saltara a transportar kerosene.

— Ciertamente.

— Es más, se lo regalo –dijo el senior entre bocanadas de tabaco.

El magnate del momento le ofreció exclusividad en una muy apetecible ruta, lo cual enriqueció a ambos y ulteriormente más al de la Standard Oil. 

El petrolero no tomó el libro, pero se llevó en la mente a bandaki y su posible significado. Era un bautista piadoso e involucrado. Creyó su destino trazado por el austero pero efectivo dios protestante. Dominó el negocio energético con mano de hierro y fue acusado de todo tipo de prácticas abusivas.

Lo que lo convenció de seguir adelante cuando su éxito no pasaba de anhelo fue bandaki, cuyo origen le importaba poco. Su “resto es historia” empezó allí.

Otra leyenda urbana coloca uno de los poquísimos ejemplares en la amplia mesa de reuniones del gran banquero JP Morgan.

Éste lo hojeó, hacia 1901 por pura curiosidad y tarareó el vocablo (“bandaki”) por semanas hasta que no tuvo más dudas sobre financiar el Canal de Panamá.

De “bandeperic” Bloch siguió simplificando. En una revisión posterior el cronista, al tratar de germanizar el término ensaya combinaciones como “bandachen”, elaborada de “banda” de “Sittichen” (pericos). Lo hacía realmente porque no recordaba bien el dato original.

En 1852 se había publicado la primera edición de Expeditiones ab austro Americas (Hamburgo) de Rudolph Bloch, con muy poco éxito a pesar de lo exótico del tema: los inóspitos territorios del Nuevo Mundo, el encuentro con tribus y otras peripecias. El autor, frustrado, regaló los ejemplares que pudo a amigos, colegas e instituciones académicas y oficiales, como el Staatsarchiv Hamburg.

Al constatar que la denominación original era “pericos” recordó el término en inglés (“parakeets”) y se decidió por “bandachi” (pronunciado “bandaki”) y así como suena se usa en este relato. Pero tampoco le dio una consideración demasiado profunda. Lo acechaban centenares de citas, análisis, anécdotas… de modo que bandaki simplemente apareció un día impreso.

Referencias no verificadas ligan la palabra al joven Einstein, inquieto en su oficina hacia 1903, estudiando intensamente el fenómeno electromagnético para verificar patentes.

Lejos de ejecutar un trabajo, Albert cambiaba un mundo por otro. Se paseaba por la naturaleza de la luz y por su comportamiento. Si no había éter ¿cómo se movían las ondas electromagnéticas en el vacío?

No encontraba la metáfora, la representación mental del canal físico que conducía o ayudaba a conducir las partículas u ondas lumínicas. Con la cabeza bullendo de trabajo, de física y de vida privada decidió dar una caminata. Como sabía que terminaría en la ribera del Aar arrastró consigo un libro que tomó al azar en una biblioteca lateral a un pasillo a su salida del edificio de labor.

Regresó exaltado. La connotación en medio de una irrelevante anécdota ocurrida en el otro lado del mundo (un mundo indómito, por cierto), leída en un libro anodino de crónicas de viajes, terminó de abrir las compuertas adecuadas. La gravedad dobla el espacio-tiempo y por esas ondulaciones se “adhiere” la luz. Lo pensó de un soplo:

La “garridura” (el griterío) de los pericos es metáfora de la información que se desplaza hacia el observador. La información intrínseca de la fuente como simultaneidad de eventos y sabiendo que se mueve a velocidad-luz entendió que dos eventos lo suficientemente separados tendrían magnitudes distintas para otros observadores.

Cuando recibió el Nobel en 1925, Einstein masculló para sí mientras abandonaba el podio:

— Bandaki.

(No fue solamente el efecto fotoeléctrico.)

Un serbio asesinó a un Archiduque austrohúngaro en 1914.

Supo de bandaki por un amigo que lo había escuchado de alguien que lo leyó por casualidad, sin querer o sin saber que lo leería, al hacer un ejercicio de declamación. Encontraba en su fanatismo discordante una justificación final para el magnicidio que desató la Gran Guerra. Algunas escuelas disidentes criptocristianas afirmaban que la Primera Guerra Mundial fue literalmente el inicio del fin del mundo, del Tiempo Señalado de las Naciones del Apocalipsis. La bandada de pericos era la orden. El serbio, el ejecutor.

El libro de Bloch había desfilado en algunos circuitos burgueses en Europa.

Se reporta en la carta personal de un lugarteniente que llevó la obra del aventurero a Vladimir Lenin en persona. 10 años después confesaría que fue “capital” (una broma interna) para que el comunismo se estructurara.

Cuando Europa se alzaba en la primera gran guerra global, le llegó la expresión (diríamos ahora, el “meme”) de bandaki.

La miró casi de reojo, junto a la oportuna definición de Bloch que la seguía. Se replanteó por completo algo sobre la correspondencia entre la percepción y la realidad en el marco de la sociedad ya industrializada de principios del siglo 20. Una acción política y social que suprimiese la libertad para alcanzar un control social que el pueblo por sí mismo no era capaz de procurarse. El eco de bandaki cavalgaría hasta los bolcheviques y más allá. Y más acá también.

