Las dos visitas del señor F.

Las dos visitas del señor F.

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1. PRIMERA (Hace 37 años)

Ahora le da por pensar en el futuro. Hoy le entregan el premio Nobel de Literatura. Se ha dicho que es el primer “Nobel de la ciencia-ficción”, calificado por la prensa como “emblemático” por lo justo aunque tardío para otros grandes autores. Ahora bien, nada de eso le importa.

La ceremonia es tensa, como esperaba. Sus nervios casi colapsan. Le invade un frío tembloroso. Lo asedian cámaras minúsculas desde los estrados, sobre los hombros de operadores, colgadas en largos y finos brazos servos.

Produce su pequeño teatro mental de desastres: imagina el frac atorado en la silla o todo él yéndose de bruces sobre el Rey de Suecia o simplemente balbuceando a la hora del discurso. Siente que hoy confluyen, al menos, dos series temporales. Mira a los fotógrafos y se dice: “Uno de ellos tomará una foto que vi hace 36 años. La única evidencia que tengo de este momento anunciado.”

La ceremonia tarda más de lo estimado. Su mente se evade como siempre a aquella tarde de 1979, en casa de su abuela, a donde solían pasar parte de los domingos. Buscaba a su madre Sara para mostrarle un cuaderno. Era su primer intento de relato de ciencia-ficción, una historia ilustrada. Tardó semanas en realizarlo.

El argumento era simple: los hombres colonizan la luna, otros planetas del sistema solar y después las estrellas cercanas. Aquí en la Tierra se destruye la civilización tal cual la conocemos y comienza a reconstruirse. Entonces llegan los extraterrestres, humanos que partieron hace milenios y que no recuerdan su origen. Grandes batallas de por medio, los alienígenas descubren su pasado perdido y declaran al planeta “lugar sagrado”.

Salió al jardín frontal, se detuvo en el césped. A lo lejos se acercaba un hombre vestido enteramente de negro, con un pequeño gorro y guantes. Su rostro era agudo, de rasgos marcados, ojos pequeños y juntos, nariz ligeramente aperada, boca pequeña y barbilla prominente. Su piel era blanquísima.

Se detuvo frente al niño y lo miró como sabiendo quién era.

— ¿Usted es Augusto Qui?

— Sí.

El hombre miró a los lados, para cerciorarse que nadie más lo oía.

— Tengo que hablar con usted.

Hizo un ademán hacia un banco en el parque del frente, pasando la calle. Con la típica confianza del niño, Augusto cruzó el asfalto y se instaló en ese asiento de madera. Su interlocutor se sentó ceremoniosamente, cruzó las piernas y le dijo:

— No puedo creer lo que estoy viendo, ese cuaderno…

— ¡Ah, esto! Tiene cosas… que escribo…

— Quizá las he leído. Yo, querido Qui, soy su más afanado lector.

— Pero si yo… nunca… debe estar equivocado.

El visitante soltó lo que tenía represado. Pareció como si lo hubiese ensayado no pocas veces.

— Me ofrecí como voluntario para un experimento de regresión en el tiempo, de acuerdo con los principios que usted mismo sugirió pero que hoy ni se imagina. Fui voluntario, incluso a riesgo de mi vida, con la única condición de ser dirigido hasta aquí, para conocer a mi escritor favorito.

— ¿Quién?

— Usted, César Qui. He leído su serie completa del Macrocosmos y todas sus novelas, cuentos, ensayos y poemas. Usted elevó la ciencia-ficción a categoría de clásico literario e incluso dio los fundamentos para la moral científica que caracteriza la sociedad de mi presente, que es su futuro.

— No entiendo nada.

— Señor Qui, he venido del mañana para decirle “gracias” por lo que ha escrito.

— Pero eso es imposible ¿no? tengo nueve años ¿usted dice que ya hice… lo que todavía no he hecho?

Saboreando con ansias el momento, sacó de su bolsillo un recorte de prensa muy deteriorado pero de lectura clara. Aparecía la foto de un señor que, de momento, le pareció a Augusto como su papá con más edad.

Titular: AUGUSTO QUI RECIBE EL NOBEL DE LITERATURA

Sumario: Gana el premio a los cuarenta y cinco años.

El resto no pudo leerlo mucho, pero hablaba del primer Nobel de la ciencia-ficción y de cómo cuatro décadas después recibiría el galardón en Suecia. Además mencionaba que había sido merecedor de decenas de trofeos, medallas y el celebérrimo premio Clarke. Una frase saltó a su vista: “Traducido a treinta y dos idiomas”.

Su reacción fue sencillamente disimular su conmoción para no generar bulla en los alrededores. El visitante le quitó el recorte.

— Lo siento, no puedo dejar nada del futuro en este tiempo. Por otro lado, usted no puede contarle a nadie este episodio, porque lo anularía por completo y quizá correría peligro. ¿Me lo promete?

— Sí…

— Ahora debo irme, sólo me han sido permitidos unos minutos.

Aquella tarde del 80, Augusto Qui le preguntó al visitante su nombre.

— Llámeme F…

Se despidieron con un apretón y el hombre se perdió en la lejanía. Augusto tuvo un impulso de seguirlo, pero algo dentro de sí lo detuvo. Mejor. En realidad eso también tenía que suceder. 

2. SARA DE QUI pareció captar el impulso y lo estimuló con libros de Julio Verne, H.G. Wells luego de Arthur Clarke, Isaac Asimov y Phillip K. Dick. Desde entonces fue el más dedicado y prematuro de los literatos.

La ciencia-ficción también, si se quiere, vino por casualidad. Se atravesó justo en el momento en que ese hombre del futuro, le anunció un desenlace inevitable. Augusto, claro, lo cultivó y -sin duda- ha aportado una cosa o dos (y eso que siempre quiso escribir dramas teatrales).

Y se fue, creyo él, para siempre, dejando su vida en una mágica ensoñación de indudabilidad. Parafraseando al apóstol Pablo, su consagración literaria era una “expectativa segura de cosas por venir”. Una confianza muy bien ayudada. Si le iba bien, decía: “Es que no puede ser de otro modo”. Si las cosas tomaban un rumbo quebradizo repetía: “¡Bah! ya pasará, no se puede cambiar lo que tiene que ocurrir”.

Esa vislumbre, incluso esa increíble tranquilidad con la que atendió a su imposible visitante y siguió el destino, todo ello, le hicieron conducir la vida por un trecho bastante fluido. Luchas internas, por supuesto, incluso muy crueles… Dos matrimonios colapsados, tres hijos un tanto abandonados.

Pero eso es otra cosa. Su carrera literaria siempre estuvo exenta de lagunas o vacíos. Simplemente, las piezas debían cuadrar sin mucho esfuerzo, para que pudiera cumplirse la profecía de las cimas conquistadas.

De su obra se han hecho doce películas (la mayoría, eso sí, muy malas), tres series de televisión, se han editado cuarenta y dos títulos con centenas de miles de ejemplares vendidos. Ha monopolizado las listas de best sellers y autografiado tantos libros que ya su firma es, según confesó en una entrevista, “un gesto automático, como respirar”.

3. DE VUELTA a la ceremonia Qui va pasando de terror en terror. Primero la inseguridad de “meter la pata”, luego el miedo a un descalabro temporal -dado que ese día ocurrirá algo completamente paradójico, etcétera, etcétera.

La agonía pasa a la máxima sutileza: se imagina (y por puro masoquismo lo cree en nanosegundos) que aquella conversación nunca ocurrió y que el Sr. F. fue un invento creído con tanta fuerza que se transformó en memoria. Esa sensación lo hace sentir después traidor. Como si un tribunal lo interrogara y él, mirando al Sr. F. a la cara, confesara que no, que aquel encuentro nunca había tenido lugar.

A nadie jamás ha confesado su secreto, ni a sus padres, pero algo muy distinto es lo que se dice y desdice a sí mismo… las conclusiones de todo aquello.

Los padres de Augusto se ven a lo lejos. De trajes cerrados. En sus ojos las lágrimas hacen una fiesta. ¡Qué bueno que están vivos y presentes! En el fondo, el deseo de constatar la profecía tiene mucho que ver con sus padres y lo que siente que les debe. No obstante, a quien no puede borrar de la mente es a César, su hermano muerto. Acaso por la mente de sus progenitores también cruza en ese momento la imagen de ese hijo perdido.

De César recuerda su mejor estampa, como de veintiún años. Ojos inquietos, peinándose el cabello que se le venía a la cara. Obstinado, impaciente, siempre queriéndose ir a otra parte. Así lo veía. A César le gustaba el mar, a Augusto la casa y la lluvia. Aquél era rebelde, éste sólo disentía intelectualmente. De niño quiso ser como él y lo imitó hasta el cansancio, aunque sabía que no se podía.

César -como sus homónimos latinos- organizaba batallas, esta vez en la arena del mar o lideraba jornadas de cacería de cangrejos en las piedras azules. Era un líder. Pero su adolescencia lo alejó ferozmente del distraído hermano. Cuando Augusto conoció al Señor F… César tenía dieciocho años y parecía destinado a un futuro agitado. 

“César, te hemos llorado de a poco, en dosis…” al descarriado, al perpetuo fracasado de la familia.” Lo intentó todo, cruzó todas las líneas, fue un visionario incapaz de realizar sus ideas. Murió en Gallipoli, Turquía, en 1992, a los treinta y tres años. La familia, Augusto incluido, lo adversó, nunca le perdonaron que fuese tan totalmente él-mismo. Contrapusieron su “fracaso” al prematuro éxito de su hermano menor. Sin quererlo, o queriendo, generaron una virtual antipatía de envidias y competencias. La distancia fue mutua.

Claro que Augusto (ya comienzan los discursos) se increpa que pudo hacer más pero primero había que resolver tantas (otras) cosas relativas al destino que no quedaba tiempo. Y Augusto se decía: “Pero ¿cómo no va a ser así, si yo conozco mi misión pero César no? ¿No habrá, por ahí, un Señor F. benévolo que le diga lo que tiene que hacer?”

