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La filosofía es un río inagotable que nace y muere con cada individuo.

Ella misma podría pasarse la vida auto pensándose, interrogándose “ella misma”. Nada tan útil y tan inútil, según se le mire. Se acerca a la Razón y olvida el corazón, su verdadero padre.

Buscando lo universal queda presa en el yo del pensador o del discípulo o del lector, que es una forma de refugiarse en aquello que pretende trascender.

Y “lo trascendente”, su más cruda obsesión, quiere salirse de los signos e ir a la realidad, pero descubre que sólo puede expresar realidades con signos. 

En la universidad fui ganado por la corriente que predica el carácter lingüístico del “amor a la sabiduría”. Según la Escuela de Viena y de los llamados “positivistas lógicos”, la filosofía es al final una semántica (una teoría de los significados). Allí comienza y termina.

Pero si una filosofía sólo busca la forma del pensamiento sin el contenido del vivir; si no es capaz de enfrentarse a las grandes tragedias, a las grandes maravillas, si no se entrena para la especulación y sólo se deleita en la indecidibilidad… cubre apenas una parte. Y los positivistas lógicos lo sabían. Su propuesta sigue siendo un excelente intento de escribir científicamente la filosofía.

Hay una dimensión ética en la filosofía que vine a descubrir o aceptar después. Aún no sé si la filosofía, toda ella, puede expresarse científicamente. O, más atrevido aún, si la filosofía es la ciencia de lo que estrictamente no puede expresarse científicamente, y entre estos, la ética.

Una reflexión sistemática que pretenda descubrir el sentido del mundo más allá del yo, sin -por así decirlo- atravesar ese yo, equivale a la de un astrónomo que especula sobre planetas y constelaciones sin conocer la biología, la física e incluso la propia historia de la Tierra.

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Según entiendo a Ludwig Wittgenstein (uno de los genios del positivismo lógico del cual he leído algo, no demasiado), la filosofía no sale de las palabras y, por tanto, constituye una forma especial, magna, rigurosa y difusa a la vez, de estudiar el lenguaje.

Si es así, la semiología (la teoría de los signos) no es ciencia sino metaciencia, forma en la que se escribe la ciencia.

Por otro lado, para un autor telúrico como Soren Kierkegaard, “lo ético es lo absoluto”. Todo surge de allí y para resolverse allí. Sea ciencia, poesía o… ética. Kierkegaard es considerado el padre del existencialismo, incluso cristiano, aunque en su caso no con fines de revelación sino, precisamente, del encuentro puro y duro con el absurdo.

Entonces quedamos siempre en un “loop”, en un ciclo que se autoalimenta. Esa recursividad de la filosofía, para no resolverse nunca, me fascina. Y no obstante, los grandes filósofos han logrado “resolver” la realidad dentro de sus obras (Platón, Kant, Hegel). Sus sistemas son consistentes aunque incompletos.

A principios del siglo XX, el lógico austriaco Kurt Gödel sacudió las matemáticas (el lenguaje último de la ciencia) con un par de teoremos que, extendidos a la ciencia en general, afirman que un sistema axiomático (es decir, fundamental, como la artitmética) no puede ser consistente y completo a la vez.

En el dominio de los números Naturales, la aritmética resuelve los casos de sumas, restas, multiplicaciones y divisiones del cero hacia arriba. Es consistente. Pero no abarca del cero hacia abajo, por ejemplo, “dos menos tres” igual a menos uno en el campo de los números enteros. O fracciones como “dos entre tres”, que arroja 0,6666666… Ahora, cuando se hace más completo surgen casos sobre los que no se puede decidir. Por ejemplo, una división entre cero o una serie “infinita” de decimales no repetitivos (como el valor de pí).

La filosofía como descripción ha avanzado años-luz y ha engendrado a la ciencia, que se ha desprendido del tronco madre. Describe y predice, lo cual ha producido la tecnología y, estrictamente, toda la infraestructura que permite acceder a este documento por internet.

