Cuento – Fernando Nunez-Noda

A Thaelman Urgelles

Mi tatarabuelo fue un aventurero de los siete mares, literalmente.

Estuvo secuestrado por un califa otomano; escapó como pudo del palacio de un emperador chino cuando lo sorprendió haciendo “control de calidad” en su harén; le dio ideas a Edison; jura haber cabalgado sobre un kraken y cortejado a varias princesas europeas (todas casadas). Algunas de esas aventuras las dejó a sus hijos, nietos y familiares en una edición privada de cartas de la cuales transcribiré algunas piezas selectas, como ésta, sobre una isla desierta donde cayó y salió de forma por demás inesperada. Y todo por amor a… dos damas.

En 1887 era yo capitán de la Marina de mi país.

Iba en un pequeño bote patrulla para auxiliar a un navío varado en alta mar. Pero a mi bote se le rompió la palanca de freno y seguí de largo al centro del océano Atlántico. Antes de pasar la boya más lejana, cubierta de algas, toda la tripulación se lanzó al agua. Yo mismo lo hubiera hecho, pero me quedé dormido y al despertar ya iba más allá de las antillas occidentales.

Pasé días y días cruzando el infinito mar, sin saber a dónde iba, a una velocidad que me impedía detenerme o saltar. De hecho, lancé el ancla y la cadena se partió en el aire. El pedazo salió disparado en zigzag hasta golpear en la cabeza a una pobre ballena beluga. Mi bote patrulla cabrilaba a la deriva, con velocidad de un ferrocarril transcontinental.

Miré al frente un horizonte lleno de miles de de estalagmitas que surgían del mar, primero discretamente, luego más altas. Apenas nos rozó una y arrancó de cuajo media capa de pintura. Sentí el inminente fin de la embarcación. Busqué en los armarios un salvavidas y sólo encontré un curioso aparato volador parecido al de Leonardo Da Vinci.

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Bocetos del ala de una máquina voladora. Leonardo Da Vinci, 1485.

Visto el fatal desenlace de Reina de Oriente (así se llamaba mi barco patrulla) me puse el armatoste y salí a la cubierta. A muchos nudos por hora, el barco empezó a ser rebanado finamente por esas extrañas formaciones.

Levanté vuelo irregularmente en aquel extraño aparato y a una velocidad inenarrable. Cargué conmigo un morral, una caja de herramientas y una trompeta.

La trompeta la puse contra el viento y obtuve una melodía desatada que amenizó aquel tirón hacia las nubes, que eran pocas y lejanas. A muchos codos de altura miré hacia abajo. Volaba altísimo y contemplaba estalagmitas que surgían del agua como espinas de un erizo gigantesco. 

Para mi pavor el “ícaro” que me transportaba perdía altura y calculé que aterrizaría (o acuatizaría, más bien) en quince minutos y moriría al chocar contra estas filosas garras de piedra. No se vislumbraba tierra firme alguna. A pesar de todo no solté ninguna de las bolsas que cargaba.

Dirigí el aparato hacia una bandada de extraños alcatraces cruzados con gaviotas, las enigmáticas “alcaviotas atlantes”. Me así a la cola de una y, tal como sospeché, el susto la hizo subir y llevarme consigo. Estaba tan asustada que me apresó con sus garras y me levantó sin control hacia lo más alto que pudiera imaginarme. Miré la lancha abajo como un minúsculo pez suicida despedazarse contra los salientes afilados.

Y arriba… pude ver que llovía en Madrid. Para mi contento contemplé a sotavento una isla que asomaba su costado en el horizonte. Algunos kilómetros después mostraba una playa larga hacia el este. De hecho se extendía de horizonte a horizonte.

“Ahora o nunca”, me dije, porque casi le volaba encima. Y sólo atiné a darle un golpe con el morral al pajarraco, que me soltó bruscamente. La violenta brisa a esas alturas, helada, sometía a intensa presión el artilugio leonardiano que lograba heroicamente mantener su trayectoria. Sin embargo, todo se acabó cuando la furiosa alcaviota se abalanzó sobre las alas de papel y las desgarró.

