No soy amigo del teléfono, en ninguna de sus presentaciones. Me parece un instrumento intrusivo y agrego inconveniente, que presagia preocupaciones o “correderas”. No sé porqué pero así me ocurre. Reconozco su valor, pero la apreciación racional no se corresponde con la emocional: simplemente lo detesto.

Lo bueno es que poco a poco lo han combinado con la computadora y, según, lo han hecho más “inteligente”. Creo que sí pero mi fobia no ha disminuido un ápice, sólo que ahora la mitigo usando apps y navegando la web.

El móvil celular, Dios mío, va con nosotros como un perro faldero o, peor, una sanguijuela, algo que adherimos a nuestro cuerpo. Hay países, como Luxemburgo, que tiene más celulares que personas en una proporción de 2:1. Venezuela es un país abrumado por la telefonía móvil con 105% de penetración, es decir, más de 20 millones de dispositivos móviles que, por cierto, se concentran alrededor de las grandes capitales.

Los Estados Unidos, como podrán imaginar, son la cumbre de la cultura celular, aunque la exageración móvil tampoco iguala a la venezolana.

Una conjetura sociológica

No hay soledad urbana posible, porque una feria de grillos insomnes lo cubre todo. Desde sinfonías de Mozart (con timbres que las hacen francamente insufribles), hasta el indestructible tema de El golpe, pasando por canciones de moda, gritos, ladridos, las campanadas del aparato nos acechan desde todos los ángulos.

Para muchos el valor tecnológico del teléfono móvil es secundario. Su uso y finalidad son sociales. Sobre todo, cual escudo contra males de nuestra civilización, como la soledad, la mediocridad y el tedio. El celular es perfecto para quien llega a una reunión y no conoce a nadie. Inmediatamente teclea, revisa mensajes o los escribe: ya está con alguien. Eso lo hace ver ocupado e incluso importante, depende de la expresión corporal.

El teatro inalámbrico

Abundan las conversaciones que no queremos oír. Están los que hablan sin parar y los que sólo escuchan (“ajá, ok, ah bueno…”).

Poco a poco nos vestimos de teléfono. Los audífonos y micrófonos liberan las manos y agregan, ciertamente, mayor seguridad y comodidad al diálogo o monólogo, según el caso. Espere el móvil-reloj-de-pulsera (del inefable Dick Tracy); las gorras-teléfono, los cinturones 4G, las camisas LTE, etc.

No obstante, como son tan pequeños estos adminículos audiovocales, me ha pasado que creo que viene un loco sicópata hacia mí, hablando solo: “¡No, no puede ser, fin de mundo, te voy a matar!” y cuando me apresto a salir corriendo a buscar un policía, resulta que sus ojos desorbitados obedecen a que escucha el reporte de las notas escolares que le da su hijo.

A mí mismo me ocurre, porque tengo mi “manos libres” que engancho a mi lóbulo auricular. Y cada vez que hablo la gente a mi alrededor voltea: “¿Cómo?”, “¿Eh?”, “¿Es conmigo?”… Me gustaría tener una franela con letras grandes: “No es con usted. Manos libres en uso”.

Los habladores tienen, en efecto, las manos libres para gesticular, de modo que pasamos de la locución radial al teatro. Decenas de monólogos o diálogos de transeúntes se mezclan en una auténtica puesta en escena del absurdo. El otro día una chica clavó sus ojos en mí y dijo:

“… y ocurre que si eres el padre tienes que responder con la manutención porque mi pintura es sagrada y acrílica y sabes que no la dejo por nada… ya demasiado sacrifico con darle pecho y no poder ponerme implantes…”

Cuando me hice a un lado (como es natural en estos casos) siguió su camino, difundiendo todo tipo de reproches. Me tranquilicé y deduje que, o estaba loca o cargaba un audífono-micrófono ensartado en la base de la oreja. ¡Tremendo susto! Quise contárselo a alguien, pero sólo podía hacerlo por celular, así que preferí guardarlo para mí mismo.

Y así se completa el cuadro: timbres que conspiran contra la Música y las musas; conversaciones enfáticas y decibélicas que no queremos escuchar; gente que parece hablar sola y a veces habla sola; tecleo de mensajes que son de por sí una puñalada al lenguaje; una subcultura movida más por la soledad que por la tecnología.

Los dejo: adivinen qué está sonando…

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