Siempre ha habido dudas sobre si el caso que les contaré ocurrió. Poderes conspirativos o la casualidad han sepultado las pruebas duras y, la verdad, sólo hemos tenido rumores y deformaciones.

Afortunadamente tengo una autoridad muy sólida: soy uno de los protagonistas de esta historia. Aunque no diga quién y narre en tercera persona.

Es mentira que Dante Bellini haya declarado en su testamento la voluntad de que nadie heredara su dinero. Hacia principios de los 1980 la Ley, incluso contra su voluntad, lo obligaba a entregar buena parte a sus hijos Moana y Pepino. Pero Dante estuvo dispuesto a desafiar tal precepto luego de descubrir que esos vástagos, junto a su propio hermano Gabriel, habían fraguado un plan para asesinarlo. Devastado ante tal despropósito, dedicó lo que le quedaba de vida a evitar que los virtuales fratricidas se salieran con la suya.

En ausencia de un plan de concreto exploró ideas diversas y se detuvo en la de un apurado abogado de mirada vivaz (Daniel Saeta) que le había dado una respuesta hace un año:

— Usted debe desheredar a sus hijos en forma indirecta, por medio de una condición expresa aceptada voluntariamente, que parezca lógicamente realizable pero que sea prácticamente irrealizable.

— Yo lo llamo.

En vez, contrató a Sánchez Tolosa Monry Valmore Valparaíso Agrinsones Pelayo y asociados para un exhaustivo análisis legal, así como el anteproyecto de una estrategia litigante. Año y un mes después presentaron un voluminoso documento que explicaba amplia y detalladament lo que ya sabían.

En un rapto de lucidez despidió a la firma y contrató a Saeta. El lector preguntará: ¿por qué no donaba la plata y sanseacabó? No era fácil. Como todo magnate corporativo moderno, Dante era un extraño en su propia tierra. La corporación, pequeño país, comprendía un inmenso entramado de relaciones de poder, de sociedades, acuerdos e intereses… habría unas 27 salas de reuniones en Cobel (Corporación Bellini). Dante tenía que negociar para mover su propio capital.

Saeta probó varios bocetos creativos y dos o tres meses después llegó a éste: Contar en voz alta la sucesión de números Naturales desde el cero hasta el mayor número que se pueda lograr. Al despertar se dijo: “En un año.”

“Uno, dos, tres, cuatro…” Bajo estricta vigilancia de testigos, se haría medición exacta del comienzo de un año (Hora 0, Minuto 0, Segundo 0) y su final (Hora 8.760, Minuto 0, Segundo 0), así como la cantidad de números pronunciados clara e inteligiblemente según grabaciones de alta fidelidad. Al hablar de año se significan 365 días que pueden comenzar cualquier fecha que el participante elija. Sólo tres participantes posibles: los dos hijos y el hermano. Tres equivocaciones anulan la posibilidad de continuar una tanda y tres tandas anuladas ponen al participante fuera de la herencia, a través de una renuncia que ya se había firmado, condicionada a pasar o no la prueba. En total: nueve equivocaciones como máximo. El orden de las equivocaciones no afectaba el acumulado, si se iba por ciento treinta mil y ocurría un desliz lo contado hasta el momento valía. Si se cumplía la norma de pronunciar correctamente la corrida numérica, entonces ganaría la persona que lograse la cifra más alta después de 15 millones.

El extraño testamento hizo levantar cejas. En realidad no era un testamento propiamente, sino una provisión (otros la llaman “apuesta”), que se aceptaba o no. Por un lado estaba la circunstancia innegable de que la cifra lucía fácil a primera vista, aunque no lo fuere y acaso bordeara otros territorios de la dificultad. Parecía cuestión de una apurada semana, en la cual se cuenta rápido durante varios días para lograr la no fácil, pero sí factible encomienda.

