Microorganismos, mamíferos no humanos y ballenas en la luna manejan secretamente los motores de búsqueda

Microorganismos, mamíferos no humanos y ballenas en la luna manejan secretamente los motores de búsqueda

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¡Tiemblan las empresas de search engines! Les diré lo que Google y otros motores de búsqueda no quieren que sepas.

La gente cree que los buscadores web trabajan con complejos algoritmos digitales. 

En realidad cuando haces una búsqueda (por ejemplo, “restaurantes de ensaladas en Villa Linda”) ese mensaje es memorizado por pequeños microorganismos que se alojan en tu computadora o móvil. Estos organismos transmiten el mensaje telepáticamente a alturas estratosféricas. (más…)

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Metáfora de lógica y absurdo

Metáfora de lógica y absurdo

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En una alta y nublada montaña un aprendiz presenta el examen final de clarividencia ante el Maestro Adivino. La prueba consiste en una sola adivinanza.

– ¿Vas a ser aprobado o reprobado?

El aprendiz contesta: “Seré reprobado”. ¿Cuál debe ser el veredicto del Maestro?

Veamos. Por lógica, si acierta lo aprueba y si no acierta lo reprueba. Si el Maestro lo reprueba el estudiante acierta y debe ser aprobado por justo acuerdo. Pero si el Maestro lo aprueba aquél no acertaría y debería ser reprobado por fallar. Y entonces si lo reprueba… Regressus in infinitum…

Esta ingeniosa paradoja me pareció una elegante travesura intelectual. Una inocente broma que gastaría entre mis amistades. Y así hice.

Estallaban de risa al advertir que, si podían, no debían y viceversa. Cambiaban rápidamente de tema. Paseé mi acertijo con deleite hasta que me topé con Zetaté, amigo con quien comparto ciertos fantasmas.

Después de reflexionar con inusitada seriedad, comenzó el siguiente diálogo:

ZT: Debe ser reprobado.

YO (MECÁNICAMENTE): Pero, cómo, si lo aprueba estaría acertando porque él predijo…

Negó con la cabeza.

ZT: Olvida la antinomia, olvida el aprendiz. El juego no tiene salida si razonamos por lógica, cualquier posibilidad nos lleva a contradicción.

Se arrellanó en el sofá y encendió ritualmente un cigarro. Yo ya imaginaba lo que vendría.

YO: ¿Y qué propones?

ZT (A LA CUARTA BOCANADA): Bien, el futuro es la porción incumplida del tiempo ¿no? Pase lo que pase siempre “será”… más allá del estricto y fugaz momento.

YO: Puede haber muchos futuros.

ZT: Entonces o acertar es imposible u ocurre solamente en uno de los muchos futuros.

YO: Sí, cierto.

ZT: Volvemos al principio… En cualquiera de los mundos, sólo Dios o la divinidad o lo sobrenatural pueden hacer una cosa y luego ubicarse antes de ella, hecha antes de hacerse. El Adivino participa de una vislumbre divina: no puede modificar nada, pero lo ve antes de hacerse.

YO: Antes de hacerse…

ZT: La predicción detallada y precisa del futuro, con matices y todo, vista antes de ocurrir, no es “natural” en el humano. Nuestro éxito se basa en nuestro aprendizaje intuitivo y luego estadístico. Pero clarividentes no somos, porque la estadística es aproximación. Claro, eso si el maestro no es un farsante…

YO: No, es un Adivino de verdad verdad.

ZT: …si es así, participa de un poder sobrenatural que determina ese futuro. Si estaba destinado a ser reprobado, debe serlo por cuanto el adivino sabe lo que va a suceder. La ética del problema queda entonces: Si es un adivino de verdad y acierta hay que reprobarlo. Si es un adivino falso hay que reprobarlo también, así acierte.

Traté de rebatir pero me sentí desarmado. Mientras hacía tiempo para analizar el asunto, traté de inspirarme en la famosa Navaja de Occam.

YO: Para mí, más allá de lo divino y del porvenir, nuestra paradoja plantea una cuestión de lógica simple: si adivina aprueba, si no reprueba.

ZT: Eso ya lo dijiste.

YO: Pero ahora lo digo en otro tono: el veredicto no puede quebrantar esas reglas, pero tampoco puede no hacerlo. Si el aprendiz contesta: “Seré reprobado”, no podemos decidir, porque en cada caso necesitamos ambas. No se toleran y están condenadas a vivir juntas.

ZT: Como muchos matrimonios -dijo sonriendo.

Al rato, más serio:

ZT: Concibes Maestro y Aprendiz como artificios o marionetas de un juego lógico. En las cofradías de alquimistas, como tú bien sabes, en las tierras donde habita la Magia, hasta las leyes físicas difieren por espejo cóncavo. Debe ser castigado por tramposo…

YO: El Maestro Adivino (que no es un farsante), conoce el porvenir preexistente pero no tú ni yo. Eso pide el problema: uno de ambos dictámenes que satisfaga las reglas lógicas sencillas. Dame una razón para sustituir la lógica por una ética.

ZT: Ninguna, si tu razonamiento se desplaza por los estrechos corredores de la lógica. Si Dios (lo divino) determina el tiempo y permite al Adivino beber de un pozo de clarividencia, no me hables de una lógica que comienza por excluir la misma noción de divinidad.

YO: Recuerda que hablamos de un juego “mental”, con posibilidad para restringidos milagros. Su planteamiento es deliberadamente caótico, como un laberinto mental.

ZT: Este acertijo, preso en tus laberintos mentales, resulta incompartible. Si acaso tiene algún interés, lo encontraremos en su aplicación a la magia. Las condiciones que altera su práctica, las deformaciones que produce en la causalidad de fenómenos, permiten que el Adivino lo repruebe sin apelaciones, porque su poder sobrepasa tu lógica, o la transforma.

YO: ¿Cómo?

ZT: Debe ser reprobado por contestar de forma que contradice la lógica en ambas direcciones. ¿Hay un sentido oculto para que haga tal cosa? Quizá, pero yo tomo posición por reprobarlo, por intentar descarrilar la ética con una lógica paradójica. De acuerdo con tu “lógica”, el fracaso de tu aprendiz engendra un triunfo fraudulento y encima “irrebatible”.

YO: Lo piensas desde la ética.

ZT: Si la divinidad existe, es más probable que actúe por ética que por lógica. No el problema, sino la manipulación de las palabras en su formulación es lo que trastorna la coherencia. Si el Aprendiz contesta: “Reprobado” debe ser reprobado ipso facto. La lógica queda reconstituida, porque ahora dice lo que antes no dijo, para confusión de todos.

En este punto de la conversa no había vuelta atrás. Habíamos pasado de un juego a un “tópico”. No me di por vencido.

YO: Si no conocemos el futuro, el dictamen y la predicción son lo mismo, porque no importa si tal decisión iba a ser, sino cuán bien la argumentemos. De hecho, si ocurre es porque iba a ocurrir y punto. Si la magia tiene sus propias leyes, han de ser secretas, legibles quizá para los iniciados o no siempre manifiestas de la misma forma.

ZT: ¿Qué quieres decir?

YO: Que podemos argumentar a favor de aprobarlo.

ZT: Lo dudo.

YO: Si los dictámenes de la divinidad nacen en un pozo de arcanos, nada me impide pensar en una orden secreta que apruebe al aprendiz, porque Dios y las cosas de Dios (como la clarividencia) son inescrutables y obedecen a un sentido ajeno a nuestra percepción y juicio.

ZT: Eso mismo.

YO: Bien ¡Yo clamo que también puede ser aprobado!

ZT: Siendo inasequible a la divinidad, la ética desconocida se puede variar a placer…

La discusión se extendió por algunas horas y de ese tópico saltamos a otros no menos inquietantes, como la paradoja de las ruedas dentadas que no se tocan, por ejemplo, o aquella de las nueve rejillas entrecruzadas de un tinajero. Por el bien de nuestra fructífera amistad y evitando desgastar prematuramente el tema dejamos la consideración de esta paradoja hasta una especie de tablas intelectual.

He intentado volver al tema, pero mi amigo lo elude inteligentemente alegando que el adivino no necesitaba preguntarle al aprendiz para dictaminar si era mal adivino. ¿Acaso el Maestro no sabía, de antemano, si debía aprobarlo o reprobarlo? Y al disponerse a preguntarle ¿no sabía que el aprendiz respondería: “seré reprobado”?

