Ir mar

Ir mar

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1. El mar que no es azul sino verde, verde azulado, exaltado por la luz solar, el cuerpo oscila arriba abajo. Un niño siente esto como disfrute del escape, del estar allí a pesar de la estrictísima prohibición. Qué agua, qué día. 1949. Uno puede literalmente ponerse por encima de las casas y las palmeras y las montañas de otro azul. La ola nos levanta pues. Ah pero también estar en el subsuelo, debajo del agua… Imías, la playa picada ese día. Corrió mojado a entregarse en casa.

2. Durante el embate lateral de Irma en Miami 68 años después, Camilo ya no es el mismo, no por la edad, sino por sus blackouts y ausencias que pueden ser intensos. Alina su hija está en ascuas tras varios escapes y, sí, exhausta de atender al bebé de dos años y al esposo distraído, duerme (descansa mejor dicho) más de la cuenta. Al despertar salta de la cama pensando en su padre. Se asoma por la escalera, la puerta deja ver un segmento de afuera. Al salir tiene a Camilo frente a ella empapado, con el rostro cómplice consigo mismo de todo pilluelo. Ejerce de hija: lo lleva rápido a la sala, lo seca y envuelve en una bata. Regaños intermitentes. Trata de escucharlo pero aquél calla, cayendo en una especie de éxtasis. En esos pocos segundos afuera, se dice Alina, ha retrocedido en la terapia.

3. La hija calcula que estuvo 10 minutos afuera, oscilando en ese mismo punto. Coral Pointe en Miller Drive es una comunidad peculiar, como un laberinto cretense de cotidianidad cubana, los pasillos de una casa trasladados al afuera.

Al salir, Camilo enfiló por el callejón frente a la puerta de su casa y un árbol estaba por desplomarse y en efecto se desplomó luego que pasó por debajo. La brisa que genera ese choque de hojas con el piso mojado lo bañó de espaldas y estuvo bajo el agua. Decenas de hojas lo saludaron con palmadas de diversas intensidades. Cayó hacia adelante pero el viento que venía y su caminar lo hicieron avanzar inclinado, es la hipotenusa de un ángulo que confrontaba al huracán.

Vinieron en su dirección gatos, ranas, patos, un plumífero voló y su ala despeinó lo que queda de cabello blanco. Los gatos presionaron sus patas contra las cercas blancas, queriendo trepar. Tres frutos de la palma silvestre volaron hacia él, Camilo se dobló para recoger un coco flotante, los proyectiles lo rozaron a velocidad de vértigo.

Un ramal completo se desgajó de un árbol, los brazos elásticos cayeron de tal forma que el cuerpo de Camilo se escurrió, solo rozó, como quien esquiva un alga bajo el agua. Las caminerías de cemento bordeadas por figuras de césped estaban desbordadas, de modo que Camilo fue empujado por Irma pero frenado por sus pies bajo el río en el suelo, como un esquiador. A ratos iba esquiando.

Rió a cántaros y la lluvia cayó en carcajadas. Ahora miles de hojas formaban un río volador que alcanzaba el segundo piso de las viviendas, todas cúbicas y de dos pisos. Las ventanas cubiertas por shutters eran impactadas por ramas y pequeños tallos, además del trepidar de las hojas que en miríadas eran una fuerza.

Siguió hacia delante. Un aligátor encontró en la incipiente inundación un puente entre su laguna y Coral Pointe. Camilo le pasó por encima con suficiente peso para asustarlo y molestarlo. Decidió perseguir y atacar al peatón despistado, los 30 centímetros de agua los navegó oscilando su cola prehistórica. El senior citizen no lo vio, siguió en su surfeo submarino. A dos metros de hincarle los dientes cayó un planchón de madera mal puesto. Camilo confrontaba la lluvia con ojos cerrados pero abiertos hacia adentro. El lagarto chocó contra la tabla y se devolvió a su charca algo humillado.

Y entonces la vuelta de esquina perfecta: la piscina enclavada entre casas y calles internas, enrrejada pero abierta, quizá sacudida su puerta por Irma. Entró y se lanzó. Arriba dos pinos caídos doblaron la cerviz para saludarlo. Buceó un poco pero los brazos ciclónicos lo llevaron hacia atrás, luego sacó la cabeza e igual el soplo lo hizo retroceder.

