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¿Qué ocurre de aquí a allá?

Siempre me costaba acomodarme en la cama, pero varias noches seguidas simplemente me echaba cual largo era sin tocar el borde con los pies.

Mi esposa es más baja, ella no se había dado cuenta.

Pero, caramba, los interruptores de corriente, que los veía con majestad, luego al frente y ahora, bueno, como nubes. ¿Y las ventanas? Uno suele ver por ellas sin pensarlo mucho. Entonces cuando el borde inferior o superior colinda con una imagen no familiar… “umm, aquí pasa algo raro”, se dice uno.

En mi caso el borde inferior cortaba la base de un edificio y mostraba sólo los últimos cinco pisos. Un día, viéndolo bien, ya no figuraba el edificio. Luego tampoco el de atrás, más alto. Apenas despuntaba una antena parabólica que, dada la profusión de pequeños platos de TV satelital (así como la preeminencia del cable) no sé qué función cumplía en realidad. Mi esposa decía que era para presumir, o quizá descuido y que nadie la veía desde adentro como nosotros (bueno, ya no). Estuve tentado a llamarlos, pero siempre se me olvidaba.

Poco a poco, las ocupaciones se hicieron más complejas, inéditas, hasta absurdas. Trabajábamos el doble y dormíamos menos. Pero había compensaciones, por supuesto. Ambos éramos del mismo tamaño para el otro.

Ponerse una sortija podía ser un acontecimiento, dejarla en la gaveta un desenlace. La camisa de hoy había que pensarla como la carpa de mañana o simplemente como medio guardarropa de un mismo color. Los zapatos serían depósitos o góndolas en una ponchera de agua.

Comer era a la vez un reto y un acertijo. Un arma de doble filo, porque al exceso obvio se contraponía la dificultad mecánica para distribuir las porciones más el replanteo de los cubiertos. Hasta que no tuvimos a la señora Rosa nos la vimos difícil. También después, cierto, porque a veces nos daba pena sobrecargarla con tantas peticiones.

Mi esposa que es estoica y equilibrada, no tanto o casi nada. Pero yo ciertamente la saturaba, sobre todo por lo inútil que soy con los instrumentos y las herramientas. Y como me cuesta dar órdenes directas, las solicitudes podían ser muy antipáticas:

— Doña Rosa, discúlpeme, usted sabe que desde niño me desagrada la forma cúbica de modo que, no sé, había pensado si a usted le parece no usar este salero, más bien aquél del angelito…

Yo ni cuenta me daba, hasta que mi esposa me lo advirtió. La cara de esa dama, santa casi, nunca devolvía un desagrado. Era lenta y a nosotros nos parecía que limpiaba mal, es decir, dejaba muchos recovecos sin trapear o aspirar. Pero eso era insignificante al lado de sus bondades, de modo que comencé a no sobrecargarla.

Aunque el empequeñecimiento no se detenía, su ritmo era pausado. Nuestra condición monetaria, por cierto, era solvente. Del libre ejercicio de mi profesión me acostumbré a estar en la casa. Mi esposa había logrado invertir exitosamente en una pequeña empresa que creció algo y pronto le tomaba el gusto al trabajo desde el hogar. El ama de llaves, por llamarla de alguna forma, vivía nuestro caso como una especie de misión. Para ser una señora venida de un hogar rural, con secundaria truncada, logró aprender muy bien los vericuetos de los depósitos y cobros bancarios. Ustedes saben, la burocracia urbana: teléfonos, electricidad y otros servicios.

Luego, tras laboriosas sesiones extendidas por meses que si torturaron a alguien fue a mí, logré que “guapeara” con mi computadora portátil (incluso navegara internet) y esta hazaña me llenó de optimismo por el futuro. En fin, se hizo ducha en diligencias a pie, en taxis o telefónicas, aunque perdimos la oportunidad de enseñarla a manejar.

Sin embargo, y es importante notarlo, la señora Rosa no vivía con nosotros. Tenía su cuarto, pero ella lo usaba en casos muy especiales, como cuando me dio paperas… da un poco de vergüenza que a uno le dé paperas después de grande, pero qué hace uno si ocurre. Ella me cuidó, compensando la reducida ayuda que podía dar mi esposa excepto cambiarme los canales de televisión.

De resto, se iba Rosa todas las tardes hasta el día siguiente, no venía los días feriados y domingos. A veces pedía permiso para visitar a su anciana madre en Mérida. Mi esposa y yo temblábamos. Ustedes saben, los imprevistos… una vez nos llamó para advertir que regresaría un día más tarde. Aquello nos pareció una eternidad.

