La Cruz de Tiuatán

La Cruz de Tiuatán

Un cuento juvenil. Mi película serie B soñada

I. Lo que quedaba del Convento de la Virgen de La Pacificación poseía más altivez guerrera que solemnidad piadosa.

En el Departamento de Madre de Dios en Perú fue construido en 1552 por el infame Hernando del Besto como emplazamiento defensivo en el noreste, asediado por los tiuatanes, una raza misteriosa y legendaria que había tenido grandes momentos hacia los siglos XIII y principios del XIV.

Aunque ese territorio ya amazónico suele denominarse Pacificación, popularmente se le conoce como el “país de Tiuatán”. En 1610 solo quedaba una dispersión de tribus, buena parte absorbida por los conquistadores, que ellos llamaban «invasores».

Para entonces la pequeña fortaleza dedicó un mediano edificio lateral, separado por una muralla, a un convento de la orden chermejina, ya asentada en esa húmeda región del sureste peruano. Los usos religiosos se extendieron por siglos, compartidos con presencia militar irregular por casi 300 años.

Ahora bien, en 1685 ocurrieron acontecimientos que aún desafían a los estudiosos.

Departamento de Madre de Dios en Perú, que fue creado en 1912 (nueve años después del viaje de Crassas), en la frontera con Brasil y en plena amazonia.

Departamento de Madre de Dios en Perú, que fue creado en 1912 (nueve años después del viaje de Crassas), en la frontera con Brasil y en plena amazonia.

En medio de batallas de la época, hubo una invasión que literalmente arrasó el convento y la guarnición. Lo que no pueden descifrar los historiadores es cómo de 75 hombres y mujeres residentes en ambas instalaciones, se contaron 24 víctimas pero ningún sobreviviente. No hay recuento de escape del resto y no se encontró a ninguno de los “desaparecidos”. El ejército de refuerzo llegó un par de días después pero no encontró rastros de quienes faltaban.

Huelga decir que se tejieron innumerables especulaciones. Una conjetura popular indígena habla del cóndor: Dios mandó un “escuadrón” de cóndores para llevarse volando a los sobrevivientes al «cielo» del dios Tihua. Otra más extravagante: que por algún indecible conjuro se transformaron en bestias deshumanizadas que sembraron terror en esas selvas.

Y aquí empezó la leyenda de este lugar, que ha obsesionado a centenares de historiadores y curiosos, yo incluido.

Hacia principios del siglo XVIII se reportaron casos esporádicos pero muy extraños. Soldados o proveedores del castillo aparecían muertos, mordidos por animales salvajes. Esto, en el fondo, no hubiera sido extraño, dado que desde siempre se han visto jaguares y caimanes en los alrededores y hasta en el castillo.

Lo notorio y aterrorizante es que estos animales no tienen la costumbre de vaciar de sangre a sus presas. Incluso en algunos casos la víctima estaba físicamente intacta y, sin embargo, seca de fluido sanguíneo.

Diversas investigaciones fueron inútiles. El territorio era demasiado extenso e impenetrable, con lluvias interminables e inundaciones. Los avistamientos de «ese simio u oso que bebía sangre» aumentaron y daban cuenta de todo tipo de seres: panteras cruzadas con lobos; “Pagotos”, el Yeti amazónico y el más horrible: una especie de hombre-mosca o ave-peluda, ambas chupasangres.

Hacia 1754 fue abandonado el castillo y se consolidó su fama de maldito. Los “encuentros” y “testimonios” en el bosque se han sucedido hasta el presente.

[Nota del editor: Hay fotos borrosas de estos seres, una de las cuales se muestra más adelante.]

Violentas lluvias terminaron por precipitar una parte importante de ambas instalaciones. Y a estas ruinas, ya dejadas al abandono hace 150 años, llegaba yo.

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El actual Departamento de Madre de Dios en Perú. El símbolo rojo indica la ubicación de las ruinas de los emplazamientos de La Virgen de La Pacificación.

II. Crassas Estulutzú es mi nombre.

Soy arqueólogo. En 1903 fui a Tiuatania, uno más de docenas de investigadores que habían auscultado las ruinas palmo a palmo. Pero no, debo ser justo y decirles que no fui uno más. Tenía un valioso documento del siglo XVIII, que me fue dado para buscar un punto en los restos del edificio principal donde había una bóveda oculta con respuestas. 

Llegamos en la tarde, iba con Antón, mi asistente.

Contemplé la mole recortada contra el lento crepúsculo. Sentí que retaba todo mi sentido común ejecutar esa investigación, pero no podía evitarlo. El angosto camino a veces empinado nos llevó a un templado bosque selvático. Donde antes se erguía un poderoso portón ahora apenas un muro raído y una vía libre para entrar.

Estaba en lo que fue el Convento de la Virgen de La Pacificación, la cuna de tantas leyendas: el “hombre mosca”, los vampiros, ciudadelas perdidas. Adentro había una pendiente de tierra, hecha de pisos, terrazas y paredes derruidas. La subimos y alcanzamos el patio de armas, un terraplén con grandiosa vista sobre una montaña a 1.500 metros de altura.

Levantamos campamento. El tiempo había trabajado con calma pero contundencia: el castillo estaba limado, como un monolito inerte salido del infierno. De vez en cuando mi mente huía de la ciencia y miraba aquello con terror supersticioso. Hacía un frío muy soportable, unos 13 grados.

Conversé con mi asistente la estrategia del día siguiente. Comimos, se fue a dormir y yo decidí revisar mis documentos. En esencia: las notas selectas de un libro de 1773, encuadernado en cuero y con indicaciones para encontrar una bóveda, una pequeña cámara con pergaminos invaluables.

¿Evidencia? La Cruz de Tiuatán o Cruz Tiuatana, un símbolo sincrético de «religión diabólica», propio de esta raza de la que se sospecha hay sangre inca. El símbolo se multiplicaba en algunas esquinas de lo que quedaba.

Lo sorprendente es que el documento parecía mostrar una conexión entre la Cruz y las misteriosas desapariciones que por siglos han plagado la región: gente que aparecía muerta, o sencillamente no aparecía. No se habían reportado en los últimos 20 años, pero igual nos turnaríamos la vigilancia, fuertemente armados.

Tomé el primero, alrededor de una robusta fogata y aproveché para repasar algunas anotaciones. Encendí una pequeña mota de opio. No me atreví a caminar más allá de cierto punto en plena noche, rodeado de ese manto de misterio y de miedo que daba el paraje…

Silbidos cruzaban la noche y formaban en mi mente imágenes fugaces que me llevaban a eventos ancestrales, dentro y fuera de esos muros…

Sí, mi vigilia y el sopor del opio me sumergieron en un agitado entresueño. Sentía las “aves-noche” acechar, las terroríficas y grotescas aves-noche.

Tomé la lámpara, la alcé y la dirigí al suelo al azar. Había un escarabajo en el piso, un coleoptera adephaga. Al sentirse bañado de luz pareció despertar y caminó muy rápido hacia adelante. Lo seguí, no sin antes llevarme conmigo mi morral y mi canana.

A veces perdía al coleóptero y giraba mi haz de luz hasta ubicarlo. Corrió hasta una galería semi destruida, pero aún techada. Entró en un cuarto de baja y siguió en línea hacia una puerta aparentemente clausurada. Pasó debajo de la puerta (el coleóptero).

Instintivamente giré la perilla (era una puerta moderna, puesta ahí por el Ministerio de Guerra hace muchos años) y se abrió con un rechinar. Sentí el golpe de una atmósfera fría y antigua. La llama tembló y sólo se estabilizó cuando me detuve.

Estaba frente a un corredor hecho por mi lámpara, como si pintara paredes ancestrales con resplandores frescos. Delante de mí seguía diligentemente el escarabajo. Recordé, no sé porqué, el fragmento de Don Petronio Gabriello  en el poema La alfombra de piedra (1774):

Son halados por un hilo de silencio
Arrastrados por la alfombra de piedra…

Aparecían súbitamente frescos y me daba la impresión de una escolta espiritual más de temer que de confiar. Por el efecto del tiempo, muchas de estas pinturas estaban desfiguradas.

El escarabajo se detuvo frente a una pared. Tomé mi navaja y comencé a rasparla. Poco a poco apareció un aro enterrado. Recargué la lámpara con aceite y al rato desenterré el pesado anillo de cobre que concluía en un engranaje. Lo así, girándolo a la derecha y a la izquierda alternativamente. Una violenta sacudida me lo arrebató de las manos. Retrocedí con miedo. La pared giró pesadamente produciendo un ruido sordo, rozante, pedregoso.

Lo que creí un muro resultó un secretum ostium, una puerta secreta. Entré con mucha precaución y bañé de luz un recinto pequeño, como de diez metros cuadrados. El olor a encierro era insoportable. Iluminé el piso y noté, en la esquina sur, una abertura circular, una especie de pozo cuyo fondo iluminado por el candil no se veía.

Vacilé entre llamar a mi asistente o emprender un rápido reconocimiento. Al escarabajo no lo vi más. Me até la lámpara al cinturón e inicié el descenso por una endeble escala colgante, desesperadamente largo. En vano trataba de iluminar el fondo, parecía atravesar las capas geológicas de la tierra.

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La Cruz de Tiaután según dibujo de Crassas.

Descendí probablemente por espacio de quince minutos. No veía mis pies ni sobre mi cabeza, sólo el limitado globo de luz a mi alrededor. Una mirada casual a un peldaño reveló una Cruz Tiuatana, emblema de la difunta secta sincrética tiuatano-española de los siglos XVI y VII, cuyo desenlace continúa siendo otro enigma para la historia.

Continué bajando hasta que pisé el vacío. Acerqué la lámpara y vislumbré un suelo de piedra, al cual podía saltar. Ahora ¿podría trepar de vuelta? Pensé que sí y me precipité al suelo. Uff, al instante me arrepentí.

Estaba en una especie de mina, con poco oxígeno y hasta el vaho de la lámpara se hacía visible y viscoso en el aire. Al mover el resplandor noté un agujero circular en una pared, un hueco de fondo oscuro e insondable. Asomé la cabeza. En mi morral llevaba suficiente combustible para explorar y en todo caso tenía una cuerda con ganchos.

III. Comencé a transitar un pasillo cilíndrico, a ratos dos veces más alto que yo, otras a ras de mi cabeza.

Todo tipo de escenas se sucedían en los frescos, sorprendentemente vibrantes: luchas entre españoles e indígenas, trajes rituales de ambos combatientes, la selva en miles de combinaciones… pronto el suelo plano dio paso a escaleras labradas en la piedra.  

Cuando ya comenzaba a desesperarme en ese laberinto univial, el pasillo termino en una salida de tenue resplandor. Al traspasarla penetré en un gran aposento, como una galería a juzgar por el eco. La sensación de oxígeno limitado se mitigó. Caminé y al lado un muro de piedras oscuras y brillantes.

Me aterroricé súbitamente al contemplar Anillos de Amanaupa, inconcebibles objetos de tortura que los tiuatanes usaron contra sus enemigos y que, se dice, los conquistadores decomisaron y usaron contra la tribu de marras. Colgaban de la pared, abandonados por siglos.

Cuando la pared hizo esquina, vi a mi derecha una especie de altar de la misma piedra, abandonado. Llegaba un olor rancio, típico de compuestos orgánicos cuando son almacenados por siglos. Detrás del altar colgaba una cortina que, al acercarme, entendí era una bandera con el símbolo de la Cruz Tiuatana. La calidad de la tela me impresionó, parecía no tener tiempo.

En el piso tropecé con objetos heterogéneos de satanismo sincrético. Emití un sonido gutural para calcular las dimensiones del recinto, como de 200 metros cuadrados y pronto era yo un globo de luz que taladraba esa pesada y gélida oscuridad.