Vino otra ola. Debajo del agua la forma de mantener la locación es inclinarse en contra de la corriente. Gravedad compensada por fuerza del flujo submarino. Bajo el agua no hay castigos, ni culpas, solo existe el juego de administrar el oxígeno y subir cuando se acaba. Eso no pudo hacerlo por más de unos segundos.

4. Vuelve el hoy aunque no se ha ido el ayer. Sujeta el borde de la alberca, pero siente que se suelta. Madre, mima, mima brava, recuerda que está furiosa y ya sabes cómo se llama. Por eso si Camilo se suelta se ahoga porque ahora ha despertado en el sueño del sueño. Debe salir a la misma tormenta, salir de la nada y del agua. De la lluvia bajo el agua.

En paz (no ha estado los 10 minutos que estimará Alina, sino siete veces más), se suelta y con dificultad gana un borde, busca la escalerilla que tiembla, trabajosamente sube y camina sin rumbo hasta gravitar frente a su puerta. Lo demás es su hija que lo encuentra o él a ella.

Irma truena en Coral Pointe, y él le explica que lamenta mucho decepcionarla y retarla, que él la quiere y le obedece, pero que ha gozado un mundo por ese oscilar de la mañana, por esa travesura de bajamar… en el primer surfeo del laberinto o el último caminar submarino por aquella playa de Imías.

 


Gracias a Kelly Grandal. Imagen inicial : Lúdico.
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Vividas espirituosas

Vividas espirituosas

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1. Enclavada en los manglares de la zona de Cutler en el sureste de Florida, en el centro descubierto de la Bahía de Biscayne, la mansión del Deering Estate era parte del complejo vacacional de la familia capitaneada por Charles Deering, un industrial de maquinaria agrícola que la construyó en 1922, cuando esa zona recién se convertía en un paraíso invernal para los ricos del norte. Deering era de Chicago.

La llamada Stone House (Casa de Piedra) hace honor a su nombre con concreto, roca caliza y acabados de bronce, a la usanza de un par de castillos que Charles había conocido en España. Los dos pisos del palacio son, actualmente, salas de exposición de muebles y arte antiguos, mientras que los jardines que dan a la bahía abrazan un pequeño atracadero de yates, un bayou al norte y el mar mezclado con agua dulce en línea recta a Las Bahamas.

A su lado hay una casa de campo muy hermosa y grande, la Richmond Cottage, de menor tamaño pero señorial a su manera. Es más antigua que el palacio y fue incorporada a éste por medio de una especie de pasillo exterior. Allí funcionaba la cocina, un gran comedor, así como habitaciones complementarias.

Dados sus salones neogóticos y su aislamiento, muchos seguidores de lo paranormal consideran que la Stone House y su hermana la Richmond Cottage son escenarios de presencias paranormales. No son extraños los tours de acólitos de los fantasmas y las presencias sobrenaturales.

La mansión tiene un sótano, donde se guardaban provisiones y, en un área de archivo se erguía una biblioteca de suelo a techo con abundantes enciclopedias y libros sueltos que resultó ser la fachada de una bóveda de seguridad.

En 1985 la propiedad Deering fue comprada por el Condado de Miami-Dade y se convirtió en un sitio turístico emblemático del sureste. Desde entonces se han reconstruido y museografiado sus salones, combinando el valor histórico con la reconstrucción más razonable de algunos espacios.

2. Ahora bien, la historia que les contaré tuvo su origen en 1945 cuando un huracán atlántico (aún no se le ponían nombres sistemáticamente) visitó el flanco sureste floridiano y golpeó fuerte a Cutler Bay y sus alrededores. Con una costa tan abierta, no fue raro que inundara el sótano de la mansión y destruyera mucha información archivada. En este evento se perdió la combinación de la bóveda detrás de la biblioteca.