Pronto las varillas estallaron y quedé yo con unos guindajos de cuero y ligas, junto por supuesto a la pesada caja, el morral y la trompeta, lo cual me precipitó en 12 kilómetros de caída libre. Pataleaba como loco y luchaba por no soltar mi pesado cargamento. Busqué desesperadamente en el morral y encontré un grueso vestido que le había comprado a mi dama Augusta, en Caracas. Lo así de forma que se abrió cual paracaídas, muy accidentadamente, pero logré ralentizar el fatal descenso que seguía siendo rápido. Iba volando sobre la isla, a ocho mil codos de altura y a 235 policodos por hora.

Ya vería cómo enfilar hacia el suelo. Maniobré cual pude el vestido-paracaídas, pero la gravedad dictaba su feroz tiranía. Me clavé con fuerza en el agua, ya del otro lado de su montaña principal, como a 500 metros de la playa. 

Ya en el agua, el aparejo me hacía difícil nadar por lo que, mejor, me hundí y caminé bajo el agua. Cuando me quedaba sin aire subía rápidamente a llenar los pulmones y de vuelta al fondo. Me circundó uno que otro escualo, con su cola oscilante y su mirada inexpresiva… pero lo que me daba miedo era encontrarme con la ballena beluga que descoqué con el ancla. Al fin, exhausto, comencé a ganar llanura y pronto salí entre las olas incesantes revestido de algas y pequeñas mordidas de morenas y manta rayas. Tenía un cangrejo guindando en la oreja izquierda.

Me revisé y noté que llevaba el morral, el cual lancé a la arena para que se secara y la caja de herramientas que desbordaba agua salada. La trompeta que hace minutos volaba por la atmósfera se precipitó diagonalmente  y se hundió en la arena a feroz velocidad. El vestido de mi amada, por el contrario, danzó en el aire un rato  haciendo cabriolas y cayó doblado dentro del morral, aunque un cachito quedó afuera y yo lo empujé con el dedo índice.

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La primera foto aérea de la Isla Esperanza (circa 1888), desde el suroeste, hecha con una cámara experimental que construyó mi tatarabuelo y que tomó elevado por la alcaviota. En el cuadrante superior derecho, uno de los pocos retratos que se tienen de él, cerca de la misma época.

La isla no era grande, como dije, pero sí noble, con dos promontorios naturales en el norte y el sur. Tendría unos 14 mil codos margariteños cuadrados (en este relato al mencionar esos “codos” me refiero a la medida usada en esa isla venezolana).

Llevé mis cosas hacia una pared de granito, rodeada de palmeras y otros árboles robustos. Mis primeros alimentos fueron unas ostras pegadas a las piedras de la orilla. Casi no tenían sabor, pero se sentían muy nutritivas. Con algunas palmas y troncos improvisé una choza. Me valí de una “carretilla” de palo que construí. Había una especie de piña que, cortada con un machete, producía ruedas muy resistentes. Se pudrían a la semana pero verdes soportaban ramas, piedras y animales. Con este aparato moví cosas pesadas muy rápido.

Hice fuego con mis espejuelos desarmados, dos cristales cóncavos llenos de agua y sellados con barro, como bien enseña La Isla Misteriosa de Julio Verne. Un buen sol era lo único que faltaba. Luego construí pedernales especiales para producir chispas.

Había un raquítico arroyo que daba al mar, como a cinco codos de la casa y almacené agua. Encontré una especie de bambú muy flexible. Doblado y tensado con una liana muy fina que se transmutaba en un poderoso arco. Las flechas salían de una extraña planta que tenía dedos puntiagudos, proyectiles un poco gordos pero efectivos para matar un conejo silvestre que pasara por allí. Separé su carne de la piel, con la cual me hice una cantimplora.

Mudé a terreno más propicio la casa y la amplíe a cuatro compartimientos. Usé la carretilla y la cantimplora la llenaba en la cascada, a veces incluso útil para ablandar la argamasa con la que unía troncos, piedras y musgos. No obstante, debí construir un refugio temporal encallado en la montaña cuando sentí poderosos vientos que pronto se transformaban en frenéticas batidas, huracanes momentáneos que me obligaban a ponerme a resguardo.