Si Dante fue concreto y explícito, los desheredables familiares también tuvieron mucho ímpetu y asertividad para trastocar el caso. Por un momento pareció que el plan de Dante no tendría posibilidad ante los razonables alegatos de tres personas sanas y sensatas que solicitarían de la forma más pacífica “la fortuna que por sagrado derecho nos corresponde según voluntad ulterior de nuestro amadísimo padre”. A ellos no les interesaba el mínimo monto legítimo que les correspondía sino la mayor cantidad y, de ser posible, toda. Su error fue no aceptar la opción que tenían ganada de antemano (la que fija la ley).

La condición que Dante había impuesto fácilmente se calificaba de “maliciosa”, “cercana a la humillación”, si se creía realmente que había sido puesta para que se cumpliera. De esta forma, se descalificaba la condición principal, se invalidaba el testamento y se aplicaba la Ley de Sucesiones, que los dejaba con al menos un tercio de la riqueza en cuestión.

Pero ocurrió que un grupo de jurisconsultos consultados, encima consultores, dictaminó que la prueba era “lograble en condiciones humanas normales y con el apoyo que se garantiza en el documento sucesorial”.

La gente pensó en términos de la metáfora del ajedrez la condición que Dante impuso, precisamente para que no se cumpliera. Le hubiera gustado decir: “Mi dinero a la caridad y punto.” Pero la ley lo cercaba. Dora su esposa había muerto por esa enfermedad súbita, casi falsa. Había sido la primera muerte de Dante y ahora ésta, la propia, lo aniquilaba de cualquier reflexión corporativa. Daniel Saeta fue su salvación. En su Testamento lo nombró representante post-mortem.

Por otro lado, (si los hijos y el hermano fallaban la prueba) cedería toda su fortuna personal (excepto honorarios y demás gastos) a una serie de organizaciones privadas de acción social, atención a los niños y desarrollo educativo de reconocido prestigio.

Se formó la entidad legal “Sucesión Dante Bellini”, de sus dos hijos en estrecha asociación con Gabriel (quien fue incluido como aspirante a “la apuesta”).

Nos quedamos entonces, con tres polos de poder: los atribuidos (Saeta y organizaciones); la Sucesión Bellini (Pepino y Moana más Gabriel) y los accionistas y acreedores del holding. En una cláusula expresa se fijó una cuota para Saeta y Asociados, si ganaba, de tres millones de dólares.

El primer punto lo anotó la Sucesión, al lograr cuestionar el Testamento sobre la base legal que impone la repartición “legítima” de un porcentaje representativo de la herencia, sin necesidad de pruebas. Clamaban, simplemente, una flagrante mala intención en la elaboración de estos circuitos de prueba.

La Sucesión apostó por una coherencia familiar, que se calificaba abiertamente de “farsa” por fiscales y escribanos. Hay fotos. De los virtuales ingresos se comprometieron porcentajes con los peores abogados del país –digo, en cuanto a trayectorias cuestionables y no astucia- y estos dispusieron de “bolsas de trabajo” para llenar bolsillos anhelantes y también dudosos.

El plan de Dante era a) Revertir su fortuna personal en los empleados por medio de cederles acciones como bonificación; b) Ceder el resto a organizaciones civiles y d) Dejar un tercio a sus herederos.

Los socios corporativos bloquearon o mitigaron parte de estos objetivos, pero no los propósitos mismos. Ya era cuestión de en qué proporción se ejecutaría esa voluntad triuna.

Murió en 1986 y su fortuna personal sumaba 200 millones de dólares. Menos deudas y cuantiosos gastos operativos para ejecutar los tres puntos, la Sucesión Bellini se fijó en 110 millones de dólares.

Un día secreto y memorable, de uno de los bancos con mayor injerencia en Cobel llaman a Pepino, Moana y Gabriel.

Es una reunión secreta  en el Pent House de una gigantesca torre cuya vista se extiende hasta la ciudad-dormitorio hacia el este. Un ejecutivo, pelo engominado y carrera por el medio, lentes redondos y porte impecable se identifica como el Dr. Ugarte: “Usted sabe que este Banco tiene una reputación que cuidar. El trastornar el proceso del testamento, en detrimento de semejantes instituciones, nos pone automáticamente contra la opinión pública. Y no nos conviene y a ustedes tampoco, porque ese trabajo tiene muchos dolientes.”

