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Fernando Núñez Noda

I. Las tardes de invierno se mimetizan en noche. 5:00pm, Byron Dorsey en el MOMA de Nueva York, absorto frente al Sueño de Henri Rousseau. Una enredadera a la vez natural y fantástica, normal pero perturbadora. Una diosa, un flautista negro, leones… Afuera la nieve azota a la Gran Manzana con una intensidad inesperada.

Siente un roce en su hombro derecho, una mujer rubia, ojos penetrantes de cobalto, también fascinada por la selva de un francés. “Lo siento”, dice y vuelve a la pieza con una sonrisa condescendiente. Buen seductor pero a veces torpe con las primeras palabras, Byron espeta un lugar común:

― Una obra fascinante ¿no?

― Sí -devuelve la rubia-, ese cuadro en el fondo me da miedo.

― ¿Los felinos?

― No, cómo decirlo, es todo, el fondo oscuro, lo salvaje y el hecho de que sea un sueño.

― Yo sé cómo sobreponerse a ese miedo –intervino Byron, ya recuperada su iniciativa.

Propone una bebida caliente en el Café de la Mezzanina. Té Chai ella, Machiatto él.

― Jaja –ríe Charlotte, que así se presentó- ¿y me quito el miedo con un té?

― …y una buena conversa, claro. Basta descifrarlo para perderle el temor.

― Jeje ¿qué esperas para develar ese misterio? –sonríe traviesamente con sus dientes blanquísimos.

― Yo con gusto –apunta Byron- pero necesito algo más estimulante que té o café. Would you care for a drink in a good place I know?

― Con mucho gusto lo haría pero mira –señala cómo la nieve es ahora feroz según se ve en un altísimo panel de vidrio. Tengo que manejar a Holterville, como a dos horas al noreste.

Byron la acompaña a la salida, intercambian tarjetas. Al ver la nevada que oscurece lo que queda de tarde, la espigada Charlotte se devuelve.

― Quizá deba esperar un poco y me consume la curiosidad por esa interpretación misteriosa.

Byron obviamente no tiene ningún dictamen sobre El Sueño pero improvisa en un pub cercano, ella un Pear Martini, él un scotch:

― El flautista es un encantador de serpientes, ella es Eva. Eva cree que él la espantará pero él sólo quiere mandarle un mensaje secreto a la culebra: “Embrújala para que sea mía”.

― Oh ¿y Adán? –pregunta sonriente esa mujer de labios carnosos.

― ¿Adán? –dice Byron como en una ensoñación, acercándose lenta pero inminentemente- ése es mi segundo nombre.

Sus labios se unen. Ambos saborean el trago del otro. De pronto la nevada ya no existe. Byron, sólo moviéndose dentro de la boca de Charlotte, descifra su cuerpo, sus pezones erectos.

― Bueno “Adán”, vámonos.

Salir de Manhattan ha sido complicado. Hacia las 9:30pm recorren la 684 al norte, para luego tomar una carretera rural, tapizada de nieve que ya ha dejado de caer pero se acumula amenazante detrás de cada curva. La luz de los faros crea todo tipo de juegos cromáticos con los montones helados y, cuando los haces se extienden a la oscuridad dejan ver sobrecogedores látigos de árboles sin hojas. Ni qué decir del reflejo en los ojos de un mapache o (créanlo) un lobo.

La carretera comienza a ascender. No han tomado demasiado y la exploración manual de las piernas, las pantaletas de Charlotte, furtivos alcances de su labia mayor tampoco son tan contundentes como para hacerle soslayar las curvas. En un momento dado, eso sí, ella le pide que la suelte para poder concentrarse. La vía está resbalosa y otra polvareda nevada invade el parabrisas.

La vía serpenteante es peor con nieve que se derrite, un vaho etílico y mucha libido encendida. Luego de un agónico ascenso llegan. Byron no logra ver Holterville, la oscuridad y el descenso danzante de los copos es todo el escenario ofrecido por la noche.

A duras penas alcanzan la entrada de la casa, que se dibuja como una mansión tudoriana con añadiduras góticas. La puerta eléctrica del estacionamiento está bloqueada por la nieve, de modo que se bajan y entran por la puerta principal, grande, pesada, a la cual se llega por escalones antiguos.

Un largo pasillo flanqueado por puertas. Charlotte adelante desentendida, alegre de haber llegado. Bustos de personajes inespecíficos, de ojos muertos, cubiertos de polvo. Byron camina y mira a los lados, recintos vacíos, pisos de madera, en algunas bibliotecas hay cajas en el piso, un despacho principal también en desuso.

A lo lejos una cocina, moderna más bien, pero rodeada como todo de un aire de abandono o de poco uso cuando menos. Llegan a un pie de escalera, en espiral, de peldaños alfombrados. Suben. Charlotte ya está en la entrada de su cuarto, lo convida.

Singan en el amplio colchón, dentro y fuera de las sábanas, en la mullida alfombra. Luego siguiendo ciertos ritos tántricos que, por una sensual casualidad, ambos dominan (ella más). En la mañana retozan. La tormenta no cesa.