En medio de las batallas propias de ese día, mencionan su nombre y se pone a tono con la ceremonia. La solemnidad, el espíritu de observación y reverencia que se acumula lo invade y desde ese momento desecha las preocupaciones y se aboca al evento. “Por una obra rigurosa y novel, que invita a imaginar los destinos de la sociedad en el complejo mundo de la tecnología y de otros planetas posibles…” lo llaman y entregan el galardón. Desde entonces se activa como un sueño mágico. “La ciencia-ficción, por fin, a la altura de otras literaturas”, comenta el Presidente Internacional de su Club de Fanáticos.

La ceremonia concluye y los galardonados se entregan a los vigorosos aplausos del público.  Los premiados forman una línea, frente al público y es entonces cuando lo ve. Es un viejo, favorablemente conservado, con todas las modificaciones que introduce la máscara de la edad, pero basta contactar sus ojos para reconocer, en primera fila y de etiqueta, al Señor F. Tiene una barba blanca y bigotes grisáceos, pero es él. Se mueve nervioso cuando constata que Augusto lo ha divisado.

“Dios mío”, piensa, “qué noticia me trae este mensajero”.

La prolija imaginación de Qui se activa:

“Hice un pacto con Mefistófeles y viene a buscarme.”

“Ha habido una cancelación y este evento y mi carrera se desvanecerán hasta dejarme con una vida absolutamente mediocre.”

“Si el fotógrafo me fotografía todo será falso.”

“Si el fotógrafo no me fotografía todo será falso.”

Los aplausos continúan en medio de un ligero mareo. Apretones de manos, entrevistas, reporteros de televisión, personalidades. Hace un esfuerzo supremo para no parecer indispuesto o apurado. Busca desesperadamente al Señor F. Sube a un pequeño presidio, a un lado, y trata de escrutar en el gigantesco salón, pero no lo ubica.

4. ESTA MAÑANA el cuerpo es benévolo y apenas le da un eco de jaqueca y la típica resequedad de boca. Desayuna temprano, posterga algunos compromisos para la tarde y sale a deambular un poco por las hermosas plazas de Estocolmo. No fue fácil evadir escoltas, pero contó con la complicidad de un funcionario de la Embajada que lo recogió y lo soltó por ahí.

Su mente atormentada se debate entre hipótesis. Sea lo que creyó determinado no ocurrió en la ceremonia. ¿O sí? Cruzó un kiosco de periódicos y allí estaba la foto, a su juicio la misma de hace treinta y siete años, tomada por un reportero de Associated Press. Compró el periódico pero lo mantuvo bajo el brazo, como los tigres que cazan y llevan el cuerpo a mejores lugares para deglutir. Recorrió los alrededores de un sobrio palacio y se perdió entre calles medievales.

Ya consciente de su lejanía y recordando la invitación en la Universidad y -¡claro!- el tryst con una sueca del Ministerio de Cultura, da media vuelta para devolverse. Se detiene bruscamente.

Tiene al frente al mismísimo Señor F., que lo había seguido trabajosamente.

El Sr. F., ahora septuagenario, vestía más informal que ayer. Ninguno puede pronunciar palabra, paralizados como están. Con gran esfuerzo Augusto rompe la tensa inacción.

— Hola…

— Señor Qui tengo que hablarle.

Se convidaron mutuamente a un café a la vista. La mente de Augusto se bloquea durante esos minutos. Su fábrica de especulaciones se detiene. El señor F. luce más a tono con los tiempos. Le parece a Augusto -y después le dará risa- que ha estudiado mejor la moda de la época para volver.

El Sr. F. evadía el contacto visual, pero tomó la iniciativa.

— He decidido hablar con usted, no pude elegir mejor momento. 

Notó un lejano acento castizo que no recordó de aquella vez. 

— Bueno, diga cualquier cosa. ¿Quién es usted?

— Mi nombre es Vladimir Chenko, nací en Rusia hace sesenta y siete años. Soy ciudadano español.

El Sr. F. habla mirando hacia un punto perdido del mantel.

— A veces las raíces del triunfo están enterradas más abajo de lo que puede escarbarse superficialmente, señor Qui.

— Supongo que sí.

— Los entuertos de la vida, lo que llamamos “circunstancias”, son misteriosos hechos que se pensaron de un modo y salieron de otro, para bien o para mal. En el caso suyo para bien, en el caso de su hermano para mal.

— ¿Mi hermano? ¿Qué sabe usted de César Qui?

— Sé que fue un romántico. A pesar de su violencia, de su rebeldía caprichosa, miraba el mundo con una voluntad de cambio, utópico pero sincero. Es cierto que era impulsivo, pero muchas veces preparaba sus acciones con la paciencia de un relojero, acariciando cada pieza y cada fase del plan.

— ¿Cómo lo sabe? ¿Lo conoció?

— Sí claro. Dedicaba grandes cantidades de energía a tareas que no tenían ganancias tangibles o que pronto desechaba para interesarse en otras cosas. ¡Cuán distinto a usted, Augusto, que trabajaba secretamente la obra del futuro, sin desviarse un centímetro!

— Nos habíamos separado… -Augusto para sí.

— César lo amaba mucho a usted, pero a su manera. Más de una vez lamentó la distancia física y emotiva entre ambos. Recuerdo un malecón en Grecia, frente al Egeo. Fue la última vez que lo vi, en 1988.

— ¿Lo conoció en Europa?

— Hablamos. César confesó que lo extrañaba mucho y que deseaba abrazarlo… Luchaba internamente por volver, por recuperar su vida, retornar a la raíz. Pero algo no le permitía moverse y nunca supe exactamente qué.

— Nosotros tampoco… pero ¿y entonces?

— Bueno, César tenía una teoría que en definitiva desató todo. Me lo explicaba así: para un niño hasta un pequeño refuerzo puede significar una diferencia sustancial en la vida. Si un menor se acerca a nosotros con un dibujo y le decimos: “¡Qué bueno, me encanta, vas a ser un gran pintor!”, esa frase puede ser un detonante en su historia.

— Ja, -respondió evocador- César era así… cuando quería.

— Y cuidaba muy bien de estimular a los niños, de darle palmaditas en la espalda cuando metían un gol o mostraban dibujos “y que” figurativos. Él intuía la trascendencia, señor Qui. Su hermano tenía una sensibilidad infinita.

— Cierto pero ¿hay algo que yo no sepa en lo que dice?

— A ver. Me contó que un día estaba como casi siempre, de mal humor, presionado por sus señores padres, “sintiendo lo que los Rolling Stones en ´Satisfaction´”. Se acercó usted casi diez años menor a mostrarle las tiras cómicas de batallas espaciales y globitos con letras que acababa de terminar. En un arranque César le gritó que se largara ¿se acuerda? que no tenía tiempo para leer semejantes estupideces. ¿Lo… recuerda? Usted, un aprendiz de escritor de apenas ocho años se retiró deshecho en lágrimas.

— Pues creo que algo así ocurrió… ahora que lo dice… me dolió ¿sabe?

— Y su hermano de malhumorado pasó a avergonzado y no hallaba cómo recuperar esa agresión. Intentó disculpas, pero usted estaba muy sentido. Me contó que miró su cuaderno, a escondidas y lo conmovieron profundamente los ejércitos de pequeños soldados, los caminos encrispados de Marte y la Tierra, semi redonda, exhibiendo el continente americano de largo a largo. “Dame para leerlo”, le dijo. “No, ahora no quiero”, contestó usted.

— ¡Lo recordaba! -Augusto anonadado.

— Entonces se le ocurrió una idea… Como trabajaba de aprendiz en una imprenta, se le metió entre ceja y ceja que podía falsificar una noticia, ni siquiera del pasado sino del futuro. Logró imprimir una muy mala copia de tal noticia en papel periódico.

Augusto miraba la nada, al frente:

— Papá ¡ja! claro…

— Sí, para ello bastó una foto de su padre y un texto que César mitad copió, mitad confeccionó él mismo. No crea que lo hizo a la ligera. Pensó cada una de las palabras de ese texto y, una vez obtenida la página, le hizo un maquillaje para envejecerla y deteriorarla levemente.

“El paso siguiente no era menos fácil: ¿Quién sería el personaje? Debía tener porte misterioso, preferiblemente foráneo y no verse más por esos lares. Entonces pensó inmediatamente en este servidor.

“Yo era marinero, pronto me iba del país. César me consideraba “buen contador de historias” y podía exagerar mi acento ruso de entonces. Me lo planteó un día, con mucha seriedad, razón por la cual acepté ayudarlo. Es imposible negarle un favor a alguien que lo pide con tanta vehemencia.

“Y confeccionó, con mis sugerencias, la pequeña estratagema. Aprendí el parlamento, lo ensayé, preparamos qué decir si venía alguien o si usted se rebelaba. Fue trabajo de tres reuniones.

“Recuerdo las ansias con las que su hermano, luego del encuentro, me pidió que reconstruyera el diálogo. “¿Qué cara puso? ¿Qué dijo?” Fue una infantil alegría, una travesura con trasfondo muy serio. Era 1980.”

Augusto respira con sobresalto. Continúa el Sr. F, un ser de carne y hueso mil veces más misterioso que cualquiera de los alienígenas y héroes que pueblan sus novelas:

— Pero la vida se llevó a César, como una hoja en el río -concluye F.

En 1988 César murió bajo extrañas circunstancias en Turquía. Los padres viajaron y dejaron el cuerpo allá, en una tumba cristiana. Eso les bastó a todos, incluso a Augusto, para quien César como mito de la infancia ya se había desdibujado. Cuenta el señor F:

— Me dijo en Grecia: “Ya sabes de mi hermano.”, yo le contesté: “Sí, es un niño prodigio… Me imagino que le contaste.”, él me reiteró que nunca se lo confesó… que no sabía que creer, que como usted era un genio quizá lo descifraría, le daba vergüenza y hasta risa. “¿Piensas decírselo?” fue mi obvia pregunta. “No lo sé”, me contestó, “quizá sea el final de una magia… O el principio de otra”.