— ¿Qué sugiere el Dr. Ugarte entonces? – pregunta Gabriel, mirando hacia las planicies del oeste. Moana ansiosa, fuma en cadena, su tío está tenso y sudado en el aire acondicionado. A lo lejos Pepino perdido, mirando la impetuosa montaña azulada al frente, tras el cual el Caribe baña a América. La pregunta se hizo con un excelente tono de fingido desinterés.

— Nosotros somos contribuyentes de muchas de esas fundaciones, es sencillamente una excelente distribución del dinero.

— Impecable –interrumpe el asistente, que habla caminando- organizaciones de sobrado prestigio, necesitadas por cierto de ese efectivo…

—… pero que dejarán eso en “manos de los abogados”, es decir, de un zorro llamado Daniel Saeta – replicó el hermano de Dante.

— Sí y eso los obliga a ustedes a negociar, pero por su propio lado. A menos que, por supuesto…

— ¿Qué?

— Hagan la prueba.

GABRIEL Y MOANA (AL UNÍSONO): ¿La prueba?

UGARTE: Sí.

GABRIEL: Pero si es una locura.

EL ASISTENTE: Todo lo contrario, se trata de una prueba al parecer coherente.

UGARTE (SONRIENTE): Sólo que muy extravagante.

GABRIEL: Es una prueba humillante, debería descalificarse en la corte.

UGARTE: Y qué importa. Su ejecución sólo requiere el auxilio de dos testigos y ninguna corte puede desaprobar una tentativa justificada de forma tan precisa.

GABRIEL: ¿A qué se refiere?

Ugarte se pone de pie, Pepino sale del letargo y se acerca, el asistente camina paralelo al abogado. Se dirigen a una caja fuerte, ya abierta, contentiva de una serie de documentos que el otro toma y coloca en la mesa de vidrio.

Los dedos largos separan cuidadosamente las piezas.

— Échele un vistazo a esto.

El documento consiste en 25 páginas impresas, donde los textos se complementan con tablas y gráficos. Un fragmento del mensaje central:

“Un año tiene 31,5 millones de segundos. Contar hasta 15 millones en un año NO es labor imposible, sobre todo si se puede contar por partes. De un día promedio se toman 10 horas para dormir y comer. Sobran 14 horas activas para contar sin mayores descalabros. Entonces, se calcula el día apto para contar como de 14 horas, lo que equivale a 8.472 horas disponibles para contar en un año. Si el participante desea restar tiempo al sueño y la comida, puede hacerlo, ganando así preciosas horas. Si se cuenta un número por segundo, en estos 355 días se lograrían 17.892.000. Este último guarismo debería ser el tope de la prueba, pero se entiende que todo el tiempo útil no se puede ocupar en contar y que resulta injusto restar tiempo al sueño y la comida, por lo cual se otorgan los siguientes bonos: a) A los 10 días de fiesta oficial, se suman 33 días más de bonificación para suplir otras necesidades (fisiológicas, sociales, culturales), de forma que el año apto mínimo queda reducido a 322 días de 14 horas activas, es decir, 4.508 horas activas al año. b) Otros 39 días, que es un tiempo razonable para actividades intelectuales y espirituales (lectura, descanso mental, ocio), de manera que nuestro año de 365 días tiene un tope de 15.000.000 de segundos, ello es, apenas 5 meses y 24 días. El resto se lo reparte el participante como desee. En definitiva, el participante debe contar hasta un número tal que, si lo hiciese sin parar desde el primer segundo y asumiendo una frecuencia de uno por segundo, abarcaría 5 meses y 24 días como mínimo. Buena suerte y que Dios los bendiga.”

— Más claro no canta un gallo- recalcó Ugarte, al notar que Gabriel ya había entendido los puntos básicos del documento.

