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El otro día lo despertó la voz del diablo. El viento se aglomeró en su puerta, abierta de golpe. Una hiena de ojos incandescentes luchaba, contra un viento terrible, por mantenerse estática frente al marco irregular. Atrás nubes de polvo vaporizadas por la luna. El sonido de la tormenta empezó a formar palabras:

—Te espera El Carcelero.

“Estoy solo en el mundo y tocan la puerta”, se dijo, aterrorizado por la hiena que lo miraba amenazante, con espuma en la boca. Acto seguido no estaba.

Se asomó, asido al marco de la puerta. El desierto parecía el fondo de un mar tenebroso, porque las bocanadas de arena se mecían cual espectros que literalmente subían al cielo. Y la luna, en vez de colorear ese mare magnum de azul, lo hacía de un amarillo verdoso, como paredes aguamarinas y enchapados de madera, con luces que se encienden y apagan. Y por encima las nubes de arena que entretejían sus dedos alrededor del disco selenita.

Contra todo pronóstico, salió. La lluvia horizontal de minúsculas piedras lo azotaba. El rugir del viento arrancó de cuajo la pequeña cerca que le aísla de ciertos animales errantes y se perdió entre las olas de arenisca.

Volteó a ver su casa, su cueva en la montaña y se desvanecía entre la polvareda, y eso le dio un escalofrío: sentirse lejos, perdido de su prisión de ermitaño. Es el desierto, lo que rodea y lo separa de las ciudades y los pueblos. Y ese día el desierto, en una noche amarilla y brillante pero sobrecogedora, le hablaba.

Caminó sin parar al vórtice del tornado, que era un valle enclavado en la arena. Bajó igual, incluso sospechando que podía quedar sepultado, porque en esa sima ocurría algo que movía la materia, demasiado vivo para pensar en el infierno, pero también cercano a la destrucción o a lo destructivo. Llegó al fondo del foso.

Un indecible maremoto de viento anaranjado, incandescente, lo bofeteaba. La luna la vió cual trazas muy rápidas que dibujaban y desdibujaban un círculo siempre irregular. Frente a sí apareció Belcebú, muy pero muy diferente a como lo había anticipado: era una muy fuerte perturbación del suelo, como un taladro de brisas, como dedos escarbando y lanzando la piedra al cielo. No había forma humana allí pero sí mucha maravilla.

“¿Quieres volar?”, le preguntó. Él trataba de detallarlo, pero no había rasgos en esa emanación del suelo. Sentía una fuerza de músculos cósmicos, el equivalente a un león sideral o un toro de fuego, fiero pero sin intención de aniquilarlo, ya lo habría hecho y con qué facilidad. Más bien, diríamos, ganarlo.

Seducido por el tono y por la forma, se acercó a Gog para preguntarle por la redondez del mundo y las piedras más pequeñas. Y entonces oyó un susurro, vió el azul lácteo. Era la mano divina, que abría un boquete en el vaho circular, nuboso, a muchos metros sobre la boca del pequeño valle.

Dios le dijo cosas que no entendió, pero que sonaban magníficas. Una ciudad de piedra y argamasa que flotaba en las nubes, un día claro sin brisa, ángeles que ejecutaban reverencias. Bajó la vista.

Se desnudó y se dejó rodar por las últimas inclinaciones de las dunas. Sintióí el placer del miembro colgando, desafiado su peso por el sutil huracán. La arena estaba caliente y provocaba arroparse con ella del gélido entorno.

Semienterrado, ya en el punto más bajo del valle, escuchó a lo lejos un temblor, mezclado con aullidos que se entrecruzaban a una salvaje velocidad en dirección a él. Su corazón, los tambores, minúsculas pisadas que de tantas parecían movimientos telúricos, volcanes rugientes. Todo se despertó en él.

Luego de arenas despejadas observó el cuadro más aterrador que jamás pobló sus ojos: una jauría, desbocada, chacales, hienas, dingos, de esos perros que son también gatos, algunos cancerberos, quién quita que mantícoras y otras bestias que ha observado olisquear su cerca… se dirigían a él con la intención de desgarrarlo, de devorarlo vivo. Los ladridos, los gritos, las voces salvajes se acumulaban en su tímpano herido.

Saltó de su refugio tibio y emprendió una carrera sin futuro hacia las colinas de tierra ocre. Sus pasos se enterraban en la arena, pero los canes parecían correr en el aire y ya los separaban escasos 300 metros.

—Alalel, ayúdame.

Calculó como diez mil fieras desatadas. El alcance era inminente. Había escalado escasos cien metros, las primeras patas ya comenzaban a usurpar sus huellas desesperadas. En un momento, decidió detenerse y dejarlos llegar, con la dignidad de un anacoreta entrampado por el ángel de las tinieblas.

—Dios mío, perdóname.

El chacal de ojos de fuego lideraba el grupo. Se dirigió con velocidad extrema hacia su pobre cuerpo abandonado y saltó sobre él. Súbitamente un golpe de brisa, como los dedos invisibles del ciclón, lo levantó del suelo y juró que vió la jauría completa como un estallido a la inversa, los ojos anaranjados eran trazas, como estrellas tragadas de súbito.

Acto seguido estaba en el aire. Ignora si le proporcionaron algún tipo de amarre, pero voló como agarrado a una cuerda. Fue sacudido y empujado hacia arriba (al final el evento le parecía tan maravilloso que olvidó su violencia). Trató de divisar su cueva, borrada la tenue luminosidad de mis carbones encendidos.

A diferencia del preso escapado, estaba él en clímax de sorpresa, de maravilla. Verde y azul claros, grama y cielo, esculpen en la mente colinas de césped y bóveda circundante. Pero en este caso el fondo era la negra noche y ráfagas boreales. Vió entonces en todo su sobrecogedor esplendor la llama demoníaca, Magog parecía saludarlo con una mano ígnea.

Luego, vapuleado por la tormenta, miró hacia el cielo y, como un agujero azul en ese vapor, el boquete abierto por el demiurgo. Estrellas en el fondo… La oferta del perdón, la cabeza baja. Intentó orar, pero le daban ganas de gritar. Abajo los chacales y perros estaban poseídos por un frenesí devastador y se peleaban y devoraban entre sí.

Sus latidos casi revientan el pecho. Corre en el aire, patalea más bien, vuela sin dirección como en un tornado. No hay paredes o son inmateriales y transparentes. Abajo los aullidos y los cadáveres y la sangre canina se integraban a la arena y ésta la levantaba en remolinos eólicos hasta él.

Atmósfera irrespirable, arena roja, una luna desdibujada, la mano y la voz del diablo, un agujero abierto por Dios, la soledad, la reclusión, paredes pintadas, paredes invisibles, el cáliz, la masturbación, San Romualdo, latidos frenéticos, entrar y salir, en la casa y en la cama, un preso escapado, la jauría, los dientes dispuestos a rasgar una piel, las dunas, su prisión perdida en la brisa, su alma entre los guerreros siderales…

Despertó semienterrado. Era de día, el sol abrasador hizo estragos en su espalda. Se levantó, desnudo, no vió signo alguno del infierno en el valle, ni cadáveres de hienas, ni las marcas del fuego fatuo sobre el foso del valle.

Con dificultad retomó sus pasos, subió al tope y buscó orientarse.

— Yo lo único que quiero… [tosió] es volver a mi celda…

 

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ILUSTRACIÓN: Lúdico.

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