— Eso es “tan” César… -dice Augusto llorando.

— De la muerte de su hermano me enteré mucho tiempo después, a través de un amigo mutuo. Mi conflicto ya era grande para entonces. Por un lado apoyaba la opinión de César sobre una magia que no debía romperse. Pero por otro consideraba injusto que usted no supiera esa verdad, aunque fuera para homenaje de César.

Y por eso es que llora, porque Chenko le devolvió el inesperado primer motor de su profecía personal. Como en los mejores tiempos.

— Ya sé -dice Augusto- de dónde viene, mi frase: “Antigua sombra desconocida, ahora duende omnipresente.”

— He temido -vuelve Chenko-, que tras esta confesión me gane de usted un merecido desprecio. Pero ya no aguantaba más -suspira- … creo que puedo morir en paz.

Precisa Augusto en Chenko los pedestres detalles de la gente común: ropa arrugada, medias que no van con la camisa, un lado del bigote alzado y el otro peinado… Sin embargo, aquel hombre posee el donaire y la sapiencia que podría exhibir un visitante del futuro.

— Buen casting, César.

Conversan un poco más, para satisfacer curiosidades: qué hicieron entre tal y cual fecha; qué foto usaron; porqué Grecia. Se despiden con una mezcla de alivio, conmiseración y melancolía. Se dan un apretón de manos y Augusto ve al Sr. F alejarse entre murallas de piedra para siempre.

5. AUGUSTO HA quedado tan movido que tiende a la estaticidad. “Las cosas poco a poco irán emergiendo”, se dice a falta de mejor cosa… “y ya llegará el momento de la intensidad”.

En este instante de verdad no tiene idea de cómo expresar lo que siente. Y quizá en esa búsqueda de expresión se esconda el futuro de su obra y de su vida.

Mas ¿quién quiere hablar ahora del futuro?

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FUENTE: Libro Encuentros en el vórtice (Amarante, 2012) de FNN.
ILUSTRACIÓN: Lúdico. FOTOS: FNN.

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Otra isla de las palabras

Otra isla de las palabras

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A Gulliver: una ficción del tamaño de Lilliput

Hace años

una gran organización mixta (estado-empresa privada) concentró gran parte de su inversión de innovación en una sola instalación: un pueblo pequeño, con más de 500 residentes. Para colmo, la construyó desde cero en una isla del inmenso río que bordeaba la sede del consorcio.

Parece obvio (y un poco frívolo, por supuesto) llamarla la “Isla de los Inventos”, pero así fue tildada por la prensa y por la propia institución. Se propusieron desde duplicar hasta quintuplicar las ideas originales, las mejoras, los inventos y las patentes. Para ello dotaron las hectáreas de la Isla con la infraestructura más completa imaginable: abundante energía, un ubicuo monorriel, lo último en domótica…

Fui asignado por mi periódico a hacer un reportaje sobre el décimo aniversario de la Isla. Los resultados eran confusos y, a decir verdad nada cumplidores de las promesas iniciales. Si damos por cierto que la “información es poder”, en la Isla se llevó el asuntos a extremos inesperados.

Política de las ideas (no confundir con “política ideal”)

En mi fugaz paso por oficinas, aulas y laboratorios, recopilé casos como el del “antropocentrismo dirigido” (trabajo de una red de estadísticos y sociólogos), una medida compuesta por 35 indicadores para expresar el conocimiento colectivo de cualquier proyecto. Se formuló el año 2 de la Isla y ya cumplía ocho años de profusas luchas por insertar o retirar indicadores.

Otro grupo de trabajo informático estaba empeñado en sustituir el bit por una unidad que midiera la masa de los electrones. De esta forma, a través de complejas y concatenadas ecuaciones, se llegaba al “Pesinfo” (acrónimo de “Peso específico de la información”). Más que producir el prototipo de un chip basado en Pesinfo, este equipo dedicaba sesiones de meses a buscar problemas que el Pesinfo pudiese resolver, ya que no se conocía ninguno.

Años atrás, este mismo tanque de cerebros hubo de abandonar el desarrollo de un lenguaje de programación llamado “Holomática”: la automatización de todo. Un programa que digitalizara en algoritmos absolutamente toda pieza de percepción y pensamiento del Universo conocido. ¿Por qué no se concretó el proyecto? Porque no pudieron automatizar Holomática y sin eso ¿cómo automatizar lo demás?

Un panel de antropólogos y teólogos desarrolló el prototipo de un “Teosensor”, un aparato capaz de transformar los impulsos nerviosos producidos por el sentir religioso en imágenes y sonidos sicodélicos, plasmados en una pequeña pantalla con altavoces. Pero el Teosensor también traducía cualquier emoción, de modo que el debate se centraba en si construir un inhibidor de impulsos no religiosos o venderlo como un traductor universal de emociones. El producto fue fuertemente cuestionado en Mercadeo por genérico y ha estado en revisión por años.

Los abogados, junto a algunos disidentes de los predios computistas, se centraron en la “Leganética”, un sistema de hardware-software para construir leyes. Tenía módulos estadísticos, para introducir las opiniones recopiladas de encuestas y focus groups. Cuando llegaron las redes sociales debieron añadir terabytes de espacio en disco para que los documentos de los juristas y jurisconsultos se combinaran con opiniones aleatorias de usuarios de Facebook, Twitter y otras comunidades en línea. La idea era alcanzar un sistema de balances y contrabalances para que los proyectos de ley fueran satisfactorios con la menor participación humana directa y posible.

La Leganética se puso a prueba en la propia Isla (producto: Leganeticus 1.0) y las normas parecían surgir de forma objetiva y automatizada. Pero las sospechas pronto se dispararon cuando se mostró que 90% de los dictámenes favorecía ulteriormente a los informáticos que programaron el sistema.

Otro caso estudiado fue la Edutrónica, la hija predilecta de una red de educadores cuya tesis fundamental era el fracaso del modelo presencial y magistral de profesores en todo el mundo. Sus investigaciones indicaban que los estudiantes pondrían atención y se esforzarían más si las clases fuesen impartidas por un autómata insensible e inmisericorde, que no diese prórrogas, ni concesiones, ni repeticiones.

Sólo así se justificaría producir el robot: la promesa de bajar 50% el tiempo actual de clases y aumentar en 150% el rendimiento promedio. Y todo porque la gente a veces necesita un poco de inflexibilidad.

Lamentablemente, el equipo ha caído en un círculo vicioso: diseñaron un “Edutrón versión beta” para estudios previos. El prototipo no era muy bueno entrenando, pero sí aprendiendo, de modo que el equipo se volcó a buscar aplicaciones donde se necesitaran robots alumnos en vez de profesores. Hasta ahora ha sido la empresa matriz la única compradora de prototipos Edutrones, para incorporarlos al proyecto Edutrón Maestro pero como alumnos.

Los periodistas pidieron a la Junta Directiva más protagonismo y, luego de años de intenso trabajo, generaron el novedoso concepto del Periobitgrafismo, una modalidad comunicativa que usa solamente interfaces naturales digitales, es decir, voz, imágenes como vistas por los ojos, emulaciones táctiles, etc. Todo esto basado en las prospectivas de la película “Reporte Minoritario” de Steven Spielberg, que muestra el mundo en el año 2054. Como falta mucho para ese año, los periodistas dedicáronse a discutir la agenda hasta tal fecha, en vez de desarrollar el producto.

Se estima comenzar el diseño del PerioBitAl cuando terminen esta “agenda”, pero hay enconados desacuerdos que impiden pasar de 2006 a 2007. El Líder de Proyecto renunció porque, según él, “un año inventado no puede durar más que uno real”.

Los médicos, que ocupaban un gran edificio en el borde occidental del campus insular, me mostraron los vestigios de la “Neurotrónica”. Al principio fue un proyecto prometedor, objeto de variados artículos y tesis de grado: la fusión entre la electrónica y el cerebro humano, de modo que pudieran influirse mutuamente. Se previeron todo tipo de aplicaciones: discos duros “suaves” para recubrir la corteza cerebral y multiplicar los recuerdos; cables y antenas conectadas a la masa encefálica y de ésta a aparatos diversos, para dictado, comando, transmisión de datos, control de redes, etc.

La Neurotrónica logró con relativo éxito la implantación del famoso “chip-N”, un microcircuito adherido al cerebro para potenciar sus capacidades de procesamiento. Desafortunadamente, el chip corría bajo la última versión de Windows, cuya salida al mercado se hizo apresuradamente sin corregir muchos “bugs”. El voluntario que se sometió al trasplante sufrió un colapso y no ha podido ser “reseteado” todavía.

Un grupo atípico fue formado por astrofísicos y filósofos. Sus talleres y tormentas de ideas (aparte de discusiones muy “tormentosas”) produjeron la “Cosmomática”, una disciplina un tanto nebulosa sobre cuyo significado se debate intensamente. Aún más, especialistas de otras áreas y equipos asisten a las ardientes diatribas en amplios auditorios atestados de carteles, proyecciones y diagramas (se dice que apuestan, incluso). Pero qué es la Cosmomática, propiamente, no lo sabemos.

La investigación que conduje conoció muchas otras propuestas, anteproyectos, papeles de trabajo y meros conceptos, como el “UltraGutenberismo”, el “Macrokáker” o el “Antitrastabillonismo”. También, claro, están los términos listos para salir al mercado (pero que nunca vieron su lanzamiento) como el proyecto consentido de un teamwork muy especializado, el “Vaval”, acrónimo de “viaje a velocidad-luz en ámbito local”, una teoría relativista que se resumía en un experimento que jamás se hizo pero que logró poner cuatro teasers en YouTube.