Sin esa combinación, la puerta de banco de tres toneladas no podía abrirse por la fuerza. Se contrataron los mejores cerrajeros y abridores de cajas fuertes, pero ninguno logró descifrar la combinación o “hackear” la cerradura. El contenido de la bóveda permaneció desconocido por 40 años más, hasta que en 1985 –luego de ser comprado el Deering Estate por el Condado de Miami-Dade y transformado en parque público- se contrató a un experto abridor de cajas fuertes para dilucidar el secreto que Mr. Deering se había llevado a la tumba: qué contenía la bóveda detrás de la biblioteca.

Luego de gran esfuerzo el abridor de cajas logró descifrar el primer número tras un día de pruebas y a los dos siguientes logró la combinación completa, liberando la pesada puerta y revelando ante los ojos atónitos de un grupo de funcionarios del Condado un celar con 4 mil quinientas botellas de vino. Una vinoteca secreta porque fue concebida y armada en tiempos de la Prohibición en EEUU, el veto por ley del consumo y tenencia de alcohol.

Como Charles Deering la había comenzado a dotar desde 1922 hasta su muerte en 1927, tenía vinos muy exquisitos y costosos. Pues bien, ocurrió que en ese evento de 1985 estuvieron como testigos incidentales dos burócratas que visitaban las instalaciones para otros fines y que por serendipia contemplaron el descubrimiento de tan sorpresivo y fabuloso recinto.

Para no hablar más de la cuenta, les cambiaré los nombres a estos burócratas por Kurt y Samuel. El segundo sugirió al otro hacerse ambos los desentendidos, porque tenía una idea sin igual.

─ Dime qué quieres, cuál es tu ansiedad –inquirió Kurt.

─ Amigo, en un descuido logré copiar la combinación ja ja.

─ ¿Cómo, cuándo?

─ Viste que Rocky [McGiboney, el abridor de la caja] se raspó un dedo y al auxiliarse con una gasa dejó unos minutos el papel con la combinación –ríe- la copié.

─ Pero ¡¿cómo?! Eres un pillo ja ja y qué propones.

Samuel explicó que el trabajo de chequeo de inventario y “assessment” del celar se realizaría tres días después porque se atravesaba un fin de semana y un día de fiesta. Como tenían permiso para entrar cuando quisieran, podían inventar una inspección en la tarde del día siguiente, quedarse hasta la noche, ir al sótano y sacar las botellas más selectas, las más costosas, las más deliciosas… no se había corroborado aún el inventario.

Kurt, que era más temeroso, vio la factibilidad de trabajar solos en la noche, abrir la pesada puerta con la combinación en mano, entrar con linternas y revisar con calma el catálogo septuagenario y no ser demasiado ambiciosos con la cantidad, llevarse una 40 o 50 cada vez por tres días. Calcularon que entre 150 y 200 botellas no despertarían sospechas y les podrían producir una pequeña fortuna, además de muy agradables degustaciones.

Pusieron manos a la obra. Llegaron a los 3pm del día siguiente con la excusa de cotejar ciertos activos contra actas de entrega. A las 8pm, cuando cayó la noche bajaron al sótano y comenzaron la tarea. Para su sorpresa la pesada puerta podía abrirse entre ellos dos, algunos metros suficientes para que pasara uno a la vez.

Adentro iluminaron el espacio y comenzaron a recorrer los estantes contra una lista que a veces no coincidía con las etiquetas. Pero en general sí. Sacaron 28 botellas de una sola vez y repitieron la operación, de modo que el primer día se llevaron casi 60. Éxito.

El segundo día replicaron la operación, se complicaron un poco porque Kurt se golpeó un codo contra el borde de la puerta y le costó mucho más llevar las bolsas. 48 botellas. Samuel, que era más audaz, sin embargo mostró algo de precaución y preguntó a Kurt si se sentía con bríos de volver mañana. Ya sumaban unos $120 mil en vinos robados.

No se sabe si por pura ambición o por temor a que Samuel fuera solo y llevara una carga secreta, lo instó a volver una tercera vez y compensar el bajo resultado del segundo día.

Regresaron (un día antes del inventario oficial) y colocaron en bolsas 72 botellas. Antes de sacar las dos últimas, Samuel propuso un brindis, abriendo una y chocaron las copas por tan fluido plan.

