Metáfora de lógica y absurdo

Metáfora de lógica y absurdo

En una alta y nublada montaña un aprendiz presenta el examen final de clarividencia ante el Maestro Adivino. La prueba consiste en una sola adivinanza.

– ¿Vas a ser aprobado o reprobado?

El aprendiz contesta: “Seré reprobado”. ¿Cuál debe ser el veredicto del Maestro?

Veamos. Por lógica, si acierta lo aprueba y si no acierta lo reprueba. Si el Maestro lo reprueba el estudiante acierta y debe ser aprobado por justo acuerdo. Pero si el Maestro lo aprueba aquél no acertaría y debería ser reprobado por fallar. Y entonces si lo reprueba… Regressus in infinitum…

Esta ingeniosa paradoja me pareció una elegante travesura intelectual. Una inocente broma que gastaría entre mis amistades. Y así hice.

Estallaban de risa al advertir que, si podían, no debían y viceversa. Cambiaban rápidamente de tema. Paseé mi acertijo con deleite hasta que me topé con Zetaté, amigo con quien comparto ciertos fantasmas.

Después de reflexionar con inusitada seriedad, comenzó el siguiente diálogo:

ZT: Debe ser reprobado.

YO (MECÁNICAMENTE): Pero, cómo, si lo aprueba estaría acertando porque él predijo…

Negó con la cabeza.

ZT: Olvida la antinomia, olvida el aprendiz. El juego no tiene salida si razonamos por lógica, cualquier posibilidad nos lleva a contradicción.

Se arrellanó en el sofá y encendió ritualmente un cigarro. Yo ya imaginaba lo que vendría.

YO: ¿Y qué propones?

ZT (A LA CUARTA BOCANADA): Bien, el futuro es la porción incumplida del tiempo ¿no? Pase lo que pase siempre “será”… más allá del estricto y fugaz momento.

YO: Puede haber muchos futuros.

ZT: Entonces o acertar es imposible u ocurre solamente en uno de los muchos futuros.

YO: Sí, cierto.

ZT: Volvemos al principio… En cualquiera de los mundos, sólo Dios o la divinidad o lo sobrenatural pueden hacer una cosa y luego ubicarse antes de ella, hecha antes de hacerse. El Adivino participa de una vislumbre divina: no puede modificar nada, pero lo ve antes de hacerse.

YO: Antes de hacerse…

ZT: La predicción detallada y precisa del futuro, con matices y todo, vista antes de ocurrir, no es “natural” en el humano. Nuestro éxito se basa en nuestro aprendizaje intuitivo y luego estadístico. Pero clarividentes no somos, porque la estadística es aproximación. Claro, eso si el maestro no es un farsante…

YO: No, es un Adivino de verdad verdad.

ZT: …si es así, participa de un poder sobrenatural que determina ese futuro. Si estaba destinado a ser reprobado, debe serlo por cuanto el adivino sabe lo que va a suceder. La ética del problema queda entonces: Si es un adivino de verdad y acierta hay que reprobarlo. Si es un adivino falso hay que reprobarlo también, así acierte.

Traté de rebatir pero me sentí desarmado. Mientras hacía tiempo para analizar el asunto, traté de inspirarme en la famosa Navaja de Occam.

YO: Para mí, más allá de lo divino y del porvenir, nuestra paradoja plantea una cuestión de lógica simple: si adivina aprueba, si no reprueba.

ZT: Eso ya lo dijiste.

YO: Pero ahora lo digo en otro tono: el veredicto no puede quebrantar esas reglas, pero tampoco puede no hacerlo. Si el aprendiz contesta: “Seré reprobado”, no podemos decidir, porque en cada caso necesitamos ambas. No se toleran y están condenadas a vivir juntas.

ZT: Como muchos matrimonios -dijo sonriendo.

Al rato, más serio:

ZT: Concibes Maestro y Aprendiz como artificios o marionetas de un juego lógico. En las cofradías de alquimistas, como tú bien sabes, en las tierras donde habita la Magia, hasta las leyes físicas difieren por espejo cóncavo. Debe ser castigado por tramposo…

YO: El Maestro Adivino (que no es un farsante), conoce el porvenir preexistente pero no tú ni yo. Eso pide el problema: uno de ambos dictámenes que satisfaga las reglas lógicas sencillas. Dame una razón para sustituir la lógica por una ética.

ZT: Ninguna, si tu razonamiento se desplaza por los estrechos corredores de la lógica. Si Dios (lo divino) determina el tiempo y permite al Adivino beber de un pozo de clarividencia, no me hables de una lógica que comienza por excluir la misma noción de divinidad.

YO: Recuerda que hablamos de un juego “mental”, con posibilidad para restringidos milagros. Su planteamiento es deliberadamente caótico, como un laberinto mental.

ZT: Este acertijo, preso en tus laberintos mentales, resulta incompartible. Si acaso tiene algún interés, lo encontraremos en su aplicación a la magia. Las condiciones que altera su práctica, las deformaciones que produce en la causalidad de fenómenos, permiten que el Adivino lo repruebe sin apelaciones, porque su poder sobrepasa tu lógica, o la transforma.

YO: ¿Cómo?

ZT: Debe ser reprobado por contestar de forma que contradice la lógica en ambas direcciones. ¿Hay un sentido oculto para que haga tal cosa? Quizá, pero yo tomo posición por reprobarlo, por intentar descarrilar la ética con una lógica paradójica. De acuerdo con tu “lógica”, el fracaso de tu aprendiz engendra un triunfo fraudulento y encima “irrebatible”.

YO: Lo piensas desde la ética.

ZT: Si la divinidad existe, es más probable que actúe por ética que por lógica. No el problema, sino la manipulación de las palabras en su formulación es lo que trastorna la coherencia. Si el Aprendiz contesta: “Reprobado” debe ser reprobado ipso facto. La lógica queda reconstituida, porque ahora dice lo que antes no dijo, para confusión de todos.

En este punto de la conversa no había vuelta atrás. Habíamos pasado de un juego a un “tópico”. No me di por vencido.

YO: Si no conocemos el futuro, el dictamen y la predicción son lo mismo, porque no importa si tal decisión iba a ser, sino cuán bien la argumentemos. De hecho, si ocurre es porque iba a ocurrir y punto. Si la magia tiene sus propias leyes, han de ser secretas, legibles quizá para los iniciados o no siempre manifiestas de la misma forma.

ZT: ¿Qué quieres decir?

YO: Que podemos argumentar a favor de aprobarlo.

ZT: Lo dudo.

YO: Si los dictámenes de la divinidad nacen en un pozo de arcanos, nada me impide pensar en una orden secreta que apruebe al aprendiz, porque Dios y las cosas de Dios (como la clarividencia) son inescrutables y obedecen a un sentido ajeno a nuestra percepción y juicio.

ZT: Eso mismo.

YO: Bien ¡Yo clamo que también puede ser aprobado!

ZT: Siendo inasequible a la divinidad, la ética desconocida se puede variar a placer…

La discusión se extendió por algunas horas y de ese tópico saltamos a otros no menos inquietantes, como la paradoja de las ruedas dentadas que no se tocan, por ejemplo, o aquella de las nueve rejillas entrecruzadas de un tinajero. Por el bien de nuestra fructífera amistad y evitando desgastar prematuramente el tema dejamos la consideración de esta paradoja hasta una especie de tablas intelectual.

He intentado volver al tema, pero mi amigo lo elude inteligentemente alegando que el adivino no necesitaba preguntarle al aprendiz para dictaminar si era mal adivino. ¿Acaso el Maestro no sabía, de antemano, si debía aprobarlo o reprobarlo? Y al disponerse a preguntarle ¿no sabía que el aprendiz respondería: “seré reprobado”?

El ejercicio no deja de inquietarme: a la luz de la lógica, no acepta opciones; en el absurdo, las acepta todas.

Esto tampoco soluciona el problema, pero deja un sabor de conclusión que permite pasar con fluidez a un nuevo desafío intelectual.

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ILUSTRACIÓN: Lúdico.

Hazul

Hazul

A Yoyiana

Y aún me pregunto: “¿Quién detendrá la lluvia?”
Creedence Clearwater Revival
 

I. A Don Nicasio lo hizo famoso un reportaje que publiqué hace 20 años sobre unos deslaves en la zona costera central.

“Aguacero de una semana mantiene en ascuas a vecinos de Cristo Redentor” (titular). Bajé a la costa y encontré montañas de escombros en el camino.

La lluvia había amainado contra el pronóstico de los expertos. Hice reporte de daños, entrevistas con lugareños y funcionarios, todo parecía rutinario aunque trágico.

Alguien al cruzarse conmigo y ver mi credencial de periodista, mencionó a Nicasio. Me dijo que había “repetido el milagro” de detener la lluvia y con ella la tormenta misma y el deslave. Lo describió como”iluminado”.

Los caminos hacia su lejano domicilio estaban bloqueados o intransitables. Algo de curiosidad malsana y obsesión, sin duda, me impulsó a la finca montañosa donde -luego de escalar una colina de escombros- Don Nicasio no quiso atenderme y ni siquiera dejó que lo viera.

Su esposa me rogó no entrevistarlo, que él no quería hablar con periodistas ni políticos. Ambos, según ella, interesados en su historia para provecho personal.

Tuve que alojarme en una pequeña pensión e insistí hasta que Nicasio mismo, al verme parado en la verja del frente, pidió desde lejos que me dejaran pasar. Tendría unos 38 años pero parecía casi de sesenta. Se veía débil y sin  embargo nervioso.

– Recompensaré su determinación -me dijo. Le contaré algo que nadie sabe. Todo porque siento que ya de la próxima no paso.

Contó que muchos años atrás hubo unas tormentas sostenidas. Duraron más de la cuenta y pronto bajaron los ríos crecidos azotando colinas y caseríos. Vio cuadras colmadas de agua enlodada y tallos gigantescos flotando en los improvisados río.  

Una noche se dejó bañar por la lluvia, cerró los ojos. Sintió un haz de energía entre él y el agua que se precipitaba. Según su testimonio, recibía esa energía a costa de una agotadora faena de concentración.

Esa concentración (dada su falta de entrenamiento al respecto) requería forzosa presión muscular, resistencia al frío y lo dejaba exhausto. A eso agreguemos largos períodos sin comer y dormir, “redirigiendo y casi rebotando energía cósmica”. ¿Dónde? Ora en un oscuro cuarto, ora al aire libre azotado por aguaceros de medianoche.

Su fama, digamos, pública fue asunto de unos pocos místicos y beatos. Pero secretamente era invitado por diversas sociedades secretas a ejercer su indescriptible don en otros lares. En Anzoátegui dispersó un huracán categoría 3; en Mérida evitó deslaves (porque también enfrentó la nieve) y en Vargas redujo un cataclismo a una vaguada menor.

Pulverizar una nube podía tomar horas o días. Separar las masas de modo que no fueran tan pesadas… posible si el rango de visión era amplio. Y lo más efectivo, atacar la concentración antes que tomara fuerza, para alborotarla y atomizarla a tiempo.

Era luchar contra volúmenes que lo excedían como un gigante a un insecto. La desatención a la familia, el aislamiento en un cuarto para luchar contra las fuerzas salvajes de la meteorología, el descuido ante las necesidades diarias le crearon una imagen de profeta clandestino, de excéntrico indescifrable. Otros llegaron a creerle y a seguirle.

Me contó su esposa que aparecía de repente en la sala sucio, mojado, llorando, con pedacitos de vómito adheridos a la barba. Se desplomaba y una vez debieron administrarle suero. “Un haz azul” -le dijo- “así lo veo con los ojos cerrados.”

