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“Nos vemos, en el espejo”
Dicho popular al despedirse

Gabriel Felipe, taciturno y esquivo, solía divagar mientras sus padres y tíos discutían alguna familiaridad.

En la primera comunión de Andreína, hija de Haideé, hablaban de Misanta, la prima mayor de su abuela. A Misanta le atribuían una vejez lunática, una extravagancia de los genes comunes. Ya viuda, entre los 54 y los 61 años, insistía sobre “un aparecido”, sin aviso, como un soplo en los ojos: un espectro que siempre doblaba una esquina.

De hecho Misanta desconocía si eran una, dos o más identidades; no recordaba por igual si tenía aspecto humano, animal o indefinido… lo único que afirmaba era la extraña circunstancia de que se escurría tras una pared. muro o puerta cada vez que volteaba hacia ella.

Nunca supieron si la historia del espíritu doblador era causa o excusa de la locura de Misanta (de hecho la familia no conocía o recordaba a una Misanta que no estuviera “loca”).

— ¿Dónde está la tía?, inquirió Gabriel Felipe.

— ¿La Tosti? –intervino la tía Adenar—, en un sanatorio del estado Bolívar, “donde el viento se devuelve”.

“Tosti” es el diminutivo de “tostada”, que en Venezuela es un sinónimo de loca, de tocada.

— Pero tienen años sin verla… –azuzó Gabriel Felipe.

— Quizá algún día me acerque –Adenar se daba esperanzas.

No obstante, no se acercó nunca. En el cumpleaños de la mamá de Gabriel Felipe, Adenar informó que Jessica, la nieta de Misanta se mudaba a Caracas para reencontrarse con su infancia y su familia.

— Le entró una nota de nostalgia. Incluso sacó a la tía Tosti del manicomio y se la trae a vivir con ella.

— ¡Ah! pero está más “tosti” que la vieja entonces –dijo Haideé, con su copa de brandy.

Ya mudadas la nieta y su abuela, Gabriel Felipe sintió curiosidad de conocerlas y escuchar de primera mano la experiencia de la enigmática y elusiva fantasmagoría. Llamó a Jessica, la prima. La ronca respuesta fue inmediata:

— Ven cuando quieras.

Esa tarde sin más se presentó. Había visto a Jessica dos o tres veces antes y su recuerdo le atraía. Dos veces divorciada, de 29 años. La casa era amplia, con arquitectura de los 1950: jardines xerófilos internos y helechos, exquisitos pisos de granito…

Para su desencanto Jessi tenía un novio o salía con alguien. Pero pudo conocer a Misanta, de 85 años, en su mecedor del patio techado.

— Te dejo con Misita… –le decía Jessi saliendo a lo lejos.

No era complicado volver a la primera vez. Estaba sola en su casa de Catia hace decenas de años, terminaba un arreglo floral que le daría a Haideé su prima, flores por aquí, alambritos incrustados por allá.

Escuchó una especie de zumbido… se asomó a la cocina y vio de refilón una espalda que desaparecía tras la línea de la puerta. El trecho conducía a una despensa sin salida. Se asomó al closet, a hurtadillas: los estantes llenos de comestibles, harinas y verduras… pero nadie. Sudó frío y atribuyó la visión a esos estados de concentración visual que producen ilusiones de neón invertido.

“Un susto”, se dijo Misanta, e incluso repensó la propuesta familiar de que su hermana Santiaga viniera a vivir con ella. Se asomó otra vez para asegurarse de no dejar rincón sin revisar.

A la vuelta de una semana del primer avistamiento, enfocó por instinto hacia una esquina (la entrada del comedor) y contempló con aprehensión la estela tras el tabique. Sudó frío al sentir que la presencia (o lo que fuera) podía estar acechando. Giró con firmeza y lo vio escurrirse tras la otra esquina que da al comedor. Repitió el giro e igual, lo vio desaparecer tras el borde opuesto.

Ahora ¿qué o quién se escondía tras la columna o la entrada del zaguán? Difícil decirlo. Como la espalda de algo, encorvado, con fronteras muy tenues pero vibrantes.