Voló un corcho (que guardaron en la bolsa para no dejar evidencias) y se sirvieron en dos vasos de plástico un delicioso Pinot Noir, muy aromático –cosa que preocupó a Kurt- pero que Samuel descartó como poco posible de permanecer en el aire hasta varias horas más tarde. Brindaron y bebieron un par de vasos cada uno.

3. Al disponerse a salir ocurrió todo. Vieron la pesada bóveda cerrarse con ellos adentro. Aterrorizados la empujaron, nada, trataron de forzarla, nada. Afortunadamente no les faltaba el aire, pero la desesperación llegó rápido. Era 1985, no había celulares.

Se dieron ánimo mutuamente y dedujeron que llegaría, en unas cuantas horas, personal del Condado y que como peor escenario, confesarían su crimen. Se sentaron en el seco suelo e intentaron, sin suerte, conciliar el sueño. Hablaron mucho, hasta que se cansaron y volvieron a intentar descansar cuando escucharon un ruido seco detrás de uno de los estantes.

Ambos se miraron aterrorizados, una de las linternas comenzaba a perder vigor. Dos nuevos  golpes en la pared de un estante, alguien quería llamar su atención desde el otro lado.

─ ¿Quié… quién es?

─ Hola, soy Sigfredo, estoy con Nadia.

─ ¿Quiénes son?

─ Yo soy el catador personal de la familia, quien ayudó a Mr Charles a lograr esa colección que ustedes han visitado.

─ Perdónenos, estamos dispuestos a devolver las botellas.

─ No se preocupen por eso, ya es tarde –apuntó Sigfredo.

─ ¿Tarde? Por favor ayúdennos a salir.

─ No, no podemos –dijo una voz femenina.

─ ¿Usted es Nadia? –inquirió Samuel.

─ Sí, pertenezco al servicio doméstico de la mansión.

─ Lo importante, amigos, es que no se duerman. Mantengan a toda costa la vigilia hasta que los rescaten. Si lo logran nunca más sabrán de nosotros.

─ Si los rescatan –agregó no muy optimistamente Nadia.

Silencio. Samuel y Kurtz los llamaron susurrando, luego gritando. Parecían idos. Entraron en desesperación y esa tensión, que los hizo casi irse de las manos por imprecaciones mutuas, los agotó enormemente. Se sentaron en extremos opuestos del celar, bebieron más y luchando contra el cansancio, se quedaron dormidos.

4. Se abrió la pesada puerta de la bóveda. Samuel y Kurtz se despertaron. Ambos, somnolientos, se miraron como para constatar que no estaban locos y compartieron la experiencia sin hablarse. En vez de funcionarios de Miami-Dade entró un hombre espigado y con atuendo extravagante, detrás de él un grupo heterogéneo de entusiastas de lo paranormal.

─ Éste es el celar de Deering. Como ven es un centro poderoso de captura de espíritus y no solo vinícolas (Risas).

Samuel y Kurtz hicieron las señas de rigor, dieron los gritos de rigor, pero parecieron comprender rápidamente. No eran vistos ni sentidos. En su desesperación, al menos acordaron salir detrás del último visitante. Escucharon con paciencia la perorata de Moogie-X, el guía parasicológico que explicaba con un extraño sensor cómo recibía señales de al menos “dos presencias”.

─ Pero son débiles, probablemente recientes y no tienen fuerza para impactar lo físico.

Kurtz tocó a Samuel en el hombro, para que viera, detrás del público asomado y contra la pared del fondo, un hombre en frac negro de rostro blanquecino, lívido, pómulos pronunciados y ojos encajados en su propia sombra. Era Sigfredo. Al lado Nadia, una mujer que no parpadeaba, con largas pestañas y rostro como metido en sí mismo, labios negros y pómulos azulados.

De forma inesperada e insólita Samuel sintió un borbotón de alegría. Al menos tenían un par de amigos para guiarlos en el “nuevo” mundo (para no decir “el otro”). Se sintió tan efusivo que, en tan comprometidas circunstancias, lo único que se le ocurrió fue un chiste:

─ Ja ja  ¡ah Kurt! Con razón las llaman bebidas espirituosas.

A Kurtz no le dio risa. Samuel sonrió para sus adentros. Y salieron ambos a encontrarse con la pareja que los esperaba.