Llegaron a encontrarlo desmayado, casi ahogado en un pozo, en par de ocasiones estuvo grave en el hospital. Pero lo cierto es que aquel deslave y éste último habían terminado antes de lo esperado… tal como lo estimó Nicasio. “Un haz azul”, me confirmó. 

“El paraguas espiritual de Nicasio” fue un recuadro dentro de un reportaje sobre cómo Cristo Redentor se recuperaba del deslave de marras. Terrible titular, por cierto, cuya responsabilidad asumo. Nicasio tuvo más notoriedad de la que hubiera querido. Hicimos una entrevista posterior y un sucedáneo del artículo inicial y varios medios de la competencia procedieron a hacerlo suyos con historias que iban del reportaje serio a la prensa sensacionalista. Pero la cobertura no fue intensa.

El tópico no se retrabajó en el periódico y murió de mengua en el interés general.

II. Ahora bien, todo lo anterior ocurrió “según Nicasio”. Poca gente en el pueblo daba crédito a la historia o el rumor, su propia familia le “creía” por condescendencia. En los medios ganó muchos “fans”, pero al final terminó más como leyenda urbana que otra cosa. 

Había algo en su convicción, en su vida ascética y de buen juicio que mitigaba la sospecha de demencia, pero por otro lado lo insólito de su recuento, de su supuesto método, de cómo abandonaba toda racionalidad por días… invitaba a pensar en algo loco o falso.

Nicasio me confesó que no esperaba que le creyeran. Que sólo me pedía difundir sus palabras. Y así hice, llegando a conceder que Nicasio ciertamente creía lo que decía. Pero, hay que aceptarlo, más allá de eso no le otorgué valor veritativo. Ni científica ni místicamente.

Pasaron 20 años.

III. Hace unas pocas semanas, lamentablemente, ocurrió en la costa otro derrumbe masivo por efecto de lluvias incesantes.

Se extendieron más de un mes con un pico de casi dos semanas seguidas. Los reportes fueron preocupantes y el noticiero de TV donde trabajo bajé a cubrir las labores de rescate para el noticiero de TV.

Al llegar me sorprendió ver un cielo despejado y un sol abrasador. Pero el pueblo estaba golpeado mas no devastado, montones de lodo flanqueaban las calles, ah, pero si hubiera llovido un día sería otra historia. 

Caminando un poco azorado, topé con un pequeño grupo que rodeaba el cuerpo sin vida de un anciano muy decrépito. Una mujer colocaba flores sobre su paltó empapado y rodeaba su cuerpo con pequeñas piedras blancas. Me costó reconocerlo, pero era Nicasio. Su rostro estaba maltratado aunque sereno, como un santo que inicia otro camino.

IV. Lo observé por un rato. Me sentí culpable, ingrato, negador de milagros. Porque en ese instante, en esa ráfaga de visión de un rostro presente y ausente, tuve por fin la convicción segura e indudable de que Nicasio Talavera había detenido las tormentas con un hazul que salía de su indomable corazón.

 

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Ilustración: Lúdico. Publicado el 15 de marzo de 2015.

Canción Who’ll stop the rain?
Creedence Clearwater Revival (letra en inglés)
http://youtu.be/We2-EZElsro

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ILUSTRACIÓN: Lúdico.

Las dos visitas del señor F.

Las dos visitas del señor F.

1. PRIMERA (Hace 37 años)

Ahora le da por pensar en el futuro. Hoy le entregan el premio Nobel de Literatura. Se ha dicho que es el primer “Nobel de la ciencia-ficción”, calificado por la prensa como “emblemático” por lo justo aunque tardío para otros grandes autores. Ahora bien, nada de eso le importa.

La ceremonia es tensa, como esperaba. Sus nervios casi colapsan. Le invade un frío tembloroso. Lo asedian cámaras minúsculas desde los estrados, sobre los hombros de operadores, colgadas en largos y finos brazos servos.

Produce su pequeño teatro mental de desastres: imagina el frac atorado en la silla o todo él yéndose de bruces sobre el Rey de Suecia o simplemente balbuceando a la hora del discurso. Siente que hoy confluyen, al menos, dos series temporales. Mira a los fotógrafos y se dice: “Uno de ellos tomará una foto que vi hace 36 años. La única evidencia que tengo de este momento anunciado.”

La ceremonia tarda más de lo estimado. Su mente se evade como siempre a aquella tarde de 1979, en casa de su abuela, a donde solían pasar parte de los domingos. Buscaba a su madre Sara para mostrarle un cuaderno. Era su primer intento de relato de ciencia-ficción, una historia ilustrada. Tardó semanas en realizarlo.

El argumento era simple: los hombres colonizan la luna, otros planetas del sistema solar y después las estrellas cercanas. Aquí en la Tierra se destruye la civilización tal cual la conocemos y comienza a reconstruirse. Entonces llegan los extraterrestres, humanos que partieron hace milenios y que no recuerdan su origen. Grandes batallas de por medio, los alienígenas descubren su pasado perdido y declaran al planeta “lugar sagrado”.

Salió al jardín frontal, se detuvo en el césped. A lo lejos se acercaba un hombre vestido enteramente de negro, con un pequeño gorro y guantes. Su rostro era agudo, de rasgos marcados, ojos pequeños y juntos, nariz ligeramente aperada, boca pequeña y barbilla prominente. Su piel era blanquísima.

Se detuvo frente al niño y lo miró como sabiendo quién era.

— ¿Usted es Augusto Qui?

— Sí.

El hombre miró a los lados, para cerciorarse que nadie más lo oía.

— Tengo que hablar con usted.

Hizo un ademán hacia un banco en el parque del frente, pasando la calle. Con la típica confianza del niño, Augusto cruzó el asfalto y se instaló en ese asiento de madera. Su interlocutor se sentó ceremoniosamente, cruzó las piernas y le dijo:

— No puedo creer lo que estoy viendo, ese cuaderno…

— ¡Ah, esto! Tiene cosas… que escribo…

— Quizá las he leído. Yo, querido Qui, soy su más afanado lector.

— Pero si yo… nunca… debe estar equivocado.

El visitante soltó lo que tenía represado. Pareció como si lo hubiese ensayado no pocas veces.

— Me ofrecí como voluntario para un experimento de regresión en el tiempo, de acuerdo con los principios que usted mismo sugirió pero que hoy ni se imagina. Fui voluntario, incluso a riesgo de mi vida, con la única condición de ser dirigido hasta aquí, para conocer a mi escritor favorito.

— ¿Quién?

— Usted, César Qui. He leído su serie completa del Macrocosmos y todas sus novelas, cuentos, ensayos y poemas. Usted elevó la ciencia-ficción a categoría de clásico literario e incluso dio los fundamentos para la moral científica que caracteriza la sociedad de mi presente, que es su futuro.

— No entiendo nada.

— Señor Qui, he venido del mañana para decirle “gracias” por lo que ha escrito.

— Pero eso es imposible ¿no? tengo nueve años ¿usted dice que ya hice… lo que todavía no he hecho?

Saboreando con ansias el momento, sacó de su bolsillo un recorte de prensa muy deteriorado pero de lectura clara. Aparecía la foto de un señor que, de momento, le pareció a Augusto como su papá con más edad.

Titular: AUGUSTO QUI RECIBE EL NOBEL DE LITERATURA

Sumario: Gana el premio a los cuarenta y cinco años.

El resto no pudo leerlo mucho, pero hablaba del primer Nobel de la ciencia-ficción y de cómo cuatro décadas después recibiría el galardón en Suecia. Además mencionaba que había sido merecedor de decenas de trofeos, medallas y el celebérrimo premio Clarke. Una frase saltó a su vista: “Traducido a treinta y dos idiomas”.

Su reacción fue sencillamente disimular su conmoción para no generar bulla en los alrededores. El visitante le quitó el recorte.

— Lo siento, no puedo dejar nada del futuro en este tiempo. Por otro lado, usted no puede contarle a nadie este episodio, porque lo anularía por completo y quizá correría peligro. ¿Me lo promete?

— Sí…

— Ahora debo irme, sólo me han sido permitidos unos minutos.

Aquella tarde del 80, Augusto Qui le preguntó al visitante su nombre.

— Llámeme F…

Se despidieron con un apretón y el hombre se perdió en la lejanía. Augusto tuvo un impulso de seguirlo, pero algo dentro de sí lo detuvo. Mejor. En realidad eso también tenía que suceder. 

2. SARA DE QUI pareció captar el impulso y lo estimuló con libros de Julio Verne, H.G. Wells luego de Arthur Clarke, Isaac Asimov y Phillip K. Dick. Desde entonces fue el más dedicado y prematuro de los literatos.

La ciencia-ficción también, si se quiere, vino por casualidad. Se atravesó justo en el momento en que ese hombre del futuro, le anunció un desenlace inevitable. Augusto, claro, lo cultivó y -sin duda- ha aportado una cosa o dos (y eso que siempre quiso escribir dramas teatrales).

Y se fue, creyo él, para siempre, dejando su vida en una mágica ensoñación de indudabilidad. Parafraseando al apóstol Pablo, su consagración literaria era una “expectativa segura de cosas por venir”. Una confianza muy bien ayudada. Si le iba bien, decía: “Es que no puede ser de otro modo”. Si las cosas tomaban un rumbo quebradizo repetía: “¡Bah! ya pasará, no se puede cambiar lo que tiene que ocurrir”.

Esa vislumbre, incluso esa increíble tranquilidad con la que atendió a su imposible visitante y siguió el destino, todo ello, le hicieron conducir la vida por un trecho bastante fluido. Luchas internas, por supuesto, incluso muy crueles… Dos matrimonios colapsados, tres hijos un tanto abandonados.

Pero eso es otra cosa. Su carrera literaria siempre estuvo exenta de lagunas o vacíos. Simplemente, las piezas debían cuadrar sin mucho esfuerzo, para que pudiera cumplirse la profecía de las cimas conquistadas.

De su obra se han hecho doce películas (la mayoría, eso sí, muy malas), tres series de televisión, se han editado cuarenta y dos títulos con centenas de miles de ejemplares vendidos. Ha monopolizado las listas de best sellers y autografiado tantos libros que ya su firma es, según confesó en una entrevista, “un gesto automático, como respirar”.

3. DE VUELTA a la ceremonia Qui va pasando de terror en terror. Primero la inseguridad de “meter la pata”, luego el miedo a un descalabro temporal -dado que ese día ocurrirá algo completamente paradójico, etcétera, etcétera.

La agonía pasa a la máxima sutileza: se imagina (y por puro masoquismo lo cree en nanosegundos) que aquella conversación nunca ocurrió y que el Sr. F. fue un invento creído con tanta fuerza que se transformó en memoria. Esa sensación lo hace sentir después traidor. Como si un tribunal lo interrogara y él, mirando al Sr. F. a la cara, confesara que no, que aquel encuentro nunca había tenido lugar.

A nadie jamás ha confesado su secreto, ni a sus padres, pero algo muy distinto es lo que se dice y desdice a sí mismo… las conclusiones de todo aquello.

Los padres de Augusto se ven a lo lejos. De trajes cerrados. En sus ojos las lágrimas hacen una fiesta. ¡Qué bueno que están vivos y presentes! En el fondo, el deseo de constatar la profecía tiene mucho que ver con sus padres y lo que siente que les debe. No obstante, a quien no puede borrar de la mente es a César, su hermano muerto. Acaso por la mente de sus progenitores también cruza en ese momento la imagen de ese hijo perdido.

De César recuerda su mejor estampa, como de veintiún años. Ojos inquietos, peinándose el cabello que se le venía a la cara. Obstinado, impaciente, siempre queriéndose ir a otra parte. Así lo veía. A César le gustaba el mar, a Augusto la casa y la lluvia. Aquél era rebelde, éste sólo disentía intelectualmente. De niño quiso ser como él y lo imitó hasta el cansancio, aunque sabía que no se podía.