El ejercicio no deja de inquietarme: a la luz de la lógica, no acepta opciones; en el absurdo, las acepta todas.

Esto tampoco soluciona el problema, pero deja un sabor de conclusión que permite pasar con fluidez a un nuevo desafío intelectual.

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ILUSTRACIÓN: Lúdico.

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Hazul

Hazul

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A Yoyiana

Y aún me pregunto: “¿Quién detendrá la lluvia?”
Creedence Clearwater Revival
 

I. A Don Nicasio lo hizo famoso un reportaje que publiqué hace 20 años sobre unos deslaves en la zona costera central.

“Aguacero de una semana mantiene en ascuas a vecinos de Cristo Redentor” (titular). Bajé a la costa y encontré montañas de escombros en el camino.

La lluvia había amainado contra el pronóstico de los expertos. Hice reporte de daños, entrevistas con lugareños y funcionarios, todo parecía rutinario aunque trágico.

Alguien al cruzarse conmigo y ver mi credencial de periodista, mencionó a Nicasio. Me dijo que había “repetido el milagro” de detener la lluvia y con ella la tormenta misma y el deslave. Lo describió como”iluminado”.

Los caminos hacia su lejano domicilio estaban bloqueados o intransitables. Algo de curiosidad malsana y obsesión, sin duda, me impulsó a la finca montañosa donde -luego de escalar una colina de escombros- Don Nicasio no quiso atenderme y ni siquiera dejó que lo viera.

Su esposa me rogó no entrevistarlo, que él no quería hablar con periodistas ni políticos. Ambos, según ella, interesados en su historia para provecho personal.

Tuve que alojarme en una pequeña pensión e insistí hasta que Nicasio mismo, al verme parado en la verja del frente, pidió desde lejos que me dejaran pasar. Tendría unos 38 años pero parecía casi de sesenta. Se veía débil y sin  embargo nervioso.

– Recompensaré su determinación -me dijo. Le contaré algo que nadie sabe. Todo porque siento que ya de la próxima no paso.

Contó que muchos años atrás hubo unas tormentas sostenidas. Duraron más de la cuenta y pronto bajaron los ríos crecidos azotando colinas y caseríos. Vio cuadras colmadas de agua enlodada y tallos gigantescos flotando en los improvisados río.  

Una noche se dejó bañar por la lluvia, cerró los ojos. Sintió un haz de energía entre él y el agua que se precipitaba. Según su testimonio, recibía esa energía a costa de una agotadora faena de concentración.

Esa concentración (dada su falta de entrenamiento al respecto) requería forzosa presión muscular, resistencia al frío y lo dejaba exhausto. A eso agreguemos largos períodos sin comer y dormir, “redirigiendo y casi rebotando energía cósmica”. ¿Dónde? Ora en un oscuro cuarto, ora al aire libre azotado por aguaceros de medianoche.

Su fama, digamos, pública fue asunto de unos pocos místicos y beatos. Pero secretamente era invitado por diversas sociedades secretas a ejercer su indescriptible don en otros lares. En Anzoátegui dispersó un huracán categoría 3; en Mérida evitó deslaves (porque también enfrentó la nieve) y en Vargas redujo un cataclismo a una vaguada menor.

Pulverizar una nube podía tomar horas o días. Separar las masas de modo que no fueran tan pesadas… posible si el rango de visión era amplio. Y lo más efectivo, atacar la concentración antes que tomara fuerza, para alborotarla y atomizarla a tiempo.

Era luchar contra volúmenes que lo excedían como un gigante a un insecto. La desatención a la familia, el aislamiento en un cuarto para luchar contra las fuerzas salvajes de la meteorología, el descuido ante las necesidades diarias le crearon una imagen de profeta clandestino, de excéntrico indescifrable. Otros llegaron a creerle y a seguirle.

Me contó su esposa que aparecía de repente en la sala sucio, mojado, llorando, con pedacitos de vómito adheridos a la barba. Se desplomaba y una vez debieron administrarle suero. “Un haz azul” -le dijo- “así lo veo con los ojos cerrados.”

Llegaron a encontrarlo desmayado, casi ahogado en un pozo, en par de ocasiones estuvo grave en el hospital. Pero lo cierto es que aquel deslave y éste último habían terminado antes de lo esperado… tal como lo estimó Nicasio. “Un haz azul”, me confirmó. 

“El paraguas espiritual de Nicasio” fue un recuadro dentro de un reportaje sobre cómo Cristo Redentor se recuperaba del deslave de marras. Terrible titular, por cierto, cuya responsabilidad asumo. Nicasio tuvo más notoriedad de la que hubiera querido. Hicimos una entrevista posterior y un sucedáneo del artículo inicial y varios medios de la competencia procedieron a hacerlo suyos con historias que iban del reportaje serio a la prensa sensacionalista. Pero la cobertura no fue intensa.

El tópico no se retrabajó en el periódico y murió de mengua en el interés general.

II. Ahora bien, todo lo anterior ocurrió “según Nicasio”. Poca gente en el pueblo daba crédito a la historia o el rumor, su propia familia le “creía” por condescendencia. En los medios ganó muchos “fans”, pero al final terminó más como leyenda urbana que otra cosa. 

Había algo en su convicción, en su vida ascética y de buen juicio que mitigaba la sospecha de demencia, pero por otro lado lo insólito de su recuento, de su supuesto método, de cómo abandonaba toda racionalidad por días… invitaba a pensar en algo loco o falso.

Nicasio me confesó que no esperaba que le creyeran. Que sólo me pedía difundir sus palabras. Y así hice, llegando a conceder que Nicasio ciertamente creía lo que decía. Pero, hay que aceptarlo, más allá de eso no le otorgué valor veritativo. Ni científica ni místicamente.

Pasaron 20 años.

III. Hace unas pocas semanas, lamentablemente, ocurrió en la costa otro derrumbe masivo por efecto de lluvias incesantes.

Se extendieron más de un mes con un pico de casi dos semanas seguidas. Los reportes fueron preocupantes y el noticiero de TV donde trabajo bajé a cubrir las labores de rescate para el noticiero de TV.

Al llegar me sorprendió ver un cielo despejado y un sol abrasador. Pero el pueblo estaba golpeado mas no devastado, montones de lodo flanqueaban las calles, ah, pero si hubiera llovido un día sería otra historia. 

Caminando un poco azorado, topé con un pequeño grupo que rodeaba el cuerpo sin vida de un anciano muy decrépito. Una mujer colocaba flores sobre su paltó empapado y rodeaba su cuerpo con pequeñas piedras blancas. Me costó reconocerlo, pero era Nicasio. Su rostro estaba maltratado aunque sereno, como un santo que inicia otro camino.

IV. Lo observé por un rato. Me sentí culpable, ingrato, negador de milagros. Porque en ese instante, en esa ráfaga de visión de un rostro presente y ausente, tuve por fin la convicción segura e indudable de que Nicasio Talavera había detenido las tormentas con un hazul que salía de su indomable corazón.

 

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Ilustración: Lúdico. Publicado el 15 de marzo de 2015.

Canción Who’ll stop the rain?
Creedence Clearwater Revival (letra en inglés)
http://youtu.be/We2-EZElsro

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ILUSTRACIÓN: Lúdico.

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Las dos visitas del señor F.

Las dos visitas del señor F.

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1. PRIMERA (Hace 37 años)

Ahora le da por pensar en el futuro. Hoy le entregan el premio Nobel de Literatura. Se ha dicho que es el primer “Nobel de la ciencia-ficción”, calificado por la prensa como “emblemático” por lo justo aunque tardío para otros grandes autores. Ahora bien, nada de eso le importa.

La ceremonia es tensa, como esperaba. Sus nervios casi colapsan. Le invade un frío tembloroso. Lo asedian cámaras minúsculas desde los estrados, sobre los hombros de operadores, colgadas en largos y finos brazos servos.

Produce su pequeño teatro mental de desastres: imagina el frac atorado en la silla o todo él yéndose de bruces sobre el Rey de Suecia o simplemente balbuceando a la hora del discurso. Siente que hoy confluyen, al menos, dos series temporales. Mira a los fotógrafos y se dice: “Uno de ellos tomará una foto que vi hace 36 años. La única evidencia que tengo de este momento anunciado.”

La ceremonia tarda más de lo estimado. Su mente se evade como siempre a aquella tarde de 1979, en casa de su abuela, a donde solían pasar parte de los domingos. Buscaba a su madre Sara para mostrarle un cuaderno. Era su primer intento de relato de ciencia-ficción, una historia ilustrada. Tardó semanas en realizarlo.

