A Faitha Nahmens

Pascualino  nunca había vivido tan adentro en la selva, al menos 7 kilómetros de Taborda, el pueblo más cercano, al borde de la carretera costal-fluvial.

Pero en esa selva son enormes las distancias porque nunca se va en línea recta y el trecho puede ser mortal si uno no lo escudriña. Su cabaña ha crecido de rústica y tosca a más confortable para Pascualino y Marcel, cuando lo visita.

Para su contento, Marcel pasa parte de sus vacaciones escolares con su papá. A ambos les encanta porque salen a cazar, pescar o –por primera vez para el joven─ visitar los bares de Taborda y Curiamba, a donde le había prometido su papá llevarlo a hacerse hombre.

2. Pascualino sale a pescar, deja a Marcel durmiendo. De vuelta con la captura protegida en una bolsa, toma un acceso nuevo por un cerrado bosque de palmeras. Hay espacio para caminar, pero arriba las copas se entrejuntan y hacen difícil al sol colarse.

Se topa con un área de unos 120 metros cuadrados, deforestada naturalmente. Lo cruza un arroyo angosto pero voluntarioso. Parece un jardín bien podado, pero no hay intervención humana allí.  La trenza de agua a veces se desborda por aquí o por allá, creando una pequeña geografía de lagunas, canales y pequeñas longas de tierra engramada.

Pascualino las conoce, pero ésta es más curiosa: como encajada en la punta de una meseta de piedra, cruzada por ese líquido fresco. Cuida muy bien de ver dónde pisa, por los charcos y la inminente presencia de ciertas hormigas.

─ Es un “Jardín del Diablo” –se dice-, me gustaría que lo viera Marcel.

Ése es el nombre que los indígenas le dan a este fenómeno de la selva. Siempre han pensado que un espíritu maligno devasta áreas específicas del Amazonas, quizá para crearse altares o paradas de descanso, y solo permite que viva allí una sola especie de árboles, en este caso la duroia hirsuta, de largos tallos con retoños desde la base hasta el tope.

Unos pasos más allá las observa en movimiento, decenas de miles de hormigas. Pascualino no sabe los nombres en latín, pero es la especie myrmelachista schumanni, conocidas como “hormigas del limón”, no porque deambulen en estas frutas sino porque al ser masticadas tienen un sabor fuertemente cítrico.

Las “limoneras” cubrenlos tallos de hirsuta, aunque van por tierra también. Son tantas que en algunos casos parecen ramas negras que se hinchan y deshinchan. Las que llegan a tierra pasan en largas filas de mata en mata. El minúsculo río serpentea y en algunos puntos se bifurca, en otros se empoza. Nota que en una orilla las hormigas viran al no poder atravesar la corriente.

Pascualino recoge un palo ligeramente aplanado. Lo coloca entre las ribera del estrecho arroyo. Hunde con cuidado ambos extremos para fijarlos. Observa con infantil sonrisa que un hilo de limoneras lo cruza, como el puente que faltaba en ese preciso punto.

Cava alrededor de un par de hirsutas y, al ser habitado por el agua, aísla ese terreno del resto (y sin puente). Hace otros ajustes pero el hambre lo invita a volver a casa.

3. Preparando la pesca para el almuerzo comenta a su hijo:

─ Encontré un Jardín del Diablo.

─ ¿Cómo el de Caritagua?

─ No, éste es distinto, con hirsutas, grama en el suelo y un arroyo que lo cruza.

─ ¿Te dije que ya sé cómo se forman?

─ No, pero dime…

─ Las hormigas anidan en las ramas de las hirsutas y, en realidad, destruyen todo árbol distinto.

─ ¿Las hormigas?

─ Sí, les inyectan un ácido [fórmico] a las plantas y las matan, excepto a las hirsutas, por eso predominan, crecen y se alimentan. Los demás desaparecen.

Este mutualismo, ese herbicida natural, hace que ambas especies prosperen y los científicos han descubierto “jardines del diablo” de hasta 800 años. A Pascualino no le gusta mucho esto, es decir, escuchar esta organicidad con terminología científica. Él prefiere un lenguaje más llano y antropomórfico. Si pones un puente lo cruzan, pues.

4. Al día siguiente le pide a Marcel que lo acompañe. Su hijo se sorprende de cuán afanado está Pascualino de intervenir la topografía. Con el machete desgarra una hirsuta que yace en el suelo. El arroyo está más ancho y fuerte.

Levanta un muro de tierra por si acaso se desborda el riachuelo. Poco a poco crea una ciudad o, mejor dicho, una “formicópolis”, una pequeña comarca de hormigas con “plazas”, caminos, montículos, agujeros, oasis de brotes verdes y muchas murallas minúsculas que Pascualino -piensa- le darán orden a un mundo usualmente más caótico.