No obstante, surgen tantos casos sobre los que no puede emitir una descripción digamos “forense”. Si es consistente, entonces quedan fuera de él muchos casos sobre los que tampoco puede decidir. Así es, sin duda, la filosofía, indecidible en última instancia y siempre, porque es más difusa que la ciencia y la ciencia es consistente sólo en una porción (pequeña) de la realidad conocida.

Como consideración y resolución de las preguntas esenciales, la filosofía es conjetural, es una propuesta y, a veces, al final una apuesta. Un aporte al esfuerzo humano indetenible e indesestimulable de otorgarle sentido al universo.

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“La condición humana”, René Magritte (1933).

Cuando la filosofía alcanza la plenitud personal termina la historia personal. Entonces lo “trascendente” viene a ser el asomo de las palabras en la otra historia, la que se escribe en plural y en modo “después”.

Este tránsito, tan súbito, apenas permite construir el andamiaje, no la obra. Es verdad que la historia aporta un sustento de orden, y cada vez en mayor medida, pero ese fundamento se deshace ante preguntas elementales que nos hacemos sobre la vida y la muerte.

Si en el futuro se resuelven estas situaciones, muchos no entenderán estas líneas. Ojalá.

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MAESTROS, OBRAS Y FRASES

He leído a unos cuantos pero reseño (algunos de) los que han dejado una huella perdurable o causado un impacto más contundente:

Lao Tsé. “Sin nombre es el principio del universo” comienza el corto pero infinito compendio Tao Te King. Siempre he dicho que la conclusión del libro es una hoja en blanco.

Heráclito. Este sabio del Éfeso heleno se ha conocido por su “Lo único permanente es el cambio”, su consideración del tiempo como la fuerza transformadora inexpugnable. “Nadie se baña en el mismo río” decía, pero no sólo porque el río cambia sino porque quien se baña ya es otro un instante después.

San Agustín. El último hombre de la antigüedad es a mi juicio todo lo opuesto a un maestro escolástico calmo y estructurado como Santo Tomás de Aquino. San Agustín es la cruenta batalla entre el instinto humano y la inspiración; entre las sensualidad y la revelación. Cuando era un pecador pero sentía la necesidad de purificación pidió: “Dios mío, dame la castidad, pero no me la des todavía”. Prefiguró el “pienso luego existo” de Descartes y dio una explicación magistral del tiempo: “Si pienso en el tiempo no lo entiendo. Si no lo pienso, lo entiendo”. Sólo un genio…

Descartes. En medio de la vastedad de sus descubrimientos y enseñanzas, René me dejó algo muy sencillo, casi imperceptible comparado con su cogito ergo sum, sus ejes de variables y su método de razonamiento: un repudio a la pontificación, a la arrogancia de quien “sabe” versus quien ignora o uno cree que ignora. Descartes reconoce en el Discurso del Método que, paradójicamente, mientras más estudiaba más ignorante se sentía y que él no iba a decirle a nadie cómo manejar su espíritu. Se limitaba a contar cómo había manejado el suyo.

Kierkegaard. El autor de El concepto de la angustia (1843), que inaugura el existencialismo, es disruptivo, busca tumbar fundamentos filosóficos. Es cristiano pero su relación con Dios es conflictiva y dolorosa. “El diálogo con Dios es un monólogo”, porque Dios no se manifiesta, es puro silencio, como la “no palabra” del Tao te King. Uno de sus libros me detonó el cerebro en la adolescencia y, en cierta forma, me cambió la vida: Temor y temblor que mira cara a cara y valientemente, el insodable absurdo de la vida. En el capítulo que trata el sacrificio de Abraham de su hijo Isaac, Kierkegaard pregunta: “¿Es Abraham un héroe o un asesino?”.