No obstante, para reforzar las buenas referencias de la señora Rosa, diré que la precisión y la puntualidad –poco comunes en este país— eran atributos nada desdeñables, junto a los asados negros y la chicha. Créanme, esa mujer hubiera podido hacer una fortuna con su buena cocina. Pero mi esposa y yo, ni una palabra, no sobre la buena mano culinaria, sino sobre esas perspectivas crematísticas no aprovechadas.

El proceso duró poco más de un año. Las preocupaciones, entonces, eran muchas y múltiples a medida que se aceleraban los cambios. De noche, antes de dormir (a veces apenas se iba doña Rosa), nos sentábamos a discutir un poco los avatares del día y las perspectivas de mañana.

Eran análisis pasajeros al principio, sesudos al final porque requerían lo que gerentes modernos llaman “planificación estratégica”. Que si hacer A tiene dos posibles desenlaces: B y C, y C tiene tales o cuales debilidades y fortalezas, para potenciar las últimas y atacar las primeras. En eso nos pasamos horas que le robábamos al sueño.

Había asuntos predecibles: el tiempo de duración de las pilas en el control remoto de la TV, por ejemplo. Pero otras no o no tanto, como nuestra gata Bichita. Si bien la recogimos recién nacida en un matero del edificio, siempre ha tenido algo de indomable y salvaje. No le gusta que la sostengamos en los brazos, resiente las caricias y si se ve acorralada no vacila en morder y arañar.

Claro, lo hace suavecito con nosotros, pero de vez en cuando se le van los tapones y libera su felinidad. A mí me ha hecho innumerables rayones en los brazos y dedos.

De la televisión aprendimos que los gatos sienten a sus amos humanos como miembros de la misma especie, pero en jerarquía dominante. “Qué gatos más raros”, diría Bichita, pero en fin así nos sentía. La supremacía territorial se determina en los gatos por la fuerza. Por eso Bichita acepta no ser dominante, porque uno le da un revistazo o un revolcón y ella siente que la contienda no tiene discusión. Apela, como todo gato, al chantaje emocional. Usted sabe, ejerce el oficio de ser encantadora y uno cae como un tonto, pero al fin es porque uno quiere. Si ella ataca uno le da una prueba de fuerza. El revistazo.

Un día mi esposa veía Discovery Channel, yo dormitaba. La sábana ya adquiría una topografía, habíamos quitado las patas a la cama.

— Me preocupa lo de Bichita porque vamos a tener que enfrentarla así –señaló la pantalla televisiva.

Salí de mi letargo y fijé (o traté de fijar) los ojos: era un guepardo suelto en las sabanas tras un antílope. Agregó:

— Yo te lo digo y tú lo estás dejando para después.

— Mi amor, tranquila que el equipo gana (ni yo me lo creí).

La primera fase fue novedosa, dura pero incluso divertida. Mi esposa (que es diseñadora industrial) se dedicó de lleno a rehacer el instrumental básico de un hogar burgués. Eso junto a escaleras, algo de ropa que la señora Rosa ayudaba a coser, rutas de escapes si A o B. Fascinante.

Al final la señora Rosa tuvo que llevarse a Bichita y eso nos deprimió profundamente.

Lloramos por varios días como si hubiésemos perdido un familiar. Aparte de esto y una que otra cosa triste o melancólica, en el primer año pudimos hacernos una rutina dentro del cambio. Construimos una casa dentro de otra… una ciudad en nuestro apartamento. Una ciudad que en cada subciclo se reducía.

Y ahora que estoy solo les puedo hablar.

Mi esposa fue de excursión al otro lado de la alfombra, me preocupa que se ha demorado unos minutos más de lo que acordamos. No quiero que se entere de cuán aprehensivo me encuentro. Siento que estamos a las puertas de algo muy pero muy inusitado. Cuando yo clamaba por un viaje a los espacios insondables, no me refería a esto.

Creo que no es exagerada mi preocupación. Y más ahora que nos hemos propuesto tener un hijo. Me he dispuesto ser optimista no sólo de apariencia. Ella misma dijo unas palabras muy bonitas el otro día, mientras deambulábamos en honduras antes panorámicas.

— Si hay espacio, hay esperanza –y nos reímos mucho, por la ironía.

Como voy a ocuparme en vez de preocuparme, ya ustedes entenderán porqué me pareció pertinente el espacio como concepto o, quizá, como el objeto último de nuestra nueva religión. Porque no veo alternativa. Y por eso, aunque no lo crean y contradiga mis convicciones anteriores, mientras les digo esto pronuncio para mis adentros una callada e inofensiva plegaria.

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ILUSTRACIÓN INICIAL: Lúdico.

—También—————

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