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A Gulliver: una ficción del tamaño de Lilliput

Hace años

una gran organización mixta (estado-empresa privada) concentró gran parte de su inversión de innovación en una sola instalación: un pueblo pequeño, con más de 500 residentes. Para colmo, la construyó desde cero en una isla del inmenso río que bordeaba la sede del consorcio.

Parece obvio (y un poco frívolo, por supuesto) llamarla la “Isla de los Inventos”, pero así fue tildada por la prensa y por la propia institución. Se propusieron desde duplicar hasta quintuplicar las ideas originales, las mejoras, los inventos y las patentes. Para ello dotaron las hectáreas de la Isla con la infraestructura más completa imaginable: abundante energía, un ubicuo monorriel, lo último en domótica…

Fui asignado por mi periódico a hacer un reportaje sobre el décimo aniversario de la Isla. Los resultados eran confusos y, a decir verdad nada cumplidores de las promesas iniciales. Si damos por cierto que la “información es poder”, en la Isla se llevó el asuntos a extremos inesperados.

Política de las ideas (no confundir con “política ideal”)

En mi fugaz paso por oficinas, aulas y laboratorios, recopilé casos como el del “antropocentrismo dirigido” (trabajo de una red de estadísticos y sociólogos), una medida compuesta por 35 indicadores para expresar el conocimiento colectivo de cualquier proyecto. Se formuló el año 2 de la Isla y ya cumplía ocho años de profusas luchas por insertar o retirar indicadores.

Otro grupo de trabajo informático estaba empeñado en sustituir el bit por una unidad que midiera la masa de los electrones. De esta forma, a través de complejas y concatenadas ecuaciones, se llegaba al “Pesinfo” (acrónimo de “Peso específico de la información”). Más que producir el prototipo de un chip basado en Pesinfo, este equipo dedicaba sesiones de meses a buscar problemas que el Pesinfo pudiese resolver, ya que no se conocía ninguno.

Años atrás, este mismo tanque de cerebros hubo de abandonar el desarrollo de un lenguaje de programación llamado “Holomática”: la automatización de todo. Un programa que digitalizara en algoritmos absolutamente toda pieza de percepción y pensamiento del Universo conocido. ¿Por qué no se concretó el proyecto? Porque no pudieron automatizar Holomática y sin eso ¿cómo automatizar lo demás?

Un panel de antropólogos y teólogos desarrolló el prototipo de un “Teosensor”, un aparato capaz de transformar los impulsos nerviosos producidos por el sentir religioso en imágenes y sonidos sicodélicos, plasmados en una pequeña pantalla con altavoces. Pero el Teosensor también traducía cualquier emoción, de modo que el debate se centraba en si construir un inhibidor de impulsos no religiosos o venderlo como un traductor universal de emociones. El producto fue fuertemente cuestionado en Mercadeo por genérico y ha estado en revisión por años.

Los abogados, junto a algunos disidentes de los predios computistas, se centraron en la “Leganética”, un sistema de hardware-software para construir leyes. Tenía módulos estadísticos, para introducir las opiniones recopiladas de encuestas y focus groups. Cuando llegaron las redes sociales debieron añadir terabytes de espacio en disco para que los documentos de los juristas y jurisconsultos se combinaran con opiniones aleatorias de usuarios de Facebook, Twitter y otras comunidades en línea. La idea era alcanzar un sistema de balances y contrabalances para que los proyectos de ley fueran satisfactorios con la menor participación humana directa y posible.

La Leganética se puso a prueba en la propia Isla (producto: Leganeticus 1.0) y las normas parecían surgir de forma objetiva y automatizada. Pero las sospechas pronto se dispararon cuando se mostró que 90% de los dictámenes favorecía ulteriormente a los informáticos que programaron el sistema.

Otro caso estudiado fue la Edutrónica, la hija predilecta de una red de educadores cuya tesis fundamental era el fracaso del modelo presencial y magistral de profesores en todo el mundo. Sus investigaciones indicaban que los estudiantes pondrían atención y se esforzarían más si las clases fuesen impartidas por un autómata insensible e inmisericorde, que no diese prórrogas, ni concesiones, ni repeticiones.