¿Y qué es de la Isla hoy en día? Sigue allí. Por fuera todo luce igual, pero dentro de los edificios hay intensa y secreta actividad: los sacerdotes de la “nueva praxis” dedican su tiempo y mente al culto inextricable de todo lo que no es físico, su verdadera fuente de poder: lo nombrable que no existe. Y sobre todo porque no existe.


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ILUSTRACIONES: Lúdico.

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Aprender de las hienas

Aprender de las hienas

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A Wolfgang Mazza P.

1.
Las infinitas llanuras del Serengueti son un horizonte que tiembla en los documentales de televisión.

El león se despereza con un bostezo terrorífico, las leonas cumplen su faena cazadora. Clavan sus poderosas mandíbulas en ñús de ojos apagados y más atrás los guepardos hacen lo suyo con las gacelas de Thomson.

Cuando cae el herbívoro el glamour de la zigzagueante andada y del zarpazo disminuye. Mientras más estática y sometida la víctima menos espectacular el cuadro. Cuando entran otros felinos a deglutir y hay esos rugidos de “déjame mi pedazo de carne”; cuando permiten a los críos clavar sus incipientes colmillos o surca el cielo límpido esa oscilación descendente del buitre… la naturaleza toma primacía contra la personalidad, el espectáculo se hace animal, demasiado animal.

Empieza a oler al caos elemental de la carne expuesta. Hay toda una panoplia de felinos robustos, los leones mismos, que son parcial o totalmente carroñeros. Los buitres ni se diga. En todo caso, la presa ya es guindajos sucios, llenos de pantano. Y entonces y sólo entonces entran en cuadro los más exitosos carnívoros africanos y de más allá: las hienas. Casi rastreras, como por la puerta de atrás, los más agresivos en aquello de comer carne cruda.

Recibió un memorando: “Sr. Igor C. usted ha sido seleccionado para asistir al Taller Gerencia de las Hienas”.

La compañía donde trabaja (Hamfton Tools Corporation, líder mundial de propilsores y neumódocos), tenía un programa de desarrollo personal-corporativo y allí estaba él, con una buena excusa para hacer algo diferente durante dos días.

Al llegar al auditorio se sentó lejos de todos, como quien llega tarde y no quiere hacer ruido. El taller lo dirigía, escribía y protagonizaba Karen T. (en realidad “Karenina” pero ella optaba por el diminutivo). Alta, madurota, MILF, casi de 50. Cuando Igor se dejó caer sobre la flexible silla  sintió que el escenario tenía en esa mujer su centro de gravedad. El Director Regional en persona abrió el evento leyendo:

La corporación moderna es como un portafolio de la selva, la máxima competitividad basada en supervivencia, alimentación (el puesto en la cadena alimenticia corporativa) y –en nuestro particular caso- movilidad, es decir, estar en el lugar adecuado en el momento preciso. Necesitamos equipos de trabajo, más que fuertes y majestuosos, efectivos y cumplidores… ¡y con un consumo mínimo de recursos! Uno normalmente no piensa estas cosas ¿verdad? [risas del público], en todo caso hay alguien, una persona, con nosotros hoy [mira a Karen] con quien los dejo.

Aplausos dispersos. Su voz se fue apagando en la medida que “el mujerón” se levantaba y tomaba por entero la sala. Karen pulsó un botón. La lámina invadió la pantalla:

Instituto AltoEgo
Talleres de Desarrollo Personal-Heurístico

GERENCIA DE LA HIENAS

Rastree, ataque y engulla a sus rivales…

Primera sesión:
En las llanuras de la corporación moderna: espacio y roles.

La sabana no es uniforme -comenzó Karen y movía su mano palma abajo en una línea oscilante- hay colinas, promontorios, rocas salientes, charcas, lugares privilegiados. Eso se aplica desde la fría e intimidatoria oficina del Presidente (y eso no lo digo por usted, mi estimado Director) [risas] hasta la pequeña sala de fotocopias. Lo que quiero significar es que constituye la totalidad del espacio. Sí, Dr, Arévalo, como lo acaba de murmurar: “Hasta en el baño” [risas, sobre todo de Arévalo mismo].

Para Karen cada poder es un Dios, como en las tribus seculares del África subsarahiano y de América: el sol es el calor; la brisa es la fuerza inaprovechada; el agua, equilibrio entre caída y sostenimiento. Los roles son claros y elementales: depredadores dominantes, como leones y grandes felinos en general, en las riberas y ríos los cocodrilos y caimanes; depredadores intermedios, como las águilas junto a los carroñeros, oportunistas o no, como los buitres. Los grandes herbívoros, elefantes e hipopótamos, búfalos y rinocerontes, gregarios y defensivos.

En este ecosistema las hienas y chacales son una mezcla de todos los ambientes y papeles de este drama natural. Cazadoras o carroñeras casi en la misma proporción, carnívoras o herbívoras si es necesario… son una prueba de la eficacia grupal para sobrevivir y la importancia de una buena máquina corporal.

Y cerebral, que las hineas (sobre todo las moteadas) demuestran tener. Karen explicó con abundancia de gráficos estadísticos y fotografías de gacelas y reptiles, que los animales poderosos retozan en los mejores lugares, donde les place. Los herbívoros, como bisontes o cebras, se arriman con su extraordinaria fuerza colectiva a excelentes sitios abiertos. Las hienas no. Aunque en lugares más bien apartados, casi siempre están en movimiento y se cuelan en todos los espacios. Karen decía esto mirando a unos y a otros gerentes, de modo que quedaban: “¿Entonces soy un antílope…?”.

Luego retomaba el podio y pedía explícitamente que miráramos a nuestro alrededor para detectar estos roles. Quién es depredador; quien se come a otras especies o a la misma.

— ¡No lo digan en voz alta! [risas] No quiero meterme en problemas con ninguno de ustedes.

En la corporación moderna la información y el logro de objetivos eran la comida de los depredadores empresariales: la “información-poder”. No como colonización -en el caso de los grandes felinos-, no como empuje masivo, sino como desplazamiento. Las hienas para sobrevivir, el ejecutivo moderno para no morir y en el mejor de los casos “ascender” en la escala del poder, andan en una ronda permanente por los pantanos organizacionales. Significa ser hiena como única forma de llegar a ser león.

La recomendación en dos platos: crear equipos hiénicos (de Hiénica, la disciplina creada por AltoEgo) que degluten en todas las presas, las roban a veces y sobre todo jamás dejan sobras o restos sin revisar (de información-poder, por supuesto).

En vez de realzar el perfil de los individuos, se centraba en la multiplicación mimética. Tenía líderes pero externamente el trabajo parecía anónimo, de ser posible con total desconocimiento de los demás, sin heroísmos, cual hormigas o abejas. Acaso su éxito residía tanto en la genuflexión del perro como en la egoísta distancia de felino.

Porque ni perro ni gato es la hiena, más bien ambos, las hienas habían poblado las pesadillas de Igor por años, junto a cocodrilos y tiburones. Las odiaba. Al asociarle cualidades humanas las veía oportunistas, traidoras, incluso asesinas. “No tienen la majestad de los felinos; no compiten con el hombre ni lo ponen en peligro… Nadie se toma una foto sobre una hiena muerta”. Y esa risa…

2.
Había un ambiente extraño en la sala.

Ocurre cuando hay mujeres muy atractivas en una reunión de hombres: los bobalicones de contabilidad le cambiaban la botella de agua mineral a cada dos o tres sorbos; el consultor jurídico, generalmente circunspecto, imitaba al animal que sus colegan habían decidido que representaba y sonreía hasta las alusiones menos graciosas de la hábil charlista. Había dos espectaculares asistentes (así como uno masculino que entraba y salía) e Igor no le quitaba el ojo a una de ellas, vestidas de negro muy ceñido, con labios de una voluptuosidad que calcinaba en medio de ese gélido aire acondicionado.

Karen lucía como una reina checa, cierto y Yarizza deslumbraba por su piel de bronce y sus curvas… pero era Moana con su palidez transparente, su lejanía de allí mismo, su aire de niña perdida, lo que monopolizó la mirada de Igor. ¡Y no es que las otras no causasen estragos!

Hasta las mujeres se sentían alteradas sexualmente, más aún cuando se presentaba a ratos y se ausentaba en intervalos un musculoso pero estilizado mandadero.

Hay que notar que el Taller de Karen tenía serias imprecisiones o crasos errores científicos, como mezclar animales de distintos ecosistemas, pero poco importaba para la metáfora final.

Era la misión de AltoEgo (ella, las asistentes y una recepcionista) diseñar y ejecutar cursos de desarrollo individual para grupos de ejecutivos bajo el eslogan: “Trátate de tú”. Algunos de sus talleres más exitosos: “Salir al mundo interior”, “La crisis optimista”, “¡El largo plazo ya!” y otros recursos motivacionales.

A veces uno se preguntaba cómo podía Karen llevar tan alto nivel de vida y suponía que la empresa era muy próspera. Intentó ser más ingeniosa con los títulos: “La verdad interior no es lo mismo que la verdad en el interior” para su célebre seminario cerebro-prostático; “Chofer de su autoestima” y así sucesivamente. Impartió dinámicas antistress en sabanas, bajo cascadas, en una lejana isla del Caribe, en ardientes arenas del desierto.

El Director Regional cometió la barbaridad de proponerle a Karen, delante de todos, que diseñara una segunda parte de este curso, hecha a la medida de Hamfton. “Con animales tropicales si es posible”. Karen advirtió que estos trabajos ad hoc solían demorar tanto como, por ejemplo, las certificaciones de calidad ISO 75000, pero rendían frutos poderosos aunque intangibles y prometió una propuesta para la semana siguiente, titulada “Hamfton Tools Latam y el ecosistema empresarial de la Orinoquia-Amazonia”.

— Así Hamfton se transforma en una jauría, capaz de aprovechar todas las oportunidades de mercado más cerca del ecuador terrestre.

Ahora bien ¿hienas?