Huesos de murciélagos en el piso y huesos que me parecieron humanos pero que no toqué. Alcancé el otro extremo de la gran estancia, cruces de Tiuatán en todas partes, el cadáver fresco de una serpiente, cercenada su cabeza, el fragmento de una cadena, un… “¡¿Qué?!”

Examiné con terror el reptil macheteado: en efecto cortado seca y limpiamente hace poco, con una herramienta, no con dientes o garras. Era trabajo humano. Un escalofrío indecible recorrió mi cuerpo y me sumió en un temblor estático que no podía reprimir.

Sentí la oscuridad y el frío sobre mi espalda. Los dibujos en la pared se tornaban cada vez más sobrecogedores: monstruos, mantícoras, murciélagos gigantes, caimanes de dos cabezas devorando a indígenas, a soldados europeos y ¡a sacerdotes católicos!

Puse la lámpara en el suelo, saqué mi pipa y comencé a aspirarla para bajar un poco la ansiedad. Debía regresar. Me sentía abrumado. Pero al voltear contemplé la silueta de siete individuos parados frente a mí, en una especie de semicírculo. El del centro llevaba la Cruz Tiuatana estampada en el frente de su toga oscura.

“Bienvenido a Tiuaquirop, señor Estulutzú. Es usted el primer visitante que tenemos en siglos”.

Me incorporé lentamente. De los alrededores se acercaban otros portadores de antorchas, con capuchas que me impedían ver sus rostros. El líder prosiguió:

“Soy Nelpiro Kumpo, sumo sacerdote de la secta Tiuaquirop. Somos moradores de las profundidades. La sombra ha sido nuestro cobijo y la piedra nuestro escudo. Sabemos que existe un mundo del Sol pero lo despreciamos. Sólo visitamos la superficie de noche …”

No importaba el esfuerzo: sólo veía ojos alargados y vidriosos entre las pliegos de tela. Mi incredulidad y mis nervios desdibujaron bastante lo que me dijo Nelpiro, pero aquí os lo resumo:

En 1610, bajo el cargo falso de que entre la guarnición y el ejército había relaciones non sanctas, una facción disidente de un ejército disidente mayor atacó ambas instancias. Con poco tiempo de aviso, los tomaron desprevenidos. El resto  (que incluía indígenas de servicio de uno y otro sexo) se refugió en el convento, porque el castillo ya había sido parcialmente invadido.

Asediados y rodeados, se atrincheraron en la torre central y sus sitiadores los creyeron arriba, pero bajaron por un agujero natural que permitía el paso de una persona a la vez. De allí a la piedra laberíntica de una cueva. Luego, por desgaste de ciertos pasajes, un derrumbe selló la entrada y obligó a los escapados a seguir hacia las profundidades.

Quienes huían transitaron una serie de conductos naturales hacia galerías subterráneas. Afuera, sus enemigos revisaron palmo a palmo, buscándolos. Adentro, no carecían de agua, pero su alimentación era poco variada y sofisticada, de hecho era repugnante en algunos casos.

La guerra se extendió hacia las tribus tiuatanas que quedaban en la región y las intentaron exterminar una por una. Se cuenta que un grupo cercano a la montaña del castillo, obsesivamente asediados por el ejército español, halló una ruta a las porosas entrañas de la montaña y, luego de un deambular de meses, algunos se encontraron con los disidentes religiosos. En vez de luchar optaron por colaborar, y más temprano que tarde esa colaboración implicó cópula y descendencia cruzada. Unieron ritos y símbolos.

Como no podía ser una religión de luz, lo que hicieron estos topos humanos fue un sincretismo católico-tiuatano, que ya no adoraba a Yavé en los Cielos y a su primogénito, sino a dioses zoomórficos y a insólitos seres compuestos.

Las combinaciones químicas de esas aguas, la dieta tan sui generis, la ausencia de luz, la interacción con una nueva fauna de microbios y microorganismos hicieron el resto.  

Adquirieron la facultad de ver con mínima luz e incluso en ausencia total. Se adaptaron a los estrechos pasadizos y ríos subterráneos. De noche salían a cazar y sus mutaciones los hicieron vampirizarse, aunque de un tipo más omnívoro que no dependía exclusivamente de la sangre.

Sus correrías por la selva eran prácticamente impunes, a no ser por animales como jaguares. Lo impenetrable de la selva mantenía su leyenda intacta. Consolidaron una religión, una sociedad nictálope que se extendía desde los árboles más altos hasta la piedra profunda.

IV. Este relato me dejó sin aliento.

— Es obvio, Don Crassas, que no podemos dejarlo salir –dijo Nelpiro.

— ¿Por qué no, si no voy a decir nunca nada? Le doy mi palabra de honor.

— Hemos escuchado demasiadas «palabras de honor» que no lo fueron.

Mientras decía esto yo auscultaba las posibles rutas de escape. Era difícil discernir cuántas personas me rodeaban, qué tipo de armas tenían, en fin…

Se dijeron unas palabras y, de una forma u otra, comenzaron a rodearme. Uno de ellos ondeaba una larga cuerda, enrollada en su antebrazo. Se acercó otro llamado Puma Punkuto, armado discretamente con un cuchillo. Se presentó y me pidió que me rindiera sin violencia.

Por un instinto que ahora celebro, me abalancé primero, lo así fuertemente por el cuello y pude comprobar poco peso y dureza de piel (pesaría la mitad que una persona de su tamaño en la superficie), lo amenacé públicamente con mi pistola que coloqué en su sien.

Otro de ellos se lanzó hacia mí, emitiendo un chillido agudo extremadamente desagradable… No tuve más remedio que disparar. El tiro lo levantó del suelo para lanzarlo hacia atrás. El estallido retumbó de tal forma en la galería que los “sacerdotes” cayeron aturdidos en el piso y ocurrió un caos en los espectadores que se acercaban, haciéndolos correr en todas direcciones. Yo mismo, al no prever la amplificación exagerada del disparo, quedé con un silbido incesante en mis oídos por largos minutos. Sentí sobre mí el volar desesperado de miles de murciélagos, sin que cesara el silbido.

Comencé a desplazarme trabajosamente con Puma Punkuto asido fuertemente por el cuello, quien me decía con el poco aliento que tenía: “¡No lo logrará, es inútil, ríndase!”

Varios guardias habían llegado, dispersándose para rodearme. Alcancé una de las puertas del primer altar, el silbido persistía pero sentí decenas de pasos que se aproximaban. Tomé una antorcha de la pared, incendiando la bandera gigante que tapizaba el muro detrás del altar principal. Un pedazo ardiente se desprendió, lo tomé por un extremo y me lo llevé conmigo, junto a Puma Punkuto a quien apuntaba a la cabeza. Una flecha me rozó el rostro e hice varios disparos a la oscuridad, creando más caos y dispersión.

Un audaz guardia desafió el cerco y se lanzó suicidamente sobre mí. Levanté la tela ardiente, que lo envolvió y pronto era una tea humana que se abría paso entre sus compañeros aterrorizados.

Yo continuaba usando a Puma como escudo, pero comenzó a ponerse difícil, a sacudirse y rehusar continuar. En ese forcejeo le arranqué la capucha. ¡Oh! Contemplar su rostro casi me congeló el corazón del impacto: era una cabeza oblonga, plena de pliegos, cubierta totalmente de minúsculos bellos, con orejas negras grandes y puntiagudas… ¡Era un murciélago! Una especie intermedia, un horrible mutante.

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La famosa «Foto de Altamirano» (1), tomada en 1932 y de la que se afirma que muestra a un mutante en la esquina inferior derecha, amplificado en el número 2. Fuente: Archivo General Amazónico.

Sentí tal impresión y asco que lo solté violentamente y me lancé solo por la primera puerta que vi (no la misma por la que llegué a la galería). Blandía la antorcha en una carrera alocada por un camino que no conocía. El trecho hasta el primer descanso de la escalinata se me hizo larguísimo.

Me sacudió el temblor de muchos pasos y garras, el humo se acumulaba y me ahogaba, restándome fuerza. De mi cantimplora tomé lo que quedaba de agua. Me hice de fuerza y emprendí un ascenso que sentía inútil, pero imaginar lo que pasaría si me atrapaban me hacía sobreponerme y seguir.

En el camino vi a lo lejos el ejército que me perseguía: seres, ya sin capuchas, con ojos inyectados de sangre y pequeños colmillos, en medio de una insoportable agregación de chillidos.

Llegué a un recinto y no vi puertas. El fin, pues, pero no los dejaría atraparme vivo así que tomé mi pistola para acabar con todo… hasta que noté un agujero en el techo, con peldaños similares a los que usé para bajar. Me acerqué y no hallaba cómo treparla, salté pero estaba muy alta.

Ya mis perseguidores se asomaban a los lejos. Recordé una cuerda con ganchos que tenía, me costó trabajo sacarla del morral. La lancé y fallé. Lo hice otra vez y otra vez hasta ensartar el garfio en un peldaño. Lo trepé con la menguada energía que tenía.

Cuando entré en el cilindro labrado en la piedra sentí la electrizante mordida de una flecha que se hundió en mi muslo derecho, pero la [adrenalina] era tal que seguí adelante a pesar del lacerante dolor. Me la extraje justamente cuando alguien se abrazó de mi pierna izquierda.

Noté que era sorprendentemente ligero. Con sus garras que me hirieron en el recorrido, se subió conmigo al pasadizo vertical. Lo aprisoné contra la pared y le apreté el cuello (baboso y cubierto de unos vellos lisos), le di un tiro, lo ahogué y solté para que cayera encima de otros frenéticos que ya escalaban para atraparme.

Escuché sus gruñidos y me rozaron dos flechazos. El cilindro de piedra comenzó a curvarse, de modo que los perdía de vista pero sin duda se acercaban. La herida me laceraba e impedía subir más rápido. Tomé un aliento profundo y continué.

Menos mal que solo podía subir uno a la vez, por lo cual se me ocurrió una idea. En una esquina del ascenso los esperé. Cuando vi las garras y el horrendo rostro del primero le disparé y cayó sobre el siguiente, ocasionando un bienvenido embotellamiento que me dio una pequeña ventaja en la escalada. Me quedaban tres balas y una antorcha menguada.

En un codo del ascenso esperé de nuevo, disparé al líder, le pegué la antorcha y se encendió rápidamente (aquellos seres ardían con gran rapidez). El cuerpo en llamas se precipitó, llevándose consigo a dos o tres que le seguían. Los chillidos de furia me ensordecieron y el humo casi me sofocaba.

No obstante alcancé como pude el tope del cilindro y llegué a una habitación, esta vez completamente sellada, sin agujeros, ni puertas o ventanas, excepto el círculo donde había salido, y por donde pronto surgirían mis enemigos. Grité de frustración y el eco me atormentó. El bullicio de mis perseguidores me hizo calcular que llegarían en unos cinco minutos. Me quedaba una bala.

Me paré de espalda contra un muro. La antorcha en el suelo terminaba de consumirse. Respiré con calma, resignado. Tomé mi arma y me la puse en la sien. Vi la primera garra salir del círculo, ya todo estaba perdido.

Miré a mis pies, el coleoptera adephaga pareció salir de la pared. Inmediatamente escuché el estruendoso trillar de piedras cuando giró la pared conmigo, apoyado en una vibración contundente. Allí estaba Antón, mi asistente, candil en mano:

— Crassas, tuve un sueño, al despertar vi un escarabajo y lo seguí…

Eran las 4:45 am. Una flecha destinada a mí y que me rozó el cuello, le atravesó el hombro.

— Antón ¡corre!