Pero les busqué una aplicación útil, si cabe el término. Construí ruedas con troncos de bambú y una decena de otros materiales. Coloqué esas ruedas convenientemente protegidas en las laderas de un cañón y con las violentas tormentas giraban a gran velocidad, con lo que empujé agua por canales, pulí piedras, hice muy apreciados vidrios y los rudimentos de la generación eléctrica.

Poco a poco completaba un pequeño complejo con muchas máquinas, pero lo cierto es que extrañaba a mi prometida. Aunque, para serles sincero, tenía el corazón abierto a conocer a cualquier dama que pasara por allí por una u otra circunstancia. 

Ocurrió de forma inesperada, acelerada por el acoso de los zombis piratas.

Sí, queridos nietos, bisnietos y tataranietos: zombis desaforados, devoradores de carne que en vez de buscar tesoros y barcos que saquear, cazaban pobres cuerpos en los seis continentes (digo seis porque incluyo la perdida Atlantis, que su querido abuelo descubrió por casualidad cuando era cazador de témpanos, hacia mediados del siglo XIX).

Un día en que surfeaba en la bahía oeste, vi cruzar desde el horizonte un galeón señorial y pocas decenas de codos atrás una destartalada pero rápida fragata poblada de eso que ahora llaman “zombis”, no fantasmas, sino seres que alguna vez fueron humanos y perdieron todo raciocinio y sentido moral para solo querer comer carne y compensar su acelerada descomposición. Devoraban todo a su paso. Les juro y todavía no lo creerán, que la mismísima ballena blanca les huía.

Corrí hacia mis magníficas ruedas, improvisé un lanzaproyectiles con unas bandas de cruda goma que había extraído de frutos del caucho. El galeón viró al borde de la bahía en una maniobra distractiva que me permitió preparar todo esto. Detrás de ellos pero frente a mí cruzó el barco de la muerte.

Con ayuda de un buey salvajes estiré con no poco trabajo la gruesa liga en cuya badana coloqué peñones muy voluminosos y pesados. 

Apiñados a lo largo de la cubierta, aferrados a los mástiles, iba el pequeño ejércitos de muertos vivientes en un extraño proceso de descomposición sostenida. Si se agitaban perdían un brazo o se les zafaba el hombro, que quedaba agitándose entre las camisas raídas. No tuve tiempo de esconderme, apenas pude colocarme detrás de unas escuálidas palmeras. Un zombi volteó a verme pero se le salió un ojo y eso lo confundió mucho y se olvidó de evaluar si había visto algo o no.

Lancé unos peñones pero fallé (o más bien, acerté al blanco equivocado porque al caer en el agua a velocidad sorprendente, el proyectil le dio en un costado a la pobre ballena beluga que transitaba por ahí).

El galeón dio trabajosamente otra vuelta, tratando de no alejarse demasiado de la isla y en su segundo giro tomó cierta ventaja, pero los zombis lanzaban balas de cañón y flechas incendiarias. ¿Piratas en 1887 y con flechas? Sí. Un bagazo de la estirpe de facinerosos del siglo XVIII, pero seriamente mutados con el paso por extraños mares vaporosos del sur del Índico. Usaban poco las pistolas, porque la violencia de la explosión en el disparo les desarmaba manos y brazos.

En fin, desmantelé como pude el gigantesco tirachinas que había improvisado y lo mudé, ayudado por un buey de nombre Grui que me sirvió para arrastrar la carreta de ruedas de piña hasta un promontorio al noreste. Instalé el arma, que requería un agujero de 7 codos, armé las ligas como pude. Frente a mí, zurcando hacia el norte el galeón había recibido varias centellas ardientes y se veían sus velas dejar una estela de llamas alocadas.

El barco fue abrazado por las lenguas de fuego y siguió sin control hacia la costa noreste de la isla. Entró a la arena y siguió su camino sobre piedras y maleza playera, se llevó por el medio palmeras, cactus y se precipitó contra una meseta, saltando en pedazos.

La nave pasó como una saeta, pero algunos segundos antes de tenerlos al frente lancé tres poderosas bolas de piedra de unos 75 quintales cada una. Dos fallaron pero una dio exactamente sobre el ancla de proa, justo en la línea de flotación, de modo que la embarcación maldita frenó contra el oleaje y rápidamente empezó a hundirse.