Fue casualidad. Como cuando en Scrabble uno ve en silencio la madre de las palabras, descuidada por todos… Aquí y allá oyó que las hienas competían como los más exitosos depredadores, incluso contra los leones. Que su mala fama era sólo comparable a su extraordinaria astucia y versatilidad. Leyó –por encima- ciertos papeles de prominentes investigadores y, bueno, mucha National Geographic y similares.

Estudió documentales sobre sus modos de vida y su rol en las estepas africanas. Todavía las veía como crueles e insensibles, tramposas y no merecedoras de los estupendos botines que lograban. Pero la percepción cambió. Porque resulta que, en el darwiniano mundo animal, las hienas constituyen un equipo de alto desempeño, más motivado al logro que al poder, el cual ceden con gusto a los más fuertes. “Buen material para la gerencia media”, pensó.

Intentaré destacar algunos puntos claves de la “ideología biológica” que subyace en los talleres y dinámicas de Karen.

— Si se trata de supervivencia o ventajas, el humano sí está dispuesto a aliarse para conseguir alimento y protegerse. 

  • Uno pelea para no morir, pero hay que pelear desde el principio. No se pelea para ocupar un puesto sino para no ser desocupado. No se mata para imponerse sino para subordinarse.
  • La mujer es más fuerte que el hombre si lo quiere. El siglo XXI pertenece a la mujer. Cuando se lo propone, la mujer domina.
  • La promesa de sexo más efectiva no implicar sexo o no todavía. Como otros artículos de guerra, se concibe por y para el poder.
  • En la Gerencia de las Hienas no hay objetivos diferentes a la supervivencia en el terreno que nos ha sido dado. La supervivencia implica depredación. Hay que comer carne corporativa cruda.

Igor siguió el curso con gran minuciosidad. Más que para aprender a deglutir “información-poder”, lo movía la curiosidad de conocer los entretelones de tan insólito programa. Vino a él, de golpe, una hipótesis:

Una monumental estafa. Esta mujer ha cosido una impresionante cantidad de información seudocientífica en un corpus coherente en apariencia. Pero no sirve sino para impresionar. Lo vende a costa de distraer a sus clientes mayormente masculinos y para los femeninos también aparecen de vez en cuando atléticos jóvenes.

Durante el “coffee-break” Igor, confundido en un apretado público, no podía quitar sus ojos de Moana, la de peinado brillante y labios rojísimos.

Se acercó, mientras una nube de gente revoloteaba a Karen y dejaba a esta “bellezura” en el monótono acto de repartir tarjetas.

IGOR: Hola. Alguien quiere integrarse a la manada (chiste malo).

MOANA: Bueno, eso es asunto de cada empresa, ustedes forman sus equipos…

IGOR: A mí me gusta la idea de formar un equipo contigo…o donde tú estés [risas].

Todo esto con la afabilidad adecuada y una rápida toma de la tarjeta, se transformó en un flirteo descarado que Karen no ignoró aunque se hizo la desentendida. De vez en cuando Moana miraba con aprehensión a Karen y luego volteaba esos ojos caoba hacia Igor, electrizándolo.

IGOR: Me gustaría verte.

MOANA: Ya yo no vuelvo más, tengo que estar en la oficina.

IGOR: Pues te busco en la oficina.

Y así fue. Le invitó un café. Luego se volvieron a ver en el cierre del taller (una semana después), copas de vino en la mano. Kren se dio cuenta, sobr todo cuando camino al baño vio a Moana entrelazando labios y lengua con Igor. Aunque puso un rostro severo, no pudo disimular que le había gustado mirar aquello.

Al principio Moana sutilmente rechazaba las invitaciones de Igor y le manifestaba por teléfono su temor a que Karen supiera que salían. Pero nada que una cena con clase no pudiera arreglar. Se hicieron amantes sin amor. Sexo salvaje que dejó sus marcas: poderosos rasguños en su espalda que al día siguiente le picaban horriblemente durante una reunión con proveedores. Siguieron viéndose y por más que Igor hacía intentos de humanizar la relación, de darle algunos toques de convivencia se sorprendía de cuánto énfasis en dejarlo en solo-sexo ponía Moana.

— Cógeme nada más, pero dame durísimo.

Igor se esmeró sin duda, pero ese volcán momentáneo propagaba ráfagas sobre el espacio intermedio. (O comenzó a pensar fuera del pene o su corazón tomó partido).

Una vez fue intempestivamente a su apartamento (algo que habían convenido no hacer) y encontró a Moana con Yarizza en actitud extraña, inmersas en algún tipo de intimidad. Otra noche vio a una de sus colegas de Hamfton, sin proponérselo, saliendo de un local nocturno de manos con un joven fornido que no era su esposo, sino un asistente de Karen.

A finales de año el Director Regional lo llamó Igor para hablarle del plan estratégico. El jefe tuvo que salir un momento dejando a Igor solo en la oficina, frente al iPhone del jefe. Un mensaje privado de Karen se asomó en la pantalla: “Insolada todavía por la playa. Esperemos hasta el viernes”. Y el jefe muy bronceado…

Un día en los pasillos de la empresa Igor se cruzó con una apurada Karen, quien al verlo se detuvo y lo “cercó” contra la pared.

KAREN: Me estás echando a perder a la muchacha.

IGOR: ¿Por qué?

KAREN: Por mezclar la diversión con el trabajo.

IGOR: Hay cosas que no son diversiones.

KAREN: Nosotros somos Consultoras Corporativas.

IGOR: Quizá yo me relacione con ella en esferas más privadas.

Intentó hablar con Moana, luego del sexo, pero aquello le parecía a ella una absurda paranoia sin fundamento. E Igor seguía: por qué esto, por qué aquello.

MOANA: Así no sirve.

IGOR: Hay algo raro, con Karen… ¿tú tienes algo con Karen?

MOANA: Todas tenemos algo con Karen.

IGOR: ¿Viste? Lo sabía.

MOANA: Pero sin sexo, hombre, qué primitivo eres. Karen es la mamá de todas nosotras, nuestra gurú.

Mas Igor seguía torturado por una genunina atracción hacia Moana y una mirada capciosa a las actividades de AltoEgo. Se le ocurría que los talleres y otras actividades eran una tela de araña, en la que animales, sobre todo machos, quedaban atrapados en telas de araña (y felices de estar allí todos empegostados), mientras la Viuda Negra cebaba su banquete. Una red de prostitución ejecutiva, pues…

Pasó varios días molesto con Moana. Veía inminente una ruptura. La llamó y esta vez Moana decidió conversar.

MOANA: No somos putas. Pero sí, te mentí, negué que Karen y yo tuviérmos algo. Ella tiene algo con todas las chicas, con las que ella quiera. Nosotras podemos tener sexo con otros si Karen lo aprueba y contigo no lo aprobaba. Porque “te vio primero”, tú la ignoraste y viniste directo a mí. Eso no le gustó, que yo no te cedí.

IGOR: ¿Yo le gusto a Karen?

MOANA: ¡Por Dios, te comería vivo! Así que te aprueba con una condición, que nos demos un trío de dos días seguidos. Tú y nosotras dos. ¿Te he contado del sauna en casa de Karen?

IGOR: ¡Así se arreglan los problemas mi bella!

MOANA: Pues al compartirte ganamos todos. A mí no me importa. Los quiero a los dos.

3.
Recoge a Moana y cruza pocas palabras en el camino, ninguna referida al encuentro.

Llegan a un espectacular apartamento. Karen maquillada y voluptuosa como Moana, los recibe con copas de champán. Toman unos tragos, Karen invita un joint y se sientan ambas firmemente apretadas contra Igor, a derecha y a izquierda. Líneas de cocaína. Moana lo besa apasionadamente y lo invita a degustar mejor el trago. Karen le besa el cuello, toma su mano y la lleva a sus pechos, besa apasionadamente la boca de Karen.

A Igor algo lo sumerge en un sopor atípico para un simple joint. En vez de levantarse para la ocasión, Igor siente que pierde control sobre sus piernas. Una bruma le invade la visión y se precipita en la alfombra.

Gritos cortos, siluetas que se mueven frente a él, un hombre que trata de escabullirse. Levanta los pesados párpados, hasta la mitad. Es Guillermo Ostos, Director de Recursos Humanos de Hampfton, en calzoncillos tipo short y franelilla, lo acechan tres sombras que vibran en la distancia, femeninas por la silueta, una de ellas desnuda o semi desnuda.

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La escena parece una película psicodélica. Las mujeres le cortan el paso a Ostos, una lanza un alocado swing que falla. Acierta el siguiente. Ostos se desploma sobre unas sillas de mimbre.

Una hembra masiva, que nunca había visto, sale del cuarto y arrastra al Director de RRHH. Igor respira apresuradamente, para darse energía.

Karen se acerca y trata de inmovilizarlo. Igor se sacude y se zafa. Karen lo embate contra la pared con un jab de derecha. Moana le cae encima, lo sofoca, entre varias lo llevan a la sala. Es depositado sobre la alfombra, humo, hienas, luces tenues, sale el mujerón y le apreta el cuello, firmemente contra el tapete.

Va y viene su conciencia. Se sacude. Ya no puede abrir los ojos, todo oscuro, perfumes mezclados con cannabis, bamboleo mientras lo sujetan. (En una ráfaga mental Igor siente que aquella forma de morir le parecía erótica en el fondo). Después del reverse gangbang hubiera sido perfecta… pero he allí que yacía en la sabana africana, atontado como los insectos con el veneno de las arañas, como un ox indefenso listo para ser devorado.

Algo distrae a las cortesanas. En la habitación contígua acaban de liquidar a Ostos con un tiro silenciado. Aquella noche aniquilan a dos machos disruptivos, que no respetaron la jerarquía de las hienas. Las asesinas, también y después de todo, están algo borrachas, de modo que Karen tropieza sin querer su cartera o una cartera, que cae cerca de Igor. Cuando éste abre los ojos buscando oxígeno, mira bajo el sofá un revolver caído junto a polveras y peines.