Contemplé al arquero que preparaba una flecha para mí y le dediqué mi último tiro. Ya emergían otros. Antón estaba tan impresionado que no había llegado a sentir el dolor real del flechazo. Giré el aro del otro lado de la pared y ésta se cerró pesada y obedientemente. Un perseguidor que pretendió salir fue aplastado por el violento movimiento y fue partido en dos.

Le extraje la flecha a Antón.

— ¡No hay tiempo para explicarte, vámonos!

A nuestras espaldas el muro se estremecía por la orden interna de girar. Pronto estarían detrás de nosotros. En una alocada carrera hacia el agujero en la muralla traté de contarle a Antón, pero mis palabras no tenían sentido alguno para él.

— ¡Las “aves-noche”, las “aves-noche”! Son mutantes, murciélagos, tiuatanos, monjas, Nelpiro.

De repente de una esquina surgieron varios para emboscarnos y, en una desafortunada escaramuza, atraparon a Antón quien soltó su revólver. Me detuve, recogí el arma y disparé como pude, pero no había nada qué hacer. Lo apresaron entre muchos y los llevaron a un cuarto donde no lo vi más.

Seguí la carrera, salí del castillo pero mis perseguidores venían de varios puntos hacia mí. Al frente había una explanada donde ya los sentía desplazarse. Al oeste un precipicio hacia el que corrí trabajosamente, ya que el dolor en mi pierna era paralizante.

Llegué al borde del desfiladero, no podía ver qué había abajo. Sólo sabía que a unos 600 metros, fluía el río Madre de Dios o un afluente. Mis perseguidores estaban a pocos metros, a lo lejos una franja de anaranjado anunciaba el amanecer. Las “aves-noche”, los mutantes murciélagos frenaron la carrera y venían a mí calmada y ritualmente, no había salida. Aparentemente me querían vivo. Y yo, Crassas Estulutzú, ateo, miré el precipicio (que no me miró de vuelta), me encomendé a un poder superior y me lancé al vacío.

Mi cuerpo chocó contra una pendiente de pequeñas piedras y comencé a rodar furiosamente hacia la falda de esa montaña. Cuando la gravedad se atenuó, me levanté con lo poco que me quedaba de energía. Había recibido una paliza. Los murciélagos humanos ya se sentían desplazarse entre los árboles. Escuché abajo, como a 15 metros, la corriente del río.

Y me lancé de nuevo.

V. Tardé cinco días en alcanzar la civilización, gravemente herido.

Reporté el hecho pero no como ocurrió. Obviamente, me hubieran tildado de loco si hablaba de hombres-murciélagos que moran en las profundidades de un monolito rocoso. Simplemente les dije que me separé de Antón, quien se perdió en la selva, y fui atacado por indios de los que logré escapar.

Mi herida en el muslo, los maltratos posteriores e infecciones en la selva me han obligado a un par de operaciones, pero ya estoy mejor y aún camino con muletas.

No le he contado esto a nadie (excepto a usted, que me lee) y le pido que no haga mención … todavía.

Cuando me mejore pienso volver a Tiuaquirop y ver si termino de develar este misterio. Por favor, espere mi recuento al respecto, si es que alguna vez ocurre. Las pesadillas me atormentan y he llegado a creer que solo volviendo puedo superarlas.

CruzdeTiautan2En mi alocado escape dejé todas mis posesiones en el camino, pero cuando llegué a una medicatura rural donde me salvaron la vida y comencé a recuperarme, encontré algo en mi bolsillo.

Una pequeña piedra circular, de unos cinco centímetros de diámetro, con la Cruz Tiuatana cincelada. No recuerdo cómo llegó allí pero la guardo como un peligroso tesoro.

Me acompaña a todas partes desde entonces. Un recordatorio de que contra todo sentido común y precaución, debo regresar tan pronto pueda al misterioso y peligroso reino de Tiuatán.

No, querido lector, no importa lo que implique. No me puede negar una aventura como ésa.

 

Crassas Estulutzú,
1904

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IMÁGENES: Lúdico.
Publicada en Mayo 12, 2014.

El simpático Simpático visita a Visita

El simpático Simpático visita a Visita

Un juego de facundias. Regla: debe leerse en voz alta, alternativamente, entre dos o más personas. Quien ría primero pierde.

Aquella tarde el perfume en la habitación habilitada por el simpático Simpático, flameaba flamante con flama de amante. Más afuera de la ciudad Citadina, ladeado al este ¿o éste?, justo junto a un lote de lotos sin gamelotes, en una casa medio grande, vivía solo sortario en solícito sortilegio, absorto, alejado del mudo mundo de aquí cerca de la cerca.

Era su estar en silenciosa oscuridad, como una bulla clara. Una especie de muerte en vida y otras especies, no obstante menos oscura que otras ostras no vivas de tedio, como el sonido silencioso del ostracismo que la vida te dio.

Todo esto gracias a la gracia sin desgracia natural gutural circunloquia de su estampa, que envolvía por dentro su cuadriculada esfera de hechos circulares… siempre a dar cruces de circular natura.

Las facilities eran tan fáciles, que la excepcional rutina se hacía complicadamente sencilla. Parte aparte consistía en encontrar qué buscar para hacer y deshacer, del todo o parcialmente. Verbiejemplo, Simpático compasaba un compás desbasado o su arma desarmada y desalmada cargaba de plomo mientras cargaba en la mano para descargar en el campo.

Simpático solía decidir siempre cuanto antes después, generalmente jamás. Engullía  la comida portadora de fuerza fortachona, necesaria como un aria para vivir la vitalidad vivaz del llano en las montañas, cerca de las playas sin agua.

Entonces decidía (de, sí, día) visitar a Visita, casi novia apenas amiga más que confidente vidente informal. Soñaba con ella despierto, recordaba cuando dormía.

Caminar el camino a su casa, yendo de caza o caminata, tomaba tomado atajo de tajo como cinco minutos diminutos y tomando alcohol una decena más de segundos primerizos.

Adelante el perfume fumeante y arrogante arrojaba su fragancia (¡cuánta elegancia!) entre flores en flor galante. Las abejas zumbaban recogiendo néctar entre pétalos. “Respétalos”, pensaba Simpático.

II. NARRADOR: Aquél día Simpático cruzó el cruce entre las cruces del cementerio de La Cruz y saltando alto una verja baja, entró a la salida de la subida cuyo primer final era la bajada ajada de la saliente entrada del hogar «Hogar» de Visita.

Suena un toquido, oye Visita, suena de nuevo, grita Visita: ¿Quién es el que Es que me solicita?

SIMPÁTICO: ¡Soy hoy quien fui ayer, Visita! Tu soy y tu serás y busco tu eres para formar un somos.

NARRADOR: Visita pasa el paso y repaso entre y por delante del comedor, frente posterior de la sala, lugar donde Visita recíbese. Se adentra al afuera y empuja sin pujar la puerta tuerta para que Simpático entre entre las columnas, ¿y qué pasa? pasa a la sala de ser y estar. Y así visita atiende a la visita, el simpático Simpático.

VISITA: Por favor, sin pavor, sienta tu siento en el asiento, recuesta tus brazos en el posapiés y posa tus pies en el recuestabrazos. Ja ja.

SIMPÁTICO: ¿Que, sentando mi siento en el asiento, pase y pose mis brazos en el recuestapiés y recueste mis pies en el posabrazos?

VISITA: Olvídalo, recordado amor. Siéntate.

SIMPÁTICO: Gracias, graciosa Visita.

VISITA: No, gracias a ti por mí.

SIMPÁTICO: No, Visita, la visita es nada enajenada. Me acuerdo que estoy totalmente de acuerdo en diferir contigo: opino que mi tú muestra muestralmente tu arrogante humildad: yo que poco soy, soy poco más que nada, estando en tu sala de ser y estar, hablando contigo y no conmigo, como suelo hacer en el suelo sin consuelo, de noche en las mañanas.

VISITA: ¡Ja! ¿Quieres algún deseo?

SIMPÁTICO: Sí, desearía querer una taza de interés con té o café sin azúcar, de ser lo primero con leche y picante, con lima y limón de ser lo segundo. Si no, desimpórtate.

VISITA: Me reimporta, más bien menos. En un ya te traigo el trago a trasago.

SIMPÁTICO: Tú sabes que cuando lo otro de alguna cosa falta entonces lo demás resulta otrora falso de toda “faltancia”.

VISITA: Me provocas tanta ausencia de palabras.

NARRADOR: Visita pasó el piso a la cocina dando traspasos a despaso. De repaso, gritó:

VISITA: Si queréis aquí estar, estar aquí querréis sin duda. Mas con duda si queréis desear vénte si podéis entonces venir a convenir la venta del que inventa y no aventa la reventa -cosa que me revienta jiji.

SIMPÁTICO: Voy yendo a ir, llegando a llegar, ir llegando e ir yendo…

NARRADOR: Al mismísimo tiempo al tempo (un poco a sotavento) y cuando ensalzaba que endulzaba en giros circunloquios de café té, bidireccionaba con el simpático Simpático. Éste, loco alocado descocado por ella, se llenaba de vacío cuando sus frentes, de medio lado, se unían por una línea imaginaria menor que la menor distancia imaginable. El corazón sin razón de aquel simpaticón comenzó a latir con menor infrecuencia y tras un salto le saltó sobresaltado.

SIMPÁTICO (POR ASALTO): Visita, siento y presiento ser y estar en el momento y no miento espacial parcial momentáneo e inminente de decirte el direte que siempre he deseado descallar al garete.

VISITA: ¿Y qué es eso que has querido descallar, mas ha encallado en tu silencio?

SIMPÁTICO: Callado y encallado no llega a ti. Siempre jamás en todo momento he creído que destellas como la estrella más bella que el amor en mí sella. Como una retardataria tarde que atar cede en un crepúsculo mañanero de esplendor. Eres un conjunto disjunto que junto al trasunto acumula cúmulos sin ti mentales y sentimentales sinceros y sin ceros. A ti te traería el cielo, mi cielo, si poder pudiera y la luna en la duna si fortuna lechuna de aquello tuviera. Visita, te quiero querer como ansiarte siempre he deseado anhelar. Quiérote como la mujer del hombre y yo como el éste de aquélla, futura esposa, no cosa. Todo en perfecta conjunción ajuntada y yuntada. ¿Qué dices de mi direte en la calle del encalle en emoción cual moción que yo descalle?

VISITA: Decir qué no sé, San José. Después de todo y antes de nada, en el mayor pedacito de mí fui religiosa católicapostólica romana, románica y casi rumana.

SIMPÁTICO: Estoy sorprendido y prendido de ti y en fiebre

NARRADOR: Lo entiende quien atiende o tiende…

VISITA: Y cuando sepas la cepa de mi reclusión sin recusación, tendras la sorpresa de que me llamaba Sor Presa, «al, Sor, prender de sorpresa mi reacción se desprende y reacciona muy poco reactiva». Esa fue mi vida al creer sorprendida en crecer y descreer decreciendo. Ahora, ya con el hábito de haberlo colgado, me sorprendo y reprendo por no llegar a creer por más (o menos) que quiera desear ese anhelo.

SIMPÁTICO: ¿Cómo y en qué forma amorfa fuiste monja?