César -como sus homónimos latinos- organizaba batallas, esta vez en la arena del mar o lideraba jornadas de cacería de cangrejos en las piedras azules. Era un líder. Pero su adolescencia lo alejó ferozmente del distraído hermano. Cuando Augusto conoció al Señor F… César tenía dieciocho años y parecía destinado a un futuro agitado. 

“César, te hemos llorado de a poco, en dosis…” al descarriado, al perpetuo fracasado de la familia.” Lo intentó todo, cruzó todas las líneas, fue un visionario incapaz de realizar sus ideas. Murió en Gallipoli, Turquía, en 1992, a los treinta y tres años. La familia, Augusto incluido, lo adversó, nunca le perdonaron que fuese tan totalmente él-mismo. Contrapusieron su “fracaso” al prematuro éxito de su hermano menor. Sin quererlo, o queriendo, generaron una virtual antipatía de envidias y competencias. La distancia fue mutua.

Claro que Augusto (ya comienzan los discursos) se increpa que pudo hacer más pero primero había que resolver tantas (otras) cosas relativas al destino que no quedaba tiempo. Y Augusto se decía: “Pero ¿cómo no va a ser así, si yo conozco mi misión pero César no? ¿No habrá, por ahí, un Señor F. benévolo que le diga lo que tiene que hacer?”

En medio de las batallas propias de ese día, mencionan su nombre y se pone a tono con la ceremonia. La solemnidad, el espíritu de observación y reverencia que se acumula lo invade y desde ese momento desecha las preocupaciones y se aboca al evento. “Por una obra rigurosa y novel, que invita a imaginar los destinos de la sociedad en el complejo mundo de la tecnología y de otros planetas posibles…” lo llaman y entregan el galardón. Desde entonces se activa como un sueño mágico. “La ciencia-ficción, por fin, a la altura de otras literaturas”, comenta el Presidente Internacional de su Club de Fanáticos.

La ceremonia concluye y los galardonados se entregan a los vigorosos aplausos del público.  Los premiados forman una línea, frente al público y es entonces cuando lo ve. Es un viejo, favorablemente conservado, con todas las modificaciones que introduce la máscara de la edad, pero basta contactar sus ojos para reconocer, en primera fila y de etiqueta, al Señor F. Tiene una barba blanca y bigotes grisáceos, pero es él. Se mueve nervioso cuando constata que Augusto lo ha divisado.

“Dios mío”, piensa, “qué noticia me trae este mensajero”.

La prolija imaginación de Qui se activa:

“Hice un pacto con Mefistófeles y viene a buscarme.”

“Ha habido una cancelación y este evento y mi carrera se desvanecerán hasta dejarme con una vida absolutamente mediocre.”

“Si el fotógrafo me fotografía todo será falso.”

“Si el fotógrafo no me fotografía todo será falso.”

Los aplausos continúan en medio de un ligero mareo. Apretones de manos, entrevistas, reporteros de televisión, personalidades. Hace un esfuerzo supremo para no parecer indispuesto o apurado. Busca desesperadamente al Señor F. Sube a un pequeño presidio, a un lado, y trata de escrutar en el gigantesco salón, pero no lo ubica.

4. ESTA MAÑANA el cuerpo es benévolo y apenas le da un eco de jaqueca y la típica resequedad de boca. Desayuna temprano, posterga algunos compromisos para la tarde y sale a deambular un poco por las hermosas plazas de Estocolmo. No fue fácil evadir escoltas, pero contó con la complicidad de un funcionario de la Embajada que lo recogió y lo soltó por ahí.

Su mente atormentada se debate entre hipótesis. Sea lo que creyó determinado no ocurrió en la ceremonia. ¿O sí? Cruzó un kiosco de periódicos y allí estaba la foto, a su juicio la misma de hace treinta y siete años, tomada por un reportero de Associated Press. Compró el periódico pero lo mantuvo bajo el brazo, como los tigres que cazan y llevan el cuerpo a mejores lugares para deglutir. Recorrió los alrededores de un sobrio palacio y se perdió entre calles medievales.

Ya consciente de su lejanía y recordando la invitación en la Universidad y -¡claro!- el tryst con una sueca del Ministerio de Cultura, da media vuelta para devolverse. Se detiene bruscamente.

Tiene al frente al mismísimo Señor F., que lo había seguido trabajosamente.

El Sr. F., ahora septuagenario, vestía más informal que ayer. Ninguno puede pronunciar palabra, paralizados como están. Con gran esfuerzo Augusto rompe la tensa inacción.

— Hola…

— Señor Qui tengo que hablarle.

Se convidaron mutuamente a un café a la vista. La mente de Augusto se bloquea durante esos minutos. Su fábrica de especulaciones se detiene. El señor F. luce más a tono con los tiempos. Le parece a Augusto -y después le dará risa- que ha estudiado mejor la moda de la época para volver.

El Sr. F. evadía el contacto visual, pero tomó la iniciativa.

— He decidido hablar con usted, no pude elegir mejor momento. 

Notó un lejano acento castizo que no recordó de aquella vez. 

— Bueno, diga cualquier cosa. ¿Quién es usted?

— Mi nombre es Vladimir Chenko, nací en Rusia hace sesenta y siete años. Soy ciudadano español.

El Sr. F. habla mirando hacia un punto perdido del mantel.

— A veces las raíces del triunfo están enterradas más abajo de lo que puede escarbarse superficialmente, señor Qui.

— Supongo que sí.

— Los entuertos de la vida, lo que llamamos “circunstancias”, son misteriosos hechos que se pensaron de un modo y salieron de otro, para bien o para mal. En el caso suyo para bien, en el caso de su hermano para mal.

— ¿Mi hermano? ¿Qué sabe usted de César Qui?

— Sé que fue un romántico. A pesar de su violencia, de su rebeldía caprichosa, miraba el mundo con una voluntad de cambio, utópico pero sincero. Es cierto que era impulsivo, pero muchas veces preparaba sus acciones con la paciencia de un relojero, acariciando cada pieza y cada fase del plan.

— ¿Cómo lo sabe? ¿Lo conoció?

— Sí claro. Dedicaba grandes cantidades de energía a tareas que no tenían ganancias tangibles o que pronto desechaba para interesarse en otras cosas. ¡Cuán distinto a usted, Augusto, que trabajaba secretamente la obra del futuro, sin desviarse un centímetro!

— Nos habíamos separado… -Augusto para sí.

— César lo amaba mucho a usted, pero a su manera. Más de una vez lamentó la distancia física y emotiva entre ambos. Recuerdo un malecón en Grecia, frente al Egeo. Fue la última vez que lo vi, en 1988.

— ¿Lo conoció en Europa?

— Hablamos. César confesó que lo extrañaba mucho y que deseaba abrazarlo… Luchaba internamente por volver, por recuperar su vida, retornar a la raíz. Pero algo no le permitía moverse y nunca supe exactamente qué.

— Nosotros tampoco… pero ¿y entonces?

— Bueno, César tenía una teoría que en definitiva desató todo. Me lo explicaba así: para un niño hasta un pequeño refuerzo puede significar una diferencia sustancial en la vida. Si un menor se acerca a nosotros con un dibujo y le decimos: “¡Qué bueno, me encanta, vas a ser un gran pintor!”, esa frase puede ser un detonante en su historia.

— Ja, -respondió evocador- César era así… cuando quería.

— Y cuidaba muy bien de estimular a los niños, de darle palmaditas en la espalda cuando metían un gol o mostraban dibujos “y que” figurativos. Él intuía la trascendencia, señor Qui. Su hermano tenía una sensibilidad infinita.

— Cierto pero ¿hay algo que yo no sepa en lo que dice?

— A ver. Me contó que un día estaba como casi siempre, de mal humor, presionado por sus señores padres, “sintiendo lo que los Rolling Stones en ´Satisfaction´”. Se acercó usted casi diez años menor a mostrarle las tiras cómicas de batallas espaciales y globitos con letras que acababa de terminar. En un arranque César le gritó que se largara ¿se acuerda? que no tenía tiempo para leer semejantes estupideces. ¿Lo… recuerda? Usted, un aprendiz de escritor de apenas ocho años se retiró deshecho en lágrimas.

— Pues creo que algo así ocurrió… ahora que lo dice… me dolió ¿sabe?

— Y su hermano de malhumorado pasó a avergonzado y no hallaba cómo recuperar esa agresión. Intentó disculpas, pero usted estaba muy sentido. Me contó que miró su cuaderno, a escondidas y lo conmovieron profundamente los ejércitos de pequeños soldados, los caminos encrispados de Marte y la Tierra, semi redonda, exhibiendo el continente americano de largo a largo. “Dame para leerlo”, le dijo. “No, ahora no quiero”, contestó usted.

— ¡Lo recordaba! -Augusto anonadado.

— Entonces se le ocurrió una idea… Como trabajaba de aprendiz en una imprenta, se le metió entre ceja y ceja que podía falsificar una noticia, ni siquiera del pasado sino del futuro. Logró imprimir una muy mala copia de tal noticia en papel periódico.

Augusto miraba la nada, al frente:

— Papá ¡ja! claro…

— Sí, para ello bastó una foto de su padre y un texto que César mitad copió, mitad confeccionó él mismo. No crea que lo hizo a la ligera. Pensó cada una de las palabras de ese texto y, una vez obtenida la página, le hizo un maquillaje para envejecerla y deteriorarla levemente.

“El paso siguiente no era menos fácil: ¿Quién sería el personaje? Debía tener porte misterioso, preferiblemente foráneo y no verse más por esos lares. Entonces pensó inmediatamente en este servidor.

“Yo era marinero, pronto me iba del país. César me consideraba “buen contador de historias” y podía exagerar mi acento ruso de entonces. Me lo planteó un día, con mucha seriedad, razón por la cual acepté ayudarlo. Es imposible negarle un favor a alguien que lo pide con tanta vehemencia.

“Y confeccionó, con mis sugerencias, la pequeña estratagema. Aprendí el parlamento, lo ensayé, preparamos qué decir si venía alguien o si usted se rebelaba. Fue trabajo de tres reuniones.

“Recuerdo las ansias con las que su hermano, luego del encuentro, me pidió que reconstruyera el diálogo. “¿Qué cara puso? ¿Qué dijo?” Fue una infantil alegría, una travesura con trasfondo muy serio. Era 1980.”

Augusto respira con sobresalto. Continúa el Sr. F, un ser de carne y hueso mil veces más misterioso que cualquiera de los alienígenas y héroes que pueblan sus novelas:

— Pero la vida se llevó a César, como una hoja en el río -concluye F.

En 1988 César murió bajo extrañas circunstancias en Turquía. Los padres viajaron y dejaron el cuerpo allá, en una tumba cristiana. Eso les bastó a todos, incluso a Augusto, para quien César como mito de la infancia ya se había desdibujado. Cuenta el señor F:

— Me dijo en Grecia: “Ya sabes de mi hermano.”, yo le contesté: “Sí, es un niño prodigio… Me imagino que le contaste.”, él me reiteró que nunca se lo confesó… que no sabía que creer, que como usted era un genio quizá lo descifraría, le daba vergüenza y hasta risa. “¿Piensas decírselo?” fue mi obvia pregunta. “No lo sé”, me contestó, “quizá sea el final de una magia… O el principio de otra”.

— Eso es “tan” César… -dice Augusto llorando.

— De la muerte de su hermano me enteré mucho tiempo después, a través de un amigo mutuo. Mi conflicto ya era grande para entonces. Por un lado apoyaba la opinión de César sobre una magia que no debía romperse. Pero por otro consideraba injusto que usted no supiera esa verdad, aunque fuera para homenaje de César.

