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Una historia espec(tac)ular

A Alexandre D. Buvat

I. Ha llegado la hora de contar la Rebelión de los Espejos: un momento histórico que casi desintegró la sociedad tal cual la conocemos.

A pesar de su enorme incidencia, el asunto ha caído en una especie de voluntario olvido, fomentado por los padres en las casas y por los maestros en las escuelas. Hay una complicidad aquí. Si no hacemos algo, dentro de pocos años el acontecimiento será un mito y se debatirá si realmente sucedió.

Pero mi abuelo pudo dar fe, porque lo vivió. Y me lo contó.

Mucho antes de las computadoras personales y de la TV a colores, de un día para otro -me dijo-, en lugares dispares pero muy abundantes, sin discriminar raza, ni condición social, los espejos empezaron a ofrecer imágenes que no se correspondían con los objetos a su frente. Ninguna superficie pulida era excepción.

Todo empezó con una serie de aparatosos accidentes de tránsito, inicialmente inexplicables. Los sobrevivientes repetían con obstinación que habían visto, por el retrovisor, al auto de atrás muy lejos, pero que al cruzar lo embestían. Los conductores veían reflejadas cientos de imágenes: ciclistas, lluvia, oscuridad aunque fuera de día… pero no había tales cosas si lo hubiesemos mirado directamente.

Hubo cientos de impactos contra paredes que se creían lejos y era un espectáculo lo mal que se estacionaba la gente. Quien retrocedía y se guiaba por el espejo chocaba o rayaba un carro o derrumbaba un poste.

Mas al principio, como vuelve a ser ahora, lo que se observaba en la fría superficie especular se consideraba una realidad absoluta.

Una reacción común fue taparlos con tirros y otras cintas adhesivas. Algunos pretendían ignorar los retrovisores, pero la costumbre los traicionaba e igual así la imagen.

La dependencia era grande, invencible. Las cámaras fotográficas se hicieron desconfiables (por aquel entonces todas contenían espejos) aunque irresistibles para los espíritus traviesos. Desde entonces los periódicos trabajaron sobretiempo, porque casi todas las fotos mostraban imágenes que no podían o debían ser. Yo mismo me sobresalté cuando vi en un monótono diario (mostrado por mi abuelo de una edición que se salvó del recall), la imagen de la Ministro C… y el Regente P…, firmando un convenio que salió como ambos realizando inenarrables acrobacias sexuales sobre la mesa. Alguien no se dio cuenta de pura costumbre.

La confusión fue total. Desde entonces ya la sociedad no sería la misma. Las imputaciones, acciones guiadas por la primera impresión y malentendidos produjeron serios enfrentamientos entre fracciones, familias y parejas.

En la conmemoración de los 75 años de muerto del célebre cantante Garl Cardoll, se le apreciaba entre los invitados. Y así sucesivamente. Las mujeres sin maquillaje, sin cabello, desfiguradas y los hombres aparecían con rasgos y arreglos femeninos… era una locura.

espejos

Lo primero que hizo mi abuelo fue buscar su cámara, retratar paisajes y situaciones, y revelar. Fotografió un lago rebosante y aparecía vacío. Enfocó una casa y produjo la imagen de una cascada de lava.

“Los detectives y los paparazzis están arruinados”, pensó mi abuelo. Cualquiera podía tomar una foto espectacular. Él mismo ensayó sobre todo tipo de objetivo. Fotografió la montaña frente a su balcón y, al revelar, no estaba. Sólo el plateado Mar del Este en una vista que jamás ocurrió pero que era rigurosamente igual a la que habría sin la montaña.

Hubo desmayos, síncopes, furiosas peleas, demandas a medios de comunicación, despidos de fotógrafos y editores gráficos. (Algún día les contaré lo que ocurrió con las películas de celuloide por esos días. Eso merece una crónica aparte.)

Nadie relacionó estas averías impresas con los verdaderos villanos: endiablados espejos encerrados en la oscuridad, que jugaban a enloquecer al mundo lector de periódicos en papel y al visor de fotografías.

A medida que pasaba el tiempo los cambios que introducían los espejos eran más extravagantes. Los rostros salían reacomodados como en los cuadros cubistas: ojos en una sola masa, orejas desalineadas, la nuca en los pómulos.

Algunos se reducían a expresiones abstractas, como manchas y puntos. Otros eran reinterpretados como animales, objetos u otras personas. Allí se formuló un alerta general y se prohibieron marcialmente las cámaras fotográficas y de cine, así como todo instrumento que contuviese espejos.

Mi abuelo, por ejemplo y a escondidas, probó con un microscopio. Vio paramecium donde había bacilos. Células invadidas en vez de sanas y viceversa. Observó, a través de aquel pequeño instrumento de la secundaria, glóbulos rojos que guiñaban los ojos.