VISITA (COMO POSEÍDA): Mi sorpresa es presa como Sor Presa, confinada en un confín de la nada del convento por comer presas con grasas sobre las brasas… También la religiosa goza cada vez que ora a toda hora ante serios cirios sirios bajo un pesado y pasado velo de Carmelo sin caramelo. Viste trapos de trapense. Se alza y realza descalza y al cabo va cabizbaja en la cabeza la caja que la rebaja. Se azota y atiza sin prisa flagelándose y fajándose con sus fajinas de faja baja que ataja con laja de maja que taja. También como doncella ella destella cual bella estrella que sella con coraje de corazón y razón. Y es atinente ser abstinente porque su placer es padecer para ser monja en la lonja sin lisonja y esponja de hierro donde consiente consciente arrojarse arrodillada arrollada, desenrollada y hollada para enojo de sus hinojos rojos de color con dolor sin dolo solo de polo a polo a pelo sin pelo en la cabeza rapada porque no está derrapada. En la cabeza depilada Dios la besa porque no le pesa la torpeza de la hermana con gana de gitana nada sana que con ello nada gana por más que ella se afana sin ventana veterana, veces mil servil y vil en su cuchitril cubil conejil en su cenobio sin novio… ¡Oh! Querido ido estarás de la atención a tensión de mi tesón. Pero, en fin… ante nada y ante todo: ¿es seria la seriedad de la proposición propuesta en apuesta puesta (de sol) o es en síntesis sin tesis un simple y jocoso humor cómico?

SIMPÁTICO: Visita, soy más serio que el sol, solo y sólido, más claro que un clérigo «qué-le-digo».

VISITA: Si así siendo y asiendo el agarre del caso y la cosa entonces por lo tanto como hice en Lotanto por consecuencia en secuencia a ciencia sin paciencia acepto aceptar sin chistar el chiste, o el no chiste, más bien y menos mal.

SIMPÁTICO: ¿Es verdad que encima maquinas aceptar mi desacertada perorata?

VISITA: Yesly yes, mi amor mío.

NARRADOR: Se acercaron lo menos lejos posible y sus dedos se lanzaron a entrelazarse. Los besos deben sostenerlos hasta que se desbesan solos. Visita, después de un luego, se paró y separó de Simpático, diciéndole parada y separada.

VISITA: Dado que dedos dados y besos besados embelesados no son todo, sería placentero por entero complacer la parte sensual casual del “Arte Zen de Zual” (un libro librado por Libreros que compré en el este de aquel país País). Paisano sano, por cierto desconcierto, del doctor director de Thor, ese concierto que desdice también tampoco la sensualidad Zen Zual del sexo convexo en contexto contento.

SIMPÁTICO: ¿Entenderte? Algo sí, pero no tanto tonto (yo).

VISITA: Digo el direte que unas amigas con quien hice buenas migas me dieron un regalo galo, una cama perteneciente a la princesa Sutra. Bueno, pues, sin que mal-pienses te digo y te di “go”, que ahora es hora de pensar y sopesar el pasar a repasar la cultura de puericultura con la escultura de mi cuerpo en la cama de Sutra con su trasero de brasero marcado en el arcado arcano con una máscara de Arcángel pintada en tinta montada en la Pinta como mascarón.

SIMPÁTICO: ¿Quieres estar contigomigo?

VISITA: Contigo y todos los tigos contiguos a tu trigo personal trigonométrico y trigal.

SIMPÁTICO: Pero entonces más que más entonces pero…

VISITA: Siento y no resiento, pasar y posar de frente en la cama Sutra. Punto y coma.

SIMPÁTICO (PIENSA): ¡Cómo quema esa coma!

VISITA: Aunque ¡oh! ya daba que lo olvidaba, pasemos antes a tomar tamaño baño nada tacaño en la tina de Tina, amiga mía pronto tuya (¡pero cuidado!) que vive justo en el arbusto que le llega por el busto. Por cierto desacierto ayer nos encontramos perdidas en el derecho y el revés, y es que la Tina es tan latina que su corazón no late, sino latiniza.

SIMPÁTICO: No, Visita, a mi parecer le parece y se le aparece que la cama de Sutra es mejor que nada peor. Además es un reto: imagino el sensual ritual residual y creo que podemos hacerle en un rato un roto en el reto a la tina de la latina Tina.

VISITA: OK, tú eres un macho y sabes mucho, aunque yo sepa que resupe tu resaber ignorante.

NARRADOR: Simpático pasó la pasadera de paso al cuarto cuarto en fila afilada y enfiló sus ojos ojerosos a la cama de Sutra. Visita virola mirola también, mirándolo luego para decir: «De, Sir, el primer paso, yo paso».

Pararon acostados en la cama de Sutra haciendo y deshaciendo el amor. Lo hicieron sin cierto desconcierto concertado concertoso , tan bien también. Y sin darse cuenta que de las veces se había perdido la cuenta, se hundieron (no en le lote de lotos latosos) sino en el abisal abismo (ahí mismo) de la pasión, espacio-tiempo donde-cuando Simpático recordó en su precisa mente haber olvidado preguntarse precisamente, nada menos que lo más importante del instante.

SIMPÁTICO (PARA SÍ, EN SÍ): Visita, mi amoroso amor poroso… No la conocía realmente, lo real en mi mente era su no estar. Acepté bajar y trabajar en este demente relato porque lucía sano de mente. Acepté propinar visita a Visita para titular un cumplido o, mejor o más dicho, para cumplir un título. Más que una amiga de buena miga, entendí o tendí en mi entendimiento mis dudas que de tanto interrogarse se admiraban. Inter rogado por mi alma en calma, que ruega adentro, entendí de una vez el envés y revés de una situación sin tu acción, Simpático, tu yo que es mi tú. Bien mal. Estoy en una cama de Sutra cual escama adherida a la herida de un atún. A tu naturaleza atúnica (y yo bajo la túnica) ella echa mano de antemano al conquistar (con quistar le basta) los dedos mismos que se entrejuntan y rejuntan en las juntas necesarias de la contingente ocurrencia del relato para el cual trabajo como bajo y tengo que bajar a trabajar. Un cinto negro me separa del recinto, estoy como encerrado en cerros de tela y Visita salió hace los primeros segundos y me extraña su extraña demora (de mora, por cierto, fue un acierto pedirle un batido desligado mas con liga antes de irse). Pero, en fin primigenio, estoy atrapado entre trapos y lo que antes fue antesala en la sala ahora es temor por mi vida, que mi Vida quiera quitármela, te lo digo sin pujos ni tapujos.¿Cómo salir al adentro misterioso del afuera? ¿Qué pasará al pasar la pasa en su garganta gargantuana, digo y desdigo, y regresar a trapearse sin su strap en trampa que atrapa tropas de tramposa tripa hacia mí? Se silencia mi ruidosa duda dada porque tengo en tango y detengo o mantengo ante mis ojos nada menos más que todo a la mismísima Visita que ha regresado. Todo lo anterior por verla.

SIMPÁTICO: ¿Por qué es que desestabas el estar en el cuarto cuarto?

VISITA: Salí sin sal a hacerme una prueba a ver si reprueba.

SIMPÁTICO: Embarazoso, pero ¿de qué?

VISITA: Sí negativo junto a negación positiva.

SIMPÁTICO: ¿O sea seamos y?

VISITA: Sí papá si el Papa nos papara o casara, de igual disímil mera manera, vamos a ser pamás.

SIMPÁTICO:

NARRADOR: Y volvieron a las vueltas de la cama de Sutra, a hacer y deshacer el amor dichosos como osos de pensar que más tarde en una tarde tempratardada Simpático y Visitia tendrían la visita de un vástago visitosimpático…

¿Ganó alguien?

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ILUSTRACIÓN INICIAL: Lúdico.

 

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San Nocis: la isla de las percepciones volátiles

San Nocis: la isla de las percepciones volátiles

Mi tatarabuelo materno T. Tolueno cuenta en su “Autobiografía Epistolar” (Edición privada, 1865) que en una travesía por el «gran Océano», se topó con la isla de San Nocis: un lugar único en el mundo. Su ubicación exacta nunca se menciona. 

Según el tátara en San Nocis ocurría una circunstacia sin par de origen perdido en los ecos del tiempo: la realidad era cambiante de forma frenética, incesante y aleatoria. Dejemos que mi antepasado lo narre.

«

Llegué a San Nocis con viento de sotavento. Dejé mi embarcación fondeada en una bahía calma, a cientos de metros de la orilla. Nada fuera de lo común: una playa tranquila y detrás un bosque subtropical.

Remé en un pequeño bote a la arena y recorrí algunos metros, hasta adentrarme en el bosquecillo. Estaba hambriento y cansado de comer pescado, de modo que busqué frutas o algún mamífero que cazar. Luego de una hora infructuosa miré unos frutos parecidos a la granada, verdes amarillentos, que colgaban a pocos metros del suelo. Tomé uno, lo piqué con mi machete hasta revelar decenas de granos rojos. El olor era agradable. Probé un bocado y el sabor dulce me invitó. Me comí la mitad de un fruto. Seguí adelante.

El bosquecillo no era demasiado tupido y se colaban parchos de cielo. En un área noté una elongada humareda. Había un asentamiento o, quizá, una aldea. Me dirigí a ese cuadrante (noroeste) y, de repente, me sentí mareado, la visión se embriagó y las fuerzas me abandonaban. Un par de minutos después ya no recuerdo más.

Desperté lentamente.

En mis ojos vaporosos apenas penetraban los haces lumínicos. Me costaba moverme. Luego de un rato en ese estado entumecido miré un techo liso, frisado de blanco con mecheros a los lados. “Uf”, pensé, “alguien del pueblo me rescató”. Cerré los ojos, los abrí. Oh, ahora el cobertizo era de troncos, con una claraboya en el centro que me permitía ver el cielo. “¿Será que me dormí y estoy en otro lugar?”.

Con esfuerzo me incorporé, apoyado en los codos para ver la habitación mejor: ahora era de noche, el techo de mármol, con un candelabro, las paredes de cal y un ventanal que daba hacia el sur: el cielo límpido no mostraba ni una nube. Me estrujé los ojos (“Quizá era una fruta de los delirios”, me dije) y al enfocar todo estaba igual. Suspiré aliviado.

Me levanté con un cuerpo muy debilitado. Alguien pareció advertirlo porque escuché pasos fuera del cuarto. Miré hacia arriba y ¡oh! ahora era de cristal esmerilado, con tornasoles en las esquinas y una cúpula retráctil que mostraba un cielo nublado con lluvia y truenos.

─ ¿Enloquecí?

Abrió la puerta una señora robusta, alta, con pelo crespo desordenado, entrecano. Su tez era típica de las islas Kualaia, vecinas lejanas de San Nocis. Hablabla francés, que yo dominaba a medias, aunque su acento era politlántico.

─ Saludos, soy Kramaiiaai, la dueña de la casa. Mi hijo mayor lo encontró desmayado en el bosque y lo trajo ayer. No pensé que despertaría tan rápido, esa fruta que comió se llama Ouaoua y tenía años sin verla aparecer, digo, germinar.

─ Hola, soy T. Tolueno. Creo que esa fruta me hizo delirar porque…

Al levantar mi rostro y mirar de nuevo a Kramaiiaai ya no era oscura, sino muy blanca, pálida, pecosa, con ojos claros.

─ ¿Lo ve? ¡Sigo alucinado! A la que veo no es usted o usted es todas las que se suceden. ¡Estoy loco!

─ No señor T., déjeme explicarle.

Ahora Kramaiiaai era una anciana, el cuarto una bodega con cajas de madera y toneles de vino, oscura y con olor a madera rancia.

─ ¿Estoy muerto y es éste el infierno?

─ Vamos al recibo, para que mi esposo le cuente (ahora Kramaiiaai era una china de unos 80 años, casi sin cabello y un parcho en el ojo derecho; la habitación era un invernadero con paredes y agujeros. Adentro grandes filas de porrones con plantas diversas). Venga.

Essetereuio tenía un porte majestuoso, elegante. De blanca palidez, como un Lord inglés.

─ Siéntese señor T.

Me ofrecieron una taza de un té local, que así informalmente al preguntar a Essetereuio:

─ ¿Usted es un ángel o un demonio?

