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Un gran consorcio lanzó un producto cuya marca se hizo muy popular. Cuento esto porque hoy se cumple medio siglo de ese evento.

Esa marca tiene un nombre corto, pegajoso, fácil de recordar y que rima con gran cantidad de verbos y sustantivos de uso corriente. De entrada, el impacto del producto fue bueno pero no grandioso. Hoy en día es, como saben, el producto más vendido de la historia. En cambio, el nombre comenzó a hacerse muy conocido en la cultura popular desde los primeros meses.

Los comerciales de TV lo difundieron bastante, apoyados por prensa, pancartas y banners en la web. Ahora está, sencillamente, en todos los medios, incluso en estos nuevos hologramas publicitarios en los centros comerciales y los cascos tipo percepware.

El jingle inicial no fue particularmente pegajoso, pero ayudó a poner el nombre en boca de todos con menos esfuerzo, y encima acompañado de otra palabra en su eslogan, que rimaba. La gente empezó a repetir el estribillo, a veces cantado, recitado o simplemente declamado. Muchas veces lo decían tal cual, en otras sustituían la segunda palabra por variaciones muy cómicas. De hecho, en muchos países el nombre se conoce junto a su compañero rimador, cual frase indivisible.

El nombre ha tenido alusiones absurdas, políticas o sexuales. Ha nutrido metáforas, chistes,  e ingresó al juego político cuando mandatarios y magistrados lo usaron para significar que sus rivales no cumplían, en política, lo que el producto satisfacía plenamente en el consumo masivo. “Desnombrados”, por llamarlo de alguna manera.

Cuando alguien pregunta: ¿Qué hace el producto? Se responde: Lo que connota el nombre. ¿Qué es el nombre? El que los publicistas le pusieron al producto. Más claro no canta… un nombre.

73 canciones mencionan el nombre junto a otros referentes pop. Dos jingles han sucedido al primero, uno también tuvo tibia recepción pero el tercero fue una sensación: muy contagioso, imposible de ignorar y a veces se repetía y se sigue repitiendo una y otra vez en el entrecráneo. Un falso rumor de nuevo jingle hizo perder a la marca 7% de su valor en bolsa portemor a caida de las ventas.

Un rapero hizo una versión parodiada del jingle, llamada “Yingazón Bro”, que conteiene la pasmosa cifra de 622 palabras dichas en menos de cinco minutos, entre ellas 59 veces el nombre. Según esta declaración, tal denominación está involucrada en todos los males contemporáneos: narcotráfico, crimen organizado, explotación, lavado de dinero, hacking computacional.

El nombre, pues, comenzó a tener su propio significado o, mejor dicho, miles de significados. Secretamente cada quien ha establecido su conexión íntima con el nombre; le dan una connotación personal, trabajada por años. ¿El detalle? No se dan cuenta.

Se hizo sinónimo de conectar ideas, pero también de una forma concreta de terminar un conflicto matrimonial y por extensión de una situación tensa entre facciones o países. Fue la semilla oral-articulada de una nueva interpretación de Carl Gustav Jung, así como -dicen- un intermedio exacto entre Ying y Yang. Se le vio como una síntesis entre manzanas y peras ¡y por fin podían sumarse! Relaciones absurdas pero las pongo para que noten hasta qué punto el nombre ha sido una panacea, un amuleto o token, una Piedra Rosetta.

Significó cobertura, rencor, mirada de reojo, huevos de aves grandes (avestruces por ejemplo), ríos con corrientes circulares, mujeres impacientes, aeropuertos congestionados, recuerdos borrosos, recuerdos nítidos, parques de atracciones, desiertos, nubes tipo cúmulos pero con truenos, respiración entrecortada, la Fosa de las Marianas, lápices sin punta, electrocardiogramas, velas aromáticas, husos horarios, perros sin cola, perros verdes, videos en YouTube con muchas restricciones de copyright, boras, cartílagos, porros, ápsides, Tesseracts, mojones, pomelos, fonolibros, ganglios, homeomerías, Krakatoas, bengalas, cascaperros, zoofilia, hermetismo, apertura, la nada. Entre otros.

El nombre tuvo la paradójica circunstancia de hacerse más sólido mientras más elástico lo convertía el lenguaje popular. Reviso Google: al menos 820.000.000 de resultados.

Como fonema común, ya ingresado primero a los diccionarios de jergas y luego a los formales, además de los folksonómicos, el nombre tiene un puesto en la mente de cada ser humano que lo ha escuchado al menos una vez. La última incursión ha sido la religiosa, un conjunto de sectas y métodos de autoayuda que son la “verbalización de [el nombre]”, esta vez como recurso actitudinal ante la falta de fe que caracteriza este mundo nuestro.

El Papa lo deslizó sutilmente en el Tesauro Canónico, el Dalai Lama vio una analogía con el apego noble, aquel necesario para crear el yo que luego debe destruirse. En fin, el nombre estuvo cerca de Dios pero también de su Némesis, ya que muchos blasfemos y satanistas también le dieron espacio en sus libros prohibidos.

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Ahora ¿por qué les digo esto?

Me interesó tanto el tema que investigué o, mejor dicho, contraté competentes científicos. Uno de los más valiosos hallazgos ha sido que el nombre, todas y cada una de sus letras más la pronunciación en casi cualquier forma, activa un canal directo con el inconsciente.

Según la mejor opinión científica que obtuve, esa “llave” es un corredor a lo recóndito, la vía directa a un mecanismo evolutivo que alguna tara posterior había dejado inaccesible. Al activar el nombre la gente sentía algo innegable que no podía entender y menos explicar.

Algunos especialistas entrevistados llegaron a afirmar que el nombre ya es parte del ADN, dado que su constructo es capaz de “aparearse” instantáneamente con los nucleótidos de la molécula primigenia vía pensamiento, ello es, “bits”.

Y hay más, están los místicos: que hablan de la palabra elemental, el Tao, el Verbo, el Tetagramatón, la esencia misma del pensamiento resumida en la menor cantidad posible de letras. Todo eso y más cree la gente del nombre.

Y, sí, pienso contarlo todo en un trabajo que alguna vez terminaré. Una publicación a la que llamaré simplemente: El Libro.

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ILUSTRACIONES:  Lúdico.
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