II. Sin embargo, por más que tuvo incidencias dignas de crónica aparte, lo que ocurrió en la prensa es juego de niños ante las miles de pesadillas que vivió la gente en sus hogares.

Les narraré, verbigracia, lo que le ocurrió a mi propio abuelo. Vivía solo y su casa, heredada de sus padres, era bastante vieja y sombría. El espejo del baño de su cuarto, cuando la puerta estaba abierta, apuntaba hacia una sala oscura y fría.

Bien, el mismísimo día uno de la Rebelión, en la noche, se cepillaba los dientes cuando vio, en el espejo, detrás suyo, a una espeluznante familia de individuos famélicos: un padre, una madre con un bebé cargado y dos niños, hembra y varón, casi en harapos, sucios y desnutridos.

Volteó al instante pero no estaban. Salió, revisó cada rincón y encendió todas las luces. Después de tranquilizarse volvió al baño y al mirar el espejo de nuevo estaban allí (en el allí reflejado). A pesar de la iluminación total de la sala, en el espejo se veía oscura y figuraban, inmóviles, haciéndole señas para que fuera a ellos. Al voltear no había nadie.

Caminó desesperado al comedor, donde había otro espejo y al pasar frente a él se contempló como una especie de muñeco de alambre, patéticamente delgado. Se devolvió y notó que ahora sí era él, pero como de cien años. Antes de concluir que había enloquecido, empezó a llamar por teléfono y a ser llamado.

Sus hijos, sus hermanos, amigas y amigos, cruzaban rápidamente las más alocadas experiencias:

– Me afeitaba y cada vez el vello parecía crecer. Al terminar tenía toda la cara peluda.

– Veo la piel cubierta por centenares de puntos negros. Al tocarme no siento nada, nadie nota nada, pero en el espejo, al acercarse bastante, veo que son milimétricos signos tipográficos.

– El cuarto se ve lleno de cuadros pero no hay ninguno.

– Me veo demasiado gordo.

– Me veo demasiado delgado.

O sucio, o mojado, o con la piel de otro color. Al principio los trastornos visuales se concentraban en aspectos fisionómicos o del entorno inmediato. Al día siguiente las escenas se hacían más complejas.

– ¡Estoy subiendo al cielo, a través de un corredor de luz!

– Se veía el cuarto menos mi imagen ¿soy un vampiro?

– (LLORANDO): Mi rostro estaba cubierto de moscas y no tenía dientes.

– Estaba acostado en una habitación ¿cómo decirlo? imposible.

– Era altamar, flotaba en medio de un vórtex.

Hubo, como cabe imaginar, millones de historias. Mi abuelo apenas recogió unas cuantas. Situaciones intranscendentes de la vida se tornaron extravagantes e insólitas. Hubo sacudidas cuando un inocente individuo se veía desfigurado, con el rostro de un familiar muerto o de algún monstruo mitológico. A veces el reflejo, simplemente, no aparecía.

Miles de mujeres salieron a la calle hechas auténticas máscaras de maquillaje, dado que el espejo era inclemente mostrándolas pálidas y desvencijadas. Casi invariablemente todo el mundo andaba despeinado.

III. Los gobiernos, los científicos, los grupos humanos estaban desconcertados.

Hubo reuniones secretas, debates hasta medianoche en la ONU, conciliábulos de expertos, miles de cartas que cruzaban el mundo. A continuación algunos de los diagnósticos y conclusiones que logró recoger mi abuelo y que transcribió textualmente:

“Se debe a una mutación cuántica en los cristales esmerilados microscópicos que componen las superficies especulares”.
Cátedra Bernard Hileshot de Física de Sólidos de la Universidad de Osteoporsik

“El Armagedón ya comenzó”.
Iglesia del Corazón Sangrante y Coagulado de Jesús del Valle de Ipanamar

“JL Borges tenía razón: los espejo son abominables”.
Abioy C. Basares, escritor

“Sin duda una conspiración de la ultraderecha”.
Piedro Olivo, cineasta

“El problema subyace en la incidencia de fotones contaminados por las emisiones de gas FCA en la atmósfera”.
BlackWar, grupo antiecológico

“Qué forma tan sutil y terrible han escogido los alienígenas de Rigel para conquistar la Tierra”.
UFO Weekly

“Es un virus sensorial que escapó de los laboratorios de investigación de una transnacional de juegos electrónicos experimentales”.
Revista NerdyTech

Y así podríamos seguir con miles de especulaciones y atisbos de explicación que atormentaron la sociedad mientras duró la Rebelión de los Espejos. Hubo frivolidad también, como siempre, porque nada está libre de vanidad y quizá necesaria ligereza.

