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1. El mar que no es azul sino verde, verde azulado, exaltado por la luz solar, el cuerpo oscila arriba abajo. Un niño siente esto como disfrute del escape, del estar allí a pesar de la estrictísima prohibición. Qué agua, qué día. 1949. Uno puede literalmente ponerse por encima de las casas y las palmeras y las montañas de otro azul. La ola nos levanta pues. Ah pero también estar en el subsuelo, debajo del agua… Imías, la playa picada ese día. Corrió mojado a entregarse en casa.

2. Durante el embate lateral de Irma en Miami 68 años después, Camilo ya no es el mismo, no por la edad, sino por sus blackouts y ausencias que pueden ser intensos. Alina su hija está en ascuas tras varios escapes y, sí, exhausta de atender al bebé de dos años y al esposo distraído, duerme (descansa mejor dicho) más de la cuenta. Al despertar salta de la cama pensando en su padre. Se asoma por la escalera, la puerta deja ver un segmento de afuera. Al salir tiene a Camilo frente a ella empapado, con el rostro cómplice consigo mismo de todo pilluelo. Ejerce de hija: lo lleva rápido a la sala, lo seca y envuelve en una bata. Regaños intermitentes. Trata de escucharlo pero aquél calla, cayendo en una especie de éxtasis. En esos pocos segundos afuera, se dice Alina, ha retrocedido en la terapia.

3. La hija calcula que estuvo 10 minutos afuera, oscilando en ese mismo punto. Coral Pointe en Miller Drive es una comunidad peculiar, como un laberinto cretense de cotidianidad cubana, los pasillos de una casa trasladados al afuera.

Al salir, Camilo enfiló por el callejón frente a la puerta de su casa y un árbol estaba por desplomarse y en efecto se desplomó luego que pasó por debajo. La brisa que genera ese choque de hojas con el piso mojado lo bañó de espaldas y estuvo bajo el agua. Decenas de hojas lo saludaron con palmadas de diversas intensidades. Cayó hacia adelante pero el viento que venía y su caminar lo hicieron avanzar inclinado, es la hipotenusa de un ángulo que confrontaba al huracán.

Vinieron en su dirección gatos, ranas, patos, un plumífero voló y su ala despeinó lo que queda de cabello blanco. Los gatos presionaron sus patas contra las cercas blancas, queriendo trepar. Tres frutos de la palma silvestre volaron hacia él, Camilo se dobló para recoger un coco flotante, los proyectiles lo rozaron a velocidad de vértigo.

Un ramal completo se desgajó de un árbol, los brazos elásticos cayeron de tal forma que el cuerpo de Camilo se escurrió, solo rozó, como quien esquiva un alga bajo el agua. Las caminerías de cemento bordeadas por figuras de césped estaban desbordadas, de modo que Camilo fue empujado por Irma pero frenado por sus pies bajo el río en el suelo, como un esquiador. A ratos iba esquiando.

Rió a cántaros y la lluvia cayó en carcajadas. Ahora miles de hojas formaban un río volador que alcanzaba el segundo piso de las viviendas, todas cúbicas y de dos pisos. Las ventanas cubiertas por shutters eran impactadas por ramas y pequeños tallos, además del trepidar de las hojas que en miríadas eran una fuerza.

Siguió hacia delante. Un aligátor encontró en la incipiente inundación un puente entre su laguna y Coral Pointe. Camilo le pasó por encima con suficiente peso para asustarlo y molestarlo. Decidió perseguir y atacar al peatón despistado, los 30 centímetros de agua los navegó oscilando su cola prehistórica. El senior citizen no lo vio, siguió en su surfeo submarino. A dos metros de hincarle los dientes cayó un planchón de madera mal puesto. Camilo confrontaba la lluvia con ojos cerrados pero abiertos hacia adentro. El lagarto chocó contra la tabla y se devolvió a su charca algo humillado.

Y entonces la vuelta de esquina perfecta: la piscina enclavada entre casas y calles internas, enrrejada pero abierta, quizá sacudida su puerta por Irma. Entró y se lanzó. Arriba dos pinos caídos doblaron la cerviz para saludarlo. Buceó un poco pero los brazos ciclónicos lo llevaron hacia atrás, luego sacó la cabeza e igual el soplo lo hizo retroceder.

Vino otra ola. Debajo del agua la forma de mantener la locación es inclinarse en contra de la corriente. Gravedad compensada por fuerza del flujo submarino. Bajo el agua no hay castigos, ni culpas, solo existe el juego de administrar el oxígeno y subir cuando se acaba. Eso no pudo hacerlo por más de unos segundos.

4. Vuelve el hoy aunque no se ha ido el ayer. Sujeta el borde de la alberca, pero siente que se suelta. Madre, mima, mima brava, recuerda que está furiosa y ya sabes cómo se llama. Por eso si Camilo se suelta se ahoga porque ahora ha despertado en el sueño del sueño. Debe salir a la misma tormenta, salir de la nada y del agua. De la lluvia bajo el agua.

En paz (no ha estado los 10 minutos que estimará Alina, sino siete veces más), se suelta y con dificultad gana un borde, busca la escalerilla que tiembla, trabajosamente sube y camina sin rumbo hasta gravitar frente a su puerta. Lo demás es su hija que lo encuentra o él a ella.

Irma truena en Coral Pointe, y él le explica que lamenta mucho decepcionarla y retarla, que él la quiere y le obedece, pero que ha gozado un mundo por ese oscilar de la mañana, por esa travesura de bajamar… en el primer surfeo del laberinto o el último caminar submarino por aquella playa de Imías.

 


Gracias a Kelly Grandal. Imagen inicial : Lúdico.
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