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Caminar sobre la arena, con zapatos de cuero y corbata, suele ser incómodo. Depende del apuro. Era un hombre normal e, incluso, no propiamente un criminal. Pero el trabajo se veía importante y permanente. La última guerra europea le había dado experiencia y parecía que se cotizaba, o se cotizaban sus artes.

Al rato divisó el balneario con sus altos uveros y torres puntiagudas. Había recorrido varios kilómetros desde el desembarco y todo el preámbulo le parecía un ritual de calentamiento.

Se dirigía hacia el este, a su lado el Mar Caribe. El sol bañaba frontalmente la montaña azul, a la derecha. Serían las tres de la tarde.

Ni una nube interrumpía el cielo. Entre la playa y la montaña se extendía un ancho arenal tapizado por manglares. A todo lo largo, pequeños muros de piedra, donde uno que otro soñador se sentaba a mirar el día deshacerse en brisa.

A pesar del trayecto y de su cerrada indumentaria no sentía calor alguno, aunque sí un poco de sed. Llegó el balneario y cortó abruptamente el arenal. Surgían terrazas y terraplenas de piedra, que él escalaba con la elegancia de un sueño.

La terraza inferior, colindante con la playa, estaba cruzada por mosaicos verdes, que formaban tenues simetrías y se perdían en los jardines del palacio al fondo. Corría el año 1892.

Al subir más, ya podía mirar la fachada de las grandes casas y los grandes hoteles. Notó gran actividad: bajo la sombra del poderoso almendrón, con la visita ocasional de un alcatraz, las doñas leían revistas francesas o conversaban animadamente entre sí.

Algunos jugaban cartas en la ancha acera sombreada y le encantó el correr alocado de los niños, de los perros juguetones y de las mucamas de aquí para allá. A lo lejos una fuente de mármol con un férreo enrejado…

Era un día encantador, pero el caminante no podía distraerse demasiado. Pasó el Club Colonial, frente al cual una mulata joven arreglaba cada semana una cruz de peñones rosados. Dejó atrás el Club Barrera y miró por un rato la casa de Doña Luisa, donde dicen que el tiempo se detuvo en 1887.

Bordeó el frontispicio del Palacio Miramar, transmutación de España a Francia. Los jardines del Palacio se extendían en puentes de piedra sobre arena y miradores y galerías frente al océano. Más allá de estos fastuosos derredores entró al pueblo propiamente dicho, cuya franja rodea el balneario por arriba.

A pocas cuadras, de pie frente a la esquina de la casa donde un señor había presentado -por primera vez- el aparato lumínico de los Lumière, contempló a lo lejos el objetivo de su larga caminata.

El sobrio y excelso Club Asturiano, donde la nobleza española y criolla departían, era una mansión toledana de incontables ventanas en hilera. Hacia el norte, hacia las cumbres, se erguía una torre de madera cuya finalidad no pudo comprender.

El contratado entró con aire displicente, a través del lobby de sofás, socios leyendo, socios conversando, mirando muy fijo y comenzando a cegar la memoria. Había mucho humo de cigarrillos.

Enfiló hacia la gran piscina y allí vio al grupo. Su objetivo estaba sentado en un sillón de espaldar alto y barroco, alrededor del cual un grupo de gente parada y sentada lo oía con cierta delicia. Debe haber sido muy agradable este tío, porque las risas se sucedían. La silla le daba la espalda. Se veían las manos gesticulando y un humo de tabaco que salía por este o aquél ángulo del espaldar de cuero.

Fueron visiones fugaces, pero intensas. Adelante la piscina, cristalina. El sol marcaba una sección de ese gran patio de agua rodeado de columnas. Saboreó el momento. La brisa desafiaba sus engominados cabellos.

Según recuerda, un hombre del grupo se dio cuenta, pero no tuvo tiempo de reaccionar. El contratado sacó su arma, apuntada con una sola mano y calculó la posición de la cabeza, a juzgar por los brazos. Disparó un tiro cuyo sonido se perdió en la brisa y el bullicio. La bala atravesó el cuero y vio los brazos de su víctima subir como un director de orquesta que ordena el gran final.

El objetivo intentó ponerse de pie, la gente a su alrededor estaba petrificada. El contratado siguió su cuerpo con la mano, a través del espaldar y disparó un segundo tiro que le capturó el corazón. Miró la masa inerte caer en la piscina y el primer grito lo escuchó cuando ya abandonaba el atónito Club.

Mucho tiempo después recordó que en el espaldar, justo detrás de la cabeza del objetivo, estaba tapizado un dragón. Aunque lo rememora como el felino del escudo de Santiago de León de Caracas, era en efecto un lagarto con alas que exhala llamaradas.

La primera bala atravesó la cabeza de ese dragón y esa circunstancia le confirió, sin duda, un carácter legendario.

Se fue por los arenales que van hacia el este y se reprochó no haber tomado ni una copa de vino, como es debido en estos casos.

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ILUSTRACIÓN: Lúdico.

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