— Pero, esto…

— Más adelante se especifican las condiciones de medición: auditado por una empresa transnacional (jugosos honorarios); grabaciones de alta fidelidad sobre cuya autenticidad dan fe tanto los testigos como el participante.

— Pero… ¿no entienden?

— Claro que entendemos, mire esto.

Ugarte tomó una carpeta y la abrió frente a los azorados herederos: contenía recortes de prensa donde las organizaciones favorecidas con el testamento exponían a la opinión pública la situación de la herencia.

— ¿Dicen algo de la maldita prueba? -revolvió Gabriel los rectángulos de papel.

— No. Nadie la conoce, excepto las partes. Nosotros no queremos perder una pieza tan excelsa como Cobel y la armonía con los nuevos accionistas se está logrando. No les decimos que renuncien a la herencia sino que la ganen en la prueba. Pero escándalos, ya no más. ¿Un café?

Gabriel sospechaba algo extraño, en el fondo, pero no se le ocurría qué. Té, cigarrillos, brandy, vasos y copas desperdigados que un mesonero ponía y recogía.

GABRIEL: El condenado Dante encontró el circo adecuado que ningún orgullo puede soportar. ¿Usted se imagina a este cristiano contando como un imbécil hasta 15 millones?

MOANA: Nojó, tío, por esos dólares tú vendes hasta a la nona en Lucca.

Ugarte continuó con postura más grave:

— Además, yo les puedo garantizar a ustedes ciertas cosas.

Los herederos -que desde ese momento eran “los aspirantes”- se acercaron y a Ugarte le pareció que se doblaban como vistos por un lente ojo de pez.

— Les puedo garantizar tanto el mayor anonimato posible, como la justicia de la auditoría.

— Eso no es mucho -replicó Gabriel. Ustedes pueden invalidar el condenado testamento y nosotros le damos lo que pidan.

— Señor Bellini, lo que quiero decirle es que este banco está más interesado en Cobel que en la bendita herencia. No nos interesa si va a sus bolsillos o al de sus rivales. De cualquier forma vuelve para acá. Tenemos, como le dije, una reputación que cuidar. Sólo queremos acallar el ruido que ha causado esta pelea.

De repente, Pepino, Moana y Gabriel, que pensaron en la prueba como algo con lo que jamás habrían de enfrentarse, la vieron cual realidad inevitable y a la que debía verse con otros ojos, explorarse, aprenderse.

UGARTE: La prueba es realizable. Habilitamos un apartamento con cuatro habitaciones, baños y cocina. En una colocamos un centro general de grabaciones y en cada una de las restantes un equipo de grabaciones conectado a una computadora. Ustedes acuden a ese lugar cuando quieran. Pueden comer, bañarse o dormir allí, siempre que no lleven invitados diferentes a ustedes mismos. La confidencialidad es total.

Los herederos -cada uno por su lado- ya miraban las cosas desde otra perspectiva: la de un esfuerzo, largo y penoso, pero al final tremendamente productivo.

UGARTE: Ustedes llegan, hablan con cualquiera de los cinco testigos de guardia, firman un acta sobre el inicio y el final de la prueba cada vez que la ejecuten. Les está permitido contar (y ser controlados y grabados) cada vez que quieran, de día o de noche, el 12 de octubre o el 31 de diciembre. No hay límites. Se les da copia sellada de cada transacción.

PEPINO (INSPIRADO): Se cuenta un número por segundo, pero también dos y tres, de forma que en el curso del reloj podemos acumular números en menos segundos.

Acto seguido contó hasta 20 en casi 5 segundos, es decir, tres o cuatro veces más rápido de lo corriente. Este hallazgo iluminó el rostro de la Sucesión Bellini más el hermano, quien se apresuró a calcular:

— Con sólo contar dos números por segundo lo hacemos todo en la mitad del tiempo.

Ya saboreaban, no sólo superar los 15 millones sino acercarse a los 31 millones, el arcano sagrado, número de segundos de un año.

