A Yoyiana

Y aún me pregunto: “¿Quién detendrá la lluvia?”
Creedence Clearwater Revival
 

I. Esta breve crónica se centra en Don Nicasio y su hazaña. Pero también trata de cómo una mirada de fracciones de segundo puede revelar más de lo que uno observa y estudia por años.

II. A Don Nicasio lo hizo famoso un reportaje que publiqué hace 20 años sobre unos deslaves en la zona costera central, por los predios de Cristo Redentor.

“Aguacero de una semana mantiene en ascuas a vecinos de Cristo Redentor” (titular). Bajé a la costa al pie de montañas desgarradas, navegué un par de calles inundadas, trepé terrazas e hice campamento en una colina erosionada.

La lluvia había amainado, incluso desaparecido contra el pronóstico de los expertos. Hice reporte de daños, entrevistas con lugareños y funcionarios, todo parecía rutinario aunque trágico.

Luego de reportar el deslave de hace dos décadas, me disponía devolverme a la capital cuando alguien se cruzó conmigo y, al ver mi credencial de periodista, me mencionó a Nicasio. Me dijo que había “repetido el milagro” de detener la lluvia y con ella la tormenta misma y el deslave.

Los caminos hacia su lejano domicilio estaban bloqueados o intransitables, y desistí de cubrir tan curiosa leyenda local. Al montarme en el jeep que me llevaría de vuelta otra persona me interceptó.

– ¿Lo entrevistó, a Don Nicasio?

– No, no pude.

– ¡Oh… lástima! Se lo juro por lo más sagrado que ese hombre nos salvó otra vez.

Estas palabras, más la convicción de haber perdido algo grande me hicieron volver seis meses después. Algo de obsesión, sin duda, me impulsó a la finca montañosa donde Don Nicasio no quiso atenderme y ni siquiera dejó que lo viera. Su esposa me rogó no intentar entrevistarlo, que él no quería hablar ni con periodistas ni políticos. Ambos, según ella, interesados en su historia para provecho de causas grupales o personales.

Me alojé en una pequeña pensión e insistí al día siguiente, y el siguiente, hasta que el mismo Nicasio, al verme parado en la verja del frente, pidió desde lejos que me dejaran pasar y eso hice. Tendría unos 38 años, pero parecía 25 años mayor. Se veía débil y sin  embargo nervioso, apoyándose en las paredes y sillones para no caerse.

– Recompensaré su determinación -me dijo. Le voy a relatar algo que nadie sabe. Todo porque siento que ya de la próxima no paso.

Me contó que muchos años atrás hubo unas tormentas sostenidas. Duraron más de la cuenta y pronto bajaron los ríos crecidos azotando colinas y caseríos. Vio cuadras colmadas de agua enlodada, tallos gigantescos flotando en los improvisados ríos… Una lluvia feroz y pertinaz que incluso aflojaba las terrazas donde pernoctaba.

Una noche se dejó bañar por la lluvia, cerró los ojos. Sintió un haz de energía entre él y -literalmente- la lluvia. Según su testimonio, recibía esa energía para redistribuirla, aunque a costa de una agotadora faena de concentración.

Esa concentración (dada su falta de entrenamiento al respecto) requería forzosa presión muscular y lo dejaba exhausto. A eso agreguemos largos períodos sin comer y dormir, “redirigiendo y casi rebotando energía cósmica a la tormenta y deshaciéndola”. ¿Dónde? Ora en un oscuro cuarto, ora al aire libre azotado por aguaceros de medianoche.

Miraba grandes masas de cúmulos y hacia allí rebotaba el haz mental, una aceleración voluntaria de la actividad mental. Pulverizar una nube podía tomar horas o días. Separar las masas de modo que no fueran tan pesadas para precipitarse funcionaba si el rango de visión era amplio. Y lo más efectivo, atacar la concentración antes que tomara fuerza, para alborotarla con el rayo y atomizarla a tiempo.

Pero lo que se cuenta fácil se ejecuta con arduo trabajo. Horas y horas luchando contra volúmenes que lo excedían como un gigante a un insecto. El no poder decirlo, entre otras cosas porque no le creían, aumentaba la represión y el stress. A medida que pasaba el tiempo y se incrementaba la obsesión, su ministerio secreto ocurría más y más al aire libre, bajo el incesante embate del aguacero.