El intervalo es minúsculo como las panties de Moana y de Yarizza, y no sabe con qué fuerza… pero estira el brazo y logra asir la .48. Mientras tanto Yarizza lo trepa, esta vez para terminar de inmovilizarlo y que Karen lo liquide.

Con lo que queda de fuerza aprieta el gatillo. El tiro hace un estruendo y le atraviesa el hombro a Karen, todas se alejan momentáneamente. Mareado, con sombras que danzan, se levanta, apunta al azar y corre tambaleándose a la luz. Lo acechan, las repele con el revólver que agita amenazante. La grande (Petra) lo apunta y con un simple movimiento lo pudiera abatir, pero Moana le prohíbe disparar.

Karen es sostenida por sus asistentes, otras llaman al 911 y una grita desde el balcón pidiendo una ambulancia. Ya se siente la voz de vecinos afuera y sirenas de policía abajo. Otro cadáver no sería nada buena idea y ya no es necesario. El de Ostos ya sellaba el destino del clan.

La policía entra violentamente y encuentra a Igor desmayado, dado por muerto al principio. Karen canta, ebria, ya contenida la herida que no era grave. Moana llora. Ostos yace en una habitación, boca abajo, ejecutado.

4.
Sólo una cincunstancia fortuita permitió desmantelar ese clan.

A raíz del incidente Igor experimentó, digamos, su propia evolución mamífera. De musaraña a primate más avanzado, probablemente habilis, entendió mejor su puesto en la cadena alimenticia del deseo y del amor. Contra las hienas no se puede luchar. Acaso defenderse o huir. Si te deshaces de una, vienen más.

Y así se sube lentamente por las llanuras de la sabana milenial. Dejando huellas en la tierra caliente, comiendo carroña o cacería, migrando… Igor ya sabe que llegar al tope como el león sólo es posible si lo aprendiste de una hiena.

 

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ILUSTRACIONES: Lúdico.

 

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El simpático Simpático visita a Visita

El simpático Simpático visita a Visita

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Un juego de facundias. Regla: debe leerse en voz alta, alternativamente, entre dos o más personas. Quien ría primero pierde.

Aquella tarde el perfume en la habitación habilitada por el simpático Simpático, flameaba flamante con flama de amante. Más afuera de la ciudad Citadina, ladeado al este ¿o éste?, justo junto a un lote de lotos sin gamelotes, en una casa medio grande, vivía solo sortario en solícito sortilegio, absorto, alejado del mudo mundo de aquí cerca de la cerca.

Era su estar en silenciosa oscuridad, como una bulla clara. Una especie de muerte en vida y otras especies, no obstante menos oscura que otras ostras no vivas de tedio, como el sonido silencioso del ostracismo que la vida te dio.

Todo esto gracias a la gracia sin desgracia natural gutural circunloquia de su estampa, que envolvía por dentro su cuadriculada esfera de hechos circulares… siempre a dar cruces de circular natura.

Las facilities eran tan fáciles, que la excepcional rutina se hacía complicadamente sencilla. Parte aparte consistía en encontrar qué buscar para hacer y deshacer, del todo o parcialmente. Verbiejemplo, Simpático compasaba un compás desbasado o su arma desarmada y desalmada cargaba de plomo mientras cargaba en la mano para descargar en el campo.

Simpático solía decidir siempre cuanto antes después, generalmente jamás. Engullía  la comida portadora de fuerza fortachona, necesaria como un aria para vivir la vitalidad vivaz del llano en las montañas, cerca de las playas sin agua.

Entonces decidía (de, sí, día) visitar a Visita, casi novia apenas amiga más que confidente vidente informal. Soñaba con ella despierto, recordaba cuando dormía.

Caminar el camino a su casa, yendo de caza o caminata, tomaba tomado atajo de tajo como cinco minutos diminutos y tomando alcohol una decena más de segundos primerizos.

Adelante el perfume fumeante y arrogante arrojaba su fragancia (¡cuánta elegancia!) entre flores en flor galante. Las abejas zumbaban recogiendo néctar entre pétalos. “Respétalos”, pensaba Simpático.

II. NARRADOR: Aquél día Simpático cruzó el cruce entre las cruces del cementerio de La Cruz y saltando alto una verja baja, entró a la salida de la subida cuyo primer final era la bajada ajada de la saliente entrada del hogar “Hogar” de Visita.

Suena un toquido, oye Visita, suena de nuevo, grita Visita: ¿Quién es el que Es que me solicita?

SIMPÁTICO: ¡Soy hoy quien fui ayer, Visita! Tu soy y tu serás y busco tu eres para formar un somos.

NARRADOR: Visita pasa el paso y repaso entre y por delante del comedor, frente posterior de la sala, lugar donde Visita recíbese. Se adentra al afuera y empuja sin pujar la puerta tuerta para que Simpático entre entre las columnas, ¿y qué pasa? pasa a la sala de ser y estar. Y así visita atiende a la visita, el simpático Simpático.

VISITA: Por favor, sin pavor, sienta tu siento en el asiento, recuesta tus brazos en el posapiés y posa tus pies en el recuestabrazos. Ja ja.

SIMPÁTICO: ¿Que, sentando mi siento en el asiento, pase y pose mis brazos en el recuestapiés y recueste mis pies en el posabrazos?

VISITA: Olvídalo, recordado amor. Siéntate.

SIMPÁTICO: Gracias, graciosa Visita.

VISITA: No, gracias a ti por mí.

SIMPÁTICO: No, Visita, la visita es nada enajenada. Me acuerdo que estoy totalmente de acuerdo en diferir contigo: opino que mi tú muestra muestralmente tu arrogante humildad: yo que poco soy, soy poco más que nada, estando en tu sala de ser y estar, hablando contigo y no conmigo, como suelo hacer en el suelo sin consuelo, de noche en las mañanas.

VISITA: ¡Ja! ¿Quieres algún deseo?

SIMPÁTICO: Sí, desearía querer una taza de interés con té o café sin azúcar, de ser lo primero con leche y picante, con lima y limón de ser lo segundo. Si no, desimpórtate.

VISITA: Me reimporta, más bien menos. En un ya te traigo el trago a trasago.

SIMPÁTICO: Tú sabes que cuando lo otro de alguna cosa falta entonces lo demás resulta otrora falso de toda “faltancia”.

VISITA: Me provocas tanta ausencia de palabras.

NARRADOR: Visita pasó el piso a la cocina dando traspasos a despaso. De repaso, gritó:

VISITA: Si queréis aquí estar, estar aquí querréis sin duda. Mas con duda si queréis desear vénte si podéis entonces venir a convenir la venta del que inventa y no aventa la reventa -cosa que me revienta jiji.

SIMPÁTICO: Voy yendo a ir, llegando a llegar, ir llegando e ir yendo…

NARRADOR: Al mismísimo tiempo al tempo (un poco a sotavento) y cuando ensalzaba que endulzaba en giros circunloquios de café té, bidireccionaba con el simpático Simpático. Éste, loco alocado descocado por ella, se llenaba de vacío cuando sus frentes, de medio lado, se unían por una línea imaginaria menor que la menor distancia imaginable. El corazón sin razón de aquel simpaticón comenzó a latir con menor infrecuencia y tras un salto le saltó sobresaltado.

SIMPÁTICO (POR ASALTO): Visita, siento y presiento ser y estar en el momento y no miento espacial parcial momentáneo e inminente de decirte el direte que siempre he deseado descallar al garete.

VISITA: ¿Y qué es eso que has querido descallar, mas ha encallado en tu silencio?

SIMPÁTICO: Callado y encallado no llega a ti. Siempre jamás en todo momento he creído que destellas como la estrella más bella que el amor en mí sella. Como una retardataria tarde que atar cede en un crepúsculo mañanero de esplendor. Eres un conjunto disjunto que junto al trasunto acumula cúmulos sin ti mentales y sentimentales sinceros y sin ceros. A ti te traería el cielo, mi cielo, si poder pudiera y la luna en la duna si fortuna lechuna de aquello tuviera. Visita, te quiero querer como ansiarte siempre he deseado anhelar. Quiérote como la mujer del hombre y yo como el éste de aquélla, futura esposa, no cosa. Todo en perfecta conjunción ajuntada y yuntada. ¿Qué dices de mi direte en la calle del encalle en emoción cual moción que yo descalle?

VISITA: Decir qué no sé, San José. Después de todo y antes de nada, en el mayor pedacito de mí fui religiosa católicapostólica romana, románica y casi rumana.

SIMPÁTICO: Estoy sorprendido y prendido de ti y en fiebre

NARRADOR: Lo entiende quien atiende o tiende…

VISITA: Y cuando sepas la cepa de mi reclusión sin recusación, tendras la sorpresa de que me llamaba Sor Presa, «al, Sor, prender de sorpresa mi reacción se desprende y reacciona muy poco reactiva». Esa fue mi vida al creer sorprendida en crecer y descreer decreciendo. Ahora, ya con el hábito de haberlo colgado, me sorprendo y reprendo por no llegar a creer por más (o menos) que quiera desear ese anhelo.

SIMPÁTICO: ¿Cómo y en qué forma amorfa fuiste monja?

VISITA (COMO POSEÍDA): Mi sorpresa es presa como Sor Presa, confinada en un confín de la nada del convento por comer presas con grasas sobre las brasas… También la religiosa goza cada vez que ora a toda hora ante serios cirios sirios bajo un pesado y pasado velo de Carmelo sin caramelo. Viste trapos de trapense. Se alza y realza descalza y al cabo va cabizbaja en la cabeza la caja que la rebaja. Se azota y atiza sin prisa flagelándose y fajándose con sus fajinas de faja baja que ataja con laja de maja que taja. También como doncella ella destella cual bella estrella que sella con coraje de corazón y razón. Y es atinente ser abstinente porque su placer es padecer para ser monja en la lonja sin lisonja y esponja de hierro donde consiente consciente arrojarse arrodillada arrollada, desenrollada y hollada para enojo de sus hinojos rojos de color con dolor sin dolo solo de polo a polo a pelo sin pelo en la cabeza rapada porque no está derrapada. En la cabeza depilada Dios la besa porque no le pesa la torpeza de la hermana con gana de gitana nada sana que con ello nada gana por más que ella se afana sin ventana veterana, veces mil servil y vil en su cuchitril cubil conejil en su cenobio sin novio… ¡Oh! Querido ido estarás de la atención a tensión de mi tesón. Pero, en fin… ante nada y ante todo: ¿es seria la seriedad de la proposición propuesta en apuesta puesta (de sol) o es en síntesis sin tesis un simple y jocoso humor cómico?

