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A Yoyiana

Y aún me pregunto: “¿Quién detendrá la lluvia?”
Creedence Clearwater Revival
 

I. A Don Nicasio lo hizo famoso un reportaje que publiqué hace 20 años sobre unos deslaves en la zona costera central.

“Aguacero de una semana mantiene en ascuas a vecinos de Cristo Redentor” (titular). Bajé a la costa y encontré montañas de escombros en el camino.

La lluvia había amainado contra el pronóstico de los expertos. Hice reporte de daños, entrevistas con lugareños y funcionarios, todo parecía rutinario aunque trágico.

Alguien al cruzarse conmigo y ver mi credencial de periodista, mencionó a Nicasio. Me dijo que había “repetido el milagro” de detener la lluvia y con ella la tormenta misma y el deslave. Lo describió como un “iluminado”.

Los caminos hacia su lejano domicilio estaban bloqueados o intransitables. Algo de curiosidad malsana y obsesión, sin duda, me impulsaron a la finca montañosa donde Don Nicasio no quiso atenderme y ni siquiera dejó que lo viera.

Su esposa me rogó no entrevistarlo, que él no quería hablar ni con periodistas ni políticos. Ambos, según ella, interesados en su historia para provecho de causas grupales o personales.

Tuve que alojarme en una pequeña pensión e insistí hasta que Nicasio mismo, al verme parado en la verja del frente, pidió desde lejos que me dejaran pasar. Tendría unos 38 años pero parecía casi de sesenta. Se veía débil y sin  embargo nervioso.

– Recompensaré su determinación -me dijo. Le contaré algo que nadie sabe. Todo porque siento que ya de la próxima no paso.

Me contó que muchos años atrás hubo unas tormentas sostenidas. Duraron más de la cuenta y pronto bajaron los ríos crecidos azotando colinas y caseríos. Vio cuadras colmadas de agua enlodada, tallos gigantescos flotando en los improvisados río.  

Una noche se dejó bañar por la lluvia, cerró los ojos. Sintió un haz de energía entre él y el agua en caída. Según su testimonio, recibía esa energía a costa de una agotadora faena de concentración.

Esa concentración (dada su falta de entrenamiento al respecto) requería forzosa presión muscular, resistencia al frío y lo dejaba exhausto. A eso agreguemos largos períodos sin comer y dormir, “redirigiendo y casi rebotando energía cósmica”. ¿Desde dónde? Ora en un oscuro cuarto, ora al aire libre azotado por aguaceros de medianoche.

Su fama, digamos, pública fue asunto de unos pocos místicos y beatos. Pero secretamente era invitado por diversas sociedades secretas a ejercer su indescriptible don en otros lares. En Anzoátegui dispersó un huracán categoría 3; en Mérida evitó deslaves (porque también enfrentó la nieve) y en Vargas redujo un cataclismo a una vaguada menor.

Pulverizar una nube podía tomar horas o días. Separar las masas de modo que no fueran tan pesadas… si el rango de visión era amplio. Y lo más efectivo, atacar la concentración antes que tomara fuerza, para alborotarla con el rayo y atomizarla a tiempo.

Era luchar contra volúmenes que lo excedían como un gigante a un insecto.La desatención a la familia, el aislamiento en un cuarto para luchar contra las fuerzas salvajes de la meteorología, el descuido ante las necesidades diarias le crearon una imagen de anacoreta, de profeta clandestino. Otros llegaron a creerle y a seguirle.

Me contó su esposa que aparecía de repente en la sala con barba larga y descuidada, sucio, mojado, llorando. Se desplomaba y una vez debieron administrarle suero. “Un haz azul” -le dijo- “así lo veo con los ojos cerrados, antes que se multipliquen.”

Llegaron a encontrarlo desmayado, casi ahogado en un pozo, en par de ocasiones estuvo grave en el hospital. Pero lo cierto es que aquel deslave y éste último habían terminado antes de lo esperado… tal como lo estimó Nicasio. “Un haz azul”, me confirmó. 

“El paraguas espiritual de Nicasio” fue un recuadro dentro de un reportaje sobre cómo Cristo Redentor se recuperaba del deslave de marras. Terrible titular, por cierto, cuya responsabilidad asumo. Nicasio tuvo más notoriedad de la que hubiera querido. Hicimos una entrevista posterior y un sucedáneo del artículo inicial y varios medios de la competencia procedieron a hacerlo suyos con historias que iban del reportaje serio a la prensa sensacionalista. Pero la cobertura no fue intensa.

El tópico no se retrabajó y murió de mengua en el interés general.

II. Ahora, todo lo anterior ocurrió “según Nicasio”. Poca gente en el pueblo daba crédito a la historia o el rumor, su propia familia le “creía” solo por amor y condescendencia. En los medios ganó muchos “fans”, pero al final terminó siendo más una leyenda urbana que otra cosa. 

Había algo en su convicción, en su vida ascética y de buen juicio que mitigaba la sospecha de demencia, pero por otro lado lo insólito de su recuento, de su supuesto método, de cómo abandonaba toda racionalidad por días… invitaba a pensar en algo loco o falso.

Nicasio me confesó que no esperaba que le creyeran. Que sólo me pedía registrar y difundir sus palabras. Y así hice, llegando hasta conceder que Nicasio ciertamente creía lo que decía. Pero, sinceramente, más allá de eso yo no le otorgaba valor veritativo. Ni científica ni místicamente.

Ese descreimiento hizo que se diluyera mi interés en la aventura de Don Nicasio. Los trabajos y los días nos alejaron, creí yo, para siempre. Y pasaron 20 años.

III. Hace unas pocas semanas, lamentablemente, ocurrió en la costa otro derrumbe masivo por efecto de incesantes lluvias.

Se extendieron más de un mes con un pico de casi dos semanas seguidas. Los reportes fueron preocupantes y el noticiero de TV donde trabajo me envió a cubrir las labores de rescate.

Al llegar me sorprendió ver un cielo despejado y un sol abrasador. Pero el pueblo estaba golpeado mas no devastado, montones de lodo flanqueaban las calles, si hubiera llovido un día más otra historia sería contada. 

Caminando un poco azorado, topé con un pequeño grupo que rodeaba el cuerpo sin vida de un anciano muy decrépito. Una mujer colocaba flores sobre su paltó empapado y rodeaba su cuerpo con pequeñas piedras. Me costó reconocerlo, pero era Nicasio. Su rostro estaba maltratado aunque sereno, como un santo que inicia otro camino.

IV. Me sentí culpable, ingrato, negador de milagros. Porque en ese mcrosegundo, en esa ráfaga de visión de un rostro presente y ausente, tuve por fin una convicción segura e indudable:

Nicasio Talavera había detenido las tormentas con un hazul que salía de su indomable corazón.

 

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Canción Who’ll stop the rain?
Creedence Clearwater Revival (letra en inglés)
http://youtu.be/We2-EZElsro

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ILUSTRACIÓN: Lúdico.

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