Y por eso es que llora, porque Chenko le devolvió el inesperado primer motor de su profecía personal. Como en los mejores tiempos.

— Ya sé -dice Augusto- de dónde viene, mi frase: “Antigua sombra desconocida, ahora duende omnipresente.”

— He temido -vuelve Chenko-, que tras esta confesión me gane de usted un merecido desprecio. Pero ya no aguantaba más -suspira- … creo que puedo morir en paz.

Precisa Augusto en Chenko los pedestres detalles de la gente común: ropa arrugada, medias que no van con la camisa, un lado del bigote alzado y el otro peinado… Sin embargo, aquel hombre posee el donaire y la sapiencia que podría exhibir un visitante del futuro.

— Buen casting, César.

Conversan un poco más, para satisfacer curiosidades: qué hicieron entre tal y cual fecha; qué foto usaron; porqué Grecia. Se despiden con una mezcla de alivio, conmiseración y melancolía. Se dan un apretón de manos y Augusto ve al Sr. F alejarse entre murallas de piedra para siempre.

5. AUGUSTO HA quedado tan movido que tiende a la estaticidad. “Las cosas poco a poco irán emergiendo”, se dice a falta de mejor cosa… “y ya llegará el momento de la intensidad”.

En este instante de verdad no tiene idea de cómo expresar lo que siente. Y quizá en esa búsqueda de expresión se esconda el futuro de su obra y de su vida.

Mas ¿quién quiere hablar ahora del futuro?

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FUENTE: Libro Encuentros en el vórtice (Amarante, 2012) de FNN.
ILUSTRACIÓN: Lúdico. FOTOS: FNN.

Otra isla de las palabras

Otra isla de las palabras


A Gulliver: una ficción del tamaño de Lilliput

Hace años

una gran organización mixta (estado-empresa privada) concentró gran parte de su inversión de innovación en una sola instalación: un pueblo pequeño, con más de 500 residentes. Para colmo, la construyó desde cero en una isla del inmenso río que bordeaba la sede del consorcio.

Parece obvio (y un poco frívolo, por supuesto) llamarla la “Isla de los Inventos”, pero así fue tildada por la prensa y por la propia institución. Se propusieron desde duplicar hasta quintuplicar las ideas originales, las mejoras, los inventos y las patentes. Para ello dotaron las hectáreas de la Isla con la infraestructura más completa imaginable: abundante energía, un ubicuo monorriel, lo último en domótica…

Fui asignado por mi periódico a hacer un reportaje sobre el décimo aniversario de la Isla. Los resultados eran confusos y, a decir verdad nada cumplidores de las promesas iniciales. Si damos por cierto que la “información es poder”, en la Isla se llevó el asuntos a extremos inesperados.

Política de las ideas (no confundir con “política ideal”)

En mi fugaz paso por oficinas, aulas y laboratorios, recopilé casos como el del “antropocentrismo dirigido” (trabajo de una red de estadísticos y sociólogos), una medida compuesta por 35 indicadores para expresar el conocimiento colectivo de cualquier proyecto. Se formuló el año 2 de la Isla y ya cumplía ocho años de profusas luchas por insertar o retirar indicadores.

Otro grupo de trabajo informático estaba empeñado en sustituir el bit por una unidad que midiera la masa de los electrones. De esta forma, a través de complejas y concatenadas ecuaciones, se llegaba al “Pesinfo” (acrónimo de “Peso específico de la información”). Más que producir el prototipo de un chip basado en Pesinfo, este equipo dedicaba sesiones de meses a buscar problemas que el Pesinfo pudiese resolver, ya que no se conocía ninguno.

Años atrás, este mismo tanque de cerebros hubo de abandonar el desarrollo de un lenguaje de programación llamado “Holomática”: la automatización de todo. Un programa que digitalizara en algoritmos absolutamente toda pieza de percepción y pensamiento del Universo conocido. ¿Por qué no se concretó el proyecto? Porque no pudieron automatizar Holomática y sin eso ¿cómo automatizar lo demás?

Un panel de antropólogos y teólogos desarrolló el prototipo de un “Teosensor”, un aparato capaz de transformar los impulsos nerviosos producidos por el sentir religioso en imágenes y sonidos sicodélicos, plasmados en una pequeña pantalla con altavoces. Pero el Teosensor también traducía cualquier emoción, de modo que el debate se centraba en si construir un inhibidor de impulsos no religiosos o venderlo como un traductor universal de emociones. El producto fue fuertemente cuestionado en Mercadeo por genérico y ha estado en revisión por años.

Los abogados, junto a algunos disidentes de los predios computistas, se centraron en la “Leganética”, un sistema de hardware-software para construir leyes. Tenía módulos estadísticos, para introducir las opiniones recopiladas de encuestas y focus groups. Cuando llegaron las redes sociales debieron añadir terabytes de espacio en disco para que los documentos de los juristas y jurisconsultos se combinaran con opiniones aleatorias de usuarios de Facebook, Twitter y otras comunidades en línea. La idea era alcanzar un sistema de balances y contrabalances para que los proyectos de ley fueran satisfactorios con la menor participación humana directa y posible.

La Leganética se puso a prueba en la propia Isla (producto: Leganeticus 1.0) y las normas parecían surgir de forma objetiva y automatizada. Pero las sospechas pronto se dispararon cuando se mostró que 90% de los dictámenes favorecía ulteriormente a los informáticos que programaron el sistema.

Otro caso estudiado fue la Edutrónica, la hija predilecta de una red de educadores cuya tesis fundamental era el fracaso del modelo presencial y magistral de profesores en todo el mundo. Sus investigaciones indicaban que los estudiantes pondrían atención y se esforzarían más si las clases fuesen impartidas por un autómata insensible e inmisericorde, que no diese prórrogas, ni concesiones, ni repeticiones.

Sólo así se justificaría producir el robot: la promesa de bajar 50% el tiempo actual de clases y aumentar en 150% el rendimiento promedio. Y todo porque la gente a veces necesita un poco de inflexibilidad.

Lamentablemente, el equipo ha caído en un círculo vicioso: diseñaron un “Edutrón versión beta” para estudios previos. El prototipo no era muy bueno entrenando, pero sí aprendiendo, de modo que el equipo se volcó a buscar aplicaciones donde se necesitaran robots alumnos en vez de profesores. Hasta ahora ha sido la empresa matriz la única compradora de prototipos Edutrones, para incorporarlos al proyecto Edutrón Maestro pero como alumnos.

Los periodistas pidieron a la Junta Directiva más protagonismo y, luego de años de intenso trabajo, generaron el novedoso concepto del Periobitgrafismo, una modalidad comunicativa que usa solamente interfaces naturales digitales, es decir, voz, imágenes como vistas por los ojos, emulaciones táctiles, etc. Todo esto basado en las prospectivas de la película “Reporte Minoritario” de Steven Spielberg, que muestra el mundo en el año 2054. Como falta mucho para ese año, los periodistas dedicáronse a discutir la agenda hasta tal fecha, en vez de desarrollar el producto.

Se estima comenzar el diseño del PerioBitAl cuando terminen esta “agenda”, pero hay enconados desacuerdos que impiden pasar de 2006 a 2007. El Líder de Proyecto renunció porque, según él, “un año inventado no puede durar más que uno real”.

Los médicos, que ocupaban un gran edificio en el borde occidental del campus insular, me mostraron los vestigios de la “Neurotrónica”. Al principio fue un proyecto prometedor, objeto de variados artículos y tesis de grado: la fusión entre la electrónica y el cerebro humano, de modo que pudieran influirse mutuamente. Se previeron todo tipo de aplicaciones: discos duros “suaves” para recubrir la corteza cerebral y multiplicar los recuerdos; cables y antenas conectadas a la masa encefálica y de ésta a aparatos diversos, para dictado, comando, transmisión de datos, control de redes, etc.

La Neurotrónica logró con relativo éxito la implantación del famoso “chip-N”, un microcircuito adherido al cerebro para potenciar sus capacidades de procesamiento. Desafortunadamente, el chip corría bajo la última versión de Windows, cuya salida al mercado se hizo apresuradamente sin corregir muchos “bugs”. El voluntario que se sometió al trasplante sufrió un colapso y no ha podido ser “reseteado” todavía.

Un grupo atípico fue formado por astrofísicos y filósofos. Sus talleres y tormentas de ideas (aparte de discusiones muy “tormentosas”) produjeron la “Cosmomática”, una disciplina un tanto nebulosa sobre cuyo significado se debate intensamente. Aún más, especialistas de otras áreas y equipos asisten a las ardientes diatribas en amplios auditorios atestados de carteles, proyecciones y diagramas (se dice que apuestan, incluso). Pero qué es la Cosmomática, propiamente, no lo sabemos.

La investigación que conduje conoció muchas otras propuestas, anteproyectos, papeles de trabajo y meros conceptos, como el “UltraGutenberismo”, el “Macrokáker” o el “Antitrastabillonismo”. También, claro, están los términos listos para salir al mercado (pero que nunca vieron su lanzamiento) como el proyecto consentido de un teamwork muy especializado, el “Vaval”, acrónimo de “viaje a velocidad-luz en ámbito local”, una teoría relativista que se resumía en un experimento que jamás se hizo pero que logró poner cuatro teasers en YouTube.

¿Y qué es de la Isla hoy en día? Sigue allí. Por fuera todo luce igual, pero dentro de los edificios hay intensa y secreta actividad: los sacerdotes de la “nueva praxis” dedican su tiempo y mente al culto inextricable de todo lo que no es físico, su verdadera fuente de poder: lo nombrable que no existe. Y sobre todo porque no existe.


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ILUSTRACIONES: Lúdico.

Otro inquilino de Plaza Odot————————–——————–
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Aprender de las hienas

Aprender de las hienas

A Wolfgang Mazza P.

1.
Las infinitas llanuras del Serengueti son un horizonte que tiembla en los documentales de televisión.

El león se despereza con un bostezo terrorífico, las leonas cumplen su faena cazadora. Clavan sus poderosas mandíbulas en ñús de ojos apagados y más atrás los guepardos hacen lo suyo con las gacelas de Thomson.

Cuando cae el herbívoro el glamour de la zigzagueante andada y del zarpazo disminuye. Mientras más estática y sometida la víctima menos espectacular el cuadro. Cuando entran otros felinos a deglutir y hay esos rugidos de “déjame mi pedazo de carne”; cuando permiten a los críos clavar sus incipientes colmillos o surca el cielo límpido esa oscilación descendente del buitre… la naturaleza toma primacía contra la personalidad, el espectáculo se hace animal, demasiado animal.

Empieza a oler al caos elemental de la carne expuesta. Hay toda una panoplia de felinos robustos, los leones mismos, que son parcial o totalmente carroñeros. Los buitres ni se diga. En todo caso, la presa ya es guindajos sucios, llenos de pantano. Y entonces y sólo entonces entran en cuadro los más exitosos carnívoros africanos y de más allá: las hienas. Casi rastreras, como por la puerta de atrás, los más agresivos en aquello de comer carne cruda.

Recibió un memorando: “Sr. Igor C. usted ha sido seleccionado para asistir al Taller Gerencia de las Hienas”.

La compañía donde trabaja (Hamfton Tools Corporation, líder mundial de propilsores y neumódocos), tenía un programa de desarrollo personal-corporativo y allí estaba él, con una buena excusa para hacer algo diferente durante dos días.