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Cuadro inicial: Óleo exhibido en la Deering Estate. Foto: FNN.

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Alienígena revela: “He vivido en el cuerpo de un humano”

Alienígena revela: “He vivido en el cuerpo de un humano”

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A Carlos Elio

La primera media hora de la entrevista que Facundo M. le hizo a Oxoxo-Isti2.

FM: ¿Es usted un alienígena?

Oxoxo:  Sí, para efectos terrestres. Nací en el planeta Orgaiga, no revelo la ubicación en el cuadrante sideral… todavía. He sido un piloto, un transportador a través de nuestros sistemas solares. Todo hasta llegar a  este planeta, chocar con él… mejor dicho. Para mí ustedes son los alienígenas. (más…)

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Microorganismos, mamíferos no humanos y ballenas en la luna manejan secretamente los motores de búsqueda

Microorganismos, mamíferos no humanos y ballenas en la luna manejan secretamente los motores de búsqueda

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¡Tiemblan las empresas de search engines! Les diré lo que Google y otros motores de búsqueda no quieren que sepas.

La gente cree que los buscadores web trabajan con complejos algoritmos digitales. 

En realidad cuando haces una búsqueda (por ejemplo, “restaurantes de ensaladas en Villa Linda”) ese mensaje es memorizado por pequeños microorganismos que se alojan en tu computadora o móvil. Estos organismos transmiten el mensaje telepáticamente a alturas estratosféricas. (más…)

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Metáfora de lógica y absurdo

Metáfora de lógica y absurdo

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En una alta y nublada montaña un aprendiz presenta el examen final de clarividencia ante el Maestro Adivino. La prueba consiste en una sola adivinanza.

– ¿Vas a ser aprobado o reprobado?

El aprendiz contesta: “Seré reprobado”. ¿Cuál debe ser el veredicto del Maestro?

Veamos. Por lógica, si acierta lo aprueba y si no acierta lo reprueba. Si el Maestro lo reprueba el estudiante acierta y debe ser aprobado por justo acuerdo. Pero si el Maestro lo aprueba aquél no acertaría y debería ser reprobado por fallar. Y entonces si lo reprueba… Regressus in infinitum…

Esta ingeniosa paradoja me pareció una elegante travesura intelectual. Una inocente broma que gastaría entre mis amistades. Y así hice.

Estallaban de risa al advertir que, si podían, no debían y viceversa. Cambiaban rápidamente de tema. Paseé mi acertijo con deleite hasta que me topé con Zetaté, amigo con quien comparto ciertos fantasmas.

Después de reflexionar con inusitada seriedad, comenzó el siguiente diálogo:

ZT: Debe ser reprobado.

YO (MECÁNICAMENTE): Pero, cómo, si lo aprueba estaría acertando porque él predijo…

Negó con la cabeza.

ZT: Olvida la antinomia, olvida el aprendiz. El juego no tiene salida si razonamos por lógica, cualquier posibilidad nos lleva a contradicción.

Se arrellanó en el sofá y encendió ritualmente un cigarro. Yo ya imaginaba lo que vendría.

YO: ¿Y qué propones?

ZT (A LA CUARTA BOCANADA): Bien, el futuro es la porción incumplida del tiempo ¿no? Pase lo que pase siempre “será”… más allá del estricto y fugaz momento.

YO: Puede haber muchos futuros.

ZT: Entonces o acertar es imposible u ocurre solamente en uno de los muchos futuros.

YO: Sí, cierto.

ZT: Volvemos al principio… En cualquiera de los mundos, sólo Dios o la divinidad o lo sobrenatural pueden hacer una cosa y luego ubicarse antes de ella, hecha antes de hacerse. El Adivino participa de una vislumbre divina: no puede modificar nada, pero lo ve antes de hacerse.

YO: Antes de hacerse…

ZT: La predicción detallada y precisa del futuro, con matices y todo, vista antes de ocurrir, no es “natural” en el humano. Nuestro éxito se basa en nuestro aprendizaje intuitivo y luego estadístico. Pero clarividentes no somos, porque la estadística es aproximación. Claro, eso si el maestro no es un farsante…

YO: No, es un Adivino de verdad verdad.

