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En una alta y nublada montaña un aprendiz presenta el examen final de clarividencia ante el Maestro Adivino. La prueba consiste en una sola adivinanza.

– ¿Vas a ser aprobado o reprobado?

El aprendiz contesta: “Seré reprobado”. ¿Cuál debe ser el veredicto del Maestro?

Veamos. Por lógica, si acierta lo aprueba y si no acierta lo reprueba. Si el Maestro lo reprueba el estudiante acierta y debe ser aprobado por justo acuerdo. Pero si el Maestro lo aprueba aquél no acertaría y debería ser reprobado por fallar. Y entonces si lo reprueba… Regressus in infinitum…

Esta ingeniosa paradoja me pareció una elegante travesura intelectual. Una inocente broma que gastaría entre mis amistades. Y así hice.

Estallaban de risa al advertir que, si podían, no debían y viceversa. Cambiaban rápidamente de tema. Paseé mi acertijo con deleite hasta que me topé con Zetaté, amigo con quien comparto ciertos fantasmas.

Después de reflexionar con inusitada seriedad, comenzó el siguiente diálogo:

ZT: Debe ser reprobado.

YO (MECÁNICAMENTE): Pero, cómo, si lo aprueba estaría acertando porque él predijo…

Negó con la cabeza.

ZT: Olvida la antinomia, olvida el aprendiz. El juego no tiene salida si razonamos por lógica, cualquier posibilidad nos lleva a contradicción.

Se arrellanó en el sofá y encendió ritualmente un cigarro. Yo ya imaginaba lo que vendría.

YO: ¿Y qué propones?

ZT (A LA CUARTA BOCANADA): Bien, el futuro es la porción incumplida del tiempo ¿no? Pase lo que pase siempre “será”… más allá del estricto y fugaz momento.

YO: Puede haber muchos futuros.

ZT: Entonces o acertar es imposible u ocurre solamente en uno de los muchos futuros.

YO: Sí, cierto.

ZT: Volvemos al principio… En cualquiera de los mundos, sólo Dios o la divinidad o lo sobrenatural pueden hacer una cosa y luego ubicarse antes de ella, hecha antes de hacerse. El Adivino participa de una vislumbre divina: no puede modificar nada, pero lo ve antes de hacerse.

YO: Antes de hacerse…

ZT: La predicción detallada y precisa del futuro, con matices y todo, vista antes de ocurrir, no es “natural” en el humano. Nuestro éxito se basa en nuestro aprendizaje intuitivo y luego estadístico. Pero clarividentes no somos, porque la estadística es aproximación. Claro, eso si el maestro no es un farsante…

YO: No, es un Adivino de verdad verdad.

ZT: …si es así, participa de un poder sobrenatural que determina ese futuro. Si estaba destinado a ser reprobado, debe serlo por cuanto el adivino sabe lo que va a suceder. La ética del problema queda entonces: Si es un adivino de verdad y acierta hay que reprobarlo. Si es un adivino falso hay que reprobarlo también, así acierte.

Traté de rebatir pero me sentí desarmado. Mientras hacía tiempo para analizar el asunto, traté de inspirarme en la famosa Navaja de Occam.

YO: Para mí, más allá de lo divino y del porvenir, nuestra paradoja plantea una cuestión de lógica simple: si adivina aprueba, si no reprueba.

ZT: Eso ya lo dijiste.

YO: Pero ahora lo digo en otro tono: el veredicto no puede quebrantar esas reglas, pero tampoco puede no hacerlo. Si el aprendiz contesta: “Seré reprobado”, no podemos decidir, porque en cada caso necesitamos ambas. No se toleran y están condenadas a vivir juntas.

ZT: Como muchos matrimonios -dijo sonriendo.

Al rato, más serio:

ZT: Concibes Maestro y Aprendiz como artificios o marionetas de un juego lógico. En las cofradías de alquimistas, como tú bien sabes, en las tierras donde habita la Magia, hasta las leyes físicas difieren por espejo cóncavo. Debe ser castigado por tramposo…

YO: El Maestro Adivino (que no es un farsante), conoce el porvenir preexistente pero no tú ni yo. Eso pide el problema: uno de ambos dictámenes que satisfaga las reglas lógicas sencillas. Dame una razón para sustituir la lógica por una ética.