GABRIEL: ¿Hay algún bono si pasamos de 15 millones?

Y allí quedó comprobado que nadie percibió la naturaleza intrínseca de la prueba. Como el emperador. El truco fue perfecto.

Los trámites legales continuaron. Hubo reuniones entre Saeta yla Sucesión Bellini, corrían los primeros días del año. En una oficina de Cobel ocurrió una tertulia definitoria. Estaba Saeta, dos de sus abogados, tres leguleyos dela Sucesión, Moana, Pepino y Gabriel.

GABRIEL: Saeta, eres un miserable.

SAETA: No lo pongan más difícil. Hagan su prueba y sanseacabó.

GABRIEL: Tenemos todo el año para eso.

SAETA: Mientras más tarde empiecen, menos oportunidades tendrán…

Saeta entonces les explicó que cuanto antes fijaran el día uno, más rápido se definiría el asunto y, si iban a ganar…

GABRIEL (DANDO PALMADITAS SIMULTÁNEAS A SUS SOBRINOS): Mucho cuidado, que si está tan ansioso será por algo.

Aunque se opusieron ese día, cuatro meses después ocurrió el acontecimiento definitivo: el tribunal no aceptó la solicitud de anulación del testamento, de modo que la prueba seguía vigente como una alternativa a lo que sería, sin duda, un complejo y largo proceso de Sucesión.

El primer intento lo acometió Gabriel en medio de una partida de cartas. Había perdido las últimas tres rondas y pensó que toda esa dependencia en el dinero menudo debía desaparecer. Se retiró del juego y se dirigió al bar. Cinco martinis y una charla insulsa con el barman lo dotaron de fuerza. Tomó su auto y ordenó al chofer dirigirse al apartamento de la prueba. Tenía llaves que no había probado. En pocos minutos uno de los testigos abrió y saludó cordialmente.

Pase, es usted nuestro primer visitante, debe firmar aquí.

Había un libro de folios, preparado, pero no inaugurado. Gabriel puso su nombre, firma, día y hora de entrada. Se presentaron dos testigos más y miraron con curiosidad exagerada el cuaderno, luego firmaron y sellaron su aprobación. Gabriel recorrió con desdén el apartamento. Estaba prácticamente vacío, excepto por una mesa de pantry, donde los testigos dialogaban. Había un televisor y un bar empotrado en la pared con una dotación nada despreciable. El papel tapiz de todo el apartamento simulaba un gigantesco crucigrama vacío: miles de cuadritos blancos y negros en disposición caótica pero repetida de rollo en rollo.

Una de las habitaciones parecía una pequeña estación radial: equipos con grandes grabadores y un operario con audífonos. Había discos, revistas y cables en cierto desorden. Los testigos no tenían ningún rasgo distintivo, como uniforme o credencial. Simplemente estaban. Había tres habitaciones con baño considerablemente amuebladas. Gabriel entró en una y se tiró en la cama. Parecía un mobiliario de hotel, con televisión. Uno de los testigos tocó la puerta y tras ser invitado a entrar preguntó si podía ayudarlo o traerle algo.

GABRIEL: Un martini, si no es molestia…

TESTIGO: No hay aceitunas.

GABRIEL: Bueno, entonces un whisky con hielo y agua, coño.

TESTIGO: Ya se lo traigo.

Se arrellanó en la cama y pensó: “Como que no es tan mala la vaina”. Entonces en su mente se presentó fugazmente el panorama: frente a un micrófono, güisqui en mano, mucho humo de cigarrillo, como un night club, recitando esa canción de números, muchas noches seguidas, como la rutina de un cantante nocturno. Luego trámites. Quizá un mes de espera. Y entonces Mónaco y Capri. También los Alpes y París. Por qué no Tahití y las Antillas aquí cerca… Se levantó entusiasmado, llamó al testigo para que dispusiese del procedimiento. Uno de ellos preguntó:

— ¿Dónde quiere hacerlo?

