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“Soy lo suficientemente culto para no ser supersticioso. Pero lo soy”
Fiodr Dovstoiesvski

Titus no cree en fantasmas. Y menos desde que conoció a uno.

Al principio era un zumbido, pero se intensificó al punto de hacer vibrar el vaso de agua en su mesa de noche. Abrir los ojos en esa bruma del entresueño y mirar la superficie ondulante de su vaso… lo asustaba, aunque la pereza lo vencía y volvía a su soñar profundo.

Luego ese murmullo en la oreja. Titus escuchaba: “Uuuu el moro, el moro”. Cuando abría los ojos solo el zumbido o lo que quedaba de él. Su sueño es fuerte y aplasta cualquier cosa. Al día siguiente dudaba todo, aunque una advertencia inconsciente le hizo dejar la luz de su mesa de noche encendida. No sé porqué, pero entendía: “El moro”.

Un día la presencia dejó la intriga y le dijo al oído, en tono bajo pero muy claramente: “Busca el tesoro”. Era el mismo zumbido, el mismo susurro, pero sin distorsión y con una cercanía que le hacía sentir un vaho en el pabellón auditivo.

Ésta vez no el sueño, sino la ambición, evaporó el terror de comunicarse con una presencia de ultratumba, un ectoplasma o como quieran llamarlos los espiritistas o los acólitos de la parasicología.

Para él era un emisario que le hablaba de un tesoro, sí, riquezas escondidas en el viejo caserón de una vetusta pero hermosa casa de Magazine Street, en Nueva Orleans, que rentó por unos meses, mientras hacía una investigación sobre las relaciones antropológicas entre el catolicismo, el protestantismo, el Gospel y el sincretismo afrocaribeño en la cuenca del Mississippi.

Ahora era Titus quien lo buscaba.

— ¿Qué tesoro? ¿Dónde? ¿Bajo el suelo de roble pulido? ¿Detrás de la pared donde cuelga un espejo esmerilado de 1912?

Hasta ese momento miedo, que digamos miedo, no había sentido. Pero entonces se enteró que esa voz gutural y ronca era de una mujer, o de lo que había sido el alma empaquetada en un cuerpo femenino. Matilda, una cortesana de finales del siglo XIX. Eso sí le produjo un dejo de frío en el estómago.

Por pura curiosidad, siguió sus instrucciones y bajó a un vetusto sótano, impregnado de un polvo ancentral, con maniquíes acéfalos, que parecían estatuas decapitadas. Abrió un baúl (tenía tapabocas) y encontró una placa con la imagen de Matilda, muy blanca, casi lívida, con ojos vívidos y un fondo como de vapor o humo.

Unos documentos hablaban de un P. Shackleton Higgins, rico comerciante de minerales que la tenía como amante y cuya colección de joyas Matilda logró robar en 1896 y esconder en el caserón de Magazine, en complicidad con un albañil corrupto que tapizó el cofre en una pared. Hasta que pasara el alboroto y se figuraran cómo repartir el botín, venderlo y mudarse a otros lares a vivir como gente pudiente.

Cuando se sintió descubierta escapó de la ciudad (se fue a Gulf Port, Mississippi), pero no podía soportar la desconfianza en Leroy, el albañil que sin duda la traicionaría. Y se fue más que furtivamente a la Crescent City, llegó de noche, cruzando el cementerio St. Louis.

Fue directo a la casa de Erzulie, una sacerdotisa que conocía, quien le dio fetiches y conjuros suficientes para someter a un hombre de 1,85 mt. muy robusto (por si acaso).

No podía esperar mucho y le dio un pequeño rubí, de una especie de menudo que sacó del cofre (Leroy tomó otro tanto).

Se dirigió a donde el albañil, quien la recibió alarmado por el miedo a levantar sospechas. Pero su propia desconfianza lo impulsó a aceptar la idea de ir inmediatamente a la casa de Magazine, a repartir el botín. Ella a largarse. Él a preparar su propia largada.