─ Soy un humano como usted.

─ ¿Y como ella? –dije señalando a  Kramaiiaai, que ahora era una adolescente con la cabeza rapada.

Al voltear hacia mi interlocutor, casi suelto la taza (que ya era medio coco con gelatina púrpura), al verlo transformado en un ebrio con ojeras y pupilas inyectadas.

─ ¡No se asuste! –me dijo- ya le explico. San Nocis es un lugar donde las percepciones son fugaces e inesperadas. Se salen de las mentes.

Espabilé del puro impacto. Señaló una biblioteca. Miré la biblioteca.

─ ¿Lo ve?

─ ¡Oh Dios Santo! Ahora es una muralla con… animales trepadores… insectos. Ahora es…

─ Tiene que calmarse porque la rapidez con que nuestros rostros cambian, así como los escenarios del derredor se deben en buena medida a usted, que es nuevo y está nervioso.

─ ¡Es una ilusión, claro! ¿O locura colectiva?

─ No sabemos cuándo empezó, pero nacimos y crecimos así. Como puede notar, evitamos vernos en el espejo pero no podemos impedir ser vistos. La realidad circundante nos recuerda nuestra propia transformación permanente, sin tregua, sin identidad visual. Solo la personalidad y lo que muchos llaman espíritu mantienen un curso, digamos, humano. Cambiante, pero de evolución lenta. La voz no cambia sino con la edad, como suponemos ocurre en otras tierras.

Durante estas cortas palabras ya había sido un anciano calvo, un galán de teatro, alguien muy parecido al Papa Juan XVII, un bosquimano del Kalajari y un hombre con elefantiasis.

─ Siga por favor –le dije, agotado.

─ Aquí tenemos varias generaciones, nos acostumbramos, nos adaptamos, hemos descubierto que la mente colectiva es la que gobierna el ritmo y la frecuencia de los cambios. En plena paz, las transformaciones se miden en minutos. Cuando hay angustia o paranoia colectiva se suceden en segundos. Por eso somos gente tranquila que promueve la convivencia, la calma, la ponderación. Por necesidad, nos hemos vuelto contemplativos, no muy activos que digamos. No hay ornato público en nuestras calles e incluso hogares, no sabemos el color ni la textura original de nada. Solo la última forma que en pocos minutos ya es otra.

─ ¿Todo cambia, todo se transmuta?

─ Hay cosas que no: el cielo, las nubes, los bosques, el mar. Pero todo lo hecho por el hombre y nuestros propios cuerpos son un carrusel de formas y colores y superficies.

─ ¿Y cómo se relacionan entre ustedes: se casan, tienen hijos, hay maestros y alumnos, jueces?

─ Digamos para simplificar, que podemos detectarle el alma a la gente, por eso a veces convivimos casi en total oscuridad. Y sí, tenemos matrimonios, hijos, hermanos y a todos los reconocemos y no los confundimos, a pesar de que son afroamericanos ahora y nipones cinco minutos después.

Ya más consciente de la cultura sannociana comencé a presenciar los cambios en vivo y directo. Horas antes solo cuando dejaba de ver algo y lo retomaba. Ahora frente a mí ¿cómo decirlo? No era la sustitución cruda y seca de un cuadro por otro, de un rostro por otro, de una cocina, no obstante era instantánea. Y radical, extrema. No podía entender cómo la gente no saltaba ante cambios tan absolutos y a veces grotescos. Más sin embargo, pregunté:

─ ¿Es un caos y sin embargo está tan asentado todo, las calles y las edificaciones?

─ Hay cosas que no cambian (se refería a que no se sucedían brutalmente): el género y la voz de las personas; el hecho de que un vestíbulo cambia a otro vestíbulo y no a un patio; las carretas y coches… hay una especie de consistencia que permite clasificar, pero no recordar, porque el mundo perceptivo de San Nocis no forma patrones discernibles.

En cambio el alma de la gente, su esencia psíquica y emocional, eso sí permanecía incólume y evolucionaba plácida y paulatinamente como en otro cualquier lugar del planeta.

Pasamos buena parte de la noche conversando Kramaiiaai, Essetereuio y yo.

Al día siguiente me sacaron a la calle y acompañaron. Presentáronme más de 20 personas y juro que de sus rostros y cuerpos no recuerdo ni un par.

Si uno es una muchedumbre imaginen 20 o más. No obstante, Como personalidades eran tremendamente estables y continuos. Aunque no había memoria visual ubicaba exitosamente a algunos cuando los mencionaban (“Ah” –recordaba- “el de tal o cual voz-tipología”).

Me calmé, incluso me enamoré de una voz con mil rostros de nombre Reedizze. Su tono, su inteligencia y un instante supremo en el cual me mostró el más hermoso rostro del mundo, bastaron para olvidar esa aparente locura y sumergirme en esa otra: el enamoramiento, que es 100 veces más insólito en San Nocis.

Mi primer beso con Reedizze fue un caos porque de un beldad pasaba a ser un monstruo deforme, eso sí con muchas más escalas intermedias (y humana, siempre humana). Duró semanas, pero nada que las urgencias de dos jóvenes no vencieran finalmente. No debería, pero voy a contarles que el contacto físico no era táctilmente continuo y fluido, sino que las variaciones de superficie podían ser gruesas: de piel tersa a escarchada, de lampiña a peluda. Había que entrenar la mente, la imaginación, para poder ponerse a tono.

La sabiduría popular y el sentido común me llevaron a cerrar los ojos y así pude consumar. El secreto era lograr mantener una imagen elegida lo suficiente para… Entendí o creí entender que la gente no necesitaba hacerlo porque ya estaban condicionadas, era su mundo real y más bien se dedicaban obsesivamente a analizar las cosas que no cambiaban. Yo era un ejemplar rarísimo que vivía según una «estúpida continuidad».

Un día, obstinado de ser el único con esa convicción, fui a la iglesia-granja-refugio-subterráneo-castillo y un cura-gigoló urbano-bailador flamenco daba una misa.

No pude contenerme y les rogué pensar en una realidad fija, en la estabilidad. Me aplaudieron y sé que los dejé pensando.

El cura me invitó a abandonar el recinto (bajo el argumento de que el mundo consistente, sin cambios arbitrarios en la percepción inmediata, era dominio de la religión), mucha gente me siguió, incluso el cura. Afuera di un discurso que sospecho pasó a formar parte de la historia de la isla. Cada vez más gente se unía.

Esa muchedumbre me impresionó más que nada hasta el momento. Miles de caras que parecían un hormiguero de formas y colores de lo rápido que cambiaban con todas las expresiones y tipologías. Un espectáculo indescriptible.

Escuché decir que lo llaman «retiro a la montaña» pero sencillamente lo que hice fue huir. No podía con aquello y sospeché acertadamente que ellos conmigo tampoco. Mientras tanto me buscaban y veía de lejos un gran desorden: reuniones, discusiones airadas, incluso violentas escaramuzas y cruces de manos. Decidí partir escondido, a pesar del patrullaje de las costas.

Cuando divisé mi barco era un patito de madera gigante o un islote o un montón de escombros. De allí a que se hiciera barco… A punto de deprimirme recordé que ésa era la mera percepción, es decir, la idea mental. En vez del barco aparecía cualquier disparate pero la nave estaba allí, como siempre.

Bajé de la montaña. Había rebelión en San Nocis. La mitad del pueblo estable, el otro cambiante, lo cual creaba enfrentamientos muy cruentos. Alguien me divisó y salieron detrás de mí. Salté al agua y nadé desesperado, por instantes mi exasperación tornó el agua en arena y quedé atascado, pero en pocos minutos ya era distintos tipos de líquido. Mi nave era la de siempre, la abordé y puse las velas en la dirección posible y luego en la correcta. Los sannocianos no conocían la navegación.

Me alejé rápido y ya la isla era una franja en el horizonte. Toda percepción de entonces en adelante recobró su aspecto de siempre. Me dirigí a un archipiélago, que no mencionaré, donde había dejado a mi tripulación de descanso y me había ido solo, por la curiosidad de conocer los alrededores. No mencioné nada de San Nocis, así como a ninguno de mis contemporáneos.

De modo que se enteran por estas memorias. Y me da risa decir «memorias» porque, como saben, se forman de los pensamientos y las percepciones.

Termino este escrito con una leve sonrisa de solo recordar a San Nocis.

»

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ILUSTRACIONES: Inicial:  Composición con foto de John M. Phillips. Segunda: Lúdico.

El dique de Freud

El dique de Freud

Relatar una cosa la hace real.
Decir que algo ocurre es hacer que ocurra.
Por eso deseo contar una historia: para salir de ella.

Sucede que por muchos años tuve problemas para orinar rápida y confiadamente. Es decir, me costaba un mundo expeler ese líquido caliente si no estaba completamente solo y tranquilo. Óigase: sin compañía y sin perturbación.

Eso marcó mi vida física y también sicológica. Su esencia fue el terror, mucho sudor frío. No podía orinar en sitios públicos y a veces ni siquiera en privados. Era una lucha contra mecanismos ingobernables dentro de mi cuerpo y mi espíritu. Esfuerzos agobiantes, heroicidad trágica.

Les narraré la ida típica a un baño público sin «cubículos» cerrados. Llegar, bajarse rápidamente el cierre, sacarlo y ligar que nadie entrara. Si entraba alguien todo el sistema urológico se paralizaba.

Ese bloqueo, ese dique, tenía que ver con el rechazo a constreñir los delicados tejidos urológicos y detener el flujo contra la voluntad. Eso duele mucho. Sudar un poco, pensar y tratar de no pensar en la inseguridad, en la falta de continuidad de mis acciones físicas. En ese momento había una suspensión de la obediencia de mi cuerpo al cerebro. No podía forzar mi vejiga.

Pasaba largos minutos, allí, con él que les conté en la mano, fingiendo orinar pero no pudiendo. Si había gente yo esperaba que salieran y me dejaran concentrarme solo. Como ustedes podrán imaginarse, muchas veces hube de retirarme sin hacerlo, de vuelta a una larga ronda de innings en béisbol o a una reunión donde deseaba estar más descargado.

¿Qué terribles acontecimientos habían producido esa imposibilidad? ¿Dónde y cómo se había gestado esa patología?

Mi hipótesis de entonces: lo ocurrido una noche, alrededor de 1985. Había una reunión en el apartamento de unos amigos: música, mujeres y tragos. Se acabó el hielo o algo por el estilo. Dos voluntarios salimos a comprarlo. Era una misión de rutina.

De vuelta bebimos dos cervezas. Estacionamos y al bajar, casi en un pensamiento simultáneo, a ambos nos provocó orinar en una apartada y oscura pared, a un lado del edificio.

Todo lucía inocuo, sobre todo porque la calle estaba sola y el orine se hundiría en una franja de tierra con grama. La sensación fue deliciosa, porque la impulsaba la urgencia y un poco también la vanidad de poder satisfacer los instintos en tanto se presentaban.

La delicia se desvaneció abruptamente. Una patrulla policial salió de la esquina. Sus dos tripulantes se bajaron como saetas. Uno hacia mi amigo, otro hacia mí, tenían linternas.

— ¡Epa, epa, quietos ahí!

A decir verdad, estábamos en actitud altamente sospechosa. Incrustados en la sombra, cercados por dos carros de lujo estacionados en la acera. El ver que orinábamos no nos ayudó mucho; el acercamiento fue hostil.

Yo contraje la uretra y esto provocó un dolor muy grande, pero dejé de orinar al instante y procedí a guardar el lesionado apéndice dentro del pantalón. Luego vino la humillación de ser registrado, contra la pared, donde justamente nos hallábamos segundos antes.