El argumento era simple: los hombres colonizan la luna, otros planetas del sistema solar y después las estrellas cercanas. Aquí en la Tierra se destruye la civilización tal cual la conocemos y comienza a reconstruirse. Entonces llegan los extraterrestres, humanos que partieron hace milenios y que no recuerdan su origen. Grandes batallas de por medio, los alienígenas descubren su pasado perdido y declaran al planeta “lugar sagrado”.

Salió al jardín frontal, se detuvo en el césped. A lo lejos se acercaba un hombre vestido enteramente de negro, con un pequeño gorro y guantes. Su rostro era agudo, de rasgos marcados, ojos pequeños y juntos, nariz ligeramente aperada, boca pequeña y barbilla prominente. Su piel era blanquísima.

Se detuvo frente al niño y lo miró como sabiendo quién era.

— ¿Usted es Augusto Qui?

— Sí.

El hombre miró a los lados, para cerciorarse que nadie más lo oía.

— Tengo que hablar con usted.

Hizo un ademán hacia un banco en el parque del frente, pasando la calle. Con la típica confianza del niño, Augusto cruzó el asfalto y se instaló en ese asiento de madera. Su interlocutor se sentó ceremoniosamente, cruzó las piernas y le dijo:

— No puedo creer lo que estoy viendo, ese cuaderno…

— ¡Ah, esto! Tiene cosas… que escribo…

— Quizá las he leído. Yo, querido Qui, soy su más afanado lector.

— Pero si yo… nunca… debe estar equivocado.

El visitante soltó lo que tenía represado. Pareció como si lo hubiese ensayado no pocas veces.

— Me ofrecí como voluntario para un experimento de regresión en el tiempo, de acuerdo con los principios que usted mismo sugirió pero que hoy ni se imagina. Fui voluntario, incluso a riesgo de mi vida, con la única condición de ser dirigido hasta aquí, para conocer a mi escritor favorito.

— ¿Quién?

— Usted, César Qui. He leído su serie completa del Macrocosmos y todas sus novelas, cuentos, ensayos y poemas. Usted elevó la ciencia-ficción a categoría de clásico literario e incluso dio los fundamentos para la moral científica que caracteriza la sociedad de mi presente, que es su futuro.

— No entiendo nada.

— Señor Qui, he venido del mañana para decirle “gracias” por lo que ha escrito.

— Pero eso es imposible ¿no? tengo nueve años ¿usted dice que ya hice… lo que todavía no he hecho?

Saboreando con ansias el momento, sacó de su bolsillo un recorte de prensa muy deteriorado pero de lectura clara. Aparecía la foto de un señor que, de momento, le pareció a Augusto como su papá con más edad.

Titular: AUGUSTO QUI RECIBE EL NOBEL DE LITERATURA

Sumario: Gana el premio a los cuarenta y cinco años.

El resto no pudo leerlo mucho, pero hablaba del primer Nobel de la ciencia-ficción y de cómo cuatro décadas después recibiría el galardón en Suecia. Además mencionaba que había sido merecedor de decenas de trofeos, medallas y el celebérrimo premio Clarke. Una frase saltó a su vista: “Traducido a treinta y dos idiomas”.

Su reacción fue sencillamente disimular su conmoción para no generar bulla en los alrededores. El visitante le quitó el recorte.

— Lo siento, no puedo dejar nada del futuro en este tiempo. Por otro lado, usted no puede contarle a nadie este episodio, porque lo anularía por completo y quizá correría peligro. ¿Me lo promete?

— Sí…

— Ahora debo irme, sólo me han sido permitidos unos minutos.

Aquella tarde del 80, Augusto Qui le preguntó al visitante su nombre.

— Llámeme F…

Se despidieron con un apretón y el hombre se perdió en la lejanía. Augusto tuvo un impulso de seguirlo, pero algo dentro de sí lo detuvo. Mejor. En realidad eso también tenía que suceder. 

2. SARA DE QUI pareció captar el impulso y lo estimuló con libros de Julio Verne, H.G. Wells luego de Arthur Clarke, Isaac Asimov y Phillip K. Dick. Desde entonces fue el más dedicado y prematuro de los literatos.

La ciencia-ficción también, si se quiere, vino por casualidad. Se atravesó justo en el momento en que ese hombre del futuro, le anunció un desenlace inevitable. Augusto, claro, lo cultivó y -sin duda- ha aportado una cosa o dos (y eso que siempre quiso escribir dramas teatrales).

Y se fue, creyo él, para siempre, dejando su vida en una mágica ensoñación de indudabilidad. Parafraseando al apóstol Pablo, su consagración literaria era una “expectativa segura de cosas por venir”. Una confianza muy bien ayudada. Si le iba bien, decía: “Es que no puede ser de otro modo”. Si las cosas tomaban un rumbo quebradizo repetía: “¡Bah! ya pasará, no se puede cambiar lo que tiene que ocurrir”.

Esa vislumbre, incluso esa increíble tranquilidad con la que atendió a su imposible visitante y siguió el destino, todo ello, le hicieron conducir la vida por un trecho bastante fluido. Luchas internas, por supuesto, incluso muy crueles… Dos matrimonios colapsados, tres hijos un tanto abandonados.

Pero eso es otra cosa. Su carrera literaria siempre estuvo exenta de lagunas o vacíos. Simplemente, las piezas debían cuadrar sin mucho esfuerzo, para que pudiera cumplirse la profecía de las cimas conquistadas.

De su obra se han hecho doce películas (la mayoría, eso sí, muy malas), tres series de televisión, se han editado cuarenta y dos títulos con centenas de miles de ejemplares vendidos. Ha monopolizado las listas de best sellers y autografiado tantos libros que ya su firma es, según confesó en una entrevista, “un gesto automático, como respirar”.

3. DE VUELTA a la ceremonia Qui va pasando de terror en terror. Primero la inseguridad de “meter la pata”, luego el miedo a un descalabro temporal -dado que ese día ocurrirá algo completamente paradójico, etcétera, etcétera.

La agonía pasa a la máxima sutileza: se imagina (y por puro masoquismo lo cree en nanosegundos) que aquella conversación nunca ocurrió y que el Sr. F. fue un invento creído con tanta fuerza que se transformó en memoria. Esa sensación lo hace sentir después traidor. Como si un tribunal lo interrogara y él, mirando al Sr. F. a la cara, confesara que no, que aquel encuentro nunca había tenido lugar.

A nadie jamás ha confesado su secreto, ni a sus padres, pero algo muy distinto es lo que se dice y desdice a sí mismo… las conclusiones de todo aquello.

Los padres de Augusto se ven a lo lejos. De trajes cerrados. En sus ojos las lágrimas hacen una fiesta. ¡Qué bueno que están vivos y presentes! En el fondo, el deseo de constatar la profecía tiene mucho que ver con sus padres y lo que siente que les debe. No obstante, a quien no puede borrar de la mente es a César, su hermano muerto. Acaso por la mente de sus progenitores también cruza en ese momento la imagen de ese hijo perdido.

De César recuerda su mejor estampa, como de veintiún años. Ojos inquietos, peinándose el cabello que se le venía a la cara. Obstinado, impaciente, siempre queriéndose ir a otra parte. Así lo veía. A César le gustaba el mar, a Augusto la casa y la lluvia. Aquél era rebelde, éste sólo disentía intelectualmente. De niño quiso ser como él y lo imitó hasta el cansancio, aunque sabía que no se podía.

César -como sus homónimos latinos- organizaba batallas, esta vez en la arena del mar o lideraba jornadas de cacería de cangrejos en las piedras azules. Era un líder. Pero su adolescencia lo alejó ferozmente del distraído hermano. Cuando Augusto conoció al Señor F… César tenía dieciocho años y parecía destinado a un futuro agitado. 

“César, te hemos llorado de a poco, en dosis…” al descarriado, al perpetuo fracasado de la familia.” Lo intentó todo, cruzó todas las líneas, fue un visionario incapaz de realizar sus ideas. Murió en Gallipoli, Turquía, en 1992, a los treinta y tres años. La familia, Augusto incluido, lo adversó, nunca le perdonaron que fuese tan totalmente él-mismo. Contrapusieron su “fracaso” al prematuro éxito de su hermano menor. Sin quererlo, o queriendo, generaron una virtual antipatía de envidias y competencias. La distancia fue mutua.