Batió récord de ventas una canción pop del grupo Los Bestiajos, titulada “Espejo Loco”, un fragmento de la cual dice así:

“Reflejo oh oh
Reflejo que no es eh eh
Voces de los cristales
que condenan tu cordura
¡Así es el pandemónium
de los espejos!
Cierra los ojos ante ellos
Cierra los ojos y te besaré
El amor me hace verte
como por un espejo loco oh oh”

La Sociedad de Esoterismo Popular decretó que romper espejos era fuente de inmejorable suerte y se trastocaron ligeramente los códigos que rigen la buena y la mala fortuna. La gente comenzó a caminar bajo escaleras, a abrir paraguas en casa, a aborrecer los tréboles de cuatro hojas y así sucesivamente.

Pero a pesar de estas superficialidades, la consideración política, económica y científica que se le dio al problema revistió un considerable margen de atención de los Estados y de la sociedad.

El Presidente de la República de entonces, dio su opinión en cadena nacional:

– Algo fundamentalmente erróneo está ocurriendo.

Los científicos habían elaborado un cuidadoso informe que también tuvo sus bemoles. A decir verdad, los eruditos lo terminaron a pocos días del inicio de la Rebelión, pero pasó por tantas manos antes de “aprobarse”, fue cambiado en una cantidad tal de trivialidades, que no estuvo a disposición del Alto Gobierno sino tres meses después. Esto desató una especie de anarquía en el gobierno.

Los funcionarios comenzaron a crear fracciones y a conspirar para influir en el informe, para obtener información extra oficial y para definir qué partido político se haría acreedor del mérito. Se detectaron obscenas negociaciones que fueron la ruina política de más de uno. “Tan falsos como los espejos”, fue la consigna de un pueblo enfurecido que, sin embargo y como siempre, dejó que todo pasara.

Mientras tanto, los pormenores del escándalo y en algunos casos del informe mismo, se colaron a la prensa, la cual aprovechó esta información fragmentada para producir una confusión mayor. Al final, el informe definitivo jamás se hizo público y comenzaron a circular versiones, cada cual más aventurera y especulativa.

Los datos más fidedignos que se habían filtrado del informe hablaban de dos trastornos, el A y el B. El Trastorno A tenía que ver con la mente colectiva. El B se refería a los espejos mismos, en su íntimo arreglo molecular.

Las 735 páginas del “Prólogo del Trastorno A” se referían a las posibles causas en la percepción equivocada de los espejos. Muy pocas personas habían leído este tratado. Se hablaba de una compleja conjunción de fenómenos, que abarcaba literalmente años-luz.

En la nube de Oort, región más allá de [el hoy degradado] Plutón, donde nacen los cometas, se percibía una perturbación que los astrónomos atribuían a materia no visible. Este grumo gravitatorio era, a su vez, consecuencia de extraordinarias transformaciones que ocurrían muy lejos en el cosmos, a miles de millones de años-luz.

Hubo divergencias importantes entre los eruditos, ello es, entre los astrofísicos y los astrónomos. Unos afirmaban la existencia de núcleos atómicos opacos que, por alguna extraña característica, no reflejaban la luz.

Otros sospechaban la formación de un objeto que no recorrería los cielos pero sí la ancha bóveda de la imaginación social: un cometa negro, es decir, invisible. La periodista M. Texeira, del canal SOTB, hizo un programa que causó pánico, ya que pronosticó grandes catástrofes, como la caída colectiva del pelo o la podredumbre prematura de los tomates.

En definitiva, las versiones respetables del “Trastorno A” concluían que esas ondas gravitatorias perturbadas, una cierta extraña oscilación en la luna y quizá lo que dijo el biólogo marino Cout Jacquease sobre un pláctom brillante del Océano Índico, habían logrado que los espejos funcionaran para la percepción individual y, más específicamente, para la exclusiva proyección de las imágenes mentales.

Hablando del espacio, resulta muy curioso examinar lo que ocurrió con los telescopios, cuyos mecanismos internos incluían espejos. La nebulosa del Cangrejo en Orión, por citar una, aparecía como una imagen pudenda que por decencia no describiré.

La nebulosa Cabeza de Caballo tenía su misma forma equina, pero por todos los análisis “parecía” un agujero, abrupto, poblado por indecibles reacciones estelares en su interior. La galaxia Andrómeda lucía una especie de traje carnavalesco carioca y sus componentes eran físicamente imposibles.

Las 2.472 páginas del capítulo “Hacia una comprensión preliminar del Trastorno B”, escrito por un grupo disidente de los eruditos, se refería a una suerte de “mutación colectiva cerebral” en la forma de interpretar la información visual. Era como si la pantalla del pensamiento se trasladara fuera del cerebro, pero en forma continua.

Esto hacía que los espejos fijasen, como no puede hacerlo ni la mismísima conciencia, imaginerías muy específicas, aunque descabelladas.