Nunca vio rostro alguno aunque sí lo que quedaba del paso, el sabor de la traza que reiteraba una intención de burla, de ganas de verla asustada e irritada.

Si bien no tenía pista alguna se apresuró a poner sobre el tapete su primera convicción: fuera lo que fuera no era su amado Sócrates, su viejito querido ido hace “cuatro años, dos meses y tres días”. En vez de la ansiada reaparición del compañero de largos caminos… un intruso.

Meses después, un domingo en la tarde (los nietos corrían por el patio), una vecina le pide a Misanta algo para los cólicos. Entra a su habitación por las gotas de este lado del baño y percibe la atmósfera pre-presencia.

— Tía ¿era un fantasma, una presencia o una ilusión óptica?

— Tú no me entiendes, mi niño –lo miraba fijamente y luego a un objeto imaginario sobre la mesa— yo colocaba un libro, cerrado y me iba un momento a la sala, al regresar: abierto, a veces arrugado en ciertas páginas muy elocuentes, al menos para mí Gabriel Felipe. Entonces lo sentía…

— ¿Qué?

— Que estaba allí, cómo te digo… como ésa –señalaba un antiguo gabinete.

Hasta 16 años después no se conocíó el trastorno y solo hasta entonces contó a un sicólogo contratado por Adenar su drama. Cuando el profesional informó a Adenar, claro, ella enteró a toda la familia por teléfono. Desde entonces Misanta fue una de los Tres Personajes Anecdóticos de mi familia conocida, junto al tío Anacoreta y el bisabuelo multipersona. La llamaban sin aguantar la risa, “tía Tosti”.

— No sabes Gabriel Felipe, tú no te imaginas. Al principio lloraba en todas partes, no podía caminar sin llorar. Y me iba a la casa, volvía a escuchar algo, como metálico, prácticamente donde entraba –se quedaba como inmóvil.

Si había una esquina en el escenario, Misi veía la espalda de alguien que acababa de pasar, o que ya pasó pero quedaba ese momento, ese resplandor en su mente pintado con fuego.

— Tú sabes que yo tenía una monja-maestra que rezaba porque “se nos cincelara La Palabra en la mente y el corazón”, bueno, a mí se me cincelaron esas imágenes. Tú ni habías nacido ¿o sí?

Me contó que “hace añales” bajaba una escalera de caracol cerrada, en un antiquísimo colegio de Macuto (se le escapó a Jessi) y el resplandor oscuro se precipitaba delante de ella todo el tiempo. pasaron al lado de alguien que subía y no supo quién, al llegar a la planta baja hizo mutis. Si iba más rápido lo veía tan cerca… aunque nunca observaba un solo milímetro hacia adentro. Al final Misanta suspendía su carrera, vencida, un “adelante” que nunca transcurría.

Al principio atribuyó los casos a casualidades cada vez más increíbles: “Me pareció ver un primo mío”; “Pasó una abeja…”; “Escuché un grito”… Se concluyó que Misanta se movía en una realidad distinta a la del resto. Luego de tratamientos diversos la Tosti confesó la existencia del espectro doblador, como dije, 16 años después del primer encuentro.

— Algunos doctores hacían guardia para acompañarme cuando viera a mi querido y enloquecedor fantasma. Ellos no entendían que las apariciones, si pueden llamarse así Gabriel Felipe, en vez de aparecer desaparecían y ni siquiera desaparecían completo, sino su última parte. Era un pedacito de desaparición.

Misanta para entonces estaba asustada pero serena. Su vida viuda, la privada y la pública, se separaron. La primera se hacía precisa y observadora, la segunda se desequilibraba, llena como estaba de esas expectativas y vivencias estresantes, sobrenaturales, que debían convivir con el llamado “mundo normal”.

Así lo creía Gabriel Felipe cuando Misanta dejó de contarle. Llegó de repente Jessi. Balanceaba su cartera en el brazo.

— Abuela deja de hablar de eso, y Gabriel, no la sonsaques que ella tiene que evitar ese tema a toda costa, así nos dijeron Misa bella, ¿ok?…

— ¿Y por qué no? – protestó la vieja.

