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Para mí la ciencia es lo más cercano a una verdad social, a la determinación de los hechos de manera física y forense. Para mí y para el mundo moderno.

Todo lo demás: lo desconocido, lo parcialmente conocido o lo opinático pertenecen a otras esferas: la sociología, la psicología, el periodismo.

Y así cambió totalmente el criterio de validación: no es ciencia vs religión. Están cada una en su respectivo lugar. Pero la sociedad moderna es laica. Su sistema de verdad social gira alrededor de la ciencia. El Vaticano ha aceptado que su querella contra Galileo fue injusta. Ha reconocido que las teorías de la relatividad y del Big Bang tienen un poderoso soporte fáctico y que “no contradicen las Escrituras”, o la interpretación que el catolicismo ha hecho de ellas. El cristianismo en general ha tomado el mismo camino. No ha claudicado, simplemente entiende que sus postulados viven en otra esfera de la realidad (“Mi reino no es parte de este mundo” aclaraba el Mesías).

El hinduismo, el budismo, están más allá de los afanes políticos desde hace siglos.

Opino que la ciencia y la tecnología funcionan en una esfera práctica y social, mientras que la religión en una individual. Respeto las instituciones, los cultos y los libros sagrados… pero ejerzo la religión y espiritualidad como un enfrentamiento personal al asunto de la divinidad, la vida, la trascendencia, etc. Decía Hermann Hesse: “No puedo vivir un día sin religión, pero he pasado muchos años sin iglesia”.

Inmiscuir la religión en la política o en el funcionamiento, digamos, “empírico” de la sociedad es algo a lo que, personalmente, me opongo. Pero pensar y sentir libremente la religión o el misticismo o la espiritualidad, me parecen privilegios personales.

La ciencia se conoce antes de que se llamara ciencia

En el Génesis bíblico Dios es muy claro al prohibirle a la primera pareja comer del árbol de conocimiento. A quienes dicen que les dio libre albdrío cabría preguntar: ¿Qué clase de albedrío es ése? Que el Paraíso recibe dosis controladas de información, parece decir el Hacedor, porque el Edén es un mundo seguro en el cual Dios piensa por ellos, Dios resuelve por ellos. “Si conoces te rebelas”, parece haber ocurrido con el mismo Satanás antes de la serpiente, cuando retó a Dios y se llevó medio cielo con él, según el libro de Job.

Prometeo y Sísifo, de la mitología griega, son otros caso patéticos, no por ellos, sino por quienes los trataron como “personas non grata”. Tengo la teoría muy personal de que mitos como el de Prometeo o Sísifo fueron formulados por sacerdotes, de la misma forma que el Pentateuco fue escrito por líderes de una nación que planificaban su código moral (y su sostén al poder).

La política, “el arte de lo posible”, ha explotado esa dualidad del liderazgo de factura científica (armamento, herramientas) con atribuciones místicas. Los faraones y los césares, así como la realeza hasta finales del siglo XVIII en Europa, se creían de linaje divino y actuaban como semidioses. Los pueblos precolombinos vivían teocracias, gobiernos regidos por el precepto religioso tan común en la antigüedad: un rey empoderado por un Dios y sacerdotes que se encargaban de sus asuntos terrenales. Luego, los funcionarios y el resto de la sociedad.

El éxito político, económico y militar de occidente le debe mucho a la eventual separación del Estado y la iglesia. A un desarrollo de la ciencia en el Renacimiento en adelante, al que siguió una efectiva aplicación en esferas prácticas: el transporte, la salud, las comunicaciones, las ciencias sociales…

Pero los pueblos no pueden deshacerse de la mitología política y en Latinoamérica (acentuadamente en Venezuela) vemos regímenes empecinados en ser sectas. Le quitan el fuego a sus ciudadanos y los hacen meros homínidos que deben sobrevivir las sabanas. No producen ciencia, incluso la resienten y la combaten.

Prometeo paga el precio, en esta ánfora del siglo 6 aEC, de la colección del Museo Vaticano.

Prometeo le roba el fuego a los dioses y se lo entrega al hombre. Le lleva la ciencia, le abre los ojos. Zeus lo castiga con un tormento horrible: que se repita todos los días el desagradable evento de que un ave se coma su hígado.

Sísifo es castigado por engañar a Hades (la muerte) y otros dioses, con el fútil ejercicio de llevar una piedra al tope de una colina para verla caer inmediatamente. Homero no dice por qué castigan a Sísifo, pero hay mucha especulación sobre su papel de difusor de secretos sobre la vida y la muerte a los ignorantes humanos.