Niestzsche. Conjugación excepcional de fondo y forma, renovación del lenguaje filosófico. El “profeta de Dionisio”, primer hombre del siglo XX, inauguró una filosofía asistemática, firmemente enraizada con la vida, sin respetar las “categorías kantianas” y burlándose del edificio conceptual de Hegel (que dominaba en su época). “Olvidamos el objeto del deseo y amamos el deseo” y “No hay fenómenos morales sino una interpretación moral de los fenómenos” son dos aforismos que han quedado en mí del inspirado y al final vesánico profesor que quiso vivir “más allá del bien y del mal”.

Bertrand Russell. Es una figura paradójica para mí: un héroe y a la vez un enemigo intelectual. Él odiaba a Nietzsche, cuando yo lo veneraba. Deseó refutar a Dios, cuando yo lo afirmaba. Lo leí en una época rebelde en la que me oponía a la sistematización que traía la lógica y la ciencia. Pero encontré que su recuento de la filosofía occidental es una importante síntesis de la dinámica reflexiva de una porción de la humanidad y su historia (Occidente). Enciclopédico pero, igual así, selectivo, Russell presenta una masterwork de cómo explicar lo complejo al lector común.

Hay muchos otros de profunda influencia: Platón, Spinoza, Kant, Schopenhauer, Wittgenstein y en ámbito venezolano me eduqué con la obra de David García Bacca. Todos han provisto ladrillos en mi edificio intelectual que he armado como he podido.

Hay dos frases sobre la filosofía o de filósofos que me fascinan: “Hombre soy y nada me es ajeno” del latino Terencio. Sea como sea, me encanta entender la filosofía como un campo que puede tratarlo todo sin resolverlo y sin que eso importe.

La otra, quizá mi sentencia favorita de todos los tiempos, se le atribuye al gran Epicuro. No la comento porque tiene muchas interpretaciones y es el grito de guerra de los iconoclastas:

Si los dioses existen, se olvidaron de nosotros.
Epicuro

Más nada.

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Antes de la filosofía está el filosofar. Acto individual o ético, que es decir lo mismo. Estos trabajos individuales se suman a un concierto filosófico ensamblado con palabras y luego reexpresado en distintas artes y actitudes.

La filosofía, si se consulta y coteja toda, no puede sacarnos de la propia angustia que produce. Cuando halla la “lucidez” genera una comezón muy parecida al desasosiego.

El contrapeso que tiene un filósofo  (o alguien filosófico) es monumental y un premio invaluable. Es imposible que su vida no sea interesante. Ninguna maravilla le es ajena.

La filosofía ha quedado incrustada entre dos selvas. La de la ciencia, por un lado, cuyo lenguaje es matemático y la de la ética, por otro, que impone las leyes del individuo frente al conocimiento. Es ninguno de tanto ser ambos. Es todos porque nada excluye.

Y muchas veces  se emparenta con la narrativa, con la historia y los monólogos de un autor que estilizó su autobiografía intelectual y emocional, que la descompuso en ideas y señales que son tanto él como el mundo.

Por tanto, cuando a través de los pensamientos, teorías o elucubraciones de un autor, presiento el fantasma de una ontología; cuando miro a la primera pareja morder la fruta del conocimiento; cuando escucho a Fausto decir: “No te quiero Mefistófeles, pero acepto tu trato”; cuando se quiere colmar lo incolmable me digo: “Éste es un filósofo, bienaventurado y condenado, el ignorante más docto, el lúcido más angustiado”.

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NOTA DEL AUTOR:

El ensayo es un recuento de referencias que he recordado o que he seleccionado por puro placer intelectual, no es una recopilación rigurosa ni académica. No hay intención didáctica sino autobiográfica. Si el lector conoce algún dato, caso o referencia que enriquezca este ensayo, lo invito a dejarlo plasmado en un comentario.

IMÁGENES: Lúdico, excepto “La condición humana” de René Magritte.

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