Sólo así se justificaría producir el robot: la promesa de bajar 50% el tiempo actual de clases y aumentar en 150% el rendimiento promedio. Y todo porque la gente a veces necesita un poco de inflexibilidad.

Lamentablemente, el equipo ha caído en un círculo vicioso: diseñaron un “Edutrón versión beta” para estudios previos. El prototipo no era muy bueno entrenando, pero sí aprendiendo, de modo que el equipo se volcó a buscar aplicaciones donde se necesitaran robots alumnos en vez de profesores. Hasta ahora ha sido la empresa matriz la única compradora de prototipos Edutrones, para incorporarlos al proyecto Edutrón Maestro pero como alumnos.

Los periodistas pidieron a la Junta Directiva más protagonismo y, luego de años de intenso trabajo, generaron el novedoso concepto del Periobitgrafismo, una modalidad comunicativa que usa solamente interfaces naturales digitales, es decir, voz, imágenes como vistas por los ojos, emulaciones táctiles, etc. Todo esto basado en las prospectivas de la película “Reporte Minoritario” de Steven Spielberg, que muestra el mundo en el año 2054. Como falta mucho para ese año, los periodistas dedicáronse a discutir la agenda hasta tal fecha, en vez de desarrollar el producto.

Se estima comenzar el diseño del PerioBitAl cuando terminen esta “agenda”, pero hay enconados desacuerdos que impiden pasar de 2006 a 2007. El Líder de Proyecto renunció porque, según él, “un año inventado no puede durar más que uno real”.

Los médicos, que ocupaban un gran edificio en el borde occidental del campus insular, me mostraron los vestigios de la “Neurotrónica”. Al principio fue un proyecto prometedor, objeto de variados artículos y tesis de grado: la fusión entre la electrónica y el cerebro humano, de modo que pudieran influirse mutuamente. Se previeron todo tipo de aplicaciones: discos duros “suaves” para recubrir la corteza cerebral y multiplicar los recuerdos; cables y antenas conectadas a la masa encefálica y de ésta a aparatos diversos, para dictado, comando, transmisión de datos, control de redes, etc.

La Neurotrónica logró con relativo éxito la implantación del famoso “chip-N”, un microcircuito adherido al cerebro para potenciar sus capacidades de procesamiento. Desafortunadamente, el chip corría bajo la última versión de Windows, cuya salida al mercado se hizo apresuradamente sin corregir muchos “bugs”. El voluntario que se sometió al trasplante sufrió un colapso y no ha podido ser “reseteado” todavía.

Un grupo atípico fue formado por astrofísicos y filósofos. Sus talleres y tormentas de ideas (aparte de discusiones muy “tormentosas”) produjeron la “Cosmomática”, una disciplina un tanto nebulosa sobre cuyo significado se debate intensamente. Aún más, especialistas de otras áreas y equipos asisten a las ardientes diatribas en amplios auditorios atestados de carteles, proyecciones y diagramas (se dice que apuestan, incluso). Pero qué es la Cosmomática, propiamente, no lo sabemos.

La investigación que conduje conoció muchas otras propuestas, anteproyectos, papeles de trabajo y meros conceptos, como el “UltraGutenberismo”, el “Macrokáker” o el “Antitrastabillonismo”. También, claro, están los términos listos para salir al mercado (pero que nunca vieron su lanzamiento) como el proyecto consentido de un teamwork muy especializado, el “Vaval”, acrónimo de “viaje a velocidad-luz en ámbito local”, una teoría relativista que se resumía en un experimento que jamás se hizo pero que logró poner cuatro teasers en YouTube.

¿Y qué es de la Isla hoy en día? Sigue allí. Por fuera todo luce igual, pero dentro de los edificios hay intensa y secreta actividad: los sacerdotes de la “nueva praxis” dedican su tiempo y mente al culto inextricable de todo lo que no es físico, su verdadera fuente de poder: lo nombrable que no existe. Y sobre todo porque no existe.


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ILUSTRACIONES: Lúdico.

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