— ¿Cómo que dónde quiero hacerlo? ¿Dónde está el micrófono?

— Donde usted quiera.

Señaló la sala, que tenía un acogedor sofá. Se sentó y cruzó las piernas. Campaneó el doce años. Inmediatamente trajeron una mesita, micrófono y cables, un testigo se hundió en la sombra con una libreta, los otros entraron en el cuarto de control.

— Cuando quiera señor Bellini.

— Bueno…

Ya allí empezó a labrar sus últimos días, vaya ironía. Nada de Ibiza, nada de Cancún. Abrió los ojos para dar una gran mirada interna y arrancó:

— Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho…

¿Qué mira uno en una “mirada perdida”? Pepino no lo sabía, pero tenía una, posada sobre la gran ciudad desde su apartamento, en el tope de un edificio sobre la colina más alta del valle. Sin darse cuenta, los ojos se le iban hacia el edificio del banco donde habían tenido la reunión.

Ya Pepino se había alejado, otra vez, siempre desinteresado y capaz de dejarlo todo por no involucrarse. Gabriel, luego del envión inicial, invitó a Moana a sentarse, compartieron una copa, brindaron por ninguna razón en particular y lo más insólito ocurrió: se perdieron en un beso que terminó en sexo… un tanto caótico, previsiblemente. Se prometieron compartir el premio no importa quién lo ganara. Llamaron a Pepino. Aceptó. Se aseguraron las formalidades legales respectivas, de forma que la suma de sus inseguridades les dio mucha más fortaleza para intentarlo.

Fueron al apartamento, Gabriel con un traje casi acartonado de tanta lejía, flor en el ojal, perfume caro. Ella como una matrona de los años treinta. Pañoleta con flor, un escote extremo. Tomaron la prueba por separado, a la vez, aplicando métodos que habían discutido entre tragos y pases de cocaína. Pero salieron auténticamente impactados luego de dos semanas. Ambos perdieron su primera tanda. No, no era como lo habían coreografiado. Ya en apenas dos mil doscientos treinta y cinco y su paso a la siguiente hubo un ligerísimo titubeo. Como fue leve y el primero, pudo Gabriel olvidarlo rápido y seguir exitoso hacia las regiones de tres mil y tres mil seiscientos, que se hicieron placenteras.

Cuatro mil cuatrocientos cuarenta y cinco cuatro mil cuatrocientos cuarenta y seis cuatro mil cuatrocientos cuarenta y siete cuatro mil cuatrocientos cuarenta y cuatro cuatro mil cuatrocientos cuarenta y nueve… Una traición del subconsciente lo complicó todo, nada más y nada menos que en el intervalo 5.872 – 7.204, en la que se avivó la llama de aquel fallo latente y lo convirtió en un eco que crece. La “equivocación” sin forma encarnó, exactamente, en la tercera sílaba de nueve mil setecientos setenta y cinco. Si se ve con cuidado, un intervalo tremendamente complicado de pronunciar, por lo corto, por no ofrecer pausa. ¿Resultado? Nueve mil setecientos setenta y siete. Se comió un número.

Gabriel se fue al llano, a cazar. Moana, que falló apenas en setecientos treinta y cinco (repitió 735 y trató de disfrazar el cinco de seis: “setecientos treinta y ciiinnn..eeísss”), luego una larga pausa y un “¡coñó!” ahogado. El dolor la sumergió en una ronda autodestructiva de orgías con ácido. Al mes reapareció Gabriel, pero la prueba fue minando, poco a poco, sus defensas hasta transformarlo en una víctima cruelmente maltratada de su propia ambición.

Pasaron las semanas y el avance era minúsculo, mientras que el agotamiento superlativo: Doscientos treinta y ocho mil novecientos diecinueve doscientos treinta y ocho mil novecientos veinte doscientos treinta y ocho mil novecientos veintiuno doscientos treinta y ocho mil novecientos veintidós Daba lástima mirar las muecas que su rostro otrora arrogante no podía detener, en la marcha por salir del lodo en que se convierte lo sucesivo a pequeños pasos. Cerca de quinientos cuarenta y ocho mil trescientos veintitrés se trastabilló la lengua estúpidamente (estalló una copa de brandy contra la pared) y perdió la segunda tanda.