Una encuesta levantada, sobre los dos “Trastornos” mostró algo realmente preocupante: 12,4% lo creía; 6% tenía serias dudas; 15,2% no lo creía en absoluto pero -he aquí lo sorprendente- el 66,4% restante cayó en la categoría “No sabe/No contesta”.

Una profundización de la encuesta reveló, para escándalo mundial, que a ese 76,4% que no sabía o no contestaba simplemente la cuestión no le interesaba. Fue un duro golpe para quienes trataban de “crear conciencia” en el tema. Pero no, la pendiente descendente en el grado de atención pública era irreversible.

Se hicieron teletónes, películas (“Espejos Malditos, parte VIII” fue la favorita de mi abuelo) y, como referencia, el tópico acumuló dieciocho portadas de la revista OldsMonth. Hubo álbumes, géneros musicales, incluso cereales alusivos. Pero la vida cotidiana parecía imponerse con una fuerza invencible.

Una muestra inequívoca del declive de la atención fue el fin de la “Sociedad de los Rompespejos”, club secreto que logró acumular más de un millón de miembros y alcanzó diversas bancadas en Concejos Municipales y legislaturas regionales.

Este grupo fundamentalista realizaba rompimientos masivos de espejos y logró influenciar a diversos gobernantes para instituir una suerte de terror de Estado. Se prohibió el uso especular y se persiguió a quienes los escondían.

La Sociedad (como se le llamaba) basó su ideología en el postulado: “Hacia el fin de una especular realidad” y hubo arduas discusiones en los senos de las diversas iglesias. Un sacerdote de la orden del Kakp puso en primer plano aquella reveladora frase del apóstol Pablo: “Ahora vemos por espejo y en enigma”.

Dicen “las malas lenguas” (porque esto jamás se pudo verificar) que algunas falanges y gobiernos lograron instalar sistemas de tortura y represión inimaginables, consistentes en casas de espejos donde los prisioneros eran objeto de frenética confusión y terror.

Hubo, también, movimientos rebeldes. Existió, por ejemplo, un grupo terrorista muy célebre: Specularium, que colocaba espejos en lugares claves, en vez de romperlos. Sus acciones, atrevidas en general, contrarrestaron las de la Sociedad y hubo una especie de guerra subterránea entre ambos grupos.

No podría expresar todas las variantes que estas discusiones y enfrentamientos tuvieron. Mi abuelo sólo hizo lo que su recuento escrito y su limitada memoria pudieron alcanzar. Será tarea de historiadores en el transcurso de las generaciones.

IV. Un día, sin aviso, tal como llegó, la Rebelión terminó.

Desde entonces, a excepción de innumerables farsantes, no hubo caso alguno que revelara los horribles trastornos en los espejos.

El incesante transitar de la sociedad, las mil cosas simultáneas de las que apenas tenemos un atisbo, todo eso y más, sepultaron el anonadamiento inicial y los terroristas de Specularium fueron olvidados, los periódicos magníficos terminaron catalogados para subastas y ya no se habló más de las herejías paulinas respecto al espejo y al enigma.

V. EPÍLOGO

Sin embargo, más allá de la indiferencia general que puebla al hombre moderno, a la inmediatez y al delgado margen de atención que dedicamos a los fenómenos y a despecho de no haberlo vivido directamente, yo tengo una teoría personal.

No se puede negar que la Rebelión de los Espejos dejó huellas.

Soterradas, no evidentes. Hay consenso en aceptar que las personas, desde entonces, no pudieron abandonar una cierta desconfianza en las imágenes, incluso aquellas que nada tenían que ver con espejos.

Ya, para efectos de una rápida respuesta ante lo que se ve, las cosas no serían igual para muchos. Las relaciones sociales (y lo que es peor, las individuales) estarían pobladas de una suerte de recelo, sin embargo fingido inexistente.

Estas consecuencias tienen un aspecto positivo y uno negativo. Por un lado, agregaron un toque de cordura y sentido común a las acciones humanas, en un ámbito y tiempo reducido, es cierto, pero con posibilidad de algún tipo de arraigo.

Por otro lado, el asunto le dio un punto a la desconfianza en su eterna lucha contra la fe. Lo “obvio” recibió un severo golpe y, desde entonces, los filósofos se ríen a carcajadas cuando algún joven ingenuo proclama: “Hay que tener sentido común”.

Yo, en realidad, no tengo la menor preocupación por la Rebelión de los Espejos, que es irrepetible. Lo que me aterra es una profecía dictada en el Código T, libro emblemático del fundador de Specularium, que reza que por estos tiempos se desataría una Rebelión mil veces más terrible, una sacudida tan fuerte que sería decisiva para la raza humana.

Él se refería a una Rebelión de los Sueños..

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Post data: Lea esta interesante referencia al cuento en Yahoo: clic aquí.

FUENTE: Libro Encuentros en el vórtice (Amarante, 2012) de FNN.
ILUSTRACIÓN: Lúdico

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