— Porque no y punto. Ven acá Gabrielín.

Lo tomó del brazo, Misanta la miró de lejos algo resentida. En privado le dijo:

— No le hagas eso mi niño que se pone toda nerviosa, confunde las cosas y vuelve a sufrir todo lo que ha superado…

— Pero si yo…

— Nada, tú estás más interesado en esa loca historia que en mí, chico, me has ignorado –se rió profusamente, celebrando la broma.

— Bueno, es mi excusa –dijo vívidamente Gabriel Felipe— porque cuando vengo no te encuentro y hago tiempo hablando con la abuela Misa.

Comenzó a visitar a Jessi y a conversar con ella en una amplia terraza, barbada de helechos, con potecitos de matas minúsculas, una hamaca a lo lejos. Ella té él café y observaban las traviesas correrías de una perrita lanuda de Jessi, ella con fascinación, él con hipócrita fascinación. En fin, poco a poco se acercaban más al hablarse cualquier trivialidad y un día, o una noche, juntaron los labios.

Desde entonces se veían a escondidas de “Tosti”, quien –para ventaja de los tórtolos— era lenta como un caracol (por una “espalda débil”) y dormía casi siempre.

La relación con Jessica era difícil, sobre todo cuando llegó a ser pública en la familia (pero, en fin, la familia terminó aceptando los empecinamientos románticos de sus dos miembros). Misanta se opuso al principio, en medio de su desvarío. En cierta forma sentía que el estar Gabriel Felipe y Jessica juntos podía separarla de su querida nieta y, por otro lado, de la única persona que se había interesado genuinamente por el espectro en los últimos veinte años. ¡Disfrutaba tanto que uno u otro vinieran a conversar con ella!

También sabía que Gabriel Felipe y su nieta se acostaban en el cuarto, también en la terraza y últimamente en el cuartico de planchar en la platabanda. Al ver que el trato de ambos mejoraba, dejó de sentirse amenazada y podríamos decir que le dio a Gabriel Felipe “una llave” para que entrara y saliera de la casa.

Emilia, la hija mayor de Misanta, residía fuera del país. Penélope la menor, vivía en Caracas pero igual así siempre estaba demasiado imbuida en sus pequeñas cosas, tan grandes para ella. La otra hija, la madre de Jessica, había fallecido en el estado Trujillo hace tres años, dejándole la casa . Esa nieta era lo mejor que le había ocurrido y temía perderla. Por eso decidió ganarse a Gabriel Felipe.

— Tía ¿te acostumbraste al fantasma?

Misanta percibía y se relacionaba con la aparición como con una ilusión óptica, como algo hecho de resplandor en vez de átomos, un fenómeno más cercano a “la luz negra que a las cosas físicas…”, pero respetuoso, no beligerante sino meramente escurridizo, misterioso, hasta que…

Sentada en la mesa de comer de Catia, no la grande del comedor, sino una pequeña que sacaba al patio y se llenaba de ramitas de eucalipto, frente al muro lleno de cuadros y de platos colgados sintió que ahora la miraba, a sus espaldas pero que al voltear se escurriría tras la esquina como siempre.

— ¿Ves la diferencia Gabriel Felipe? Siempre detrás, caminaba desfachatadamente y una vez de pie frente a mi espalda cansada y mi ser descuidado se hacía sentir. Al yo voltear el muy hijo de puta se escurría. Quizá mejor que no lo vi, porque lo imaginaba…

— ¿Monstruoso?

— No, como un ser humano normal, como de este tamaño, como tú, con un rostro que no he visto nunca pero que conozco ¿sabes? Jamás lo vi y en mi mente era indefinido pero siempre frío, inexpresivo. Era un rostro… y me visitaba en pesadillas. Verás: los tomates estaban rojitos, era un mercado de día, al voltear estaba ese rostro lívido pero inmediatamente alguien pasaba y lo bloqueaba y me despertaba. Mi nieta Poliana se escapaba dando pasitos, cruzaba el comedor y salía hacia la escalera. Yo me quedaba en la sala, cansada y se me helaba la sangre: el hombre me miraba por la ventana desde afuera e inmediatamente alguien cerraba la cortina. Así eran esos sueños, a veces en realidad entresueños.