Al llegar al auditorio se sentó lejos de todos, como quien llega tarde y no quiere hacer ruido. El taller lo dirigía, escribía y protagonizaba Karen T. (en realidad “Karenina” pero ella optaba por el diminutivo). Alta, madurota, MILF, casi de 50. Cuando Igor se dejó caer sobre la flexible silla  sintió que el escenario tenía en esa mujer su centro de gravedad. El Director Regional en persona abrió el evento leyendo:

La corporación moderna es como un portafolio de la selva, la máxima competitividad basada en supervivencia, alimentación (el puesto en la cadena alimenticia corporativa) y –en nuestro particular caso- movilidad, es decir, estar en el lugar adecuado en el momento preciso. Necesitamos equipos de trabajo, más que fuertes y majestuosos, efectivos y cumplidores… ¡y con un consumo mínimo de recursos! Uno normalmente no piensa estas cosas ¿verdad? [risas del público], en todo caso hay alguien, una persona, con nosotros hoy [mira a Karen] con quien los dejo.

Aplausos dispersos. Su voz se fue apagando en la medida que “el mujerón” se levantaba y tomaba por entero la sala. Karen pulsó un botón. La lámina invadió la pantalla:

Instituto AltoEgo
Talleres de Desarrollo Personal-Heurístico

GERENCIA DE LA HIENAS

Rastree, ataque y engulla a sus rivales…

Primera sesión:
En las llanuras de la corporación moderna: espacio y roles.

La sabana no es uniforme -comenzó Karen y movía su mano palma abajo en una línea oscilante- hay colinas, promontorios, rocas salientes, charcas, lugares privilegiados. Eso se aplica desde la fría e intimidatoria oficina del Presidente (y eso no lo digo por usted, mi estimado Director) [risas] hasta la pequeña sala de fotocopias. Lo que quiero significar es que constituye la totalidad del espacio. Sí, Dr, Arévalo, como lo acaba de murmurar: “Hasta en el baño” [risas, sobre todo de Arévalo mismo].

Para Karen cada poder es un Dios, como en las tribus seculares del África subsarahiano y de América: el sol es el calor; la brisa es la fuerza inaprovechada; el agua, equilibrio entre caída y sostenimiento. Los roles son claros y elementales: depredadores dominantes, como leones y grandes felinos en general, en las riberas y ríos los cocodrilos y caimanes; depredadores intermedios, como las águilas junto a los carroñeros, oportunistas o no, como los buitres. Los grandes herbívoros, elefantes e hipopótamos, búfalos y rinocerontes, gregarios y defensivos.

En este ecosistema las hienas y chacales son una mezcla de todos los ambientes y papeles de este drama natural. Cazadoras o carroñeras casi en la misma proporción, carnívoras o herbívoras si es necesario… son una prueba de la eficacia grupal para sobrevivir y la importancia de una buena máquina corporal.

Y cerebral, que las hineas (sobre todo las moteadas) demuestran tener. Karen explicó con abundancia de gráficos estadísticos y fotografías de gacelas y reptiles, que los animales poderosos retozan en los mejores lugares, donde les place. Los herbívoros, como bisontes o cebras, se arriman con su extraordinaria fuerza colectiva a excelentes sitios abiertos. Las hienas no. Aunque en lugares más bien apartados, casi siempre están en movimiento y se cuelan en todos los espacios. Karen decía esto mirando a unos y a otros gerentes, de modo que quedaban: “¿Entonces soy un antílope…?”.

Luego retomaba el podio y pedía explícitamente que miráramos a nuestro alrededor para detectar estos roles. Quién es depredador; quien se come a otras especies o a la misma.

— ¡No lo digan en voz alta! [risas] No quiero meterme en problemas con ninguno de ustedes.

En la corporación moderna la información y el logro de objetivos eran la comida de los depredadores empresariales: la “información-poder”. No como colonización -en el caso de los grandes felinos-, no como empuje masivo, sino como desplazamiento. Las hienas para sobrevivir, el ejecutivo moderno para no morir y en el mejor de los casos “ascender” en la escala del poder, andan en una ronda permanente por los pantanos organizacionales. Significa ser hiena como única forma de llegar a ser león.

La recomendación en dos platos: crear equipos hiénicos (de Hiénica, la disciplina creada por AltoEgo) que degluten en todas las presas, las roban a veces y sobre todo jamás dejan sobras o restos sin revisar (de información-poder, por supuesto).

En vez de realzar el perfil de los individuos, se centraba en la multiplicación mimética. Tenía líderes pero externamente el trabajo parecía anónimo, de ser posible con total desconocimiento de los demás, sin heroísmos, cual hormigas o abejas. Acaso su éxito residía tanto en la genuflexión del perro como en la egoísta distancia de felino.

Porque ni perro ni gato es la hiena, más bien ambos, las hienas habían poblado las pesadillas de Igor por años, junto a cocodrilos y tiburones. Las odiaba. Al asociarle cualidades humanas las veía oportunistas, traidoras, incluso asesinas. “No tienen la majestad de los felinos; no compiten con el hombre ni lo ponen en peligro… Nadie se toma una foto sobre una hiena muerta”. Y esa risa…

2.
Había un ambiente extraño en la sala.

Ocurre cuando hay mujeres muy atractivas en una reunión de hombres: los bobalicones de contabilidad le cambiaban la botella de agua mineral a cada dos o tres sorbos; el consultor jurídico, generalmente circunspecto, imitaba al animal que sus colegan habían decidido que representaba y sonreía hasta las alusiones menos graciosas de la hábil charlista. Había dos espectaculares asistentes (así como uno masculino que entraba y salía) e Igor no le quitaba el ojo a una de ellas, vestidas de negro muy ceñido, con labios de una voluptuosidad que calcinaba en medio de ese gélido aire acondicionado.

Karen lucía como una reina checa, cierto y Yarizza deslumbraba por su piel de bronce y sus curvas… pero era Moana con su palidez transparente, su lejanía de allí mismo, su aire de niña perdida, lo que monopolizó la mirada de Igor. ¡Y no es que las otras no causasen estragos!

Hasta las mujeres se sentían alteradas sexualmente, más aún cuando se presentaba a ratos y se ausentaba en intervalos un musculoso pero estilizado mandadero.

Hay que notar que el Taller de Karen tenía serias imprecisiones o crasos errores científicos, como mezclar animales de distintos ecosistemas, pero poco importaba para la metáfora final.

Era la misión de AltoEgo (ella, las asistentes y una recepcionista) diseñar y ejecutar cursos de desarrollo individual para grupos de ejecutivos bajo el eslogan: “Trátate de tú”. Algunos de sus talleres más exitosos: “Salir al mundo interior”, “La crisis optimista”, “¡El largo plazo ya!” y otros recursos motivacionales.

A veces uno se preguntaba cómo podía Karen llevar tan alto nivel de vida y suponía que la empresa era muy próspera. Intentó ser más ingeniosa con los títulos: “La verdad interior no es lo mismo que la verdad en el interior” para su célebre seminario cerebro-prostático; “Chofer de su autoestima” y así sucesivamente. Impartió dinámicas antistress en sabanas, bajo cascadas, en una lejana isla del Caribe, en ardientes arenas del desierto.

El Director Regional cometió la barbaridad de proponerle a Karen, delante de todos, que diseñara una segunda parte de este curso, hecha a la medida de Hamfton. “Con animales tropicales si es posible”. Karen advirtió que estos trabajos ad hoc solían demorar tanto como, por ejemplo, las certificaciones de calidad ISO 75000, pero rendían frutos poderosos aunque intangibles y prometió una propuesta para la semana siguiente, titulada “Hamfton Tools Latam y el ecosistema empresarial de la Orinoquia-Amazonia”.

— Así Hamfton se transforma en una jauría, capaz de aprovechar todas las oportunidades de mercado más cerca del ecuador terrestre.

Ahora bien ¿hienas?

Fue casualidad. Como cuando en Scrabble uno ve en silencio la madre de las palabras, descuidada por todos… Aquí y allá oyó que las hienas competían como los más exitosos depredadores, incluso contra los leones. Que su mala fama era sólo comparable a su extraordinaria astucia y versatilidad. Leyó –por encima- ciertos papeles de prominentes investigadores y, bueno, mucha National Geographic y similares.

Estudió documentales sobre sus modos de vida y su rol en las estepas africanas. Todavía las veía como crueles e insensibles, tramposas y no merecedoras de los estupendos botines que lograban. Pero la percepción cambió. Porque resulta que, en el darwiniano mundo animal, las hienas constituyen un equipo de alto desempeño, más motivado al logro que al poder, el cual ceden con gusto a los más fuertes. “Buen material para la gerencia media”, pensó.

Intentaré destacar algunos puntos claves de la “ideología biológica” que subyace en los talleres y dinámicas de Karen.

— Si se trata de supervivencia o ventajas, el humano sí está dispuesto a aliarse para conseguir alimento y protegerse. 

  • Uno pelea para no morir, pero hay que pelear desde el principio. No se pelea para ocupar un puesto sino para no ser desocupado. No se mata para imponerse sino para subordinarse.
  • La mujer es más fuerte que el hombre si lo quiere. El siglo XXI pertenece a la mujer. Cuando se lo propone, la mujer domina.
  • La promesa de sexo más efectiva no implicar sexo o no todavía. Como otros artículos de guerra, se concibe por y para el poder.
  • En la Gerencia de las Hienas no hay objetivos diferentes a la supervivencia en el terreno que nos ha sido dado. La supervivencia implica depredación. Hay que comer carne corporativa cruda.

Igor siguió el curso con gran minuciosidad. Más que para aprender a deglutir “información-poder”, lo movía la curiosidad de conocer los entretelones de tan insólito programa. Vino a él, de golpe, una hipótesis:

Una monumental estafa. Esta mujer ha cosido una impresionante cantidad de información seudocientífica en un corpus coherente en apariencia. Pero no sirve sino para impresionar. Lo vende a costa de distraer a sus clientes mayormente masculinos y para los femeninos también aparecen de vez en cuando atléticos jóvenes.

Durante el “coffee-break” Igor, confundido en un apretado público, no podía quitar sus ojos de Moana, la de peinado brillante y labios rojísimos.

Se acercó, mientras una nube de gente revoloteaba a Karen y dejaba a esta “bellezura” en el monótono acto de repartir tarjetas.

IGOR: Hola. Alguien quiere integrarse a la manada (chiste malo).

MOANA: Bueno, eso es asunto de cada empresa, ustedes forman sus equipos…

IGOR: A mí me gusta la idea de formar un equipo contigo…o donde tú estés [risas].

Todo esto con la afabilidad adecuada y una rápida toma de la tarjeta, se transformó en un flirteo descarado que Karen no ignoró aunque se hizo la desentendida. De vez en cuando Moana miraba con aprehensión a Karen y luego volteaba esos ojos caoba hacia Igor, electrizándolo.

IGOR: Me gustaría verte.

MOANA: Ya yo no vuelvo más, tengo que estar en la oficina.

IGOR: Pues te busco en la oficina.

Y así fue. Le invitó un café. Luego se volvieron a ver en el cierre del taller (una semana después), copas de vino en la mano. Kren se dio cuenta, sobr todo cuando camino al baño vio a Moana entrelazando labios y lengua con Igor. Aunque puso un rostro severo, no pudo disimular que le había gustado mirar aquello.

Al principio Moana sutilmente rechazaba las invitaciones de Igor y le manifestaba por teléfono su temor a que Karen supiera que salían. Pero nada que una cena con clase no pudiera arreglar. Se hicieron amantes sin amor. Sexo salvaje que dejó sus marcas: poderosos rasguños en su espalda que al día siguiente le picaban horriblemente durante una reunión con proveedores. Siguieron viéndose y por más que Igor hacía intentos de humanizar la relación, de darle algunos toques de convivencia se sorprendía de cuánto énfasis en dejarlo en solo-sexo ponía Moana.

— Cógeme nada más, pero dame durísimo.