Mostrar la cédula de identidad, mascullar disculpas, escuchar las típicas amenazas («Este como que duerme «encanado» esta noche») o los sermones de rigor. Eso lo hizo más tortuoso. Las ganas de orinar se evaporaron.

Por supuesto no transcurrieron más que treinta segundos hasta que nos soltaron. Subí y olvidé.

Una nueva era

Al día siguiente fui a orinar. Sentí que el líquido se desplazó de la vejiga hacia la uretra, pero una fuerza irresistible ordenó cerrar el orificio final. El represamiento fue sorpresivo. Mi cuerpo estaba protagonizando un abierto desafío al cerebro.

Era como si un funcionario menor detuviera un pasajero que ya tenía orden presidencial de salida. Al principio una reacción violenta contra la insubordinación. Luego una percatación incómoda.

YO: ¿Qué me pasa?

UNA VOZ INSONDABLE DENTRO DE MÍ: Me da miedo soltar el líquido y después tener que detenerlo abruptamente.

YO: ¿Y porqué habríamos de detenerlo?

VOZ: ¿Por qué va a ser, Marco Aurelio? Por una irrupción súbita; una sorpresa ruidosa; la necesidad inmediata de evacuar el edificio, por ejemplo, o dos policías que surgen en la quietud de la noche.

YO: Es impredecible.

VOZ: Por eso prefiero esperar…

YO: ¿Esperar qué?

VOZ: A que no haya posibilidad de interrupción súbita.

YO: Pero eso es nunca.

VOZ: Correcto, yo apunto a que no salga nunca.

YO: Pero eso es absurdo.

VOZ: Precisamente, lo que tienes que hacer es no hacerme caso.

YO: No puedo.

VOZ: Entonces tendrás que convivir conmigo…

A veces en el fondo calmo y concéntrico de un excusado, mi mente se perdía en consideraciones sobre la energía del cuerpo y lo etereo de la mente. ¿Puede la mente más que el cuerpo, realmente? Yo, humillado, tenía que aceptar que no, o no siempre o no en mi caso. De cualquier forma, «no», la palabra odiada por los optimistas.

¡Ay de mí cuando me hallaba en una fiesta donde había un solo baño público! A los pocos minutos de entrar comenzaban a golpear la puerta. Para quien orina normalmente esto es una leve basurilla. ¡Ah! Pero para mí…

Mi bloqueo aumentaba al sentir la mismísima posibilidad de interrupción. Una vez salí sin orinar, muy molesto conmigo mismo. Erré por jardines, vagué entre automóviles hasta sumergirme en el resquicio de un parque y escanciar el amarillento líquido con el placer de un sediento que encuentra un oasis del Sahara.

Luego de largos segundos en los cuales, no yo, sino ese censor rebelde que tomó por fuerza mi voluntad urinaria se percataba del murmullo de la soledad, entonces dejaba salir al viajero, abría agujeros en la tierra.

Y así seguí por largos años. Yo me posaba frente a la poceta o el urinario, miraba su blanca cerámica, cruzada por capas tenues de agua, su desagüe y sus placas metálicas desafiantes a la herrumbre.

En mis largos ejercicios de observación, había catalogado 27 tipos de tornillos; reescrito las leyes sanitarias de supervisión de baños públicos; entendido la mecánica de fluidos y quizá encontrado un auténtico confesionario y templo. Hubiera podido fundar una ciencia sobre grietas en la pared y a decir verdad sobre otras cuestiones escatológicas que ofenden el olfato.

Mi problema, al parecer, era psicosocial: un conflicto íntimo que se desató -y yo presumí que se resolvería- por una interacción social traumática. Mi propio análisis, sin embargo, era precario. Fueron días de incertidumbre y dispersión. Recuerdo divagaciones en plena exposición de la Universidad y mucho después inquietudes y temblores que espantaron algún muy buen prospecto femenino. Pedí ayuda.

Un diván o su equivalente

Nunca lo había hecho, pensaba incluso que era muestra de debilidad. Estaba equivocado. Ir al sicólogo fue pagarle a alguien para que me dejara hablar de mí mismo, para que permitiera o construyera una escenografía en la cual declamar sobre el tema, con total entrega.

Es una profesión inteligente y exitosa, por no decir muchas veces vampiresca.

Particularmente conseguí una muy comprensiva, calmada y aguda, aunque novata, recién graduada. Me la recomendó un amigo, que creo le gustaba. Su rama era lo que ella llamaba «psicoanálisis no-freudiano». Ese «no» incluía desde análisis transaccional hasta principios de la Nueva Era.

Después de sesiones preparatorias, comenzó a construir un pre-diagnóstico. El punto inicial fue, sorprendentemente, mi signo zodiacal: Virgo. Para ella yo era un espécimen muy interesante aunque un tanto estándar: un racionalizador de sus propias culpas.

— Como nativo típico de esa Casa, tú tiendes a la más pura castidad, hacia la virginidad como ser natural. No lo puedes comprender, porque no te sientes así, pero actúa por debajo, ajeno a tu percepción, es la responsable de esa conciencia moral.

Ese era el lado bueno. El Mr. Hyde de la historia era un disoluto, un ser irresponsable que quería derribar todas las barreras. Un ser primitivo y carnal que se movía en las sombras. Disfrutaba el sexo con desparpajo y, perdonen la expresión, se cagaba en la virginidad de Virgo.

En la Constelación de Virgo -me dijo ella, por cierto- hacia ese cuadrante estelar, se encuentra la mayor acumulación conocida de masa en el cosmos. Los astrofísicos coinciden que, si es cierto que el universo se mueve, lo hace en esa dirección, incluido nuestro sol, nuestra tierra y nuestros globos oculares.

Según la doctora Virgo era un atractor aunque en este caso parecía ser de problemas. El Inquisidor célibe creó un mecanismo de culpa muy poderoso: culpar al sexo, no por el bloqueo, sino por la imposibilidad de superarlo.

— Es una represión a posteriori.

— ¿Un mecanismo de defensa o una preparación para la próxima?

— No lo sé… quizá ambas y ninguna.

Su estrategia era luchar contra esa culpa, lo cual implicaba por supuesto encontrarla primero, para derrotarla como quien frena la caída hacia un gran atractor.

Como medida preventiva más que curativa me dijo:

— Se hace indispensable restringir y racionalizar el sexo, sobre todo la masturbación, en aras de no irritar la uretra al punto de generar un miedo a que la constricción del orine sea por eso. Hay que derrotar a Virgo.

No estaba mal, como pieza, pero yo estaba impaciente. Cumplida penosamente varios meses, hube de abandonar ese celibato, más pronto que tarde a mi juicio.

Si como enseñan los psicoanalistas, develar el rostro de un monstruo nos hace inevitable enfrentarlo y a veces vencerlo, éste no era mi caso, porque produje el monstruo en mi mente y no me causaba el menor miedo.

— Eso se debe a que la causa del trauma no es el episodio policial.

— ¿No?

— Es un mero detonante.

El origen del bloqueo, para mi sicóloga cuyo nombre estoy en la obligación de callar como paciente profesional, estaba en una experiencia probablemente horrible que viví de niño y olvidé.

El psicoanálisis prometía largas e innumerables sesiones, por lo cual me pregunté con mucha seriedad si estaba dispuesto a someterme a tan larga agonía.

¡Qué vaina es esa!

Suspendí unilateralmente mi condición de paciente y decidí, un día, sin más, asumir de una vez por todas mi caso. Comprendí que el punto dramático del problema estaba en los primeros segundos del acto, no en la preparación previa. El bloqueo se daba no importa cómo estuviese el espíritu.

El primer viso de cura se dio por casualidad.

Estaba trancado, como siempre, tratando de hacerlo salir. Súbitamente recordé un compromiso que tenía, muy importante, para el cual no me había preparado. Mi mente se escapó del retrete, porque en esa reunión me jugaría el cuello. Un escalofrío recorrió mi espina dorsal y entonces el líquido salió en forma tersa, como si jamás lo hubiesen obstaculizado.

Pensé: «Ahora sólo me basta crear situaciones tensas artificiales y orinar fluidamente sobre un escalofrío». Mi estallido de alegría (recuerdo que por exceso apunte el chorro hacia la papelera) fue, sin embargo, prematuro.

Al principio sí, quizá las dos primeras veces, pero como esos organismos que crean resistencia a los insecticidas, pronto los recuerdos angustiosos no funcionaron. ¿Por qué? Bueno, porque requerían un escalofrío.

El primero fue tan fuerte que funcionó la segunda y tercera vez, pero al tratar de angustiarse para generar un escalofrío terminaba con el mismo problema: cómo resolver el bloque con algo contundente, que no pasara de uno o dos segundos. Vuelta al principio.

Incluso me involucré en algunos eventos peligrosos para tener motivos, pero en general resultaba complicado construir una experiencia aterradora ante un espíritu resistente a lo artificioso. Ese escalofrío espinal, en el momento preciso, era un tesoro para mí.

Por otro lado, tomé algunas medidas, como la de orinar antes de salir o buscar sitios cómodamente solitarios, donde pudiese demorarme excesivamente sin que me encontrasen. No siempre lo lograba.

Una vez estaba muerto de las ganas. Era una importante reunión de negocios y yo llevaba quince minutos explicando sobre una pizarra. Tomaba mucha agua para refrescar la garganta y al sentir ganas no podía ir porque era un momento crítico, que se extendió por largos minutos:

— Convénzame de invertir los dieciocho millones -me retaba el cliente.

Estuve cinco minutos más aportando argumentos. Al alcanzar el tope de incomodidad pedí permiso y salí. Nunca supe si ya había convencido al inversionista. Llegué al baño y el bloqueo estaba en su máxima expresión.

No tenía tiempo ni concentración para producir un estrés y esta terrible represión me impedía angustiarme por algo tan obvio como la mismísima reunión en la que me hallaba. El sudor que ya poblaba mi frente se hizo copioso y las gotas eran una burla cruel: estaba orinando por mis poros. Allí, aprisionado, queriendo salir y no pudiendo, urgido por correr y ver si había convencido al anciano millonario.

Entonces vi una imagen. No sé como describirla pero lucía así: un barco anclado, dando tumbos cerca de la orilla, en un lago azotado por la tormenta. Atrás los nubarrones anulan el familiar atardecer de Aragua. El horizonte, condenado a un gris lunar, deja estallar una que otra explosión azul.

El cuerpo produjo un milagro accesorio: las ganas desaparecieron, de repente y aunque no pude sacar el líquido, éste pareció desvanecerse. Volví a la reunión y, mientras caminaba al podio, apunté mi dedo hacia el señor.

— Compre, no se lo pregunte más.

— Pero…

— Nada de peros ¿quién tiene un bolígrafo?

Vendimos treinta millones, pero todo fue suerte, lo juro.

La táctica agustiniana

Ese mecanismo casi bramánico me relajó mucho e hizo la vida muy llevadera. Permitióme transitar mejor los corredores tumultuosos de la vida social obligada. El fraternizar para poder vender el fruto de nuestro trabajo, amigo, eso sí es incómodo a veces.

Mi desideratum, para entonces, era una vida más silvestre, donde el baño estuviese en todas partes, sin puertas, con una vista clara del próximo visitante. Y preferiblemente ningún visitante. Era yo un «ludita» de los sanitarios.

Pero la liberación se hizo «arena y sal», como dicen por ahí, para significar que se escapan de las manos no importa cuán fuerte las apretemos. El mecanismo dependía si acaso de las emergencias que lo activaban, no de un franco dominio del trauma, como mi sanidad mental requería.

— Doctora, la llamo de nuevo, no me basta con esa capacidad, necesito aniquilarlo por entero.

— Prueba estrategias, tú eres un hombre ritual.