ZT: …si es así, participa de un poder sobrenatural que determina ese futuro. Si estaba destinado a ser reprobado, debe serlo por cuanto el adivino sabe lo que va a suceder. La ética del problema queda entonces: Si es un adivino de verdad y acierta hay que reprobarlo. Si es un adivino falso hay que reprobarlo también, así acierte.

Traté de rebatir pero me sentí desarmado. Mientras hacía tiempo para analizar el asunto, traté de inspirarme en la famosa Navaja de Occam.

YO: Para mí, más allá de lo divino y del porvenir, nuestra paradoja plantea una cuestión de lógica simple: si adivina aprueba, si no reprueba.

ZT: Eso ya lo dijiste.

YO: Pero ahora lo digo en otro tono: el veredicto no puede quebrantar esas reglas, pero tampoco puede no hacerlo. Si el aprendiz contesta: “Seré reprobado”, no podemos decidir, porque en cada caso necesitamos ambas. No se toleran y están condenadas a vivir juntas.

ZT: Como muchos matrimonios -dijo sonriendo.

Al rato, más serio:

ZT: Concibes Maestro y Aprendiz como artificios o marionetas de un juego lógico. En las cofradías de alquimistas, como tú bien sabes, en las tierras donde habita la Magia, hasta las leyes físicas difieren por espejo cóncavo. Debe ser castigado por tramposo…

YO: El Maestro Adivino (que no es un farsante), conoce el porvenir preexistente pero no tú ni yo. Eso pide el problema: uno de ambos dictámenes que satisfaga las reglas lógicas sencillas. Dame una razón para sustituir la lógica por una ética.

ZT: Ninguna, si tu razonamiento se desplaza por los estrechos corredores de la lógica. Si Dios (lo divino) determina el tiempo y permite al Adivino beber de un pozo de clarividencia, no me hables de una lógica que comienza por excluir la misma noción de divinidad.

YO: Recuerda que hablamos de un juego “mental”, con posibilidad para restringidos milagros. Su planteamiento es deliberadamente caótico, como un laberinto mental.

ZT: Este acertijo, preso en tus laberintos mentales, resulta incompartible. Si acaso tiene algún interés, lo encontraremos en su aplicación a la magia. Las condiciones que altera su práctica, las deformaciones que produce en la causalidad de fenómenos, permiten que el Adivino lo repruebe sin apelaciones, porque su poder sobrepasa tu lógica, o la transforma.

YO: ¿Cómo?

ZT: Debe ser reprobado por contestar de forma que contradice la lógica en ambas direcciones. ¿Hay un sentido oculto para que haga tal cosa? Quizá, pero yo tomo posición por reprobarlo, por intentar descarrilar la ética con una lógica paradójica. De acuerdo con tu “lógica”, el fracaso de tu aprendiz engendra un triunfo fraudulento y encima “irrebatible”.

YO: Lo piensas desde la ética.

ZT: Si la divinidad existe, es más probable que actúe por ética que por lógica. No el problema, sino la manipulación de las palabras en su formulación es lo que trastorna la coherencia. Si el Aprendiz contesta: “Reprobado” debe ser reprobado ipso facto. La lógica queda reconstituida, porque ahora dice lo que antes no dijo, para confusión de todos.

En este punto de la conversa no había vuelta atrás. Habíamos pasado de un juego a un “tópico”. No me di por vencido.

YO: Si no conocemos el futuro, el dictamen y la predicción son lo mismo, porque no importa si tal decisión iba a ser, sino cuán bien la argumentemos. De hecho, si ocurre es porque iba a ocurrir y punto. Si la magia tiene sus propias leyes, han de ser secretas, legibles quizá para los iniciados o no siempre manifiestas de la misma forma.

ZT: ¿Qué quieres decir?

YO: Que podemos argumentar a favor de aprobarlo.

ZT: Lo dudo.

YO: Si los dictámenes de la divinidad nacen en un pozo de arcanos, nada me impide pensar en una orden secreta que apruebe al aprendiz, porque Dios y las cosas de Dios (como la clarividencia) son inescrutables y obedecen a un sentido ajeno a nuestra percepción y juicio.