Esto provocó que los zombis saltaran al agua, deshaciédose algunos, y para mi terror invadiendo algunos la isla a lo largo de la costa. Lamentablemente no pude evitar que un grupo de monstruos se dirigiera a los vestigios del galeón y diera cuenta de los sobrevivientes del choque. No vi tal cosa pero la imaginé.

Cuando me disponía a esconderme en la densa selva central (densa pero no muy extensa) vi que de la playa surgía una persona, alguien que había saltado del galeón antes que se precipitara. Corrió como pudo hacia el bosquecillo central y se perdió entre cocoteros. Los zombis cercanos la persiguieron. Nos separaba una distancia considerable, pero si mis sentidos (y ansias) no me engañaban era una mujer.

¿Cómo llegar a esos lares rápidamente? Le pedí el favor a la “alcaviota” (el ave que me alzó en vuelo al llegar), con quien me había congraciado y a la que, ligeramente, había entrenado. Le rogué que me llevara pero la perspectiva de ser devorada viva por los zombis la hizo negarse. Entonces tomé una determinación clave. Le pedí a Grui que halara la banda de goma pero conmigo como proyectil. Me colgué cinco espadas al cinto, Grui llevó la liga varios codos margariteños y al soltarla salí disparado como una bala humana cargado de espadas.

Crucé volando la playa y en mi vuelo me acerqué a la Alcaviota y le grité cosas muy fuertes, por no querer ayudarme y seguí a altísima velocidad la trayectoria elipsoide. Al superar el bosquecillo vi a la pobre mujer atrapada en una piedra última del acantilado y los zombis trepando indetenibles. Caí oblicuamente, de modo que al sacar mis espadas y agitarlas en el aire decapité varias cabezas en mi aterrizaje que fue aparatoso. Los otros se abalanzaron sobre mí como hienas hambrientas.

Fuente: 10W Publishing.

Fuente: 10W Publishing.

Aquellas artes ninja que adquirí en provincias muy escondidas del Cipango, el arte Nu de las espadas ventilador, hube de retomarlo con una costilla rota y con fracciones de segundo para recoger mis oportunos aceros y comenzar a repeler [mutantes].

Los vi de cerca, su carne podrida se mantenía firme por un inexplicable proceso de endeble endurecimiento. Como se habían mojado, sus cuerpos adquirieron cierta consistencia pero, al ser salada, se endurecía más de la cuenta y por eso de un espadazo atravesaba dos y hasta tres.

Varias terrazas más arriba una dama, hermosa hasta en la lejanía, defendía un endeble promontorio con una rama por la que impedía que los pocos zombis que habían logrado pasar trataran de irrumpir. El espacio era tan estrecho que solo podría pasar uno a la vez. Pero el tiempo se agotaba de modo que corría cada vez más arriba hasta un borde del abismo.

Pero eran muchos. Picarlos me costaba un mundo y las piedras ásperas destruyeron mis zapatos, ya de por sí endebles hechos con filamentos de una enredadera de playa. Escalé la colina de peñascos asediado por piratas esperpénticos desde todos los rincones. Uno me golpeó con un tronco, caí de bruces, practiqué una voltereta cuyo impulso me hizo caminar sobre los hombros y las cabezas de varios y pronto estar de pie listo para recortarlos con “la tijera de Kechi” o con mis simples puños de hierro.

Trepé algunos peñascos, lancé piedras que literalmente atravesaron el pecho de unos y tumbaron la cabeza de otros. Me rodearon y sentí que ya no podía superarlos, cuando sus uñas me rasgaban la ropa y sus colmillos opacos y podridos se abrían y cerraban a medio codo de distancia. Lo que más temía y evitaba era que sus asquerosos dientes rozaran mi piel y la rasgaran, trasladando a mi sangre las [toxinas] que me hubieran convertido en un autómata del infierno.

En el súmmum de la desesperación sentí que algo me atenazaba la camisa en la espalda y me levantaba abruptamente. Era la alcaviota, arrepentida, que decidió arriesgar su vida para salvarme de una muerte-en-vida inminente.