— Pero no quiero terapias, ni sesiones.

— No te preocupes, no las necesitas.

Y en efecto ocurrió de nuevo sin darme cuenta. El freno voluntario del orinar tenía un grave problema: era incompatible con el hedonismo que guiaba mi vida por entonces. De modo que orinar era un objeto de placer y por tanto de deseo.

Vuelta a los escalofríos, o a la búsqueda de escalofríos, mejor dicho, aquellos mismos que electrizaban mi espina cuando entraba en alguna faena romántica. El bloqueo de la micción, por efecto físico de un trauma, era un caso psicológico extremadamente interesante para quienes lo han revisado, yo, una persona de conducta normal. No obstante, vivirlo ¡oh! era otra cosa, un tormento.

El deseo de derrotarlo también tenía causas prácticas: dolía ver tanto tiempo perdido confeccionando extravagancias del mundo de los retretes, contra mi voluntad, sólo porque bastaba salir sin orinar para que las ganas retornaran.

Un día me tocó una larga. Era el baño de una tía abuela, en La Castellana, ella dormía y mi tío también. Era una larga y hermosa tarde caraqueña. Pero yo no podía salir, preso y sudoroso tratando de expeler sin esperar y temer un dolor.

Allí me dije: «Bien, puedo estar aquí toda mi vida.» Y, sin darme cuenta, la reducción al absurdo funcionó, porque me imaginé el sin sentido de pasar hambre y sueño en ese baño, o en el de la Universidad Central, o de esas fuentes de soda en el centro, o de la propia casa que en todo caso sería más cómodo.

Por primera vez pude estupidizar el bloqueo, hacerlo más pequeño que la vida. Surgió el líquido, pareció extenderse por horas y el hedonismo tuvo allí su clímax.

Entendí que el secreto de mi problema estaba en el tiempo, en la consideración del tiempo. Cómo transcurre, hasta dónde sucede, cuánto dura el nombre de algo.

No era pensar el tiempo, sino sentirlo. ¿Cómo puede uno engañar a su propio cuerpo sobre la base de una actuación teatral? No, no se puede.

La comprensión no es uniforme. A veces llega por un ejercicio racional, sistemático; pero en otras oportunidades el entendimiento se da en un plano dérmico.

Ese entendimiento es profundo, porque nos pone a vibrar. Su vislumbre es clara, sin ruido, como quien observa en un día soleado y seco. Es una visión sincera. Ocurre y ya.

Y he allí mi gran limitación: la percepción del transcurrir del tiempo, como convicción inevitable del cambio perpetuo que nos rige, tenía que ser natural, no forzada, un estado de meditación para el cual -lo confieso- no estaba preparado.

San Agustín decía que cuando pensaba en el tiempo no lo entendía, pero que cuando no pensaba en él sí. Igual ocurría en mi caso, bastaba no importarme la situación actual, estar un poco fuera de mi mismo, para sentirme sumergido en el río temporal, el mismo que dio la clave a Sidharta.

De modo que era una muy compleja forma de percepción: una inconsciente, que desataba ese otro río, amarillo y desesperado.

No siempre funcionaba esta finura intelectual y, de hecho, dejó de dar resultados cuando su falta de contundencia se impuso. Vuelta al origen, pasé meses sumido en el bloqueo.

En una sesión intensiva, en un baño antiguo y semi olvidado en Nueva York, sentí de repente un vacío extraño al pensar: «Seré nada». Es decir, no importa lo que haga o deje de hacer. Si me quedo aquí toda mi vida, aquí quedará mi cadáver. El orine salió al instante.

Angustia no agustiniana pues

No sé si era la angustia de buscar mejores cosas que hacer que contemplar grafitis frente al urinario o una auténtica aprehensión de la sensación de la muerte, del cesar, del instante mágico que contiene todas las edades y los afanes y las respuestas.

Nunca llegué a ese instante, sino a una especie de antesala, pero era suficiente para producir el «escalofrío supremo», aquel que derrotaba toda malcriadez temporal. Esa sensación de la no sensación activaba la micción como si nunca hubiese sido afectada.

Ahora ¿estaba feliz? No. El logro de un «escalofrío supremo» es difícil, porque la vida en todas sus facetas conspira contra la idea de muerte. Nos vemos, al decir de Espinoza, «bajo el aspecto de la eternidad», con la inconsciente y falsa convicción de la persistencia.

De modo que el ejercicio resultaba baladí si no se acompañaba con una sincera profundización, un aislamiento oscuro del alma, un corredor donde nos dirigíamos a toda velocidad hacia el fin de nuestros días. Esas fueron las conclusiones que elaboré y discutí por teléfono con mi psicóloga, o ex psicóloga o protosicóloga.

Probé la meditación y logré algunos resultados. Pero la meditación emulaba la vida y al final nunca conducía a la muerte. El «escalofrío supremo» hacía salir el orine al instante. Lo malo era que se convirtió en un desafío religioso y no tenía ni fe ni persistencia para una religión formal, mucho menos una informal con pretensiones terapéuticas.

El stress sexual dio resultados por un tiempo. Se trataba de imaginar un corto circuito, que es como una especie de muerte. El orine también salía, pero igual se trastocaba el mecanismo cuando no había concentración. Lo sexual también acarreaba los peligros del exceso: un flirteo con lo morboso.

Para mi doctora el gran atractor no cesaba en sus subterráneas maquinaciones. Me sugirió la creación de un personaje, una imagen didáctica para que mi estupidez se exacerbara y mi cuerpo recobrara la cordura.

Y como me dejó la responsabilidad de inventarla, yo creé a una señora gordita y de pelo negro, ajena a la humana compasión pero también a la vergüenza.

Su timbre de voz, de por sí, era humillante, como quien nos considera de un cociente intelectual menor de 20. Jamás conjeturaba: explicaba. Nunca argumentaba: describía.

He aquí un notorio monólogo, en un baño de hojalata en Río Chico, bajo un sol abrasador. Digamos, 40 grados a la sombra:

— OK, señoras y señores, bienvenidos, ahora vamos a orinar, dicho así de simple porque si hay algo fácil en este mundo mis queridos pitoquitos, es orinar, botar un liquidito por el huequito al final del pipí. Este acto natural, que viene por sí solo y nada lo detiene (claro, en individuos que tienen algún valor social, por supuesto), es insensible a cosas tan insignificantes como 40 grados a la sombra, a menos, por supuesto, que seamos ligeramente retrasados mentales.

¡Ja! Salía el condenado como un flujo efervescente y vencedor, entregado al suelo, a aquello que lo contuviese. Ese día oriné y sudé litros de agua, por cierto. El resto del tiempo, cuando hacía el pequeño acto de subestimación, funcionaba a la perfección.

Sin embargo, también la maestra se desvirtuó porque se hizo «maldita», es decir, una inmisericorde predicadora, fanática, el disfraz del gran atractor y la venganza de Virgo: la derrota del sexo libre por la moral.

En mis largas correrías por los mundos del trauma, hube de crear innumerables subterfugios. A veces construía mentiras para poder darme la razón. Eran necesarios para proporcionarle algún sentido a las situaciones más extrañas, o al pensamiento sobre tales situaciones.

Mi imposibilidad era variable, caprichosa, dependía de circunstancias que no formaban un catálogo lógico aunque sí, con el tiempo, uno más o menos sistemático.

Hice una pequeña lista de lugares y situaciones en las que era propicio o no orinar:

MUY DIFÍCIL: Si hay botes de agua, remolinos en la poceta o grietas que dejaran escapar agua hacia el piso. Razonamiento: Si yo no tengo goteras luego estoy sellado ¿cómo puede salir de mí el líquido?

EN MENOS DE DOS MINUTOS: Cuando un almanaque de mes completo cuelga a la vista, porque me regalaba sin darme cuenta una consideración agustiniana del tiempo.

CASI NUNCA: Si hay una ventana que permita ser vistos.

INFALIBLE DE NOCHE: Rodeado de ídolos católicos, por aquello de la muerte.

JAMÁS: Con una puerta que no cierra bien o del todo.

AL RATO: Si se oía a lo lejos el mar.

— Tu rollo no es sexual -díjome un día la doctora. Es de naturaleza emotiva, pero individual. Es producto de un choque o de una caída.

Esas palabras me atormentaron y no las entendía. De cualquier forma despedí a la muy antipática gordita. Me dediqué, yo mismo, a hablarme de frente, a tratarme de tú a tú, a emplazarme. El punto que encontré fue el orgullo propio.

— Me precio de ser inteligente pero ¿lo soy? Pues no tanto como creía porque no puedo dominar el cuerpo con la mente. Es una lástima no ser como uno quiere, ni alcanzar aquello por lo que salivamos. Quizá la inteligencia no está o no nos sirve de mucho, como el dios de Epicuro: si existe se olvidó de nosotros. A pesar de nuestra superlativa capacidad para entender el pasado -o creer entenderlo, por supuesto-, es patética la capacidad de acertar el futuro.

Esa ironía magistral me dejó entonces con un mecanismo poderoso, que pareció derrotar el bloqueo, pero no del todo. El pensamiento surgió así: «Dios existe ¿no es así Dios?» Y al decir Dios un escalofrío plateado, rápido y lento a la vez, cruzó mis huesos y mi piel, para liberar el líquido una vez más.

Van Gogh decía a su hermano Theo, que al enfrentarse a su lienzo experimentaba «un principio de religión». Mi ironía me trasladó, sin muchas armas tampoco, a la inefable antesala del Ser Supremo.

Eso fue fundamental para mi vida, pero pronto falló y estaba yo sin orinar pensando teología. Delicioso, pero ineficiente.

— Marco Aurelio, deja de engañarte a ti mismo. Nunca lo lograrás si no te enfrentas con el pasado. Los policías son meros detonantes.

— Pero proponga algo, estoy seco de ideas.

Y entonces sugirió aquello que me curó para siempre.

Bajar al pozo

La oficina de mi sicóloga era oscura, aunque con plantas y su dotación lucía contemporánea: un televisor, una PC, fotografías enmarcadas. Corridas las cortinas incluso emulaba un consultorio médico más que la guarida de un brujo.

Mi sicóloga no era muy ducha en hipnosis, incluso había ejecutado pocas -como después averigüé- y no se había formado una opinión seria sobre los resultados. Pero yo insistí, ya desesperado. Sus pacientes aceptaban sentir algo parecido al sueño, no muy espectacular y ella tampoco estaba muy segura.

La primera que funcionó fue en la mañana, en ayuno. Asistí a su consultorio muy temprano. La sesión duró mucho y fue inicialmente frustrante. Mi mente se rehusaba a entrar en fase mesmérica. La sicóloga intentó con la paciencia del experimentador.

Se apoderó de mí un relajamiento a ratos invencible. La sicóloga insistía en que estaba cansado, en que los miembros pesaban mucho. El peso y el «despeso» eran fundamentales. Hacía hincapié en mi comodidad. Estaba cómodo y relajado. Sereno y a la vez lúcido. No sentía ni los pies, ni el tronco, ni la cabeza, ni las manos. De pronto me olvidé del cuerpo.

Por instantes me sentí como una pequeña esfera de luz que flotaba en el aire, bamboleada por el viento, sin mayor voluntad sobre su dirección o velocidad. Lo único que sentía era un uso de mis sentidos y mis pensamientos, pero no de mi peso o de mis miembros. Al rato desperté.

Siguieron otras, cada vez más profundas y se repitieron más de lo que yo hubiera imaginado. ¿Resultado? Terminé tomándole un cierto gusto. Al principio se lograba una indudable ensoñación, aunque en realidad nada que no hubiera podido romper con algo de esfuerzo.