En la Edad Media la ciencia era simplemente herejía y su eco se siente en tiempos más recientes con los activistas religiosos. Recordemos que Giordano Bruno, un pensador italiano del siglo XVI, fue quemado en la hoguera por atreverse a afirmar que el sol era una estrella y que en el universo astronómico había planetas que daban cobijo a la vida.

Trató de salvarse diciendo que esa vida era posible por la aparición de Jesucristo en tales planetas pero perdió cuando se consideró que esa presencia extraplanetaria del Cristo implicaba que hubiera otros papas y cardenales, lo que obviamente enfureció a los jerarcas terrícolas del momento. Lo siento Bruno, eso pasa cuando se mezcla una cosa con otra.

Ah, viene a la mente la cruenta disputa por la veracidad de la teoría heliocéntrica de Copérnico con los ajustes de Galileo Galilei (en el siglo XVII). Este sabio italiano, precursor y quizá padre del método científico, al descubrir nuevos planetas y satélites quebraba el orden sacrosanto, el de una Tierra como centro de un universo que giraba con un número de cuerpos finito e inmutable.

El Papa Benedicto XIV, que le apreciaba, evitó una muerte segura, pero obligó a Galileo a desdecirse, a buscar subterfugios para que sus descubrimientos se ajustaran a la ortodoxia católica. Famoso (sea cierto o no) fue un supuesto murmullo que dio el genio cuando la corte le obligó a negar que la tierra se movía en el espacio de acuerdo con los principios de Copérnico. “Y sin embargo se mueve”.

“Y sin embargo se mueve”. Retrato de Galileo Galilei de Giusto Sustermans.

“Tengo razón, pero voy preso” podría interpretarse eso. Como acto de desagravio, el Papa Juan Pablo II reconoció en 1992 los errores de los teólogos que habían evaluado el caso de este hombre incomparable. Si le hubieran dejado trabajar libremente, quién sabe a dónde hubiera logrado avanzar la ciencia de su época.

Pero al final la ciencia se impuso y es la que establece los valores veritativos (base para las decisiones) en las cortes, en las juntas de producción de bienes y servicios, en las guerras y, muy importante, en los salones de clase. Hace 500 años la autoridad era el Vaticano, ahora es la NASA.

Si el ser humano hace ciencia, ésta se defenderá por sí misma, hará caer las cosas por su propio peso. Necesita menos predicadores. Y ¡vaya que no le han faltado! El fervor de Arquímedes con su ley de pesos parciales; de Sócrates enfrentado a la muerte; el de Galileo en un juicio que sabía perdido.

No obstante, la ciencia y su capacidad predictiva (cada vez más afinada aunque sujeta al error) ha ganado terreno por el efecto de demostración, por la evidencia observable. Hay un espacio del mundo donde la ciencia manda, aunque no pueda explicar tal espacio y sus componentes. Con solo describir y operacionalizar físicamente el entorno humano, la sociedad hace todo lo demás.

No obstante

Decíamos que la ciencia es precisa y rigurosa, pero estos atributos son paradójicos y, a lo sumo, inlogrables, porque se ejecutan sobre un cuerpo de conocimientos que cambia y que amplía sus regiones de incertidumbre en la medida que cubre otras.

El gran Karl Gustav Jung afirmaba que la “ciencia es el arte de crear ilusiones convenientes, que el necio acepta o disputa, pero de cuyo ingenio goza el estudioso, sin cegarse ante el hecho de que tales ilusiones son otros tantos velos para ocultar las profundas tinieblas de lo insondable.” Supongo que se refiere a certezas convincentes, fuertes socialmente, más que a verdades absolutas.

Porque “la ignorancia afirma o niega rotundamente; la ciencia duda”, al decir de Voltaire. Y no actúa inteligentemente quien se opone al dogmatismo religioso como sustituto de la ciencia pero, a la vez, trata la ciencia con dogmatismo religioso. La ciencia es todo menos absoluta o dogmática, es lo mejor que tenemos para manejar el conocimiento y aplicarlo pero sigue siendo imperfecta, la mayoría de las veces provisional y aproximada.

“En tanto las leyes de la matemática se refieren a la realidad, no son exactas; en tanto son exactas, no se refieren a la realidad”, nos dice acaso el más grande científico que ha vivido, Albert Einstein, para luego afirmar: “Sería posible describir todo científicamente, pero no tendría ningún sentido; carecería de significado el que usted describiera a la sinfonía de Beethoven como una variación de la presión de la onda auditiva.”