Claro que Augusto (ya comienzan los discursos) se increpa que pudo hacer más pero primero había que resolver tantas (otras) cosas relativas al destino que no quedaba tiempo. Y Augusto se decía: “Pero ¿cómo no va a ser así, si yo conozco mi misión pero César no? ¿No habrá, por ahí, un Señor F. benévolo que le diga lo que tiene que hacer?”

En medio de las batallas propias de ese día, mencionan su nombre y se pone a tono con la ceremonia. La solemnidad, el espíritu de observación y reverencia que se acumula lo invade y desde ese momento desecha las preocupaciones y se aboca al evento. “Por una obra rigurosa y novel, que invita a imaginar los destinos de la sociedad en el complejo mundo de la tecnología y de otros planetas posibles…” lo llaman y entregan el galardón. Desde entonces se activa como un sueño mágico. “La ciencia-ficción, por fin, a la altura de otras literaturas”, comenta el Presidente Internacional de su Club de Fanáticos.

La ceremonia concluye y los galardonados se entregan a los vigorosos aplausos del público.  Los premiados forman una línea, frente al público y es entonces cuando lo ve. Es un viejo, favorablemente conservado, con todas las modificaciones que introduce la máscara de la edad, pero basta contactar sus ojos para reconocer, en primera fila y de etiqueta, al Señor F. Tiene una barba blanca y bigotes grisáceos, pero es él. Se mueve nervioso cuando constata que Augusto lo ha divisado.

“Dios mío”, piensa, “qué noticia me trae este mensajero”.

La prolija imaginación de Qui se activa:

“Hice un pacto con Mefistófeles y viene a buscarme.”

“Ha habido una cancelación y este evento y mi carrera se desvanecerán hasta dejarme con una vida absolutamente mediocre.”

“Si el fotógrafo me fotografía todo será falso.”

“Si el fotógrafo no me fotografía todo será falso.”

Los aplausos continúan en medio de un ligero mareo. Apretones de manos, entrevistas, reporteros de televisión, personalidades. Hace un esfuerzo supremo para no parecer indispuesto o apurado. Busca desesperadamente al Señor F. Sube a un pequeño presidio, a un lado, y trata de escrutar en el gigantesco salón, pero no lo ubica.

4. ESTA MAÑANA el cuerpo es benévolo y apenas le da un eco de jaqueca y la típica resequedad de boca. Desayuna temprano, posterga algunos compromisos para la tarde y sale a deambular un poco por las hermosas plazas de Estocolmo. No fue fácil evadir escoltas, pero contó con la complicidad de un funcionario de la Embajada que lo recogió y lo soltó por ahí.

Su mente atormentada se debate entre hipótesis. Sea lo que creyó determinado no ocurrió en la ceremonia. ¿O sí? Cruzó un kiosco de periódicos y allí estaba la foto, a su juicio la misma de hace treinta y siete años, tomada por un reportero de Associated Press. Compró el periódico pero lo mantuvo bajo el brazo, como los tigres que cazan y llevan el cuerpo a mejores lugares para deglutir. Recorrió los alrededores de un sobrio palacio y se perdió entre calles medievales.

Ya consciente de su lejanía y recordando la invitación en la Universidad y -¡claro!- el tryst con una sueca del Ministerio de Cultura, da media vuelta para devolverse. Se detiene bruscamente.

Tiene al frente al mismísimo Señor F., que lo había seguido trabajosamente.

El Sr. F., ahora septuagenario, vestía más informal que ayer. Ninguno puede pronunciar palabra, paralizados como están. Con gran esfuerzo Augusto rompe la tensa inacción.

— Hola…

— Señor Qui tengo que hablarle.

Se convidaron mutuamente a un café a la vista. La mente de Augusto se bloquea durante esos minutos. Su fábrica de especulaciones se detiene. El señor F. luce más a tono con los tiempos. Le parece a Augusto -y después le dará risa- que ha estudiado mejor la moda de la época para volver.

El Sr. F. evadía el contacto visual, pero tomó la iniciativa.

— He decidido hablar con usted, no pude elegir mejor momento. 

Notó un lejano acento castizo que no recordó de aquella vez. 

— Bueno, diga cualquier cosa. ¿Quién es usted?

— Mi nombre es Vladimir Chenko, nací en Rusia hace sesenta y siete años. Soy ciudadano español.

El Sr. F. habla mirando hacia un punto perdido del mantel.

— A veces las raíces del triunfo están enterradas más abajo de lo que puede escarbarse superficialmente, señor Qui.

— Supongo que sí.

— Los entuertos de la vida, lo que llamamos “circunstancias”, son misteriosos hechos que se pensaron de un modo y salieron de otro, para bien o para mal. En el caso suyo para bien, en el caso de su hermano para mal.

— ¿Mi hermano? ¿Qué sabe usted de César Qui?

— Sé que fue un romántico. A pesar de su violencia, de su rebeldía caprichosa, miraba el mundo con una voluntad de cambio, utópico pero sincero. Es cierto que era impulsivo, pero muchas veces preparaba sus acciones con la paciencia de un relojero, acariciando cada pieza y cada fase del plan.

— ¿Cómo lo sabe? ¿Lo conoció?

— Sí claro. Dedicaba grandes cantidades de energía a tareas que no tenían ganancias tangibles o que pronto desechaba para interesarse en otras cosas. ¡Cuán distinto a usted, Augusto, que trabajaba secretamente la obra del futuro, sin desviarse un centímetro!

— Nos habíamos separado… -Augusto para sí.

— César lo amaba mucho a usted, pero a su manera. Más de una vez lamentó la distancia física y emotiva entre ambos. Recuerdo un malecón en Grecia, frente al Egeo. Fue la última vez que lo vi, en 1988.

— ¿Lo conoció en Europa?

— Hablamos. César confesó que lo extrañaba mucho y que deseaba abrazarlo… Luchaba internamente por volver, por recuperar su vida, retornar a la raíz. Pero algo no le permitía moverse y nunca supe exactamente qué.

— Nosotros tampoco… pero ¿y entonces?

— Bueno, César tenía una teoría que en definitiva desató todo. Me lo explicaba así: para un niño hasta un pequeño refuerzo puede significar una diferencia sustancial en la vida. Si un menor se acerca a nosotros con un dibujo y le decimos: “¡Qué bueno, me encanta, vas a ser un gran pintor!”, esa frase puede ser un detonante en su historia.

— Ja, -respondió evocador- César era así… cuando quería.

— Y cuidaba muy bien de estimular a los niños, de darle palmaditas en la espalda cuando metían un gol o mostraban dibujos “y que” figurativos. Él intuía la trascendencia, señor Qui. Su hermano tenía una sensibilidad infinita.

— Cierto pero ¿hay algo que yo no sepa en lo que dice?

— A ver. Me contó que un día estaba como casi siempre, de mal humor, presionado por sus señores padres, “sintiendo lo que los Rolling Stones en ´Satisfaction´”. Se acercó usted casi diez años menor a mostrarle las tiras cómicas de batallas espaciales y globitos con letras que acababa de terminar. En un arranque César le gritó que se largara ¿se acuerda? que no tenía tiempo para leer semejantes estupideces. ¿Lo… recuerda? Usted, un aprendiz de escritor de apenas ocho años se retiró deshecho en lágrimas.

— Pues creo que algo así ocurrió… ahora que lo dice… me dolió ¿sabe?

— Y su hermano de malhumorado pasó a avergonzado y no hallaba cómo recuperar esa agresión. Intentó disculpas, pero usted estaba muy sentido. Me contó que miró su cuaderno, a escondidas y lo conmovieron profundamente los ejércitos de pequeños soldados, los caminos encrispados de Marte y la Tierra, semi redonda, exhibiendo el continente americano de largo a largo. “Dame para leerlo”, le dijo. “No, ahora no quiero”, contestó usted.

— ¡Lo recordaba! -Augusto anonadado.

— Entonces se le ocurrió una idea… Como trabajaba de aprendiz en una imprenta, se le metió entre ceja y ceja que podía falsificar una noticia, ni siquiera del pasado sino del futuro. Logró imprimir una muy mala copia de tal noticia en papel periódico.

Augusto miraba la nada, al frente:

— Papá ¡ja! claro…

— Sí, para ello bastó una foto de su padre y un texto que César mitad copió, mitad confeccionó él mismo. No crea que lo hizo a la ligera. Pensó cada una de las palabras de ese texto y, una vez obtenida la página, le hizo un maquillaje para envejecerla y deteriorarla levemente.