Había perdido energía, así que no tenía mucha fuerza. Voló los 35 codos que me separaban de la mujer y no pudo más que lanzarme allí, cayendo incluso sobre una manada que se acercaba a la bella dama. Mis espadas se precipitaron y dispersaron. Saltaron sobre mí y los repelí a golpes. A veces mi puño quedaba incrustado en el pecho de uno y tenía que alzarlo y usarlo a él mismo como escudo y espada contra los otros.

Me abrí paso hacia el pequeño puente natural que llegaba a una plataforma última, de piedra oscura, en la que esa valiente mujer mantenía un férreo rechazo, pronto a terminar dado que los zombis trepaban dos bloques laterales y era cuestión de minutos para que la alcanzaran y comieran.

De nuevo la alcaviota me dio una mano, o una pata, para levantarme y arrojarme en el lugar adecuado. Cai y la vi de cerca, por primera vez. El mundo se paralizó en mi estupefacta cabeza: su ropa ajada y rota se me hizo un vestido de princesa; su cabello mojado y desordenado era ahora una cascada de azafrán, sus ojos eran la Constelación de las Hespérides. Hasta los zombis, momentáneamente, danzaban en una coreografía de violines y tambores.

Instintivamente me abrazó y yo a ella, sellando un amor creído para siempre. Pero había que sobrevivir. A un costado del peñón un acantilado empinado y abajo el mar embravecido que chocaba contra el precipicio de dura piedra. Nuestra muy corta “danza” nos hizo descuidar el puente natural y por allí entraron los zombis, dos de los cuales se lanzaron sobre nosotros.

Los empujé como pude, tomé a mi dama y sin pensarlo dos veces, arriesgándolo todo la halé hasta el borde y saltamos ciegamente al agitado mar, unos 120 codos de altura. Precipitados hacia abajo le pregunté su nombre: Esperanza, ese nombre que no conocen ustedes hijos míos. No me dio tiempo de decirle el mío. Cuatro zombis se lanzaron tras nosotros. Caímos aparatosamente, la dama (ya en ese momento sentía que, a pesar de lo informal de la presentación, nuestros destinos estaban atados) buceaba trabajosamente y perdí el poco oxígeno que había logrado guardar, así que bajo el agua le di respiración boca a boca y le trasladé algo de aire (naaa, en realidad la besé pero aproveché de darle aire también).

Mientras tanto surgieron de las sombras acuosas los cuatro zombis que se habían lanzado tras nosotros y parecían monstruos marinos. Me sorprendió lo bien que nadaban, aunque el agua les aflojaba los músculos y algunos perdían dientes, pelo o dedos en el trepidante movimiento submarino. Tomé a mi Esperanza y nos fuimos nadando bajo el agua entre rocas muy filosas, pero el banco de zombis nos seguía tenazmente. Llegamos a una pared submarina más allá de la cual no se podía seguir. Los zombis se unieron en cambote y se lanzaron como un solo monstruo hacia nosotros, quienes por cierto ya luchábamos por aire.

Cuando los colmillos podridos estaban a pocos dedos tobaguenses de nuestros cuellos, una ráfaga blanca los desapareció de nuestra vista, una tromba submarina que invadió de burbujas todo nuestro campo de visión e hizo temblar el agua. Era la ballena beluga que nos vio a lo lejos y se lanzó a atacar pero, debido a su pobre vista, se llevó entre sus fauces a los engendros.

Con los últimos vestigios de oxígenos en nuestros pulmones, me dio tiempo de agarrar su cola y aprovechar el aventón que nos llevó de nuevo a la bahía. Pude ver cómo trituraba con sus mandíbulas a los cuatro zombis. Me solté y pudimos emerger a la superficie, ya casi sin aire. Con lo me quedaba de energía cargué a mi dama y llegamos muy trabajosamente a la orilla.

Nos escurrimos por los acantilados y refugiamos en unas cuevas que ya había descubierto y equipado meses antes, precisamente para protegerme de las violentas tormentas. En unos días ya me había escurrido a mi casa para buscar armas, herramientas y los vestidos que le llevaba a su tatarabuela.