ZT: Ninguna, si tu razonamiento se desplaza por los estrechos corredores de la lógica. Si Dios (lo divino) determina el tiempo y permite al Adivino beber de un pozo de clarividencia, no me hables de una lógica que comienza por excluir la misma noción de divinidad.

YO: Recuerda que hablamos de un juego “mental”, con posibilidad para restringidos milagros. Su planteamiento es deliberadamente caótico, como un laberinto mental.

ZT: Este acertijo, preso en tus laberintos mentales, resulta incompartible. Si acaso tiene algún interés, lo encontraremos en su aplicación a la magia. Las condiciones que altera su práctica, las deformaciones que produce en la causalidad de fenómenos, permiten que el Adivino lo repruebe sin apelaciones, porque su poder sobrepasa tu lógica, o la transforma.

YO: ¿Cómo?

ZT: Debe ser reprobado por contestar de forma que contradice la lógica en ambas direcciones. ¿Hay un sentido oculto para que haga tal cosa? Quizá, pero yo tomo posición por reprobarlo, por intentar descarrilar la ética con una lógica paradójica. De acuerdo con tu “lógica”, el fracaso de tu aprendiz engendra un triunfo fraudulento y encima “irrebatible”.

YO: Lo piensas desde la ética.

ZT: Si la divinidad existe, es más probable que actúe por ética que por lógica. No el problema, sino la manipulación de las palabras en su formulación es lo que trastorna la coherencia. Si el Aprendiz contesta: “Reprobado” debe ser reprobado ipso facto. La lógica queda reconstituida, porque ahora dice lo que antes no dijo, para confusión de todos.

En este punto de la conversa no había vuelta atrás. Habíamos pasado de un juego a un “tópico”. No me di por vencido.

YO: Si no conocemos el futuro, el dictamen y la predicción son lo mismo, porque no importa si tal decisión iba a ser, sino cuán bien la argumentemos. De hecho, si ocurre es porque iba a ocurrir y punto. Si la magia tiene sus propias leyes, han de ser secretas, legibles quizá para los iniciados o no siempre manifiestas de la misma forma.

ZT: ¿Qué quieres decir?

YO: Que podemos argumentar a favor de aprobarlo.

ZT: Lo dudo.

YO: Si los dictámenes de la divinidad nacen en un pozo de arcanos, nada me impide pensar en una orden secreta que apruebe al aprendiz, porque Dios y las cosas de Dios (como la clarividencia) son inescrutables y obedecen a un sentido ajeno a nuestra percepción y juicio.

ZT: Eso mismo.

YO: Bien ¡Yo clamo que también puede ser aprobado!

ZT: Siendo inasequible a la divinidad, la ética desconocida se puede variar a placer…

La discusión se extendió por algunas horas y de ese tópico saltamos a otros no menos inquietantes, como la paradoja de las ruedas dentadas que no se tocan, por ejemplo, o aquella de las nueve rejillas entrecruzadas de un tinajero. Por el bien de nuestra fructífera amistad y evitando desgastar prematuramente el tema dejamos la consideración de esta paradoja hasta una especie de tablas intelectual.

He intentado volver al tema, pero mi amigo lo elude inteligentemente alegando que el adivino no necesitaba preguntarle al aprendiz para dictaminar si era mal adivino. ¿Acaso el Maestro no sabía, de antemano, si debía aprobarlo o reprobarlo? Y al disponerse a preguntarle ¿no sabía que el aprendiz respondería: “seré reprobado”?

El ejercicio no deja de inquietarme: a la luz de la lógica, no acepta opciones; en el absurdo, las acepta todas.

Esto tampoco soluciona el problema, pero deja un sabor de conclusión que permite pasar con fluidez a un nuevo desafío intelectual.

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ILUSTRACIÓN: Lúdico.

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