El caserón estaba cerrado. Largas cadenas cruzaban la reja de entrada, pero Matilda conocía un pasadizo trasero que había preparado. Pronto estuvieron adentro, con velas discretas para no llamar la atención. Notó que habían cubierto algunos muebles con sábanas y telas.

La casa se sentía más antigua que nunca, la gruesa oscuridad apenas lacerada por una pequeña lumbre, móvil, indecisa. Ese olor a humedad, a madera de antaño. Bajaron al sótano, con pinturas arrinconadas que rozadas por la lumbre parecían penitentes de otro mundo.

Matilda sintió escalofrío a medida que se acercaba a la pared, pero por otra razón. Un presentimiento que no tuvo tiempo de procesar. Una hoja fría de crudo acero le atravesó la espalda y le quebró unas vértebras en el camino. Cayó al piso boca arriba, sentía el vestido empapado en la espalda, sus nervios desatados le impedían sentir dolor. Vio el rostro del malhechor atónito por su propia acción y, en vez de escavar, se aterrorizó e intentó huir.

Con su último aliento, recitó el conjuro de Erzulie y quedó allí, agonizando buena parte de la noche. Leroy escuchó las palabras pero no les otorgó mayor efectividad. Sin embargo, cuando subía las escaleras sus piernas se paralizaron con un horrible dolor. Cayó en medio de la subida, sin comprender cómo sus extremidades inferiores no respondían, intentó arrastrarse pero el dolor era insoportable.

Se quedó quieto, tratando de reunir fuerzas para trepar los escaños que faltaban, cuando miró cómo de una grieta en la pared salían arañas, veloces, incesantes, que lo cubrieron poco a poco. Se le metían entre la camisa, escalaban su rostro, en minutos era inútiles sus manotazos desesperados. Como siguiendo una orden secreta, aquellas criaturas iniciaron –todas a la vez- una furia de picadas, de aguijonazos que envenenaron a Leroy y lo dejaron transformado en un amasijo de carne hinchada, verduzca y anormalmente dura. Tampoco murió al instante, pero sí más rápido que Matilda.

La gran satisfacción de Matilda, cuyo espectro ha vagado por el caserón durante casi un siglo, ha sido que Leroy no había logrado salirse con la suya. Y así se lo dijo a Titus y por eso lo entusiasmó a bajar al sótano, cosa que hizo de día, para evitar la inquietud de las penumbras, con un mazo, un cincel y una linterna. Perforó la débil pared de ladrillos señalada, luego de retirar trabajosamente una cómoda, un gabinete y varios percheros.

Abrió un agujero, cuyo interior revisaba con su tubo de luz. Cuando fue lo suficientemente grande como para entrar por él, Matilda le susurró en el oído que ya se veía la caja empotrada en un muro interno. Sí, se veía algo. Entró preocupado por la fragilidad de la estructura y apuntó la linterna a todas partes.

Al frente, lo que parecía una pequeño cofre de madera enterrado en una pared irregular. Tomó el cincel y comenzó a raspar la superficie hasta que sintió un cosquilleó en el brazo, luego otro y otro, en las piernas, en la espalda. Se autoiluminó y vió con terror como lo invadían no cientos, miles de arañas. Intentó aplastarlas con la mano pero eran demasiadas y en un momento indecible empezaron a inyectar su veneno en todas partes del cuerpo.

Al principio un frío punzante, luego una parálisis invencible y al final un dolor fulminante. Murió dentro del hoyo y, al fondo, las carcajadas de Matilda.

Ahora Titus mismo es un fantasma. Y aunque le encantaría que la gente creyese esta historia, también comprende plenamente si no lo hacen. Los fantasmas son capaces de decir cualquier cosa para lograr sus objetivos, como Matilda.

Y por eso, mis amigos, es que Titus no cree en fantasmas.

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ANIMACIÓN: Lúdico. FOTO: FNN.

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