“El paso siguiente no era menos fácil: ¿Quién sería el personaje? Debía tener porte misterioso, preferiblemente foráneo y no verse más por esos lares. Entonces pensó inmediatamente en este servidor.

“Yo era marinero, pronto me iba del país. César me consideraba “buen contador de historias” y podía exagerar mi acento ruso de entonces. Me lo planteó un día, con mucha seriedad, razón por la cual acepté ayudarlo. Es imposible negarle un favor a alguien que lo pide con tanta vehemencia.

“Y confeccionó, con mis sugerencias, la pequeña estratagema. Aprendí el parlamento, lo ensayé, preparamos qué decir si venía alguien o si usted se rebelaba. Fue trabajo de tres reuniones.

“Recuerdo las ansias con las que su hermano, luego del encuentro, me pidió que reconstruyera el diálogo. “¿Qué cara puso? ¿Qué dijo?” Fue una infantil alegría, una travesura con trasfondo muy serio. Era 1980.”

Augusto respira con sobresalto. Continúa el Sr. F, un ser de carne y hueso mil veces más misterioso que cualquiera de los alienígenas y héroes que pueblan sus novelas:

— Pero la vida se llevó a César, como una hoja en el río -concluye F.

En 1988 César murió bajo extrañas circunstancias en Turquía. Los padres viajaron y dejaron el cuerpo allá, en una tumba cristiana. Eso les bastó a todos, incluso a Augusto, para quien César como mito de la infancia ya se había desdibujado. Cuenta el señor F:

— Me dijo en Grecia: “Ya sabes de mi hermano.”, yo le contesté: “Sí, es un niño prodigio… Me imagino que le contaste.”, él me reiteró que nunca se lo confesó… que no sabía que creer, que como usted era un genio quizá lo descifraría, le daba vergüenza y hasta risa. “¿Piensas decírselo?” fue mi obvia pregunta. “No lo sé”, me contestó, “quizá sea el final de una magia… O el principio de otra”.

— Eso es “tan” César… -dice Augusto llorando.

— De la muerte de su hermano me enteré mucho tiempo después, a través de un amigo mutuo. Mi conflicto ya era grande para entonces. Por un lado apoyaba la opinión de César sobre una magia que no debía romperse. Pero por otro consideraba injusto que usted no supiera esa verdad, aunque fuera para homenaje de César.

Y por eso es que llora, porque Chenko le devolvió el inesperado primer motor de su profecía personal. Como en los mejores tiempos.

— Ya sé -dice Augusto- de dónde viene, mi frase: “Antigua sombra desconocida, ahora duende omnipresente.”

— He temido -vuelve Chenko-, que tras esta confesión me gane de usted un merecido desprecio. Pero ya no aguantaba más -suspira- … creo que puedo morir en paz.

Precisa Augusto en Chenko los pedestres detalles de la gente común: ropa arrugada, medias que no van con la camisa, un lado del bigote alzado y el otro peinado… Sin embargo, aquel hombre posee el donaire y la sapiencia que podría exhibir un visitante del futuro.

— Buen casting, César.

Conversan un poco más, para satisfacer curiosidades: qué hicieron entre tal y cual fecha; qué foto usaron; porqué Grecia. Se despiden con una mezcla de alivio, conmiseración y melancolía. Se dan un apretón de manos y Augusto ve al Sr. F alejarse entre murallas de piedra para siempre.

5. AUGUSTO HA quedado tan movido que tiende a la estaticidad. “Las cosas poco a poco irán emergiendo”, se dice a falta de mejor cosa… “y ya llegará el momento de la intensidad”.

En este instante de verdad no tiene idea de cómo expresar lo que siente. Y quizá en esa búsqueda de expresión se esconda el futuro de su obra y de su vida.

Mas ¿quién quiere hablar ahora del futuro?

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FUENTE: Libro Encuentros en el vórtice (Amarante, 2012) de FNN.
ILUSTRACIÓN: Lúdico. FOTOS: FNN.

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Otra isla de las palabras

Otra isla de las palabras

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A Gulliver: una ficción del tamaño de Lilliput

Hace años

una gran organización mixta (estado-empresa privada) concentró gran parte de su inversión de innovación en una sola instalación: un pueblo pequeño, con más de 500 residentes. Para colmo, la construyó desde cero en una isla del inmenso río que bordeaba la sede del consorcio.

Parece obvio (y un poco frívolo, por supuesto) llamarla la “Isla de los Inventos”, pero así fue tildada por la prensa y por la propia institución. Se propusieron desde duplicar hasta quintuplicar las ideas originales, las mejoras, los inventos y las patentes. Para ello dotaron las hectáreas de la Isla con la infraestructura más completa imaginable: abundante energía, un ubicuo monorriel, lo último en domótica…

Fui asignado por mi periódico a hacer un reportaje sobre el décimo aniversario de la Isla. Los resultados eran confusos y, a decir verdad nada cumplidores de las promesas iniciales. Si damos por cierto que la “información es poder”, en la Isla se llevó el asuntos a extremos inesperados.

Política de las ideas (no confundir con “política ideal”)

En mi fugaz paso por oficinas, aulas y laboratorios, recopilé casos como el del “antropocentrismo dirigido” (trabajo de una red de estadísticos y sociólogos), una medida compuesta por 35 indicadores para expresar el conocimiento colectivo de cualquier proyecto. Se formuló el año 2 de la Isla y ya cumplía ocho años de profusas luchas por insertar o retirar indicadores.

Otro grupo de trabajo informático estaba empeñado en sustituir el bit por una unidad que midiera la masa de los electrones. De esta forma, a través de complejas y concatenadas ecuaciones, se llegaba al “Pesinfo” (acrónimo de “Peso específico de la información”). Más que producir el prototipo de un chip basado en Pesinfo, este equipo dedicaba sesiones de meses a buscar problemas que el Pesinfo pudiese resolver, ya que no se conocía ninguno.

Años atrás, este mismo tanque de cerebros hubo de abandonar el desarrollo de un lenguaje de programación llamado “Holomática”: la automatización de todo. Un programa que digitalizara en algoritmos absolutamente toda pieza de percepción y pensamiento del Universo conocido. ¿Por qué no se concretó el proyecto? Porque no pudieron automatizar Holomática y sin eso ¿cómo automatizar lo demás?

Un panel de antropólogos y teólogos desarrolló el prototipo de un “Teosensor”, un aparato capaz de transformar los impulsos nerviosos producidos por el sentir religioso en imágenes y sonidos sicodélicos, plasmados en una pequeña pantalla con altavoces. Pero el Teosensor también traducía cualquier emoción, de modo que el debate se centraba en si construir un inhibidor de impulsos no religiosos o venderlo como un traductor universal de emociones. El producto fue fuertemente cuestionado en Mercadeo por genérico y ha estado en revisión por años.

Los abogados, junto a algunos disidentes de los predios computistas, se centraron en la “Leganética”, un sistema de hardware-software para construir leyes. Tenía módulos estadísticos, para introducir las opiniones recopiladas de encuestas y focus groups. Cuando llegaron las redes sociales debieron añadir terabytes de espacio en disco para que los documentos de los juristas y jurisconsultos se combinaran con opiniones aleatorias de usuarios de Facebook, Twitter y otras comunidades en línea. La idea era alcanzar un sistema de balances y contrabalances para que los proyectos de ley fueran satisfactorios con la menor participación humana directa y posible.

La Leganética se puso a prueba en la propia Isla (producto: Leganeticus 1.0) y las normas parecían surgir de forma objetiva y automatizada. Pero las sospechas pronto se dispararon cuando se mostró que 90% de los dictámenes favorecía ulteriormente a los informáticos que programaron el sistema.

Otro caso estudiado fue la Edutrónica, la hija predilecta de una red de educadores cuya tesis fundamental era el fracaso del modelo presencial y magistral de profesores en todo el mundo. Sus investigaciones indicaban que los estudiantes pondrían atención y se esforzarían más si las clases fuesen impartidas por un autómata insensible e inmisericorde, que no diese prórrogas, ni concesiones, ni repeticiones.

Sólo así se justificaría producir el robot: la promesa de bajar 50% el tiempo actual de clases y aumentar en 150% el rendimiento promedio. Y todo porque la gente a veces necesita un poco de inflexibilidad.