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¡ATENCIÓN! Un cartel con una frase de Einstein que realmente dijo Einstein.

También comentaba el genio despeinado que en cada puerta que la ciencia abría se podía ver a Dios, si se quería. Dado que la ciencia no ha rasgado siquiera la superficie sobre las “causas últimas”, la explicación religiosa sobre preguntas insondables como el origen o el destino serían por el momento tan plausible. Por ejemplo ¿qué hubo antes del Big Bang? Un estado físico sin Dios o un Dios. La capacidad de decidir es cero o ambas. La ciencia gana por lo que ocurre después del Big Bang, pero ni siquiera para predecir a muchos eones desde el presente.

De modo que un científico religioso o, en todo caso, espiritual, no debería ser una contradicción. En cambio, usar la religión como guía política o científica nos han dado años de inquisiciones, fundamentalismos, juicios a Galileo, heliocentrismos, y ha contribuido a supremacías raciales o de género, burkas y un largo y triste etcétera. Atraso, cuando menos.

Diseño inteligente vs Pastafarismo

“Saquen su libro de texto para nuestro próximo tema”. En el pizarrón: “Diseño inteligente”. Caricatura de Gary Markstein.

Fíjese lo que ha ocurrido en las asignaturas de biología e Historia Natural en las escuelas primarias. La evolución y los fósiles sacaron algunos tornillos a las bases creacionistas ya desde el siglo XIX, pero la lucha social porque la tesis creacionista siguiese oficial fue muy intensa. La de la ciencia no, no es militante, ni fanática. La otra sí, porque tiene un alto componente emotivo, de fe.

Al no poder siquiera mantenerla en el pensum, los creacionistas reclamaron igual estatus, sobre todo en el epicentro de esta batalla: los Estados Unidos. “Ok, pongan la evolución, pero también la creación”. A principios y mediados del siglo 20 esta pugna incluso dio victorias a los religiosos del sur, quienes mantuvieron la presencia del dogma en las tareas escolares. Fue apenas en 2006 cuando las cortes de justicia dictaminaron que propuestas como el Diseño Inteligente no podían habitar el programa educativo porque no eran científicas. Como tiene que ser.

Si usted ve mi perfil en Facebook notará que he puesto bajo religión: “Pastafarismo”. ¿Enloquecí, me uní a alguna secta rastafari que adereza sus ceremonias con “ganja” o soy adepto a la pasta al dente? No, nada de eso. El Pastafarismo es uno de esos sarcasmos geniales, en este caso, como respuesta al Diseño Inteligente y propuestas similares. Dejemos que la Wikipedia nos ilumine (sin necesidad de ganja, tranquilos):

El pastafarismo, neologismo derivado de pasta (espagueti) y rastafarismo, es una religión paródica, surgida para refutar el Diseño Inteligente.

Popular afiche del Pastafarismo que muestra en encuentro de Adán con el Espagueti Volador que todo lo creó. Fuente: web oficial del Pastafarismo.

El argumento cosmológico del Monstruo de Espagueti Volador tiene premisas y conclusiones:

  • Conclusión 1: la existencia del universo tiene una causa.
  • Premisa 3: como no hay una explicación científica que pueda elucidar la causa del origen del universo, esta causa debe ser sobrenatural, o sea el universo fue creado por un dios.
  • Premisa 4: los dioses siempre han creado a los humanos a su propia imagen y semejanza.
  • Premisa 5: el cerebro de los humanos parece una bandeja de espaguetis.
  • Conclusión 3: el Monstruo de Espagueti Volador es el único Dios verdadero.

Lo que hizo Henderson fue aplicar un cuerpo de sólidas premisas lógicas, en este caso, “seres más grandes que otros”, a un conjunto de postulados inconexos, arbitrarios, pero que suenan perfectamente bajo la ilusión de las palabras bien formuladas y concatenadas. Es una ficción ayudando a una entelequia. Como ficción es excelente, ahora ¿cómo religión? Así de absurdo ve el científico al religioso y viceversa. Otros somos respetuosos y curiosos por postulados de cualquier creencia. Pero hay gente que ve en los religiosos a seres poseídos por una alucinación.

Si quieren revisar lo que sigue y pensar seriamente en una conversión que involucre greñas cósmicas de trigo durum, lea aquí la entrada en Wikipedia o uno de los sitios web de la iglesia de los Pastafaris.

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De resto, la ciencia es mi método favorito para dirimir controversias (aunque a veces no se pueda) e incluso para ejercer el periodismo, lo cual por cierto, siempre debería poderse.

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ILUSTRACIÓN INICIAL: Lúdico.

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