─ Papá no pierdas el tiempo… que si llueve todo eso se viene abajo.

─ No si se construye como debe ser. Mira, estructuras grandes, puentes, incluso islas separadas por canales del arroyo…

─ No sé… aquí nada se mantiene igual por mucho tiempo.

─ La selva es la misma, pero cambia a cada instante, es verdad. Por eso los humanos ponemos orden.

─ No sé papá, no me parece.

─ ¡Ah, adolescente y casi universitario! ¿Cómo te discuto?

Se fueron a casa para que no los agarrara la oscurana.

5. Otro día, pero esta vez va solo. “¿Y si le pongo nombre? Tengo que llamarlo de alguna forma. ¿Qué tal “Terradiabla” ja ja? ¿Jardín Pascual-Marcel? Ja ja ¿qué jardín? ¡País!”

Se decide por “Tierra Nuestra” y en ese “nuestra” incluye por supuesto a las limoneras, a quienes siente como los ciudadanos cuyo país regenta.

La comunidad prospera y parecen vivir en paz y armonía. Su ciudad-estado incrementar la actividad y la prosperidad. Ahora es un mutualismo triple, donde el hombre participa sin destruir.

6. Un día más. Marcel se queda a dormir en Taborda con una tía. Pascualino se concentra en su obra: abre caminos, reservorios, tumba una mata para probar si así conecta mejor con la “isla” que inauguró hace semanas. Lamenta que Marcel no esté para ayudarlo, para compartir, para contradecirlo. Ya le contará, lo quiere tanto… y pronto se va a la lejana capital.

La comunidad se expande. De repente espanta con un palo a dos insistentes osos hormigueros. Eso lo obliga a reforzar un muro lateral que termina siendo alto y rematado con troncos.

Pascualino piensa en voz alta algo intrigante, sorpresivo e instantáneo.

─ Erróneamente las llaman “jardines del diablo”. En realidad son ciudades de dios. Diosito [mira al cielo que se cuela entre los follajes] tú eres la deidad, pero aquí en la Tierra yo soy el dios jornalero, pero dios al fin.

Mira con orgullo su rearreglo, su reforzamiento. Observa con frustración que muchas limoneras simplemente se salen del ámbito. Pone barreras pero nada. En un rapto de furia las tapiza, al instante se arrepiente pero ya es tarde. Se va pensando que un dios, aunque sea terrenal, no puede sucumbir a la furia o la impaciencia.

7. Con Marcel en casa de nuevo pero pronto a irse, lo lleva a que contemple sus progresos demiúrgicos. El hijo, más ágil llega primero y se devuelve a buscar a Pascualino.

─ Papá, tienes que ver esto.

Llegan a Tierranuestra y contemplan una batalla  campal entre las hormigas y una salamandra en sus últimas en este mundo. Trata de separarlas con un palo, improvisa, el dios interviniendo en su creación, el dios torpe… Pero es demasiado tarde, las limoneras ya han inyectado cientos de microdosis de juguitos paralizantes. Pascualino le pisa la cabeza con un tronco para ayudarla a morir.

8. Antes de la partida de Marcel, Pascualino visita varias veces Tierranuestra y siente que ha llegado a un punto de equilibrio que su hijo no es capaz de notar o apreciar. Así que decide demoler ese escepticismo adolescente y un día antes de despedirse en Taborda, lo invita al Jardín del Diablo, ahora regentado por un representante del dios bueno. En la vía conversan.

─ ¿Sabes hijo que el riachuelo se desbordó? Pero nada grave porque mis canales de agua funcionaron, como un aliviadero.

─ Menos mal.

Marcel se adelantó. Minutos después ve a su hijo detenido observando, a una distancia prudencial, Tierranuestra. Al llegar también lo paraliza la visión.

Una pequeña manada de osos hormigueros gigantes del Amazonas no se da abasto con tantas hormigas, tan fáciles de comer. Unos las deciman en la tierra y otros simplemente extienden sus trompas hacia los tallos de hirsuta.

Pasa el brazo por el hombro de su hijo, como todo padre que va a formular una importante lección de vida, pero nada le sale porque su sistema de creencias está siendo devorado por oscuras y peludas trompas.

Al final salen las palabras pero nunca entenderá de dónde ni porqué. El caso es que solo murmura:

─ Que se haga la voluntad de la naturaleza en la Tierra. Y en  el cielo… no sé.

A lo lejos contemplan la llegada de otros osos que rápidamente se unen al festín.

Padre e hijo dan la vuelta y se van por donde vinieron.


 

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