— Es el mundo de Morfeo -me explicaba mi doctora. El otro, el onírico es del dios Hipnos. De modo que «hipnosis» implica un estado de sueño del cuerpo, no de la mente, para que pueda estar activa y, cómo decirlo…

— Ingrávida -me permití intervenir.

— Exacto.

La mente que vuela, he ahí el quid del asunto. Imagínense un sistema tan eficiente como la mente, capaz de volar como una mota luminosa y dirigida. No contentos con poder tomar cualquier velocidad, resulta que nos es posible recorrer físicamente los tiempos dentro de la propia memoria.

Mi psicóloga (y he aquí una clave que facilitaría su identificación), desarrolló una terapia hipnótica de «mente voladora».

Empezaba como un mero deslinde de lo consciente, vapuleado por la brisa. Poco a poco, a medida que uno colaboraba más, esta ruptura producía motas luminosas más definidas y permitía ejercer más voluntad sobre su trayectoria y aceleración.

He aquí una inducción de la fase media:

— Estás cómodo, los brazos pesados que caen por sí solos. Poco a poco dejas de sentir la columna vertebral, las piernas, ya incluso la cabeza no se siente. Estamos flotando, no pesamos… qué cómodo. Ahhh. Qué rico. No hay cuerpo, sólo mente, la mente flota porque el cuerpo está dormido. Sin ese voluminoso teatrino de ochenta y cinco kilos (estás un poco gordito), sin esa armazón de hueso y piel, la mente se puede desplazar por las distancias y los tiempos. Uuuuu. Qué cómodo. Por favor, Marco, voltea ciento ochenta grados. A tus espaldas hay un corredor, largo, el fondo sumido en negra noche. Ese corredor llega hasta las riberas del Orinoco, pasando por los Valles de Aragua y La Victoria. No tienes que caminarlo porque la mente, que es un globo incandescente con tu rostro en él, se desplaza como volando, a una velocidad que el cuerpo sólo sueña.

De allí no recuerdo nada, excepto que una fracción de segundo después ya estaba despierto.

Mi doctora tenía la mano en el corazón y su rostro revelaba un choque que me era imposible entender. Fue mi primera «regresión con la conciencia oscurecida».

— Estuviste siete minutos en estado inconsciente, una especie de salida por fin. Tu voz me heló la sangre, más aun lo que dijiste.

Yo me había asustado: «¿Y qué dije?»

— Primero cosas muy extrañas, Marco, el nombre Temístocles repetidas veces, una tal Raquel de nombre torcido, algo sobre un secreto en las olas. Yo estaba muy asustada, apenas pude escribir. Luego dejaste de hablar y comenzaste a emitir una especie de reverberación interna, que sólo después de mucho se hizo audible. Hablaste de la fiesta en una finca, eso sí lo entendí muy claro. Humo, amigos jugando, una cerca «con fallas». Luego comenzaste a decir: «No tía, no», con cara de persona que quiere razonar pero ojos muy cerrados. Volviste a Temístocles, al cual le agregaste, «de Burgodea». Entonces ocurrió, Marco, lo verdaderamente escalofriante.

— Qué pasó…

— Apretaste mi brazo y dijiste, con pavor: «¡Me muero!»

Te intenté despertar y seguías diciendo: «Me muero», ya incluso en un tono más despreocupado. Hice un chasquido al azar y despertaste. No supimos más de eso por un buen tiempo.

Yo estaba muy excitado. En sesiones posteriores, inmediatas a mi solicitud, el grado de inconsciencia aumentaba e igual así la distancia recorrida por la mente ingrávida dentro de mi propia memoria. No obstante, no llegábamos al hecho, al punto, al meollo. Hasta un día en que sí llegamos porque apareció el recuerdo con plenitud de detalles.

Quién es quién, qué es qué

Poco a poco se fueron desenredando ciertas marañas, aunque se complicaron otras. Lo de Temístocles de Burgodea tenía que ver con el personaje de un cuento que leí a los nueve años. Era un alquimista, mago de una corte medieval, que pregonaba la «mecánica corporal», es decir, el cuerpo como engranaje de mecanismos internos y no divinos. Un hereje.

La «Raquel de nombre torcido» era una niña que tenía un collarín de accidentada. Cuando me dijo por primera vez su nombre a mi me pareció que el nombre salió doblado, siguiendo la trayectoria curva de su cuello malogrado. Su rol en mi trauma parece ser cero.

El secreto de las olas es una filosofía, acaso oriental, de la que aprendí cuando adolescente. Reza así, más o menos: las olas no sólo llegan a la orilla, sino que se retiran de ella. Por tanto, todo viaje hacia el futuro de nuestras vidas también lo es hacia el pasado. Cada movimiento hacia los demás es uno dirigido también a nuestro yo. Su relación con el bloqueo aun la estoy buscando.

Lo de la finca fue más difícil de ubicar y hube de indagar con mis padres. La tía permaneció en la oscuridad interpretativa.

Las sesiones se sucedieron y la doctora las grababa.

Es terrorífico, lo juro. No sólo porque la voz no suena nuestra sino porque no es nuestra.

La pequeña grabadora de mano yacía íngrima, sobre un papel blanco. El casete, accionado, reprodujo entonces una sesión por demás inquietante y de la cual nada recordaba.

— Sí, estoy por fin en un lugar… -dije con una voz que no era de este mundo.

— En un lugar agradable, oscuro pero confortable y tú sigues muy pero muy cómodo, acostado, dormido. No tienes cuerpo…

— Ojalá no tuviera cuerpo porque flotaría sobre el agua.

La conversa fue larga. A ratos era un monólogo semi coherente y, después, súbitamente, como salida de un volcán, la voz se tornó en un grito desgarrador:

— ¡No tía, aquí no, así no!

La psicóloga intentó despertarme y entonces volví a asirme desesperado a su brazo:

— ¡Doctora, gente de la fiesta, me ahogo!

Desentrañar estos misterios tomó su tiempo, pero ya no los aburriré más. Indagamos con familiares, libros, fotos. Las sesiones se concentraron en la tía y en el ahogo. Una vez desperté desesperado del estado mermérico, a pesar de estar muy profundamente inconsciente.

— Así sería tu tensión, Marco. -Se asombraba mi «shamana».

Después de estos episodios intensos ella dio su veredicto, que junto a mis propios ajustes, se expresa así:

Tres meses antes de cumplir dos años, mi tía me llevaba en el carro. Me dieron ganas de orinar y le pedí, en mi lenguaje babélico, que me ayudara porque estaba fuera de mi casa y, sobre todo, lejos de mi mamá y no podía resolver el problema.

— ¡Pipí, pipí! -grité.

Ella, inocente, detuvo el carro y llevóme a un claro de la carretera. Bajó mis pantalones y me colocó en posición idónea para lanzar el chorrito. Pero ¡oh! ella ignoraba que yo había sido entrenado durante seis meses (una cuarta parte de mi vida) a orinar sólo en la bacinilla. No en el suelo, jamás en la cuna, anatema en los pantalones. ¡En la bacinilla!

Yo no pude orinar y balbuceé que nos fuéramos. Mi tía interpretó que había sido un capricho y retomó el camino. El resto es historia.

Sin embargo, en todo el acto de regresión se colaron otras cosas que ¡vaya Dios a saber! si tienen o no relación. A los ocho años asistí con mis padres a una fiesta. Era una finca que colindaba con el majestuoso Lago de Valencia. El día lluvioso había dado un receso.

Frente a la casa esta gran masa de agua no se veía claramente por una gran cerca tapizada de matas. Había mesas en la grama y mis padres junto a otros invitados conversaban animosamente. Guiados por un movimiento browniano, decenas de niños correteábamos entre los manteles, pocos hacia la cerca.

Yo me alejé del grupo y contemplé un agujero en la cerca bien mimetizado por las enredaderas. Me acerqué al entramado y pude ver el artificio que el azar lograba: parecía cerrado, pero incluso las grisáceas aguas se dejaban traslucir. Crucé aquel orificio y, como si hubiese atravesado una pared, pronto estuve del otro lado y el sonido de voces y copas se desvaneció. Frente a mí otra barrera, natural, alzaba sus frondosas ramas y me impedía ver el lago en su extensión.

Bordeé los arbustos y pisé una especie de playa. Había una mata de palma y el contacto del agua con la costa estaba tapizado por un alga babosa. Comenzó una brisa fuerte. La superficie del lago se erizó e igual así mis vellos. La vista era bella y poderosa.

Hice equilibrio sobre unos peñones y caminé hacia un muelle natural. En pocos segundos comenzó a llover. La lluvia fue tan fuerte y repentina que perdí momentáneamente la orientación hacia la cerca. Tampoco me pareció mala idea mojarme e incluso meter mis zapatos en la orilla del lago.

Pero ¡ay de mí! que al tratar de abandonar el muelle natural pisé un tronco hueco y colapsó la estructura por completo. El promontorio, precario sin parecerlo, se precipitó al agua y yo caí de bruces. Mi sensación fue de terror, porque el agua estaba muy fría y la visibilidad adentro era nula.

Al emerger ya no sabía donde estaba y comencé a ahogarme. Me agité desesperadamente pero eso empeoró las cosas y en un momento dado me pareció girar sobre mi eje y no ver tierra alguna. La brisa helada, una corriente o un aleatorio movimiento de mi nadar aturdido, me empujó a unas ramas que me permitieron sujetarme y, luego, trepar semi ahogado a un borde de pantano.

El esfuerzo fue tal que casi me desmayo. Mi madre me buscaba preocupada, creyéndome dentro de la casa. Cuando salió al jardín el pequeño ciclón se había transformado en una llovizna y aparecí yo, empapado, pero impertérrito. Por dentro lloraba y jadeaba, pero por fuera no dije ni una palabra al respecto.

Para mi doctora, yo había deformado ese hecho, haciéndolo ver como el recuerdo difuso de un chapuzón fallido, cuyo cenit fue el susto de confundir un tronco con un caimán. Al recordar y entender lo sucedido, pude resolver problemas colaterales que jamás sospeché que tuviesen su germen en ese mal paso. Por ejemplo, mi extrema temeridad en el mar se aplacó bastante desde entonces, porque recordé que surgió precisamente del terror de ahogarme.

El agua arrasa el dique, pero también el pueblo a sus pies

De modo que aquel evento simple de rompimiento de normas, aquella generosa invitación a mear frente a una autopista, fue mi primera malinterpretación y me produjo una latencia que explotó cuando los dos polizontes nos asaltaron. Saber eso y conjugar un poco lo mejor de la terapéutica aplicada, me devolvió a la normalidad urológica y a una vida con otros inconvenientes, sí, pero otros.

Nunca más tuve sesión sicoanalítica o hipnótica. Ahora soy amigo de la psicóloga e incluso la he asistido en sesiones mesméricas con terceros.

Orino cuando quiero, incluso cuando no tengo ganas. Podría hacer una competencia pública de orinar más fuerte, por más tiempo o con el chorro más certero, aunque no lo haga. Abandoné por completo la investigación científica del mundo de los sanitarios.

A pesar de mi liberación, extraño con vehemencia el bloqueo, porque produjo en mí grandes transformaciones y descubrimientos. Al contar esta historia he salido de ella tan enteramente que la extraño, extraño sus momentos e incluso su sobrecogedora tensión.

Vuelvo a mis consideraciones «baño adentro» y las encuentro triviales, sin la profunda carga que tuvieron entonces.

Mas son cosas que pasan. Es menester enfrentar grandes obstáculos para clamar heroicos trabajos. Quizá es necesario desafiar lo más fuerte y terrible de nosotros para poder descubrirnos en todo nuestro esplendor. Pero no podemos vivir las historias para siempre.

Ésta, por ejemplo, se ha terminado.