Lamentablemente, el equipo ha caído en un círculo vicioso: diseñaron un “Edutrón versión beta” para estudios previos. El prototipo no era muy bueno entrenando, pero sí aprendiendo, de modo que el equipo se volcó a buscar aplicaciones donde se necesitaran robots alumnos en vez de profesores. Hasta ahora ha sido la empresa matriz la única compradora de prototipos Edutrones, para incorporarlos al proyecto Edutrón Maestro pero como alumnos.

Los periodistas pidieron a la Junta Directiva más protagonismo y, luego de años de intenso trabajo, generaron el novedoso concepto del Periobitgrafismo, una modalidad comunicativa que usa solamente interfaces naturales digitales, es decir, voz, imágenes como vistas por los ojos, emulaciones táctiles, etc. Todo esto basado en las prospectivas de la película “Reporte Minoritario” de Steven Spielberg, que muestra el mundo en el año 2054. Como falta mucho para ese año, los periodistas dedicáronse a discutir la agenda hasta tal fecha, en vez de desarrollar el producto.

Se estima comenzar el diseño del PerioBitAl cuando terminen esta “agenda”, pero hay enconados desacuerdos que impiden pasar de 2006 a 2007. El Líder de Proyecto renunció porque, según él, “un año inventado no puede durar más que uno real”.

Los médicos, que ocupaban un gran edificio en el borde occidental del campus insular, me mostraron los vestigios de la “Neurotrónica”. Al principio fue un proyecto prometedor, objeto de variados artículos y tesis de grado: la fusión entre la electrónica y el cerebro humano, de modo que pudieran influirse mutuamente. Se previeron todo tipo de aplicaciones: discos duros “suaves” para recubrir la corteza cerebral y multiplicar los recuerdos; cables y antenas conectadas a la masa encefálica y de ésta a aparatos diversos, para dictado, comando, transmisión de datos, control de redes, etc.

La Neurotrónica logró con relativo éxito la implantación del famoso “chip-N”, un microcircuito adherido al cerebro para potenciar sus capacidades de procesamiento. Desafortunadamente, el chip corría bajo la última versión de Windows, cuya salida al mercado se hizo apresuradamente sin corregir muchos “bugs”. El voluntario que se sometió al trasplante sufrió un colapso y no ha podido ser “reseteado” todavía.

Un grupo atípico fue formado por astrofísicos y filósofos. Sus talleres y tormentas de ideas (aparte de discusiones muy “tormentosas”) produjeron la “Cosmomática”, una disciplina un tanto nebulosa sobre cuyo significado se debate intensamente. Aún más, especialistas de otras áreas y equipos asisten a las ardientes diatribas en amplios auditorios atestados de carteles, proyecciones y diagramas (se dice que apuestan, incluso). Pero qué es la Cosmomática, propiamente, no lo sabemos.

La investigación que conduje conoció muchas otras propuestas, anteproyectos, papeles de trabajo y meros conceptos, como el “UltraGutenberismo”, el “Macrokáker” o el “Antitrastabillonismo”. También, claro, están los términos listos para salir al mercado (pero que nunca vieron su lanzamiento) como el proyecto consentido de un teamwork muy especializado, el “Vaval”, acrónimo de “viaje a velocidad-luz en ámbito local”, una teoría relativista que se resumía en un experimento que jamás se hizo pero que logró poner cuatro teasers en YouTube.

¿Y qué es de la Isla hoy en día? Sigue allí. Por fuera todo luce igual, pero dentro de los edificios hay intensa y secreta actividad: los sacerdotes de la “nueva praxis” dedican su tiempo y mente al culto inextricable de todo lo que no es físico, su verdadera fuente de poder: lo nombrable que no existe. Y sobre todo porque no existe.


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ILUSTRACIONES: Lúdico.

Otro inquilino de Plaza Odot————————–——————–
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Aprender de las hienas

Aprender de las hienas

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A Wolfgang Mazza P.

1.
Las infinitas llanuras del Serengueti son un horizonte que tiembla en los documentales de televisión.

El león se despereza con un bostezo terrorífico, las leonas cumplen su faena cazadora. Clavan sus poderosas mandíbulas en ñús de ojos apagados y más atrás los guepardos hacen lo suyo con las gacelas de Thomson.

Cuando cae el herbívoro el glamour de la zigzagueante andada y del zarpazo disminuye. Mientras más estática y sometida la víctima menos espectacular el cuadro. Cuando entran otros felinos a deglutir y hay esos rugidos de “déjame mi pedazo de carne”; cuando permiten a los críos clavar sus incipientes colmillos o surca el cielo límpido esa oscilación descendente del buitre… la naturaleza toma primacía contra la personalidad, el espectáculo se hace animal, demasiado animal.

Empieza a oler al caos elemental de la carne expuesta. Hay toda una panoplia de felinos robustos, los leones mismos, que son parcial o totalmente carroñeros. Los buitres ni se diga. En todo caso, la presa ya es guindajos sucios, llenos de pantano. Y entonces y sólo entonces entran en cuadro los más exitosos carnívoros africanos y de más allá: las hienas. Casi rastreras, como por la puerta de atrás, los más agresivos en aquello de comer carne cruda.

Recibió un memorando: “Sr. Igor C. usted ha sido seleccionado para asistir al Taller Gerencia de las Hienas”.

La compañía donde trabaja (Hamfton Tools Corporation, líder mundial de propilsores y neumódocos), tenía un programa de desarrollo personal-corporativo y allí estaba él, con una buena excusa para hacer algo diferente durante dos días.

Al llegar al auditorio se sentó lejos de todos, como quien llega tarde y no quiere hacer ruido. El taller lo dirigía, escribía y protagonizaba Karen T. (en realidad “Karenina” pero ella optaba por el diminutivo). Alta, madurota, MILF, casi de 50. Cuando Igor se dejó caer sobre la flexible silla  sintió que el escenario tenía en esa mujer su centro de gravedad. El Director Regional en persona abrió el evento leyendo:

La corporación moderna es como un portafolio de la selva, la máxima competitividad basada en supervivencia, alimentación (el puesto en la cadena alimenticia corporativa) y –en nuestro particular caso- movilidad, es decir, estar en el lugar adecuado en el momento preciso. Necesitamos equipos de trabajo, más que fuertes y majestuosos, efectivos y cumplidores… ¡y con un consumo mínimo de recursos! Uno normalmente no piensa estas cosas ¿verdad? [risas del público], en todo caso hay alguien, una persona, con nosotros hoy [mira a Karen] con quien los dejo.

Aplausos dispersos. Su voz se fue apagando en la medida que “el mujerón” se levantaba y tomaba por entero la sala. Karen pulsó un botón. La lámina invadió la pantalla:

Instituto AltoEgo
Talleres de Desarrollo Personal-Heurístico

GERENCIA DE LA HIENAS

Rastree, ataque y engulla a sus rivales…

Primera sesión:
En las llanuras de la corporación moderna: espacio y roles.

La sabana no es uniforme -comenzó Karen y movía su mano palma abajo en una línea oscilante- hay colinas, promontorios, rocas salientes, charcas, lugares privilegiados. Eso se aplica desde la fría e intimidatoria oficina del Presidente (y eso no lo digo por usted, mi estimado Director) [risas] hasta la pequeña sala de fotocopias. Lo que quiero significar es que constituye la totalidad del espacio. Sí, Dr, Arévalo, como lo acaba de murmurar: “Hasta en el baño” [risas, sobre todo de Arévalo mismo].

Para Karen cada poder es un Dios, como en las tribus seculares del África subsarahiano y de América: el sol es el calor; la brisa es la fuerza inaprovechada; el agua, equilibrio entre caída y sostenimiento. Los roles son claros y elementales: depredadores dominantes, como leones y grandes felinos en general, en las riberas y ríos los cocodrilos y caimanes; depredadores intermedios, como las águilas junto a los carroñeros, oportunistas o no, como los buitres. Los grandes herbívoros, elefantes e hipopótamos, búfalos y rinocerontes, gregarios y defensivos.

En este ecosistema las hienas y chacales son una mezcla de todos los ambientes y papeles de este drama natural. Cazadoras o carroñeras casi en la misma proporción, carnívoras o herbívoras si es necesario… son una prueba de la eficacia grupal para sobrevivir y la importancia de una buena máquina corporal.

