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Publicado originalmente en 2010

Una niña de 16 años yace en un aposento vacío de luz. 1816. No podía siquiera sollozar. El ingenio español (muy dado a inquisiciones) había colocado a la grácil paloma en una bóveda pétrea susceptible a la más mínima vibración, que amplificaba hasta el tormento. Allí Luisa, un poco alucinada tal vez, se da cuenta al despertar un día-noche que no está sola. Oscuridad total, eco penetrante, todo hablado en susurros.

VOZ (JADEANDO).

LUISA: ¡Shhhh!

VOZ: Estoy asustado.

LUISA: Trate de no hablar…

VOZ: ¡No veo nada, casi no me siento!

LUISA: Frote sus propios dedos. Lo importante es no asustarte.

VOZ: Te juro que tengo que hablar para saber que existo. Esto no es común para mí. ¡Qué calor! ¡Y ese eco!

LUISA: No levante la voz entonces, porque el eco se hace más penetrante.

VOZ: Sin embargo prefiero hablar ¡créeme! Me siento sin entrañas, como vacío y creo que me falta la respiración.

LUISA: Eso pasa. Después incluso llega a temer el encuentro repentino con la luz.

VOZ: No entiendo.

LUISA: Olvídelo. Relaje sus músculos

VOZ: Dame tu mano. Necesito palpar a un ser humano. A mí no me siento.

LUISA: No amigo. Me da terror pensar que intento asirle y que mis dedos navegan el aire.

VOZ: Verdad, además estoy empapado, doy asco.

LUISA (SONRÍE PERO ESO NO SE OYE).

VOZ: Compréndeme niña, soy recién llegado. Hasta ahora no le encuentro nada positivo a este lugar.

LUISA: Yo sí, y mucho. Bueno, no mucho… preferiría estar afuera tostándome al sol. Pero es un lugar aceptable comparado con otros.

VOZ: ¿Con otros? ¿Con cuáles?

LUISA: Las cárceles de abajo. Los cuelgan de ambas manos en un canal. En pleamar el agua les llega al mentón y pasan días y días. Y se deshacen como borositas de casabe.

VOZ: Vaya borositas.

LUISA: La voz produce un caos harto ordenado señor, en comparación.

VOZ: ¿Qué? ¿Puede haber un sonido más atormentante que la propia voz?

LUISA: También debo hablarme para no desaparecer, mas hablo con suavidad, como si rezara. Yo rezo mucho ¿sabe? ¿Y usted?

VOZ: Sí, me comunico, pero debo advertirte que no soy propiamente piadoso.

LUISA: Oh.

VOZ (CIERRA LOS OJOS, DIBUJA UNA LEVE SONRISA PERO ESTO NO SE VE).

LUISA: Yo no rezo catecismos. Todas mis oraciones son diferentes. Ninguna se parece. Algunas terminan en cánticos, otras en polos de la isla…

VOZ: ¿Por qué no salen de ti?

LUISA: Quieren que hable. Creen que sé dónde está mi esposo. No sé dónde está, pero se me hace lejos.

VOZ: ¿Sabes algo que les sirva?

LUISA: No, sólo sé que vamos a ganar.

VOZ: ¿Tú crees que nos rescaten? Podemos pasar un día pero también el resto de la vida. ¡Y ese eco!

LUISA: Habla bajito.

VOZ: Ja.

LUISA: ¿De qué se ríe?

VOZ: No sé…

LUISA: Lo importante es bajar el volumen. Ya verás la luz.

VOZ: ¡Ah ya está! Estoy acalorado, alterado.

LUISA: Yo por mi lado siento frío, la oscuridad no es sólo ausencia de luz.

VOZ: ¿Qué hora es? ¿Habrá sol allá afuera?

LUISA: Nos darán la comida puntualmente. Lo que ellos llaman “comida”. Eso es parte del tormento.

VOZ: Tan cerca y tan lejos. Estoy a años luz del patio, de las columnas, del mar…

LUISA: ¿Años qué?

Disparos lejanos.

VOZ: ¿Y eso?

LUISA: Adiós a alguien (PARA SÍ) debió ser… Ummm… Quizá se harten de mi silencio y me fusilen de una vez.

Disparos.

VOZ: Más balas. ¿No tienes esperanzas de salir?

LUISA: He salido de otras, he llorado allá y aquí. Pero usted no llorará ¿cierto?

VOZ: ¡Ja, me levantas el ánimo! ¿Qué edad tienes?

LUISA: Dieciséis.

VOZ: Cuán niña. Me avergüenza ser tan anciano, tan ancestral y temer de tal manera esta oscura resonancia.

LUISA: Yo temí mucho, pero como dice el capellán, uno se acostumbra hasta al infierno.

VOZ: ¡¿Y lo dijo un capellán?!

LUISA: Sí, ha conversado conmigo.

VOZ: Y tú conmigo, si no estaría loco, y no obstante lo estoy a pesar de la calma que me regalas.

LUISA: Tengo meses detenida. Entraron en mi casa de forma innoble, buscaron a mi esposo y me maltrataron. Tenía cinco meses de embarazo.

VOZ: ¿Y el hijo?

LUISA: Hija. Nació muerta. Apenas me alimentaban y hubo forcejeo físico. No pude aguantar para dos.

VOZ: Tendrás muchos.

LUISA: Lo dice con una seguridad.

VOZ: La locura nos hace ver el futuro. Y la angustia me enloquece. Luego…

LUISA: El olor a tierra, el calor vaporoso y esa niña muriendo en mis entrañas. El capellán fue el único que me ayudó.

VOZ: Diles algo, aunque no sea toda la verdad. Ensayemos.

LUISA: ¿Me espía?

VOZ: Jamás.

LUISA: No es fácil. Mis piernas están aún manchadas con la sangre del parto. Me han sometido a varios interrogatorios, quieren quebrarme para que traicione a mi esposo. No me fusilan por vergüenza, que les queda un poco.

VOZ: Eres un tierna avecilla. Gracias a Dios lo inicuo tocó tus pies pero no tu corazón.

LUISA: ¿Y quién es usted?

VOZ: Lo último que oirás antes de la luz.

LUISA: ¿Y qué edad tiene, ya que preguntó la mía?

VOZ: Oh mi niña soy muy pero muy viejo… pero a la vez no tengo tiempo.

Cree dormitar y, en efecto, el fogonazo de la puerta abierta la baña por entero y la despierta. Se la llevan y todavía le queda un trecho hasta el destierro y la liberación.

 

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ILUSTRACIÓN: Lúdico.

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