Igor se esmeró sin duda, pero ese volcán momentáneo propagaba ráfagas sobre el espacio intermedio. (O comenzó a pensar fuera del pene o su corazón tomó partido).

Una vez fue intempestivamente a su apartamento (algo que habían convenido no hacer) y encontró a Moana con Yarizza en actitud extraña, inmersas en algún tipo de intimidad. Otra noche vio a una de sus colegas de Hamfton, sin proponérselo, saliendo de un local nocturno de manos con un joven fornido que no era su esposo, sino un asistente de Karen.

A finales de año el Director Regional lo llamó Igor para hablarle del plan estratégico. El jefe tuvo que salir un momento dejando a Igor solo en la oficina, frente al iPhone del jefe. Un mensaje privado de Karen se asomó en la pantalla: “Insolada todavía por la playa. Esperemos hasta el viernes”. Y el jefe muy bronceado…

Un día en los pasillos de la empresa Igor se cruzó con una apurada Karen, quien al verlo se detuvo y lo “cercó” contra la pared.

KAREN: Me estás echando a perder a la muchacha.

IGOR: ¿Por qué?

KAREN: Por mezclar la diversión con el trabajo.

IGOR: Hay cosas que no son diversiones.

KAREN: Nosotros somos Consultoras Corporativas.

IGOR: Quizá yo me relacione con ella en esferas más privadas.

Intentó hablar con Moana, luego del sexo, pero aquello le parecía a ella una absurda paranoia sin fundamento. E Igor seguía: por qué esto, por qué aquello.

MOANA: Así no sirve.

IGOR: Hay algo raro, con Karen… ¿tú tienes algo con Karen?

MOANA: Todas tenemos algo con Karen.

IGOR: ¿Viste? Lo sabía.

MOANA: Pero sin sexo, hombre, qué primitivo eres. Karen es la mamá de todas nosotras, nuestra gurú.

Mas Igor seguía torturado por una genunina atracción hacia Moana y una mirada capciosa a las actividades de AltoEgo. Se le ocurría que los talleres y otras actividades eran una tela de araña, en la que animales, sobre todo machos, quedaban atrapados en telas de araña (y felices de estar allí todos empegostados), mientras la Viuda Negra cebaba su banquete. Una red de prostitución ejecutiva, pues…

Pasó varios días molesto con Moana. Veía inminente una ruptura. La llamó y esta vez Moana decidió conversar.

MOANA: No somos putas. Pero sí, te mentí, negué que Karen y yo tuviérmos algo. Ella tiene algo con todas las chicas, con las que ella quiera. Nosotras podemos tener sexo con otros si Karen lo aprueba y contigo no lo aprobaba. Porque “te vio primero”, tú la ignoraste y viniste directo a mí. Eso no le gustó, que yo no te cedí.

IGOR: ¿Yo le gusto a Karen?

MOANA: ¡Por Dios, te comería vivo! Así que te aprueba con una condición, que nos demos un trío de dos días seguidos. Tú y nosotras dos. ¿Te he contado del sauna en casa de Karen?

IGOR: ¡Así se arreglan los problemas mi bella!

MOANA: Pues al compartirte ganamos todos. A mí no me importa. Los quiero a los dos.

3.
Recoge a Moana y cruza pocas palabras en el camino, ninguna referida al encuentro.

Llegan a un espectacular apartamento. Karen maquillada y voluptuosa como Moana, los recibe con copas de champán. Toman unos tragos, Karen invita un joint y se sientan ambas firmemente apretadas contra Igor, a derecha y a izquierda. Líneas de cocaína. Moana lo besa apasionadamente y lo invita a degustar mejor el trago. Karen le besa el cuello, toma su mano y la lleva a sus pechos, besa apasionadamente la boca de Karen.

A Igor algo lo sumerge en un sopor atípico para un simple joint. En vez de levantarse para la ocasión, Igor siente que pierde control sobre sus piernas. Una bruma le invade la visión y se precipita en la alfombra.

Gritos cortos, siluetas que se mueven frente a él, un hombre que trata de escabullirse. Levanta los pesados párpados, hasta la mitad. Es Guillermo Ostos, Director de Recursos Humanos de Hampfton, en calzoncillos tipo short y franelilla, lo acechan tres sombras que vibran en la distancia, femeninas por la silueta, una de ellas desnuda o semi desnuda.

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La escena parece una película psicodélica. Las mujeres le cortan el paso a Ostos, una lanza un alocado swing que falla. Acierta el siguiente. Ostos se desploma sobre unas sillas de mimbre.

Una hembra masiva, que nunca había visto, sale del cuarto y arrastra al Director de RRHH. Igor respira apresuradamente, para darse energía.

Karen se acerca y trata de inmovilizarlo. Igor se sacude y se zafa. Karen lo embate contra la pared con un jab de derecha. Moana le cae encima, lo sofoca, entre varias lo llevan a la sala. Es depositado sobre la alfombra, humo, hienas, luces tenues, sale el mujerón y le apreta el cuello, firmemente contra el tapete.

Va y viene su conciencia. Se sacude. Ya no puede abrir los ojos, todo oscuro, perfumes mezclados con cannabis, bamboleo mientras lo sujetan. (En una ráfaga mental Igor siente que aquella forma de morir le parecía erótica en el fondo). Después del reverse gangbang hubiera sido perfecta… pero he allí que yacía en la sabana africana, atontado como los insectos con el veneno de las arañas, como un ox indefenso listo para ser devorado.

Algo distrae a las cortesanas. En la habitación contígua acaban de liquidar a Ostos con un tiro silenciado. Aquella noche aniquilan a dos machos disruptivos, que no respetaron la jerarquía de las hienas. Las asesinas, también y después de todo, están algo borrachas, de modo que Karen tropieza sin querer su cartera o una cartera, que cae cerca de Igor. Cuando éste abre los ojos buscando oxígeno, mira bajo el sofá un revolver caído junto a polveras y peines.

El intervalo es minúsculo como las panties de Moana y de Yarizza, y no sabe con qué fuerza… pero estira el brazo y logra asir la .48. Mientras tanto Yarizza lo trepa, esta vez para terminar de inmovilizarlo y que Karen lo liquide.

Con lo que queda de fuerza aprieta el gatillo. El tiro hace un estruendo y le atraviesa el hombro a Karen, todas se alejan momentáneamente. Mareado, con sombras que danzan, se levanta, apunta al azar y corre tambaleándose a la luz. Lo acechan, las repele con el revólver que agita amenazante. La grande (Petra) lo apunta y con un simple movimiento lo pudiera abatir, pero Moana le prohíbe disparar.

Karen es sostenida por sus asistentes, otras llaman al 911 y una grita desde el balcón pidiendo una ambulancia. Ya se siente la voz de vecinos afuera y sirenas de policía abajo. Otro cadáver no sería nada buena idea y ya no es necesario. El de Ostos ya sellaba el destino del clan.

La policía entra violentamente y encuentra a Igor desmayado, dado por muerto al principio. Karen canta, ebria, ya contenida la herida que no era grave. Moana llora. Ostos yace en una habitación, boca abajo, ejecutado.

4.
Sólo una cincunstancia fortuita permitió desmantelar ese clan.

A raíz del incidente Igor experimentó, digamos, su propia evolución mamífera. De musaraña a primate más avanzado, probablemente habilis, entendió mejor su puesto en la cadena alimenticia del deseo y del amor. Contra las hienas no se puede luchar. Acaso defenderse o huir. Si te deshaces de una, vienen más.

Y así se sube lentamente por las llanuras de la sabana milenial. Dejando huellas en la tierra caliente, comiendo carroña o cacería, migrando… Igor ya sabe que llegar al tope como el león sólo es posible si lo aprendiste de una hiena.

 

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ILUSTRACIONES: Lúdico.

 

La Cruz de Tiuatán

La Cruz de Tiuatán

Un cuento juvenil. Mi película serie B soñada

I. Lo que quedaba del Convento de la Virgen de La Pacificación poseía más altivez guerrera que solemnidad piadosa.

En el Departamento de Madre de Dios en Perú fue construido en 1552 por el infame Hernando del Besto como emplazamiento defensivo en el noreste, asediado por los tiuatanes, una raza misteriosa y legendaria que había tenido grandes momentos hacia los siglos XIII y principios del XIV.

Aunque ese territorio ya amazónico suele denominarse Pacificación, popularmente se le conoce como el “país de Tiuatán”. En 1610 solo quedaba una dispersión de tribus, buena parte absorbida por los conquistadores, que ellos llamaban “invasores”.

Para entonces la pequeña fortaleza dedicó un mediano edificio lateral, separado por una muralla, a un convento de la orden chermejina, ya asentada en esa húmeda región del sureste peruano. Los usos religiosos se extendieron por siglos, compartidos con presencia militar irregular por casi 300 años.

Ahora bien, en 1685 ocurrieron acontecimientos que aún desafían a los estudiosos.

Departamento de Madre de Dios en Perú, que fue creado en 1912 (nueve años después del viaje de Crassas), en la frontera con Brasil y en plena amazonia.

Departamento de Madre de Dios en Perú, que fue creado en 1912 (nueve años después del viaje de Crassas), en la frontera con Brasil y en plena amazonia.

En medio de batallas de la época, hubo una invasión que literalmente arrasó el convento y la guarnición. Lo que no pueden descifrar los historiadores es cómo de 75 hombres y mujeres residentes en ambas instalaciones, se contaron 24 víctimas pero ningún sobreviviente. No hay recuento de escape del resto y no se encontró a ninguno de los “desaparecidos”. El ejército de refuerzo llegó un par de días después pero no encontró rastros de quienes faltaban.

Huelga decir que se tejieron innumerables especulaciones. Una conjetura popular indígena habla del cóndor: Dios mandó un “escuadrón” de cóndores para llevarse volando a los sobrevivientes al “cielo” del dios Tihua. Otra más extravagante: que por algún indecible conjuro se transformaron en bestias deshumanizadas que sembraron terror en esas selvas.

Y aquí empezó la leyenda de este lugar, que ha obsesionado a centenares de historiadores y curiosos, yo incluido.

Hacia principios del siglo XVIII se reportaron casos esporádicos pero muy extraños. Soldados o proveedores del castillo aparecían muertos, mordidos por animales salvajes. Esto, en el fondo, no hubiera sido extraño, dado que desde siempre se han visto jaguares y caimanes en los alrededores y hasta en el castillo.

Lo notorio y aterrorizante es que estos animales no tienen la costumbre de vaciar de sangre a sus presas. Incluso en algunos casos la víctima estaba físicamente intacta y, sin embargo, seca de fluido sanguíneo.

Diversas investigaciones fueron inútiles. El territorio era demasiado extenso e impenetrable, con lluvias interminables e inundaciones. Los avistamientos de “ese simio u oso que bebía sangre” aumentaron y daban cuenta de todo tipo de seres: panteras cruzadas con lobos; “Pagotos”, el Yeti amazónico y el más horrible: una especie de hombre-mosca o ave-peluda, ambas chupasangres.

Hacia 1754 fue abandonado el castillo y se consolidó su fama de maldito. Los “encuentros” y “testimonios” en el bosque se han sucedido hasta el presente.

[Nota del editor: Hay fotos borrosas de estos seres, una de las cuales se muestra más adelante.]

Violentas lluvias terminaron por precipitar una parte importante de ambas instalaciones. Y a estas ruinas, ya dejadas al abandono hace 150 años, llegaba yo.

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El actual Departamento de Madre de Dios en Perú. El símbolo rojo indica la ubicación de las ruinas de los emplazamientos de La Virgen de La Pacificación.