Y cerebral, que las hineas (sobre todo las moteadas) demuestran tener. Karen explicó con abundancia de gráficos estadísticos y fotografías de gacelas y reptiles, que los animales poderosos retozan en los mejores lugares, donde les place. Los herbívoros, como bisontes o cebras, se arriman con su extraordinaria fuerza colectiva a excelentes sitios abiertos. Las hienas no. Aunque en lugares más bien apartados, casi siempre están en movimiento y se cuelan en todos los espacios. Karen decía esto mirando a unos y a otros gerentes, de modo que quedaban: “¿Entonces soy un antílope…?”.

Luego retomaba el podio y pedía explícitamente que miráramos a nuestro alrededor para detectar estos roles. Quién es depredador; quien se come a otras especies o a la misma.

— ¡No lo digan en voz alta! [risas] No quiero meterme en problemas con ninguno de ustedes.

En la corporación moderna la información y el logro de objetivos eran la comida de los depredadores empresariales: la “información-poder”. No como colonización -en el caso de los grandes felinos-, no como empuje masivo, sino como desplazamiento. Las hienas para sobrevivir, el ejecutivo moderno para no morir y en el mejor de los casos “ascender” en la escala del poder, andan en una ronda permanente por los pantanos organizacionales. Significa ser hiena como única forma de llegar a ser león.

La recomendación en dos platos: crear equipos hiénicos (de Hiénica, la disciplina creada por AltoEgo) que degluten en todas las presas, las roban a veces y sobre todo jamás dejan sobras o restos sin revisar (de información-poder, por supuesto).

En vez de realzar el perfil de los individuos, se centraba en la multiplicación mimética. Tenía líderes pero externamente el trabajo parecía anónimo, de ser posible con total desconocimiento de los demás, sin heroísmos, cual hormigas o abejas. Acaso su éxito residía tanto en la genuflexión del perro como en la egoísta distancia de felino.

Porque ni perro ni gato es la hiena, más bien ambos, las hienas habían poblado las pesadillas de Igor por años, junto a cocodrilos y tiburones. Las odiaba. Al asociarle cualidades humanas las veía oportunistas, traidoras, incluso asesinas. “No tienen la majestad de los felinos; no compiten con el hombre ni lo ponen en peligro… Nadie se toma una foto sobre una hiena muerta”. Y esa risa…

2.
Había un ambiente extraño en la sala.

Ocurre cuando hay mujeres muy atractivas en una reunión de hombres: los bobalicones de contabilidad le cambiaban la botella de agua mineral a cada dos o tres sorbos; el consultor jurídico, generalmente circunspecto, imitaba al animal que sus colegan habían decidido que representaba y sonreía hasta las alusiones menos graciosas de la hábil charlista. Había dos espectaculares asistentes (así como uno masculino que entraba y salía) e Igor no le quitaba el ojo a una de ellas, vestidas de negro muy ceñido, con labios de una voluptuosidad que calcinaba en medio de ese gélido aire acondicionado.

Karen lucía como una reina checa, cierto y Yarizza deslumbraba por su piel de bronce y sus curvas… pero era Moana con su palidez transparente, su lejanía de allí mismo, su aire de niña perdida, lo que monopolizó la mirada de Igor. ¡Y no es que las otras no causasen estragos!

Hasta las mujeres se sentían alteradas sexualmente, más aún cuando se presentaba a ratos y se ausentaba en intervalos un musculoso pero estilizado mandadero.

Hay que notar que el Taller de Karen tenía serias imprecisiones o crasos errores científicos, como mezclar animales de distintos ecosistemas, pero poco importaba para la metáfora final.

Era la misión de AltoEgo (ella, las asistentes y una recepcionista) diseñar y ejecutar cursos de desarrollo individual para grupos de ejecutivos bajo el eslogan: “Trátate de tú”. Algunos de sus talleres más exitosos: “Salir al mundo interior”, “La crisis optimista”, “¡El largo plazo ya!” y otros recursos motivacionales.

A veces uno se preguntaba cómo podía Karen llevar tan alto nivel de vida y suponía que la empresa era muy próspera. Intentó ser más ingeniosa con los títulos: “La verdad interior no es lo mismo que la verdad en el interior” para su célebre seminario cerebro-prostático; “Chofer de su autoestima” y así sucesivamente. Impartió dinámicas antistress en sabanas, bajo cascadas, en una lejana isla del Caribe, en ardientes arenas del desierto.

El Director Regional cometió la barbaridad de proponerle a Karen, delante de todos, que diseñara una segunda parte de este curso, hecha a la medida de Hamfton. “Con animales tropicales si es posible”. Karen advirtió que estos trabajos ad hoc solían demorar tanto como, por ejemplo, las certificaciones de calidad ISO 75000, pero rendían frutos poderosos aunque intangibles y prometió una propuesta para la semana siguiente, titulada “Hamfton Tools Latam y el ecosistema empresarial de la Orinoquia-Amazonia”.

— Así Hamfton se transforma en una jauría, capaz de aprovechar todas las oportunidades de mercado más cerca del ecuador terrestre.

Ahora bien ¿hienas?

Fue casualidad. Como cuando en Scrabble uno ve en silencio la madre de las palabras, descuidada por todos… Aquí y allá oyó que las hienas competían como los más exitosos depredadores, incluso contra los leones. Que su mala fama era sólo comparable a su extraordinaria astucia y versatilidad. Leyó –por encima- ciertos papeles de prominentes investigadores y, bueno, mucha National Geographic y similares.

Estudió documentales sobre sus modos de vida y su rol en las estepas africanas. Todavía las veía como crueles e insensibles, tramposas y no merecedoras de los estupendos botines que lograban. Pero la percepción cambió. Porque resulta que, en el darwiniano mundo animal, las hienas constituyen un equipo de alto desempeño, más motivado al logro que al poder, el cual ceden con gusto a los más fuertes. “Buen material para la gerencia media”, pensó.

Intentaré destacar algunos puntos claves de la “ideología biológica” que subyace en los talleres y dinámicas de Karen.

— Si se trata de supervivencia o ventajas, el humano sí está dispuesto a aliarse para conseguir alimento y protegerse. 

  • Uno pelea para no morir, pero hay que pelear desde el principio. No se pelea para ocupar un puesto sino para no ser desocupado. No se mata para imponerse sino para subordinarse.
  • La mujer es más fuerte que el hombre si lo quiere. El siglo XXI pertenece a la mujer. Cuando se lo propone, la mujer domina.
  • La promesa de sexo más efectiva no implicar sexo o no todavía. Como otros artículos de guerra, se concibe por y para el poder.
  • En la Gerencia de las Hienas no hay objetivos diferentes a la supervivencia en el terreno que nos ha sido dado. La supervivencia implica depredación. Hay que comer carne corporativa cruda.

Igor siguió el curso con gran minuciosidad. Más que para aprender a deglutir “información-poder”, lo movía la curiosidad de conocer los entretelones de tan insólito programa. Vino a él, de golpe, una hipótesis:

Una monumental estafa. Esta mujer ha cosido una impresionante cantidad de información seudocientífica en un corpus coherente en apariencia. Pero no sirve sino para impresionar. Lo vende a costa de distraer a sus clientes mayormente masculinos y para los femeninos también aparecen de vez en cuando atléticos jóvenes.

Durante el “coffee-break” Igor, confundido en un apretado público, no podía quitar sus ojos de Moana, la de peinado brillante y labios rojísimos.

Se acercó, mientras una nube de gente revoloteaba a Karen y dejaba a esta “bellezura” en el monótono acto de repartir tarjetas.

IGOR: Hola. Alguien quiere integrarse a la manada (chiste malo).

MOANA: Bueno, eso es asunto de cada empresa, ustedes forman sus equipos…

IGOR: A mí me gusta la idea de formar un equipo contigo…o donde tú estés [risas].

Todo esto con la afabilidad adecuada y una rápida toma de la tarjeta, se transformó en un flirteo descarado que Karen no ignoró aunque se hizo la desentendida. De vez en cuando Moana miraba con aprehensión a Karen y luego volteaba esos ojos caoba hacia Igor, electrizándolo.

IGOR: Me gustaría verte.

MOANA: Ya yo no vuelvo más, tengo que estar en la oficina.

IGOR: Pues te busco en la oficina.

Y así fue. Le invitó un café. Luego se volvieron a ver en el cierre del taller (una semana después), copas de vino en la mano. Kren se dio cuenta, sobr todo cuando camino al baño vio a Moana entrelazando labios y lengua con Igor. Aunque puso un rostro severo, no pudo disimular que le había gustado mirar aquello.