SIMPÁTICO: Visita, soy más serio que el sol, solo y sólido, más claro que un clérigo “qué-le-digo”.

VISITA: Si así siendo y asiendo el agarre del caso y la cosa entonces por lo tanto como hice en Lotanto por consecuencia en secuencia a ciencia sin paciencia acepto aceptar sin chistar el chiste, o el no chiste, más bien y menos mal.

SIMPÁTICO: ¿Es verdad que encima maquinas aceptar mi desacertada perorata?

VISITA: Yesly yes, mi amor mío.

NARRADOR: Se acercaron lo menos lejos posible y sus dedos se lanzaron a entrelazarse. Los besos deben sostenerlos hasta que se desbesan solos. Visita, después de un luego, se paró y separó de Simpático, diciéndole parada y separada.

VISITA: Dado que dedos dados y besos besados embelesados no son todo, sería placentero por entero complacer la parte sensual casual del “Arte Zen de Zual” (un libro librado por Libreros que compré en el este de aquel país País). Paisano sano, por cierto desconcierto, del doctor director de Thor, ese concierto que desdice también tampoco la sensualidad Zen Zual del sexo convexo en contexto contento.

SIMPÁTICO: ¿Entenderte? Algo sí, pero no tanto tonto (yo).

VISITA: Digo el direte que unas amigas con quien hice buenas migas me dieron un regalo galo, una cama perteneciente a la princesa Sutra. Bueno, pues, sin que mal-pienses te digo y te di “go”, que ahora es hora de pensar y sopesar el pasar a repasar la cultura de puericultura con la escultura de mi cuerpo en la cama de Sutra con su trasero de brasero marcado en el arcado arcano con una máscara de Arcángel pintada en tinta montada en la Pinta como mascarón.

SIMPÁTICO: ¿Quieres estar contigomigo?

VISITA: Contigo y todos los tigos contiguos a tu trigo personal trigonométrico y trigal.

SIMPÁTICO: Pero entonces más que más entonces pero…

VISITA: Siento y no resiento, pasar y posar de frente en la cama Sutra. Punto y coma.

SIMPÁTICO (PIENSA): ¡Cómo quema esa coma!

VISITA: Aunque ¡oh! ya daba que lo olvidaba, pasemos antes a tomar tamaño baño nada tacaño en la tina de Tina, amiga mía pronto tuya (¡pero cuidado!) que vive justo en el arbusto que le llega por el busto. Por cierto desacierto ayer nos encontramos perdidas en el derecho y el revés, y es que la Tina es tan latina que su corazón no late, sino latiniza.

SIMPÁTICO: No, Visita, a mi parecer le parece y se le aparece que la cama de Sutra es mejor que nada peor. Además es un reto: imagino el sensual ritual residual y creo que podemos hacerle en un rato un roto en el reto a la tina de la latina Tina.

VISITA: OK, tú eres un macho y sabes mucho, aunque yo sepa que resupe tu resaber ignorante.

NARRADOR: Simpático pasó la pasadera de paso al cuarto cuarto en fila afilada y enfiló sus ojos ojerosos a la cama de Sutra. Visita virola mirola también, mirándolo luego para decir: “De, Sir, el primer paso, yo paso”.

Pararon acostados en la cama de Sutra haciendo y deshaciendo el amor. Lo hicieron sin cierto desconcierto concertado concertoso , tan bien también. Y sin darse cuenta que de las veces se había perdido la cuenta, se hundieron (no en le lote de lotos latosos) sino en el abisal abismo (ahí mismo) de la pasión, espacio-tiempo donde-cuando Simpático recordó en su precisa mente haber olvidado preguntarse precisamente, nada menos que lo más importante del instante.

SIMPÁTICO (PARA SÍ, EN SÍ): Visita, mi amoroso amor poroso… No la conocía realmente, lo real en mi mente era su no estar. Acepté bajar y trabajar en este demente relato porque lucía sano de mente. Acepté propinar visita a Visita para titular un cumplido o, mejor o más dicho, para cumplir un título. Más que una amiga de buena miga, entendí o tendí en mi entendimiento mis dudas que de tanto interrogarse se admiraban. Inter rogado por mi alma en calma, que ruega adentro, entendí de una vez el envés y revés de una situación sin tu acción, Simpático, tu yo que es mi tú. Bien mal. Estoy en una cama de Sutra cual escama adherida a la herida de un atún. A tu naturaleza atúnica (y yo bajo la túnica) ella echa mano de antemano al conquistar (con quistar le basta) los dedos mismos que se entrejuntan y rejuntan en las juntas necesarias de la contingente ocurrencia del relato para el cual trabajo como bajo y tengo que bajar a trabajar. Un cinto negro me separa del recinto, estoy como encerrado en cerros de tela y Visita salió hace los primeros segundos y me extraña su extraña demora (de mora, por cierto, fue un acierto pedirle un batido desligado mas con liga antes de irse). Pero, en fin primigenio, estoy atrapado entre trapos y lo que antes fue antesala en la sala ahora es temor por mi vida, que mi Vida quiera quitármela, te lo digo sin pujos ni tapujos.¿Cómo salir al adentro misterioso del afuera? ¿Qué pasará al pasar la pasa en su garganta gargantuana, digo y desdigo, y regresar a trapearse sin su strap en trampa que atrapa tropas de tramposa tripa hacia mí? Se silencia mi ruidosa duda dada porque tengo en tango y detengo o mantengo ante mis ojos nada menos más que todo a la mismísima Visita que ha regresado. Todo lo anterior por verla.

SIMPÁTICO: ¿Por qué es que desestabas el estar en el cuarto cuarto?

VISITA: Salí sin sal a hacerme una prueba a ver si reprueba.

SIMPÁTICO: Embarazoso, pero ¿de qué?

VISITA: Sí negativo junto a negación positiva.

SIMPÁTICO: ¿O sea seamos y?

VISITA: Sí papá si el Papa nos papara o casara, de igual disímil mera manera, vamos a ser pamás.

SIMPÁTICO:

NARRADOR: Y volvieron a las vueltas de la cama de Sutra, a hacer y deshacer el amor dichosos como osos de pensar que más tarde en una tarde tempratardada Simpático y Visitia tendrían la visita de un vástago visitosimpático…

¿Ganó alguien?

…………………………………………………………………
ILUSTRACIÓN INICIAL: Lúdico.

 

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San Nocis: la isla de las percepciones volátiles

San Nocis: la isla de las percepciones volátiles

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Mi tatarabuelo materno T. Tolueno cuenta en su “Autobiografía Epistolar” (Edición privada, 1865) que en una travesía por el “gran Océano”, se topó con la isla de San Nocis: un lugar único en el mundo. Su ubicación exacta nunca se menciona. 

Según el tátara en San Nocis ocurría una circunstacia sin par de origen perdido en los ecos del tiempo: la realidad era cambiante de forma frenética, incesante y aleatoria. Dejemos que mi antepasado lo narre.

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Llegué a San Nocis con viento de sotavento. Dejé mi embarcación fondeada en una bahía calma, a cientos de metros de la orilla. Nada fuera de lo común: una playa tranquila y detrás un bosque subtropical.

Remé en un pequeño bote a la arena y recorrí algunos metros, hasta adentrarme en el bosquecillo. Estaba hambriento y cansado de comer pescado, de modo que busqué frutas o algún mamífero que cazar. Luego de una hora infructuosa miré unos frutos parecidos a la granada, verdes amarillentos, que colgaban a pocos metros del suelo. Tomé uno, lo piqué con mi machete hasta revelar decenas de granos rojos. El olor era agradable. Probé un bocado y el sabor dulce me invitó. Me comí la mitad de un fruto. Seguí adelante.

El bosquecillo no era demasiado tupido y se colaban parchos de cielo. En un área noté una elongada humareda. Había un asentamiento o, quizá, una aldea. Me dirigí a ese cuadrante (noroeste) y, de repente, me sentí mareado, la visión se embriagó y las fuerzas me abandonaban. Un par de minutos después ya no recuerdo más.

Desperté lentamente.

En mis ojos vaporosos apenas penetraban los haces lumínicos. Me costaba moverme. Luego de un rato en ese estado entumecido miré un techo liso, frisado de blanco con mecheros a los lados. “Uf”, pensé, “alguien del pueblo me rescató”. Cerré los ojos, los abrí. Oh, ahora el cobertizo era de troncos, con una claraboya en el centro que me permitía ver el cielo. “¿Será que me dormí y estoy en otro lugar?”.

Con esfuerzo me incorporé, apoyado en los codos para ver la habitación mejor: ahora era de noche, el techo de mármol, con un candelabro, las paredes de cal y un ventanal que daba hacia el sur: el cielo límpido no mostraba ni una nube. Me estrujé los ojos (“Quizá era una fruta de los delirios”, me dije) y al enfocar todo estaba igual. Suspiré aliviado.

Me levanté con un cuerpo muy debilitado. Alguien pareció advertirlo porque escuché pasos fuera del cuarto. Miré hacia arriba y ¡oh! ahora era de cristal esmerilado, con tornasoles en las esquinas y una cúpula retráctil que mostraba un cielo nublado con lluvia y truenos.

─ ¿Enloquecí?

Abrió la puerta una señora robusta, alta, con pelo crespo desordenado, entrecano. Su tez era típica de las islas Kualaia, vecinas lejanas de San Nocis. Hablabla francés, que yo dominaba a medias, aunque su acento era politlántico.

