Cuento cuasi porno

Hace años L. era un adolescente de carne y hueso, es decir, dominado por las hormonas y la incertidumbre.

Su interés o normal obsesión por el sexo no eran compensadas en la realidad. Una vez visitó un prostíbulo pero su susto le impidió al instrumento ponerse a tono con la ocasión. La segunda oportunidad ocurrió con la señora de servicio de un amigo, de pie, muy incómodo… pero algo hizo. Decepcionado y ansioso revisó sus revistas eróticas (lamentablemente el único terreno donde palpaba mujeres fabulosas) y encontró por casualidad lo que parecía ser un anuncio solicitando actores para fotos y películas de adultos. Su contextura corpulenta y su “rostro serio” lo hacían parecer mayor de 18.

Contactó la misteriosa oficina del anuncio y, luego de infructuosas semanas, llegó por fin una carta astutamente remitida por la Sociedad Científica Hank E. Pam Key que le dio instrucciones de presentarse en un aparthotel semi-escondido. Fue recibido por una extraña mujer de pelo púrpura. Lo llevaron al fondo del apartamento, a una escenografía de profundo mal gusto: cortinas de terciopelo, alfombra mullida, batas de baño con motivos felinos. Un hombre de sexualidad indefinida apareció, seguido por asistentes que rápidamente instalaron cámaras y luces.

El hombre explicó a L. que harían una prueba y que de acuerdo con el resultado lo llamarían. “Desnúdate”, le ordenó. El pobre L. no tuvo más remedio que despojarse lentamente de su ropa, siguiendo inconscientemente la rutina porno, oscilante, sugerente, artificiosa. L. quedó sin pantalones pero con la franela puesta, el director de escena lo conminó a detener el strip. “Siéntate en ese sofá y mastúrbate”. L. obedeció y pronto daba rítmicas estrujadas a su órgano. “¿Cuál sería mi primer trabajo?”, inquiríó, como para dejar claro que no olvidaba sus motivaciones sustanciales. “Bien”, dijo Indefinido, “creo que con las trillizas Diavolo y Tina La Latina para un quinteto en el infierno”. La sola alusión de esas diosas del averno dionisíaco lo puso en velocidad de crucero y llegó incluso a jadear notoriamente antes de eyacular repetidas veces. “¡Corten!”.

Indefinido prometió llamar pronto a J. porque auguraba buenas críticas a la prueba. Pero la invitación al placer sin fin nunca llegó. Ni trillizas ni el infierno triple X. Quince años después los fotogramas del olvidado casting se han reproducido miles, incluso millones de veces en el flujo interminable de internet. Así como hay imágenes paradigmáticas de lesbianismo, orgías, felación y otras variedades, las de L. han llegado a representar el onanismo exhibicionista. Hay memes, galerías, incluso “fakes” (sus fotos en pleno batida manual pero con rostros sobreimpuestos de celebridades y políticos).

Y no hay duda que son sus fotos: el reloj, una marca distintiva en el dedo medio (se había rozado por accidente con un alambre que sobresalía en el jardín), la hebilla de la correa y, por supuesto, su amado miembro, que nadie como él conocía. Soñó con todos los placeres de la carne en el mundillo X-rated y lo único que logró fue ser una versión fotográficamente cruda del Gran Masturbador.

(Por favor no digan: “¡Corten!”)

 

 

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Imagen: Lúdico.

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