II. Crassas Estulutzú es mi nombre.

Soy arqueólogo. En 1903 fui a Tiuatania, uno más de docenas de investigadores que habían auscultado las ruinas palmo a palmo. Pero no, debo ser justo y decirles que no fui uno más. Tenía un valioso documento del siglo XVIII, que me fue dado para buscar un punto en los restos del edificio principal donde había una bóveda oculta con respuestas. 

Llegamos en la tarde, iba con Antón, mi asistente.

Contemplé la mole recortada contra el lento crepúsculo. Sentí que retaba todo mi sentido común ejecutar esa investigación, pero no podía evitarlo. El angosto camino a veces empinado nos llevó a un templado bosque selvático. Donde antes se erguía un poderoso portón ahora apenas un muro raído y una vía libre para entrar.

Estaba en lo que fue el Convento de la Virgen de La Pacificación, la cuna de tantas leyendas: el “hombre mosca”, los vampiros, ciudadelas perdidas. Adentro había una pendiente de tierra, hecha de pisos, terrazas y paredes derruidas. La subimos y alcanzamos el patio de armas, un terraplén con grandiosa vista sobre una montaña a 1.500 metros de altura.

Levantamos campamento. El tiempo había trabajado con calma pero contundencia: el castillo estaba limado, como un monolito inerte salido del infierno. De vez en cuando mi mente huía de la ciencia y miraba aquello con terror supersticioso. Hacía un frío muy soportable, unos 13 grados.

Conversé con mi asistente la estrategia del día siguiente. Comimos, se fue a dormir y yo decidí revisar mis documentos. En esencia: las notas selectas de un libro de 1773, encuadernado en cuero y con indicaciones para encontrar una bóveda, una pequeña cámara con pergaminos invaluables.

¿Evidencia? La Cruz de Tiuatán o Cruz Tiuatana, un símbolo sincrético de “religión diabólica”, propio de esta raza de la que se sospecha hay sangre inca. El símbolo se multiplicaba en algunas esquinas de lo que quedaba.

Lo sorprendente es que el documento parecía mostrar una conexión entre la Cruz y las misteriosas desapariciones que por siglos han plagado la región: gente que aparecía muerta, o sencillamente no aparecía. No se habían reportado en los últimos 20 años, pero igual nos turnaríamos la vigilancia, fuertemente armados.

Tomé el primero, alrededor de una robusta fogata y aproveché para repasar algunas anotaciones. Encendí una pequeña mota de opio. No me atreví a caminar más allá de cierto punto en plena noche, rodeado de ese manto de misterio y de miedo que daba el paraje…

Silbidos cruzaban la noche y formaban en mi mente imágenes fugaces que me llevaban a eventos ancestrales, dentro y fuera de esos muros…

Sí, mi vigilia y el sopor del opio me sumergieron en un agitado entresueño. Sentía las “aves-noche” acechar, las terroríficas y grotescas aves-noche.

Tomé la lámpara, la alcé y la dirigí al suelo al azar. Había un escarabajo en el piso, un coleoptera adephaga. Al sentirse bañado de luz pareció despertar y caminó muy rápido hacia adelante. Lo seguí, no sin antes llevarme conmigo mi morral y mi canana.

A veces perdía al coleóptero y giraba mi haz de luz hasta ubicarlo. Corrió hasta una galería semi destruida, pero aún techada. Entró en un cuarto de baja y siguió en línea hacia una puerta aparentemente clausurada. Pasó debajo de la puerta (el coleóptero).

Instintivamente giré la perilla (era una puerta moderna, puesta ahí por el Ministerio de Guerra hace muchos años) y se abrió con un rechinar. Sentí el golpe de una atmósfera fría y antigua. La llama tembló y sólo se estabilizó cuando me detuve.

Estaba frente a un corredor hecho por mi lámpara, como si pintara paredes ancestrales con resplandores frescos. Delante de mí seguía diligentemente el escarabajo. Recordé, no sé porqué, el fragmento de Don Petronio Gabriello  en el poema La alfombra de piedra (1774):

Son halados por un hilo de silencio
Arrastrados por la alfombra de piedra…

Aparecían súbitamente frescos y me daba la impresión de una escolta espiritual más de temer que de confiar. Por el efecto del tiempo, muchas de estas pinturas estaban desfiguradas.

El escarabajo se detuvo frente a una pared. Tomé mi navaja y comencé a rasparla. Poco a poco apareció un aro enterrado. Recargué la lámpara con aceite y al rato desenterré el pesado anillo de cobre que concluía en un engranaje. Lo así, girándolo a la derecha y a la izquierda alternativamente. Una violenta sacudida me lo arrebató de las manos. Retrocedí con miedo. La pared giró pesadamente produciendo un ruido sordo, rozante, pedregoso.

Lo que creí un muro resultó un secretum ostium, una puerta secreta. Entré con mucha precaución y bañé de luz un recinto pequeño, como de diez metros cuadrados. El olor a encierro era insoportable. Iluminé el piso y noté, en la esquina sur, una abertura circular, una especie de pozo cuyo fondo iluminado por el candil no se veía.

Vacilé entre llamar a mi asistente o emprender un rápido reconocimiento. Al escarabajo no lo vi más. Me até la lámpara al cinturón e inicié el descenso por una endeble escala colgante, desesperadamente largo. En vano trataba de iluminar el fondo, parecía atravesar las capas geológicas de la tierra.

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La Cruz de Tiaután según dibujo de Crassas.

Descendí probablemente por espacio de quince minutos. No veía mis pies ni sobre mi cabeza, sólo el limitado globo de luz a mi alrededor. Una mirada casual a un peldaño reveló una Cruz Tiuatana, emblema de la difunta secta sincrética tiuatano-española de los siglos XVI y VII, cuyo desenlace continúa siendo otro enigma para la historia.

Continué bajando hasta que pisé el vacío. Acerqué la lámpara y vislumbré un suelo de piedra, al cual podía saltar. Ahora ¿podría trepar de vuelta? Pensé que sí y me precipité al suelo. Uff, al instante me arrepentí.

Estaba en una especie de mina, con poco oxígeno y hasta el vaho de la lámpara se hacía visible y viscoso en el aire. Al mover el resplandor noté un agujero circular en una pared, un hueco de fondo oscuro e insondable. Asomé la cabeza. En mi morral llevaba suficiente combustible para explorar y en todo caso tenía una cuerda con ganchos.

III. Comencé a transitar un pasillo cilíndrico, a ratos dos veces más alto que yo, otras a ras de mi cabeza.

Todo tipo de escenas se sucedían en los frescos, sorprendentemente vibrantes: luchas entre españoles e indígenas, trajes rituales de ambos combatientes, la selva en miles de combinaciones… pronto el suelo plano dio paso a escaleras labradas en la piedra.  

Cuando ya comenzaba a desesperarme en ese laberinto univial, el pasillo termino en una salida de tenue resplandor. Al traspasarla penetré en un gran aposento, como una galería a juzgar por el eco. La sensación de oxígeno limitado se mitigó. Caminé y al lado un muro de piedras oscuras y brillantes.

Me aterroricé súbitamente al contemplar Anillos de Amanaupa, inconcebibles objetos de tortura que los tiuatanes usaron contra sus enemigos y que, se dice, los conquistadores decomisaron y usaron contra la tribu de marras. Colgaban de la pared, abandonados por siglos.

Cuando la pared hizo esquina, vi a mi derecha una especie de altar de la misma piedra, abandonado. Llegaba un olor rancio, típico de compuestos orgánicos cuando son almacenados por siglos. Detrás del altar colgaba una cortina que, al acercarme, entendí era una bandera con el símbolo de la Cruz Tiuatana. La calidad de la tela me impresionó, parecía no tener tiempo.

En el piso tropecé con objetos heterogéneos de satanismo sincrético. Emití un sonido gutural para calcular las dimensiones del recinto, como de 200 metros cuadrados y pronto era yo un globo de luz que taladraba esa pesada y gélida oscuridad.

Huesos de murciélagos en el piso y huesos que me parecieron humanos pero que no toqué. Alcancé el otro extremo de la gran estancia, cruces de Tiuatán en todas partes, el cadáver fresco de una serpiente, cercenada su cabeza, el fragmento de una cadena, un… “¡¿Qué?!”

Examiné con terror el reptil macheteado: en efecto cortado seca y limpiamente hace poco, con una herramienta, no con dientes o garras. Era trabajo humano. Un escalofrío indecible recorrió mi cuerpo y me sumió en un temblor estático que no podía reprimir.

Sentí la oscuridad y el frío sobre mi espalda. Los dibujos en la pared se tornaban cada vez más sobrecogedores: monstruos, mantícoras, murciélagos gigantes, caimanes de dos cabezas devorando a indígenas, a soldados europeos y ¡a sacerdotes católicos!

Puse la lámpara en el suelo, saqué mi pipa y comencé a aspirarla para bajar un poco la ansiedad. Debía regresar. Me sentía abrumado. Pero al voltear contemplé la silueta de siete individuos parados frente a mí, en una especie de semicírculo. El del centro llevaba la Cruz Tiuatana estampada en el frente de su toga oscura.

“Bienvenido a Tiuaquirop, señor Estulutzú. Es usted el primer visitante que tenemos en siglos”.

Me incorporé lentamente. De los alrededores se acercaban otros portadores de antorchas, con capuchas que me impedían ver sus rostros. El líder prosiguió:

“Soy Nelpiro Kumpo, sumo sacerdote de la secta Tiuaquirop. Somos moradores de las profundidades. La sombra ha sido nuestro cobijo y la piedra nuestro escudo. Sabemos que existe un mundo del Sol pero lo despreciamos. Sólo visitamos la superficie de noche …”

No importaba el esfuerzo: sólo veía ojos alargados y vidriosos entre las pliegos de tela. Mi incredulidad y mis nervios desdibujaron bastante lo que me dijo Nelpiro, pero aquí os lo resumo:

En 1610, bajo el cargo falso de que entre la guarnición y el ejército había relaciones non sanctas, una facción disidente de un ejército disidente mayor atacó ambas instancias. Con poco tiempo de aviso, los tomaron desprevenidos. El resto  (que incluía indígenas de servicio de uno y otro sexo) se refugió en el convento, porque el castillo ya había sido parcialmente invadido.

Asediados y rodeados, se atrincheraron en la torre central y sus sitiadores los creyeron arriba, pero bajaron por un agujero natural que permitía el paso de una persona a la vez. De allí a la piedra laberíntica de una cueva. Luego, por desgaste de ciertos pasajes, un derrumbe selló la entrada y obligó a los escapados a seguir hacia las profundidades.

Quienes huían transitaron una serie de conductos naturales hacia galerías subterráneas. Afuera, sus enemigos revisaron palmo a palmo, buscándolos. Adentro, no carecían de agua, pero su alimentación era poco variada y sofisticada, de hecho era repugnante en algunos casos.

La guerra se extendió hacia las tribus tiuatanas que quedaban en la región y las intentaron exterminar una por una. Se cuenta que un grupo cercano a la montaña del castillo, obsesivamente asediados por el ejército español, halló una ruta a las porosas entrañas de la montaña y, luego de un deambular de meses, algunos se encontraron con los disidentes religiosos. En vez de luchar optaron por colaborar, y más temprano que tarde esa colaboración implicó cópula y descendencia cruzada. Unieron ritos y símbolos.

Como no podía ser una religión de luz, lo que hicieron estos topos humanos fue un sincretismo católico-tiuatano, que ya no adoraba a Yavé en los Cielos y a su primogénito, sino a dioses zoomórficos y a insólitos seres compuestos.

Las combinaciones químicas de esas aguas, la dieta tan sui generis, la ausencia de luz, la interacción con una nueva fauna de microbios y microorganismos hicieron el resto.  