No menos sorprendente es la relación directa que se le atribuye a un joven Adolph. Había llegado a la cárcel con orgullo, víctima del sistema por sus ideales y utopía arios.

Ya había definido que su raza debía recobrar la hegemonía “a lo Wagner” dado su pasado de gigantes y tres lunas. Las enseñanzas de sus maestros se agolpaban en su mente pero, al final ¿cómo llegar al poder? ¿Cómo instaurar un Tercer Reich con un país en ruinas, devastado por los excesos de la derrota y del triunfo del otro?

Nunca supo cómo llegó ese vetusto volumen a la pequeña celda en el castillo de Landsberg. Lo trataban muy bien y recibía visitas de sus compañeros del naciente partido, pero esa tarde estaba solo y quería reflexionar profundamente para tener nuevas ideas que compartir con sus asociados.

Recorrió descuidadamente los libros de historia, algo de la Sociedad de Thule y ese libro furtivo, casi anónimo del que jamás había escuchado. ¿Qué hacía allí? Lo manipuló, sólo atinó a concentrarse en un par de párrafos.

El ruido alocado de los plumíferos, “¡Ah ya entiendo, Versalles, el Tratado humillante!” el descontento, el hambre… Lo único que podía hacer, concluyó, era expresar su frenesí en un llamado, una convocatoria a la realización. Es decir, su lucha.

Volvió con dedos y pupilas a las anotaciones de su propio libro…

— Dit is het –dijo Hitler.

Los teóricos conspiratorios afirman que la bomba atómica sí fue influida directamente por bandaki pero esta información habita blogs personales o anónimos. No hay fuente oficial.

Ahora ¿Se hubiera dado de todas formas esta pavorosa arma y sus hermanas sin bandaki? No hay duda, pero de maneras quizá más pavorosas.

Bloch hizo una única edición de 112 ejemplares “de prueba”. Más de dos tercios de esos volúmenes se perdieron, pero unas dos o tres decenas se diseminaron por Europa y América. Siempre en forma de regalos “exóticos” o, soterradamente, el deseo de alguien de deshacerse de un ejemplar que jamás completaría. 

El último secretario general de la URSS presidió su desmantelamiento con un buen empujón de pericos cantando desesperados en el aire. Era la paradoja de tener todo el aire para volar (por fin) y pedir a gritos una ruta que tomar.

Mas la imagen “blocheana” de dualidad externa e interna de los craquidos pericosos, le aclaró el panorama: una realpolitik que gritara (al mundo) pero en sintonía con un mensaje autóctono, una firma propia para bien o para mal.

Quiero apuntar que si uno la analiza, no es una proposición. Es más bien un símil, una oración bastante truncada. Un pedazo de reflexión más amplia. Pero quizá su levedad y de paso su velocidad, la hacían un lienzo ideal para simulaciones momentáneas.

“¿Tienen las partículas elementales masa? “¡No!”, ha sido la respuesta casi unánime de los físicos. Pero no para Peter Higgs, quien trabajaba en sus propias disyuntivas.”

Así abrió un comentarista su artículo sobre la existencia de una partícula que llenara los vacíos que la ciencia no podía entonces.

Una partícula tan efímera que su tiempo de vida fuera “instantáneo”. Una que la literatura sensacionalista llamaría “la partícula de Dios” y que requirió la construcción de la máquina más compleja y ambiciosa que se haya ensamblado para poder confirmarse o refutarse.

Un ex periodista del American Pulp Enquirer afirmó en un libro de 1979 que en una cafetería de la Universidad de Edimburgo, Higgs conversaba informalmente con un colega:

— ¿Un nuevo bosón de spin-cero, Pete?

— En eso estoy, D… (Así lo escribió el cronista).

— ¿Experimentos mentales como el Tío Albert?

— Naaa, algo que leí, sin importancia o sí mucha, pero de una fuente anodina.

— Eso pasa Pete, no es extraño pero ¿qué es?

— … Esa palabreja no me ha dejado dormir aunque me puesto a pensar. Te presto el libro, es una antigüedad que encontré sin querer.

D…, por cierto fue clave en el desarrollo de la teoría de las cuerdas. No fue casual que diera con esa propuesta luego de conocer del garrir de pericos al volar.

 

Epílogo

Mejor documentado sobre el pasado, el autor confiesa no aventurarse a anticipar. Hay ejemplares del Expeditiones ab austr… por ahí. ¿Qué les puedo decir? No hay duda que la palabra ha impactado eventos que se viven para el momento de publicación de este escrito. Pero se ha preferido suprimir lo (demasiado) actual para evitar discusiones distractivas sobre lo actual.

Hoy, cualquier día, alguien está a punto de leer –por pura casualidad- la obra que se abre en la anécdota de bandaki.

 

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ILUSTRACIONES: Lúdico.

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