ZT: Eso mismo.

YO: Bien ¡Yo clamo que también puede ser aprobado!

ZT: Siendo inasequible a la divinidad, la ética desconocida se puede variar a placer…

La discusión se extendió por algunas horas y de ese tópico saltamos a otros no menos inquietantes, como la paradoja de las ruedas dentadas que no se tocan, por ejemplo, o aquella de las nueve rejillas entrecruzadas de un tinajero. Por el bien de nuestra fructífera amistad y evitando desgastar prematuramente el tema dejamos la consideración de esta paradoja hasta una especie de tablas intelectual.

He intentado volver al tema, pero mi amigo lo elude inteligentemente alegando que el adivino no necesitaba preguntarle al aprendiz para dictaminar si era mal adivino. ¿Acaso el Maestro no sabía, de antemano, si debía aprobarlo o reprobarlo? Y al disponerse a preguntarle ¿no sabía que el aprendiz respondería: “seré reprobado”?

El ejercicio no deja de inquietarme: a la luz de la lógica, no acepta opciones; en el absurdo, las acepta todas.

Esto tampoco soluciona el problema, pero deja un sabor de conclusión que permite pasar con fluidez a un nuevo desafío intelectual.

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ILUSTRACIÓN: Lúdico.

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Hazul

Hazul

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A Yoyiana

Y aún me pregunto: “¿Quién detendrá la lluvia?”
Creedence Clearwater Revival
 

I. A Don Nicasio lo hizo famoso un reportaje que publiqué hace 20 años sobre unos deslaves en la zona costera central.

“Aguacero de una semana mantiene en ascuas a vecinos de Cristo Redentor” (titular). Bajé a la costa y encontré montañas de escombros en el camino.

La lluvia había amainado contra el pronóstico de los expertos. Hice reporte de daños, entrevistas con lugareños y funcionarios, todo parecía rutinario aunque trágico.

Alguien al cruzarse conmigo y ver mi credencial de periodista, mencionó a Nicasio. Me dijo que había “repetido el milagro” de detener la lluvia y con ella la tormenta misma y el deslave. Lo describió como un “iluminado”.

Los caminos hacia su lejano domicilio estaban bloqueados o intransitables. Algo de curiosidad malsana y obsesión, sin duda, me impulsaron a la finca montañosa donde Don Nicasio no quiso atenderme y ni siquiera dejó que lo viera.

Su esposa me rogó no entrevistarlo, que él no quería hablar ni con periodistas ni políticos. Ambos, según ella, interesados en su historia para provecho de causas grupales o personales.

Tuve que alojarme en una pequeña pensión e insistí hasta que Nicasio mismo, al verme parado en la verja del frente, pidió desde lejos que me dejaran pasar. Tendría unos 38 años pero parecía casi de sesenta. Se veía débil y sin  embargo nervioso.

– Recompensaré su determinación -me dijo. Le contaré algo que nadie sabe. Todo porque siento que ya de la próxima no paso.

Me contó que muchos años atrás hubo unas tormentas sostenidas. Duraron más de la cuenta y pronto bajaron los ríos crecidos azotando colinas y caseríos. Vio cuadras colmadas de agua enlodada, tallos gigantescos flotando en los improvisados río.  

Una noche se dejó bañar por la lluvia, cerró los ojos. Sintió un haz de energía entre él y el agua en caída. Según su testimonio, recibía esa energía a costa de una agotadora faena de concentración.

Esa concentración (dada su falta de entrenamiento al respecto) requería forzosa presión muscular, resistencia al frío y lo dejaba exhausto. A eso agreguemos largos períodos sin comer y dormir, “redirigiendo y casi rebotando energía cósmica”. ¿Desde dónde? Ora en un oscuro cuarto, ora al aire libre azotado por aguaceros de medianoche.

Su fama, digamos, pública fue asunto de unos pocos místicos y beatos. Pero secretamente era invitado por diversas sociedades secretas a ejercer su indescriptible don en otros lares. En Anzoátegui dispersó un huracán categoría 3; en Mérida evitó deslaves (porque también enfrentó la nieve) y en Vargas redujo un cataclismo a una vaguada menor.

