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1.

Q. siempre recuerda con fascinación y temor la fuente del querubín. Un pedestal de media ostra boca arriba. Luego un fuste como dórico y otra ostra más pequeña. Un ángel de mármol hacía un sutil equilibrio con apenas dos dedos de un pie y sopla entre sus labios una flauta de agua. Cuando los borbotones estallaban, una nube que no moja pero empapa lo envolvía todo por segundos en el estricto perímetro de la fuente.

Por las noches la apagaban y pensaba Q. que dormía, aquietando las superficies. Al día siguiente esa acuosidad se reactivaba para beneplácito de los peatones, los vecinos y los soñadores.

2.

Casi adolescente Q. se muda a la gran capital. Sus visitas se hacen infrecuentes, aunque siempre devotas y secretas. Sale a estudiar al exterior y, distraído por mil cosas nuevas, pasa más de ocho años sin volver a su pueblo natal y a su fontana.

Pero regresa y decide visitarla, a su fuente. Baja al balneario un día plomizo, color cumulus. Recorre la acera frente a la casa de las muchas ventanas, dobla por el abasto y ya la tiene enfrente. Aprieta con fuerza la reja: está seca, su fuente, como la arena ardiente. Al ángel lo cubren excrementos avícolas, las ostras… polvorientas. Al suelo de la pileta (otrora sumergido en un arroyo) lo cruzan demasiadas cicatrices. Quizá con un vívido recuerdo regresará conforme a casa. Y entonces gotitas, gotas, pequeñas lajas de lluvia. Se siente rendido al no poder siquiera producir un recuerdo decente (y seco).

Ah, pero no es eso. La lluvia acaricia y en segundos es aguacero. Tiemblan en el suelo los proyectiles acuosos, desatados. Una brisa fría e inclemente se cuela por todas las esquinas y los almendrones sacuden con desesperación sus copas. El agua que cae es tan punzante que le duelen los impactos y por unos minutos se protege encorvando la espalda hacia abajo, como un escudo.

Entonces levanta el rostro y en medio del estallido pluvial contempla la fuente en radiante y poderosa actividad. Sí, sin agua en los tubos pero ahora literalmente entre chorros disparados desde el suelo. De rebote.

¡Y estalla en gotas! Devueltas en pocos segundos con tanta fuerza que crean un cono transparente y un fugaz prisma y luego se deshacen en bolsitas de H2O. Una galaxia de azul, una nube de minúsculos globos acuosos que rodea el octágono. Y todo parece desafiar la constante g.

Q. salta como puede la verja y se zambulle en el tormentoso líquido, en la pileta rebosada. Trepa hasta la última concha, abraza al querubín y le murmura: “Perdóname por desconfiar”.

A lo lejos se oye el malecón azotado por olas salvajes, montañas de agua salada que han invadido la arena y el balneario. Se sumerge en la pileta y bucea, le da la vuelta nadando boca arriba y mira en la superficie desde abajo los dedos de lluvia que entran y se desvanecen.

3.

Hacia la tarde ya no hay lluvia, ni brisa. Sí pozos y ramas desperdigadas y la fuente empapada pero estática. Todo escurre. Brisa más seca, almendrones flotando, el rostro del querubín ya vuelto a la piedra y ¡claro! Q. que se va a su casa llorando de la felicidad.

 

 

 

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