Desapareció (surgió como primer sospechoso de un cuantioso robo en efectivo) y se desconocía su paradero. Seis fracasos seguidos para Gabriel Bellini no eran un peso fácil. Apareció Moana, ahora fuertemente enamorada de una mujer que se llamaba o le decían Yaca, ayudada por la cocaína, así como la tortura permanente de su sentimiento de culpa, también vio su azotea mental derrumbarse sobre lujosas habitaciones vacías. Se internó en la casa de su amante -que la convenció, o creyó ella, de la alevosía última de la prueba.

Con recobrado brío, contra la recomendación expresa de Yaca de dejarlo todo, con renovado odio a su padre por atentar contra lo que le quedaba de vida, retomó la prueba de fuerza. Se asesoró con un sicólogo y un astrólogo. Dejó de fumar, al menos temporalmente. Pero el “tour de force” se impuso y en un momento dado, sobre las alas de un “perico candela”, tomó lo que parecía una racha espectacular: del 110.000 al 142.000, en pocos medios días, con idas esporádicas al baño a recargarse, resulta que le proveyeron una claridad mental que jamás había sentido y se creyó poseída o inspirada al menos.

Los números parecían salir sin esfuerzo, a una velocidad inusitada, pero poco a poco el alcaloide fallaba en mantener la máquina a nivel. Ciento cuarenta y siete mil ciento ochenta y nueve, más o menos, fue el punto de inflexión que cambió su cielo por un infierno, súbito, donde danzaba silenciosa y lejana su madre, donde Yaca le rogaba que se detuviera, donde el proveedor de cocaína le presentaba su última oferta… Ciento cuarenta y ocho mil seiscientos quince era una lucha desigual, un cerebro azotado por demonios electrizantes y un cuerpo ya seco que rogaba inútilmente descanso. Su corazón se partió en tres pedazos en el paso de ciento cincuenta y un mil novecientos quince a ciento cincuenta y un mil novecientos dieciséis. Ni siquiera llegó a 156 mil.

A los tres meses Gabriel volvió a usar sus llaves, preparado sicológicamente (decía él) para enfrentar el conteo. No obstante, buena parte del año había transcurrido en estrés improductivo. La cuenta se le complicó. Evaporó la tercera oportunidad al arribar a 734.875 y -luego de una célibe semana de ejercicios- retornó para “echar el resto”. Pero ya había perdido. Cada número pesaba varios kilos más que el anterior, aún así nuestro Gaby siguió luchando, sin parar. Enloqueció el 4 de noviembre de ese año y fue internado en un sanatorio, luego de deambular por plazas y esquinas como un mendigo repitiendo números sin orden aparente.

¿Y Pepino? Lo intentó también (quizá con mejor enfoque de hacer ejercicios y Yoga) pero, como cuando uno pierde la reina en el ajedrez y la ventaja es evidente, sucumbió a un ataque de bondad y se reconcilió con su padre (le pidió perdón en su corazón), renunciando a la prueba. Había una cláusula secreta que autorizaba a darle unos millones si el joven desistía o fallaba.

…………………………………..

Se encubrió todo esto. Las muertes de Gabriel y Moana se atribuyeron a otras causas. El caso desapareció de los medios. No obstante, persistió en ciertos archivos.

Los pocos magistrados y juristas que conocieron detalles y sin hacer demasiadas preguntas, presionaron para cambiar la ley de sucesiones y eliminar el marco legal que hizo posible semejante método de transmisión de riquezas.

Y alguien vivo y alguien muerto probaron que lo infinito puede mimetizarse en una cantidad que usted y yo podemos contar. Todo ello sin el gigantesco pero que lo impide.

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ILUSTRACIÓN: Lúdico.

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