En esa cueva fría y oscura, precariamente iluminada para no llamar la atención… bueno, para qué les cuento si hay niños en la audiencia. Un hombre tiene necesidades muchas índoles…

En fin. Los zombis rondaban la isla arrasando la poca vida animal que quedaba. Salir y matarlos uno por uno era arriesgado y absurdo, hasta que decidí tomar un paso decisivo y final.

Calculé cuidosamente la fecha y una mañana borrascosa me acerqué al sitio de reunión de los 50 zombis que quedaban y toqué mi trompeta con toda la fuerza. Era la diana militar. Los esperpentos se levantaron enérgicamente y vieron en mí la carne fresca que extrañaban.

Tuve que correr con toda mi alma porque sentía que me alcanzaban, hasta llegar al punto justo de una planicie entre dos acantilados, una garganta de piedra perfecta para mis planes. Arriba los nubarrones se acumulaban y el viento nos impedía avanzar con rapidez. Se levantaban nubes de arena por aquí y por allá. No obstante, llegué al punto más central de la garganta y los zombis, a pocos codos de distancia, se acercaban.

Me escurrí en una estrecha cueva, dentro de la cual tenía preparada una gran piedra redonda con la que bloqueé la entrada. Los zombis quedaron desconcertados afuera. Mirándose con sus ojos apagados y luchando contra una brisa creciente y feroz.

Entonces, tal como prescribía la regularidad tormentosa del lugar, en pocos minutos un mini ciclón azotó la isla y, al entrar por la garganta su fuerza se triplicó, arrasando a los zombis piratas que volaron kilómetros en el aire, hasta caer algunos en un crucero de millonarios quienes los confundieron con una atracción sorpresa. Pero esa es otra historia.

Epílogo

En los años siguientes mi querida y yo tuvimos la Isla Esperanza (o “Isla de la Esperanza” como la rebauticé), para nosotros solos. Hicimos de las cuevas una red de galerías con todas las comodidades, produje electricidad, la almacené en pilas (después descubrí que en los Estados Unidos habían hecho fortunas con inventos similares, sin duda mi charla con un joven de apellido Edison a quien lancé unas ideas aún inmaduras).

Tuvimos un hijo y sí, esa es la razón por la que vuestro bisabuelo no se parece al resto de sus hermanos. Ese niño dio sus primeros pasos en medio de un Atlántico salvaje y, bajo muchas vicisitudes, fuimos felices los tres por unos cuatro años.

Un día pasó un paquebote y, bajo intensa presión de Esperanza, le hice señales de humo y nos recogió y dejó en República Dominicana. Convencerla de irse conmigo a Venezuela fue muy trabajoso, dado que quería regresar a sus llanuras valencianas (en España).

Así que, en medio de un confuso evento que implicó conspiraciones con importantes consecuencias en la historia de ese país, hube de enviar a mi amante a Europa y huir con mi hijo al mío, para llegar a La Guaira una tarde de julio en la última década del siglo XIX.

Allí pasaron muchas cosas, pero la más importante es que volví con la dama para quien había comprado el vestido que me sirvió de paracaídas: vuestra amada tatarabuela Augusta. Al principio, como toda mujer defraudada, poco dada a la aventura y a lo incierto, no me creyó, pero luego hube de aflorar todo mi arsenal seductor hasta que logré casarme con ella.

El resto podría ser historia conocida, pero hay muchas lagunas en mi vida, desapariciones que su queridísima madre Augusta, abuela, bisabuela o tatarabuela (según quien lea esta misiva) atribuía a las peores razones.

Por eso vi en estas cartas la oportunidad de cubrir estos agujeros en mi historia, para hacerles saber qué pasó en esos intersticios de tiempo en los que no se supo de mí.

Quedo pues, mi querida descendencia, en contarles sobre la Conspiración de los Caballeros de la Orden del Felpudo Cósmico (una facción disidente de Iluminati); la invasión de topos humanoides que hube de enfrentar en 1907 y otras aventuras que implican mi sorprendente e inesperado descubrimiento del agujero en el Polo Sur.

Todo a su tiempo, mis queridos, que el papel, la tinta y mis ganas de recuperar la verdad vibran en mis manos para darles mucho más.

Que Dios me los bendiga.

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