Adquirieron la facultad de ver con mínima luz e incluso en ausencia total. Se adaptaron a los estrechos pasadizos y ríos subterráneos. De noche salían a cazar y sus mutaciones los hicieron vampirizarse, aunque de un tipo más omnívoro que no dependía exclusivamente de la sangre.

Sus correrías por la selva eran prácticamente impunes, a no ser por animales como jaguares. Lo impenetrable de la selva mantenía su leyenda intacta. Consolidaron una religión, una sociedad nictálope que se extendía desde los árboles más altos hasta la piedra profunda.

IV. Este relato me dejó sin aliento.

— Es obvio, Don Crassas, que no podemos dejarlo salir –dijo Nelpiro.

— ¿Por qué no, si no voy a decir nunca nada? Le doy mi palabra de honor.

— Hemos escuchado demasiadas “palabras de honor” que no lo fueron.

Mientras decía esto yo auscultaba las posibles rutas de escape. Era difícil discernir cuántas personas me rodeaban, qué tipo de armas tenían, en fin…

Se dijeron unas palabras y, de una forma u otra, comenzaron a rodearme. Uno de ellos ondeaba una larga cuerda, enrollada en su antebrazo. Se acercó otro llamado Puma Punkuto, armado discretamente con un cuchillo. Se presentó y me pidió que me rindiera sin violencia.

Por un instinto que ahora celebro, me abalancé primero, lo así fuertemente por el cuello y pude comprobar poco peso y dureza de piel (pesaría la mitad que una persona de su tamaño en la superficie), lo amenacé públicamente con mi pistola que coloqué en su sien.

Otro de ellos se lanzó hacia mí, emitiendo un chillido agudo extremadamente desagradable… No tuve más remedio que disparar. El tiro lo levantó del suelo para lanzarlo hacia atrás. El estallido retumbó de tal forma en la galería que los “sacerdotes” cayeron aturdidos en el piso y ocurrió un caos en los espectadores que se acercaban, haciéndolos correr en todas direcciones. Yo mismo, al no prever la amplificación exagerada del disparo, quedé con un silbido incesante en mis oídos por largos minutos. Sentí sobre mí el volar desesperado de miles de murciélagos, sin que cesara el silbido.

Comencé a desplazarme trabajosamente con Puma Punkuto asido fuertemente por el cuello, quien me decía con el poco aliento que tenía: “¡No lo logrará, es inútil, ríndase!”

Varios guardias habían llegado, dispersándose para rodearme. Alcancé una de las puertas del primer altar, el silbido persistía pero sentí decenas de pasos que se aproximaban. Tomé una antorcha de la pared, incendiando la bandera gigante que tapizaba el muro detrás del altar principal. Un pedazo ardiente se desprendió, lo tomé por un extremo y me lo llevé conmigo, junto a Puma Punkuto a quien apuntaba a la cabeza. Una flecha me rozó el rostro e hice varios disparos a la oscuridad, creando más caos y dispersión.

Un audaz guardia desafió el cerco y se lanzó suicidamente sobre mí. Levanté la tela ardiente, que lo envolvió y pronto era una tea humana que se abría paso entre sus compañeros aterrorizados.

Yo continuaba usando a Puma como escudo, pero comenzó a ponerse difícil, a sacudirse y rehusar continuar. En ese forcejeo le arranqué la capucha. ¡Oh! Contemplar su rostro casi me congeló el corazón del impacto: era una cabeza oblonga, plena de pliegos, cubierta totalmente de minúsculos bellos, con orejas negras grandes y puntiagudas… ¡Era un murciélago! Una especie intermedia, un horrible mutante.

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La famosa “Foto de Altamirano” (1), tomada en 1932 y de la que se afirma que muestra a un mutante en la esquina inferior derecha, amplificado en el número 2. Fuente: Archivo General Amazónico.

Sentí tal impresión y asco que lo solté violentamente y me lancé solo por la primera puerta que vi (no la misma por la que llegué a la galería). Blandía la antorcha en una carrera alocada por un camino que no conocía. El trecho hasta el primer descanso de la escalinata se me hizo larguísimo.

Me sacudió el temblor de muchos pasos y garras, el humo se acumulaba y me ahogaba, restándome fuerza. De mi cantimplora tomé lo que quedaba de agua. Me hice de fuerza y emprendí un ascenso que sentía inútil, pero imaginar lo que pasaría si me atrapaban me hacía sobreponerme y seguir.

En el camino vi a lo lejos el ejército que me perseguía: seres, ya sin capuchas, con ojos inyectados de sangre y pequeños colmillos, en medio de una insoportable agregación de chillidos.

Llegué a un recinto y no vi puertas. El fin, pues, pero no los dejaría atraparme vivo así que tomé mi pistola para acabar con todo… hasta que noté un agujero en el techo, con peldaños similares a los que usé para bajar. Me acerqué y no hallaba cómo treparla, salté pero estaba muy alta.

Ya mis perseguidores se asomaban a los lejos. Recordé una cuerda con ganchos que tenía, me costó trabajo sacarla del morral. La lancé y fallé. Lo hice otra vez y otra vez hasta ensartar el garfio en un peldaño. Lo trepé con la menguada energía que tenía.

Cuando entré en el cilindro labrado en la piedra sentí la electrizante mordida de una flecha que se hundió en mi muslo derecho, pero la [adrenalina] era tal que seguí adelante a pesar del lacerante dolor. Me la extraje justamente cuando alguien se abrazó de mi pierna izquierda.

Noté que era sorprendentemente ligero. Con sus garras que me hirieron en el recorrido, se subió conmigo al pasadizo vertical. Lo aprisoné contra la pared y le apreté el cuello (baboso y cubierto de unos vellos lisos), le di un tiro, lo ahogué y solté para que cayera encima de otros frenéticos que ya escalaban para atraparme.

Escuché sus gruñidos y me rozaron dos flechazos. El cilindro de piedra comenzó a curvarse, de modo que los perdía de vista pero sin duda se acercaban. La herida me laceraba e impedía subir más rápido. Tomé un aliento profundo y continué.

Menos mal que solo podía subir uno a la vez, por lo cual se me ocurrió una idea. En una esquina del ascenso los esperé. Cuando vi las garras y el horrendo rostro del primero le disparé y cayó sobre el siguiente, ocasionando un bienvenido embotellamiento que me dio una pequeña ventaja en la escalada. Me quedaban tres balas y una antorcha menguada.

En un codo del ascenso esperé de nuevo, disparé al líder, le pegué la antorcha y se encendió rápidamente (aquellos seres ardían con gran rapidez). El cuerpo en llamas se precipitó, llevándose consigo a dos o tres que le seguían. Los chillidos de furia me ensordecieron y el humo casi me sofocaba.

No obstante alcancé como pude el tope del cilindro y llegué a una habitación, esta vez completamente sellada, sin agujeros, ni puertas o ventanas, excepto el círculo donde había salido, y por donde pronto surgirían mis enemigos. Grité de frustración y el eco me atormentó. El bullicio de mis perseguidores me hizo calcular que llegarían en unos cinco minutos. Me quedaba una bala.

Me paré de espalda contra un muro. La antorcha en el suelo terminaba de consumirse. Respiré con calma, resignado. Tomé mi arma y me la puse en la sien. Vi la primera garra salir del círculo, ya todo estaba perdido.

Miré a mis pies, el coleoptera adephaga pareció salir de la pared. Inmediatamente escuché el estruendoso trillar de piedras cuando giró la pared conmigo, apoyado en una vibración contundente. Allí estaba Antón, mi asistente, candil en mano:

— Crassas, tuve un sueño, al despertar vi un escarabajo y lo seguí…

Eran las 4:45 am. Una flecha destinada a mí y que me rozó el cuello, le atravesó el hombro.

— Antón ¡corre!

Contemplé al arquero que preparaba una flecha para mí y le dediqué mi último tiro. Ya emergían otros. Antón estaba tan impresionado que no había llegado a sentir el dolor real del flechazo. Giré el aro del otro lado de la pared y ésta se cerró pesada y obedientemente. Un perseguidor que pretendió salir fue aplastado por el violento movimiento y fue partido en dos.

Le extraje la flecha a Antón.

— ¡No hay tiempo para explicarte, vámonos!

A nuestras espaldas el muro se estremecía por la orden interna de girar. Pronto estarían detrás de nosotros. En una alocada carrera hacia el agujero en la muralla traté de contarle a Antón, pero mis palabras no tenían sentido alguno para él.

— ¡Las “aves-noche”, las “aves-noche”! Son mutantes, murciélagos, tiuatanos, monjas, Nelpiro.

De repente de una esquina surgieron varios para emboscarnos y, en una desafortunada escaramuza, atraparon a Antón quien soltó su revólver. Me detuve, recogí el arma y disparé como pude, pero no había nada qué hacer. Lo apresaron entre muchos y los llevaron a un cuarto donde no lo vi más.

Seguí la carrera, salí del castillo pero mis perseguidores venían de varios puntos hacia mí. Al frente había una explanada donde ya los sentía desplazarse. Al oeste un precipicio hacia el que corrí trabajosamente, ya que el dolor en mi pierna era paralizante.

Llegué al borde del desfiladero, no podía ver qué había abajo. Sólo sabía que a unos 600 metros, fluía el río Madre de Dios o un afluente. Mis perseguidores estaban a pocos metros, a lo lejos una franja de anaranjado anunciaba el amanecer. Las “aves-noche”, los mutantes murciélagos frenaron la carrera y venían a mí calmada y ritualmente, no había salida. Aparentemente me querían vivo. Y yo, Crassas Estulutzú, ateo, miré el precipicio (que no me miró de vuelta), me encomendé a un poder superior y me lancé al vacío.

Mi cuerpo chocó contra una pendiente de pequeñas piedras y comencé a rodar furiosamente hacia la falda de esa montaña. Cuando la gravedad se atenuó, me levanté con lo poco que me quedaba de energía. Había recibido una paliza. Los murciélagos humanos ya se sentían desplazarse entre los árboles. Escuché abajo, como a 15 metros, la corriente del río.

Y me lancé de nuevo.

V. Tardé cinco días en alcanzar la civilización, gravemente herido.

Reporté el hecho pero no como ocurrió. Obviamente, me hubieran tildado de loco si hablaba de hombres-murciélagos que moran en las profundidades de un monolito rocoso. Simplemente les dije que me separé de Antón, quien se perdió en la selva, y fui atacado por indios de los que logré escapar.

Mi herida en el muslo, los maltratos posteriores e infecciones en la selva me han obligado a un par de operaciones, pero ya estoy mejor y aún camino con muletas.

No le he contado esto a nadie (excepto a usted, que me lee) y le pido que no haga mención … todavía.

Cuando me mejore pienso volver a Tiuaquirop y ver si termino de develar este misterio. Por favor, espere mi recuento al respecto, si es que alguna vez ocurre. Las pesadillas me atormentan y he llegado a creer que solo volviendo puedo superarlas.

CruzdeTiautan2En mi alocado escape dejé todas mis posesiones en el camino, pero cuando llegué a una medicatura rural donde me salvaron la vida y comencé a recuperarme, encontré algo en mi bolsillo.

Una pequeña piedra circular, de unos cinco centímetros de diámetro, con la Cruz Tiuatana cincelada. No recuerdo cómo llegó allí pero la guardo como un peligroso tesoro.

Me acompaña a todas partes desde entonces. Un recordatorio de que contra todo sentido común y precaución, debo regresar tan pronto pueda al misterioso y peligroso reino de Tiuatán.

No, querido lector, no importa lo que implique. No me puede negar una aventura como ésa.

 

Crassas Estulutzú,
1904

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IMÁGENES: Lúdico.
Publicada en Mayo 12, 2014.