Al principio Moana sutilmente rechazaba las invitaciones de Igor y le manifestaba por teléfono su temor a que Karen supiera que salían. Pero nada que una cena con clase no pudiera arreglar. Se hicieron amantes sin amor. Sexo salvaje que dejó sus marcas: poderosos rasguños en su espalda que al día siguiente le picaban horriblemente durante una reunión con proveedores. Siguieron viéndose y por más que Igor hacía intentos de humanizar la relación, de darle algunos toques de convivencia se sorprendía de cuánto énfasis en dejarlo en solo-sexo ponía Moana.

— Cógeme nada más, pero dame durísimo.

Igor se esmeró sin duda, pero ese volcán momentáneo propagaba ráfagas sobre el espacio intermedio. (O comenzó a pensar fuera del pene o su corazón tomó partido).

Una vez fue intempestivamente a su apartamento (algo que habían convenido no hacer) y encontró a Moana con Yarizza en actitud extraña, inmersas en algún tipo de intimidad. Otra noche vio a una de sus colegas de Hamfton, sin proponérselo, saliendo de un local nocturno de manos con un joven fornido que no era su esposo, sino un asistente de Karen.

A finales de año el Director Regional lo llamó Igor para hablarle del plan estratégico. El jefe tuvo que salir un momento dejando a Igor solo en la oficina, frente al iPhone del jefe. Un mensaje privado de Karen se asomó en la pantalla: “Insolada todavía por la playa. Esperemos hasta el viernes”. Y el jefe muy bronceado…

Un día en los pasillos de la empresa Igor se cruzó con una apurada Karen, quien al verlo se detuvo y lo “cercó” contra la pared.

KAREN: Me estás echando a perder a la muchacha.

IGOR: ¿Por qué?

KAREN: Por mezclar la diversión con el trabajo.

IGOR: Hay cosas que no son diversiones.

KAREN: Nosotros somos Consultoras Corporativas.

IGOR: Quizá yo me relacione con ella en esferas más privadas.

Intentó hablar con Moana, luego del sexo, pero aquello le parecía a ella una absurda paranoia sin fundamento. E Igor seguía: por qué esto, por qué aquello.

MOANA: Así no sirve.

IGOR: Hay algo raro, con Karen… ¿tú tienes algo con Karen?

MOANA: Todas tenemos algo con Karen.

IGOR: ¿Viste? Lo sabía.

MOANA: Pero sin sexo, hombre, qué primitivo eres. Karen es la mamá de todas nosotras, nuestra gurú.

Mas Igor seguía torturado por una genunina atracción hacia Moana y una mirada capciosa a las actividades de AltoEgo. Se le ocurría que los talleres y otras actividades eran una tela de araña, en la que animales, sobre todo machos, quedaban atrapados en telas de araña (y felices de estar allí todos empegostados), mientras la Viuda Negra cebaba su banquete. Una red de prostitución ejecutiva, pues…

Pasó varios días molesto con Moana. Veía inminente una ruptura. La llamó y esta vez Moana decidió conversar.

MOANA: No somos putas. Pero sí, te mentí, negué que Karen y yo tuviérmos algo. Ella tiene algo con todas las chicas, con las que ella quiera. Nosotras podemos tener sexo con otros si Karen lo aprueba y contigo no lo aprobaba. Porque “te vio primero”, tú la ignoraste y viniste directo a mí. Eso no le gustó, que yo no te cedí.

IGOR: ¿Yo le gusto a Karen?

MOANA: ¡Por Dios, te comería vivo! Así que te aprueba con una condición, que nos demos un trío de dos días seguidos. Tú y nosotras dos. ¿Te he contado del sauna en casa de Karen?

IGOR: ¡Así se arreglan los problemas mi bella!

MOANA: Pues al compartirte ganamos todos. A mí no me importa. Los quiero a los dos.

3.
Recoge a Moana y cruza pocas palabras en el camino, ninguna referida al encuentro.

Llegan a un espectacular apartamento. Karen maquillada y voluptuosa como Moana, los recibe con copas de champán. Toman unos tragos, Karen invita un joint y se sientan ambas firmemente apretadas contra Igor, a derecha y a izquierda. Líneas de cocaína. Moana lo besa apasionadamente y lo invita a degustar mejor el trago. Karen le besa el cuello, toma su mano y la lleva a sus pechos, besa apasionadamente la boca de Karen.

A Igor algo lo sumerge en un sopor atípico para un simple joint. En vez de levantarse para la ocasión, Igor siente que pierde control sobre sus piernas. Una bruma le invade la visión y se precipita en la alfombra.

Gritos cortos, siluetas que se mueven frente a él, un hombre que trata de escabullirse. Levanta los pesados párpados, hasta la mitad. Es Guillermo Ostos, Director de Recursos Humanos de Hampfton, en calzoncillos tipo short y franelilla, lo acechan tres sombras que vibran en la distancia, femeninas por la silueta, una de ellas desnuda o semi desnuda.

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La escena parece una película psicodélica. Las mujeres le cortan el paso a Ostos, una lanza un alocado swing que falla. Acierta el siguiente. Ostos se desploma sobre unas sillas de mimbre.

Una hembra masiva, que nunca había visto, sale del cuarto y arrastra al Director de RRHH. Igor respira apresuradamente, para darse energía.

Karen se acerca y trata de inmovilizarlo. Igor se sacude y se zafa. Karen lo embate contra la pared con un jab de derecha. Moana le cae encima, lo sofoca, entre varias lo llevan a la sala. Es depositado sobre la alfombra, humo, hienas, luces tenues, sale el mujerón y le apreta el cuello, firmemente contra el tapete.

Va y viene su conciencia. Se sacude. Ya no puede abrir los ojos, todo oscuro, perfumes mezclados con cannabis, bamboleo mientras lo sujetan. (En una ráfaga mental Igor siente que aquella forma de morir le parecía erótica en el fondo). Después del reverse gangbang hubiera sido perfecta… pero he allí que yacía en la sabana africana, atontado como los insectos con el veneno de las arañas, como un ox indefenso listo para ser devorado.

Algo distrae a las cortesanas. En la habitación contígua acaban de liquidar a Ostos con un tiro silenciado. Aquella noche aniquilan a dos machos disruptivos, que no respetaron la jerarquía de las hienas. Las asesinas, también y después de todo, están algo borrachas, de modo que Karen tropieza sin querer su cartera o una cartera, que cae cerca de Igor. Cuando éste abre los ojos buscando oxígeno, mira bajo el sofá un revolver caído junto a polveras y peines.

El intervalo es minúsculo como las panties de Moana y de Yarizza, y no sabe con qué fuerza… pero estira el brazo y logra asir la .48. Mientras tanto Yarizza lo trepa, esta vez para terminar de inmovilizarlo y que Karen lo liquide.

Con lo que queda de fuerza aprieta el gatillo. El tiro hace un estruendo y le atraviesa el hombro a Karen, todas se alejan momentáneamente. Mareado, con sombras que danzan, se levanta, apunta al azar y corre tambaleándose a la luz. Lo acechan, las repele con el revólver que agita amenazante. La grande (Petra) lo apunta y con un simple movimiento lo pudiera abatir, pero Moana le prohíbe disparar.

Karen es sostenida por sus asistentes, otras llaman al 911 y una grita desde el balcón pidiendo una ambulancia. Ya se siente la voz de vecinos afuera y sirenas de policía abajo. Otro cadáver no sería nada buena idea y ya no es necesario. El de Ostos ya sellaba el destino del clan.

La policía entra violentamente y encuentra a Igor desmayado, dado por muerto al principio. Karen canta, ebria, ya contenida la herida que no era grave. Moana llora. Ostos yace en una habitación, boca abajo, ejecutado.

4.
Sólo una cincunstancia fortuita permitió desmantelar ese clan.

A raíz del incidente Igor experimentó, digamos, su propia evolución mamífera. De musaraña a primate más avanzado, probablemente habilis, entendió mejor su puesto en la cadena alimenticia del deseo y del amor. Contra las hienas no se puede luchar. Acaso defenderse o huir. Si te deshaces de una, vienen más.

Y así se sube lentamente por las llanuras de la sabana milenial. Dejando huellas en la tierra caliente, comiendo carroña o cacería, migrando… Igor ya sabe que llegar al tope como el león sólo es posible si lo aprendiste de una hiena.

 

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ILUSTRACIONES: Lúdico.

 

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