Charlotte baja a preparar algo de comer. Byron aprovecha para recorrer la casa. No sabe si es el resabio de sexo alocado, el haberse bañado con agua tan caliente, lo que queda de Martinis dispersos en la noche… Pero siente todo impregnado de un olor vetusto, encajonado, a alfombras de otros siglos. Basta un pestañeo para verlo todo ora sobrio aunque deteriorado, ora moderno más carentes de personalidad.

Entra a un despacho decimonónico con cortinas de un grueso fieltro. Fotos y documentos de un tal Aaron Schöen, un adusto retrato en la pared.

“¿Qué haces aquí?” lo interrumpe Charlotte. “Nada”, contesta no sin titubeo, “revisaba el Weather Channel a ver si veremos algún día el cielo”. Charlotte apreta su pubis: “El cielo está aquí sweetie y vámonos antes de que me veas en combustión espontánea”.

Vuelven a las vueltas de la cama y Charlotte se esmera por dejarlo exhausto. No obstante, es ella quien se queda dormida. Byron se pone encima una bata que encuentra en el clóset. Sale a caminar por el enigmático piso superior. En una especie de glorieta interna hay estatuas. Una copia de Laocoonte y sus hijos, pero sin la corrupción del tiempo. Las serpientes se alzan para devorar al mítico sacerdote troyano y a su prole.

Súbitamente llega la señal a su smartphone. Busca en Google algo lo que le intriga: “Aaron Schöen Holterville New York”. Lee ansiosamente que fue un hombre de negocios de la Gran Manzana, encontrado muerto de cinco cuchilladas en su casa de Holterville . La principal sospechosa fue su joven esposa de menos de un año de casados: Charlotte Roppe, pero no hubo suficientes pruebas y el caso fue cerrado.

¿Y Byron? Está asustado. Quiere irse aunque sea en tren o taxi o alguien que lo lleve. La tormenta no amaina, la gruesa capa de frío no presagia un pasaje seguro hacia la ciudad. ¿Llamar a la policía, simplemente escaparse? Quizá avisar a las autoridades y advertir su temor lo proteja.

Atisba la cocina. Charlotte de espalda levanta un grueso cuchillo y ceremoniosamente lo coloca en un rack con otros compañeros filosos, por orden de tamaño. Camina a lo largo de la plataforma estatuaria y, lo jura, las serpientes parecen asfixiar más al robusto Laocoonte, y a sus hijos. El tormento del rostro, la torsión del hombro izquierdo. Aunque quizá el movimiento se deba a que él mismo parpadea sin cesar.

Le parece en su terror agazapado, que la casa está más oscura y húmeda y gélida. Sube al cuarto a recoger dos o tres cosas que ha dejado. Charlotte llega de repente, lo encuentra tembloroso. Se lo atribuye al frío. Byron sale intempestivamente del cuarto.

Charlotte se extraña y corre a buscarlo, entra a un depósito (hay arañas que parecen flotar en el aire); cruza una ventana y confirma que ha sido una sola noche continua con un escenario único de paredes con ventanas detrás de las cuales hay hielo cayendo. Se asoma en un despacho ya en desuso y deduce a Byron en el principal, pero no lo ve. Las luces parpadean y afuera la Negra Noche ya es absoluta.

Al salir se encuentra de frente con un Byron espectral, con ojos que brotan de sus cuencas. En su mano alzada el cuchillo más grande y filoso de su colección le atraviesa el pecho hasta asomar su punta por la espalada. Charlotte emite un grito ahogado y cae. En total 12 piquetes.

El asesino, embriagado de muerte y de frío voltea salvajemente: ya no está Laooconte y sus hijos, sino dos gordas serpientes hartadas de mármol. Corre a la puerta principal, no puede abrirla. Toma una silla y la lanza contra la única ventana que no está bloqueda de hielo. Por el boquete escapa de cabezas y siente que alguien (o algo) detrás suyo quiso detenerlo.

Intenta encender el automóvil pero es inútil. No hay carreteras, ni bosques, todo es un manto de luz oscurecida. En un impulso de locura indecible, se pierde en la vorágine de la tormenta, del bosque congelado y de la noche. Nadie, bajo esas condiciones, puede sobrevivir a un entorno tan inclemente.

II. En su primera visita al MOMA, Ashley Rivers recorre con su mirada la selva de óleo de Rousseau. Toma una foto con su celular del enigmático cuadro. Un hombre roza suavemente su hombro con el suyo.

“Lo siento”, le dice ese señor que conversa con ella un rato y le invita un moca en el MOMA Cafe.

― ¿Con quién tengo el gusto?

― Byron.

― ¿Eres de la ciudad?

― No, recién me mudé a Holterville.

― ¿Holterville? No lo conozco.

― Sí, es un pueblo pequeño a donde llegan quienes cruzan la selva de Sueño. De mi nueva casa se ve la parte de atrás.

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