─ Saludos, soy Kramaiiaai, la dueña de la casa. Mi hijo mayor lo encontró desmayado en el bosque y lo trajo ayer. No pensé que despertaría tan rápido, esa fruta que comió se llama Ouaoua y tenía años sin verla aparecer, digo, germinar.

─ Hola, soy T. Tolueno. Creo que esa fruta me hizo delirar porque…

Al levantar mi rostro y mirar de nuevo a Kramaiiaai ya no era oscura, sino muy blanca, pálida, pecosa, con ojos claros.

─ ¿Lo ve? ¡Sigo alucinado! A la que veo no es usted o usted es todas las que se suceden. ¡Estoy loco!

─ No señor T., déjeme explicarle.

Ahora Kramaiiaai era una anciana, el cuarto una bodega con cajas de madera y toneles de vino, oscura y con olor a madera rancia.

─ ¿Estoy muerto y es éste el infierno?

─ Vamos al recibo, para que mi esposo le cuente (ahora Kramaiiaai era una china de unos 80 años, casi sin cabello y un parcho en el ojo derecho; la habitación era un invernadero con paredes y agujeros. Adentro grandes filas de porrones con plantas diversas). Venga.

Essetereuio tenía un porte majestuoso, elegante. De blanca palidez, como un Lord inglés.

─ Siéntese señor T.

Me ofrecieron una taza de un té local, que así informalmente al preguntar a Essetereuio:

─ ¿Usted es un ángel o un demonio?

─ Soy un humano como usted.

─ ¿Y como ella? –dije señalando a  Kramaiiaai, que ahora era una adolescente con la cabeza rapada.

Al voltear hacia mi interlocutor, casi suelto la taza (que ya era medio coco con gelatina púrpura), al verlo transformado en un ebrio con ojeras y pupilas inyectadas.

─ ¡No se asuste! –me dijo- ya le explico. San Nocis es un lugar donde las percepciones son fugaces e inesperadas. Se salen de las mentes.

Espabilé del puro impacto. Señaló una biblioteca. Miré la biblioteca.

─ ¿Lo ve?

─ ¡Oh Dios Santo! Ahora es una muralla con… animales trepadores… insectos. Ahora es…

─ Tiene que calmarse porque la rapidez con que nuestros rostros cambian, así como los escenarios del derredor se deben en buena medida a usted, que es nuevo y está nervioso.

─ ¡Es una ilusión, claro! ¿O locura colectiva?

─ No sabemos cuándo empezó, pero nacimos y crecimos así. Como puede notar, evitamos vernos en el espejo pero no podemos impedir ser vistos. La realidad circundante nos recuerda nuestra propia transformación permanente, sin tregua, sin identidad visual. Solo la personalidad y lo que muchos llaman espíritu mantienen un curso, digamos, humano. Cambiante, pero de evolución lenta. La voz no cambia sino con la edad, como suponemos ocurre en otras tierras.

Durante estas cortas palabras ya había sido un anciano calvo, un galán de teatro, alguien muy parecido al Papa Juan XVII, un bosquimano del Kalajari y un hombre con elefantiasis.

─ Siga por favor –le dije, agotado.

─ Aquí tenemos varias generaciones, nos acostumbramos, nos adaptamos, hemos descubierto que la mente colectiva es la que gobierna el ritmo y la frecuencia de los cambios. En plena paz, las transformaciones se miden en minutos. Cuando hay angustia o paranoia colectiva se suceden en segundos. Por eso somos gente tranquila que promueve la convivencia, la calma, la ponderación. Por necesidad, nos hemos vuelto contemplativos, no muy activos que digamos. No hay ornato público en nuestras calles e incluso hogares, no sabemos el color ni la textura original de nada. Solo la última forma que en pocos minutos ya es otra.

─ ¿Todo cambia, todo se transmuta?

─ Hay cosas que no: el cielo, las nubes, los bosques, el mar. Pero todo lo hecho por el hombre y nuestros propios cuerpos son un carrusel de formas y colores y superficies.

─ ¿Y cómo se relacionan entre ustedes: se casan, tienen hijos, hay maestros y alumnos, jueces?

─ Digamos para simplificar, que podemos detectarle el alma a la gente, por eso a veces convivimos casi en total oscuridad. Y sí, tenemos matrimonios, hijos, hermanos y a todos los reconocemos y no los confundimos, a pesar de que son afroamericanos ahora y nipones cinco minutos después.

Ya más consciente de la cultura sannociana comencé a presenciar los cambios en vivo y directo. Horas antes solo cuando dejaba de ver algo y lo retomaba. Ahora frente a mí ¿cómo decirlo? No era la sustitución cruda y seca de un cuadro por otro, de un rostro por otro, de una cocina, no obstante era instantánea. Y radical, extrema. No podía entender cómo la gente no saltaba ante cambios tan absolutos y a veces grotescos. Más sin embargo, pregunté:

─ ¿Es un caos y sin embargo está tan asentado todo, las calles y las edificaciones?

─ Hay cosas que no cambian (se refería a que no se sucedían brutalmente): el género y la voz de las personas; el hecho de que un vestíbulo cambia a otro vestíbulo y no a un patio; las carretas y coches… hay una especie de consistencia que permite clasificar, pero no recordar, porque el mundo perceptivo de San Nocis no forma patrones discernibles.

En cambio el alma de la gente, su esencia psíquica y emocional, eso sí permanecía incólume y evolucionaba plácida y paulatinamente como en otro cualquier lugar del planeta.

Pasamos buena parte de la noche conversando Kramaiiaai, Essetereuio y yo.

Al día siguiente me sacaron a la calle y acompañaron. Presentáronme más de 20 personas y juro que de sus rostros y cuerpos no recuerdo ni un par.

Si uno es una muchedumbre imaginen 20 o más. No obstante, Como personalidades eran tremendamente estables y continuos. Aunque no había memoria visual ubicaba exitosamente a algunos cuando los mencionaban (“Ah” –recordaba- “el de tal o cual voz-tipología”).

Me calmé, incluso me enamoré de una voz con mil rostros de nombre Reedizze. Su tono, su inteligencia y un instante supremo en el cual me mostró el más hermoso rostro del mundo, bastaron para olvidar esa aparente locura y sumergirme en esa otra: el enamoramiento, que es 100 veces más insólito en San Nocis.

Mi primer beso con Reedizze fue un caos porque de un beldad pasaba a ser un monstruo deforme, eso sí con muchas más escalas intermedias (y humana, siempre humana). Duró semanas, pero nada que las urgencias de dos jóvenes no vencieran finalmente. No debería, pero voy a contarles que el contacto físico no era táctilmente continuo y fluido, sino que las variaciones de superficie podían ser gruesas: de piel tersa a escarchada, de lampiña a peluda. Había que entrenar la mente, la imaginación, para poder ponerse a tono.

La sabiduría popular y el sentido común me llevaron a cerrar los ojos y así pude consumar. El secreto era lograr mantener una imagen elegida lo suficiente para… Entendí o creí entender que la gente no necesitaba hacerlo porque ya estaban condicionadas, era su mundo real y más bien se dedicaban obsesivamente a analizar las cosas que no cambiaban. Yo era un ejemplar rarísimo que vivía según una “estúpida continuidad”.

Un día, obstinado de ser el único con esa convicción, fui a la iglesia-granja-refugio-subterráneo-castillo y un cura-gigoló urbano-bailador flamenco daba una misa.

No pude contenerme y les rogué pensar en una realidad fija, en la estabilidad. Me aplaudieron y sé que los dejé pensando.

El cura me invitó a abandonar el recinto (bajo el argumento de que el mundo consistente, sin cambios arbitrarios en la percepción inmediata, era dominio de la religión), mucha gente me siguió, incluso el cura. Afuera di un discurso que sospecho pasó a formar parte de la historia de la isla. Cada vez más gente se unía.

Esa muchedumbre me impresionó más que nada hasta el momento. Miles de caras que parecían un hormiguero de formas y colores de lo rápido que cambiaban con todas las expresiones y tipologías. Un espectáculo indescriptible.

Escuché decir que lo llaman “retiro a la montaña” pero sencillamente lo que hice fue huir. No podía con aquello y sospeché acertadamente que ellos conmigo tampoco. Mientras tanto me buscaban y veía de lejos un gran desorden: reuniones, discusiones airadas, incluso violentas escaramuzas y cruces de manos. Decidí partir escondido, a pesar del patrullaje de las costas.

Cuando divisé mi barco era un patito de madera gigante o un islote o un montón de escombros. De allí a que se hiciera barco… A punto de deprimirme recordé que ésa era la mera percepción, es decir, la idea mental. En vez del barco aparecía cualquier disparate pero la nave estaba allí, como siempre.

Bajé de la montaña. Había rebelión en San Nocis. La mitad del pueblo estable, el otro cambiante, lo cual creaba enfrentamientos muy cruentos. Alguien me divisó y salieron detrás de mí. Salté al agua y nadé desesperado, por instantes mi exasperación tornó el agua en arena y quedé atascado, pero en pocos minutos ya era distintos tipos de líquido. Mi nave era la de siempre, la abordé y puse las velas en la dirección posible y luego en la correcta. Los sannocianos no conocían la navegación.

Me alejé rápido y ya la isla era una franja en el horizonte. Toda percepción de entonces en adelante recobró su aspecto de siempre. Me dirigí a un archipiélago, que no mencionaré, donde había dejado a mi tripulación de descanso y me había ido solo, por la curiosidad de conocer los alrededores. No mencioné nada de San Nocis, así como a ninguno de mis contemporáneos.

De modo que se enteran por estas memorias. Y me da risa decir “memorias” porque, como saben, se forman de los pensamientos y las percepciones.

Termino este escrito con una leve sonrisa de solo recordar a San Nocis.

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ILUSTRACIONES: Inicial:  Composición con foto de John M. Phillips. Segunda: Lúdico.

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