Pulverizar una nube podía tomar horas o días. Separar las masas de modo que no fueran tan pesadas… si el rango de visión era amplio. Y lo más efectivo, atacar la concentración antes que tomara fuerza, para alborotarla con el rayo y atomizarla a tiempo.

Era luchar contra volúmenes que lo excedían como un gigante a un insecto.La desatención a la familia, el aislamiento en un cuarto para luchar contra las fuerzas salvajes de la meteorología, el descuido ante las necesidades diarias le crearon una imagen de anacoreta, de profeta clandestino. Otros llegaron a creerle y a seguirle.

Me contó su esposa que aparecía de repente en la sala con barba larga y descuidada, sucio, mojado, llorando. Se desplomaba y una vez debieron administrarle suero. “Un haz azul” -le dijo- “así lo veo con los ojos cerrados, antes que se multipliquen.”

Llegaron a encontrarlo desmayado, casi ahogado en un pozo, en par de ocasiones estuvo grave en el hospital. Pero lo cierto es que aquel deslave y éste último habían terminado antes de lo esperado… tal como lo estimó Nicasio. “Un haz azul”, me confirmó. 

“El paraguas espiritual de Nicasio” fue un recuadro dentro de un reportaje sobre cómo Cristo Redentor se recuperaba del deslave de marras. Terrible titular, por cierto, cuya responsabilidad asumo. Nicasio tuvo más notoriedad de la que hubiera querido. Hicimos una entrevista posterior y un sucedáneo del artículo inicial y varios medios de la competencia procedieron a hacerlo suyos con historias que iban del reportaje serio a la prensa sensacionalista. Pero la cobertura no fue intensa.

El tópico no se retrabajó y murió de mengua en el interés general.

II. Ahora, todo lo anterior ocurrió “según Nicasio”. Poca gente en el pueblo daba crédito a la historia o el rumor, su propia familia le “creía” solo por amor y condescendencia. En los medios ganó muchos “fans”, pero al final terminó siendo más una leyenda urbana que otra cosa. 

Había algo en su convicción, en su vida ascética y de buen juicio que mitigaba la sospecha de demencia, pero por otro lado lo insólito de su recuento, de su supuesto método, de cómo abandonaba toda racionalidad por días… invitaba a pensar en algo loco o falso.

Nicasio me confesó que no esperaba que le creyeran. Que sólo me pedía registrar y difundir sus palabras. Y así hice, llegando hasta conceder que Nicasio ciertamente creía lo que decía. Pero, sinceramente, más allá de eso yo no le otorgaba valor veritativo. Ni científica ni místicamente.

Ese descreimiento hizo que se diluyera mi interés en la aventura de Don Nicasio. Los trabajos y los días nos alejaron, creí yo, para siempre. Y pasaron 20 años.

III. Hace unas pocas semanas, lamentablemente, ocurrió en la costa otro derrumbe masivo por efecto de incesantes lluvias.

Se extendieron más de un mes con un pico de casi dos semanas seguidas. Los reportes fueron preocupantes y el noticiero de TV donde trabajo me envió a cubrir las labores de rescate.

Al llegar me sorprendió ver un cielo despejado y un sol abrasador. Pero el pueblo estaba golpeado mas no devastado, montones de lodo flanqueaban las calles, si hubiera llovido un día más otra historia sería contada. 

Caminando un poco azorado, topé con un pequeño grupo que rodeaba el cuerpo sin vida de un anciano muy decrépito. Una mujer colocaba flores sobre su paltó empapado y rodeaba su cuerpo con pequeñas piedras. Me costó reconocerlo, pero era Nicasio. Su rostro estaba maltratado aunque sereno, como un santo que inicia otro camino.

IV. Me sentí culpable, ingrato, negador de milagros. Porque en ese mcrosegundo, en esa ráfaga de visión de un rostro presente y ausente, tuve por fin una convicción segura e indudable:

Nicasio Talavera había detenido las tormentas con un hazul que salía de su indomable corazón.

 

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Canción Who’ll stop the rain?
Creedence Clearwater Revival (letra en inglés)
http://youtu.be/We2-EZElsro

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ILUSTRACIÓN: Lúdico.

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