La desatención a la familia, el aislamiento en un cuarto para luchar contra las fuerzas salvajes de la meteorología, el descuido ante las necesidades diarias comenzaron a crearle una imagen cuando menos sospechosa. Otros, sorprendentemente, algunos llegaron a creerle.

Su esposa me contó que aparecía de repente en la sala con barba larga y descuidada, sucio, mojado, llorando. Se desplomaba y una vez debieron administrarle suero. “Un haz azul” -le dijo- “así lo veo con los ojos cerrados. Así los veo cuando se multiplican.”

Llegaron a encontrarlo desmayado, casi ahogado en un pozo, en par de ocasiones estuvo grave en el hospital. Pero lo cierto es que aquel deslave y éste último habían terminado antes de lo esperado y tal como lo estimó Nicasio, en medio del cansancio.

“Un haz azul”, me confirmó. Me dio ese testimonio con mucha dificultad para hablar, como en un lento proceso de recuperación no del todo logrado. 

“El paragua espiritual de Nicasio” fue un recuadro dentro de un reportaje sobre cómo Cristo Redentor se recuperaba del deslave de marras. Terrible titular, por cierto, cuya responsabilidad asumo. Nicasio tuvo más notoriedad de la que hubiera querido. Hicimos una entrevista posterior y un sucedáneo del artículo inicial y varios medios de la competencia procedieron a hacerlo suyos con historias que iban del reportaje serio al absurdo de la prensa sensacionalista.

El tópico no se alimentó y murió de mengua en el interés general.

III. Ahora, todo lo anterior ocurrió “según Nicasio”. Poca gente en el pueblo daba crédito a la historia o el rumor, su propia familia le “creía” solo por amor y condescendencia. En los medios ganó muchos “fans”, pero al final terminó siendo más una leyenda urbana que otra cosa. Había algo en su convicción y su vida ascética y de buen juicio que mitigaba la sospecha de demencia, pero por otro lado lo insólito de su recuento, de su supuesto método, de cómo abandonaba toda racionalidad por días… invitaba a pensar en algo loco o falso.

Nicasio me confesó que no esperaba que le creyeran. Que sólo me pedía registrar y difundir sus palabras. Y así hice, llegando hasta conceder que Nicasio ciertamente creía lo que decía. Se sentía totalmente involucrado y comprometido con esa “magia” o con ese poder de la naturaleza al que afirmaba tener acceso. Pero, lo digo sinceramente, más allá de eso yo no le otorgaba valor veritativo. Ni científica ni místicamente.

Ese descreimiento hizo que se diluyera mi interés en la aventura de Don Nicasio. Los trabajos y los días me hicieron olvidarlo. Y pasaron casi 20 años.

IV. Hace unas pocas semanas, lamentablemente, ocurrió en la costa otro derrumbe masivo por efecto de incesantes lluvias.

Se extendieron más de un mes con un pico de casi dos semanas seguidas. Los reportes fueron preocupantes y el noticiero de TV donde trabajo me envió a cubrir las labores de rescate.

Al llegar me sorprendió ver un cielo despejado y un sol abrasador. Pero el pueblo estaba devastado, montones de lodo flanqueaban las calles, grandes espacios vacíos (inundados, eso sí) donde antes se erguían casas y pequeños edificios. 

Caminando un poco azorado, topé con un pequeño grupo que rodeaba el cuerpo sin vida de un anciano muy decrépito. Una mujer colocaba flores sobre su paltó empapado y rodeaba su cuerpo con pequeñas piedras. Me costó reconocerlo, pero era Nicasio. Su rostro estaba maltratado aunque sereno, como un santo que inicia otro camino.

V. Me sentí culpable, ingrato, negador de milagros. Porque en ese milisegundo, en esa ráfaga de visión de un rostro presente y ausente, tuve por fin una convicción segura e indudable:

Nicasio Talavera había detenido las tormentas con haces azules que salieron de su corazón.

 

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Bono
Canción Who’ll stop the rain?
Creedence Clearwater Revival (letra en inglés)
http://youtu.be/We2-EZElsro

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ILUSTRACIONES: Lúdico.

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