Durante meses la relación de Gabriel Felipe con Jessica se profundizó pero, igual así, ella puso en Facebook: “Es complicado”. Poco a poco fue mudándose, de modo que convivía ya no sólo con su novia, sino con su inefable tía-abuela. Jessica era un alma buena, pero altiva, de arraigada voluntad de poder. Gabriel Felipe no toleraba por mucho tiempo el control y menos la imposición. De modo que terminaban y se reconciliaban unas cuantas veces en el interín.

Y cuando se la encontraba, Misi continuaba:

— ¿No entiendes? Antes lo que se fugaba, lo que doblaba iba como de espalda y nunca me veía. Ahora no, ahora me clavaba los ojos fijamente con ese rostro finado, como bañado por la luna, incluso de día. Y yo no lo veía verme, de modo que al voltear se hundía en la esquina para esconderse de mí y tramar su próxima mirada intemporal, como la de una estatua. Mi pesadilla no era no poder verlo sino imaginármelo viéndome.

Un día Gabriel Felipe estaba particularmente enganchado en alguna tontería con Jessica. Oficialmente, “bravos”. No se veían desde hace un par de meses. Llamó Jessi a Gabriel por celular:

— Gabito, Misa se murió.

El funeral y el entierro (en el lote familiar, al lado de Santiaga) fueron previsiblemente cortos, básicamente la familia de Gabriel Felipe, Penélope y su ya copiosa descendencia, Haideé con el arreglo floral que le había armado su prima 24 años antes. Emilia no pudo llegar a tiempo aunque al día siguiente ya ocupaba con tristeza su cuarto de siempre y estaba Saulo su hijo mayor.

— Gabo, tengo que decirte algo. Estoy asustada. Tengo que contarte lo que dijo Misi antes de morir.

— Dime.

— Sabes que la oí gritando, en su cama, corrí hacia ella. Se tapaba los ojos y se decía: “Ese rostro jaja pero cómo”.

Luego un ahogo, jadeos y la inmovilidad.

Gabriel también estaba preocupado. Se pusieron de acuerdo para revisar intensivamente la casa de “la Tosti”, a ver si encontraban pistas sobre las trazas, las esquinas… y ese rostro. Se dividieron los cuartos. Gabriel hurgó algunas maletas y cajas pero nada, puras baratijas, alambres oxidados, calendarios antiguos, apenas unos apuntes de recetas y compras.

Ahora, las consecuencias inesperadas son otra cosa. En medio de la pesquisa se reencontró con Jessica, tras la puerta abierta de un escaparate, quien investigaba lo mismo. Se miraron con una separación que se transmutó en gravitación, otra vez. Cuando respiraron sus alientos, ya Gabriel Felipe y Jessica sucumbieron a esa extraña costumbre de entregarse sin reservas, aunque nunca con un compromiso último.

En fin, la volátil pasión, ahora más permanente, porque les quedó claro que la herencia del doblador era una herencia compartida. Cambiaron su estatus en Facebook, otra vez a “tiene una relación con…”

Tiempo después Gabriel Felipe despertó sudoroso a pesar del frío. Se vió sentado en el patio de Catia, frente a una mesa con mantel de cuadros. Era de tarde, pero se sentía de madrugada.

Percibió a su espalda la presencia, por primera vez. Al voltear intentó seguir el movimiento pero apenas vislumbró el fogonazo que cruza la esquina. Dio de nuevo la espalda. Entonces recordó la pesquisa que su pobre tía nunca concluyó, la del rostro de la sombra. Su tía imaginó miles, quizá millones de combinaciones faciales, desde niños hasta súcubos. Pero él habría de contemplar cara a cara la fuente original de la locura que ahora los embargaba. Giró abruptamente y la presencia esta vez no se movió.

Era Misanta, quien lo miraba fijamente.

 

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