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1. La Caracas de 1910 era tranquila y fría. Esa ausencia de ciudad dejaba colar frescas bocanadas de El Ávila, la principal tracción era de sangre y había muy pocas construcciones mayores de dos pisos.

Las noches eran frías y tenuemente iluminadas. Ese noviembre en particular.

Consuelo Alcalá de Hidalgo era una dama joven muy respetada por su religiosidad y membrecía en la Liga de Jesús local, a la que dedicaba todo su tiempo libre. Rafael José Hidalgo era un hombre 10 años mayor que ella, luchando por echar adelante su matrimonio, a ver si lograba la ansiada descendencia. Lucían enamorados, aunque Consuelo no era elocuente sino devota, de modo que su mirada parecía siempre fija en algo más allá del aquí y ahora. Pero no había inconvenientes en verlos felices. Y la vieja Alcalá también, viendo el fruto de educar a Consuelo en la sagrada consagración. Era lo mejor de dos mundos: beata pero capaz de darle nietos.

La familia Alcalá pertenecía a los distinguidos de Caracas. Su hogar daba fe de esa alcurnia. La casa de dos pisos en la esquina de Pericos a Palma ya no tenía la gloria decimonónica que le dio el pater familia †Don Fermín Alcalá Romero. Para la primera década del siglo XX estaba dividida en tres apartamentos (si cabe el término): la planta baja, hogar de la viuda Visitación de Alcalá, mujer también muy estimada por su religiosidad, fundadora de la Liga de Jesús y miembro activo de las Hermanas de Sión, otro grupo de oración de las damas de sociedad. Con ella vivía su hermana Trinita, otra afiliada de ambos grupos.

La planta superior estaba dividida en dos viviendas: una para Consuelo y Rafael Hidalgo, y la otra mitad para Juan Martín Alcalá, su hermano mayor, quien vivía en otra parte y lo ocupaba de vez en cuando. Cada vivienda, aunque en el mismo edificio, tenía una entrada independiente.

Plaza Bolívar de Caracas, circa 1900. Foto de autor desconocido.

2. Hacia noviembre la casa de los Alcalá y los Hidalgo empezó a ser noticia y no por buenas razones. Fueron pocos episodios pero muy intensos. A la sólida quietud se abrió paso en madrugada un jadeo ululante en el piso superior. Consuelo, parecía ser. Luego quejidos de un dolor casi místico. Pasos de Rafael José. Se calló pronto. Todo volvió a un silencio tan normal que las dos señoras de abajo volvieron a la cama. Rafael José confirmó luego que había sido su amada. Un mal sueño.

Dos semanas después otra vez la aparente pesadilla. Con sus ojos cerrados pero intranquilos bajo los párpados, Consuelo repetía frases en latín, o así parecía. “Vade retro satana”… ésa fue descartada. Pero repitió “Ningrún” aunque nadie supo a qué lengua correspondía. Lloraba quedamente y se quejaba como invadida por un dolor fuerte que iba y venía. Rafael José se desesperaba y la “jamaqueaba” para despertarla, lo cual empeoraba la perturbación de la bella mujer. Sudaba. Luego de interminables intervalos de sacudidas, parecía salir de trance y despertar.

Juan Martín, el hermano que estudiaba medicina fue llamado y acudió varios días después. Luego de casi una semana infructuosa durmiendo en su parte de la casa, fue despertado un día y somnoliento escuchó los gemidos que le helaron el corazón, alargados, profundos, tétricos sin duda porque evocaban cierta pérdida de la razón. Demasiado indescifrable para pensar en una personalidad dividida, pero sin duda dentro y a la vez fuera de la mujer que los emitía. Rafael José la sentó en la cama y ella oscilaba en trance, callada pero no despierta, más bien reía y si caía de nuevo en el colchón volvía a llorar. El estudiante le echó agua en la cara, le inmovilizó la cabeza con ambas manos y la sacudió hasta que despertó.

─ Ahhhhh -como quien emerge de un río donde se ahoga.

Juan Martín la sentó, el esposo la abrazó, pero el bachiller estaba más interesado en interrogarla. Consuelo lloraba y apenas podía articular palabras.

─ Oh Dios mío, perdóname, ¿me he alejado para qué me castigues así? ¿que no recuerde nada solo esas sombras, esos volúmenes, ese calor del infierno? -llora-, solo recuerdo al diablo frente a mí o a un enviado, detrás de él una luz potente pero la bloquea y veo un resplandor, es un ángel del infierno que me engaña, me acorta la respiración y me hunde en la oscuridad –se quiebra en llanto, a su alrededor la acompañan con gritos y crujir de dientes. Pero… -se estira- estoy bien -sonríe.

Esa sonrisa tranquilizó a madre y a tía, quienes bajaron a descansar (si acaso pudieron).

Su hermano Juan la interrogó “médicamente”. Consuelo poco recordaba o sí, lo que ya había reportado: alguien cuyo rostro no veía, algún tipo de íncubo invasor, y detrás un resplandor rodeado de oscuridad. Lloró porque imaginó haber estado en un lugar inicuo. El hermano quiso despejar esas creencias. Son dormires perturbados, pesadillas y ya. Le recetó remedios  caseros, valeriana antes de dormir y otros cocidos. Su diagnóstico fue enfático: Nada de qué preocuparse.

La siguiente vez, dos semanas después, Visitación entró sin permiso al cuarto, con un aguamanil en la mano. Rafael José estaba tan nervioso que no reparó en la intrusión y más bien la agradeció. Afuera Trinita rezaba, llorando, porque ambas temían lo peor, lo impensable. Consuelo rasgó la noche con el chillido de un animal herido, solo que con voz a la vez angelical y maléfica. Como si el íncubo hubiera ganado terreno.

Rafael José, absolutamente rehusado a creer lo insólito, lo innombrable, solo podía pensar en una indisposición mental, un espasmo más vesánico que sobrenatural.

Pero Visitación le reclamó con los ojos su falta de lucidez y aceptación. Llegó Trinita, se abrazaron llorando y a Rafael José también se le salían las lágrimas, solo que su rol de hombre de la casa lo aguantaba. Para la madre de Consuelo era la visita de algún espíritu perturbado que le mandaba mensajes, un alma perdida que contactaba a una santa para que la guiara a la luz. “Pero la hace sufrir porque tiene a la oscuridad detrás de sí”.

Trinita era más pesimista. No quiso ni por asomo mencionar la palabra “posesión” pero la sugirió de muchas formas. Ambas concluyeron –con terror- que era algún demonio del que solo veía la silueta, como una oscuridad solo un poco más clara que el fondo. Y vertían más y más lágrimas.

3. Con mucha discreción llamaron al Padre Vizoso, no obstante ya los vecinos sabían más de lo necesario. Se rumoraba que Consuelo tenía problemas para dormir y pesadillas recurrentes. Las creyentes le daban una vuelta más a la tuerca: esa bella mujer de blanca palidez estaba poseída por un demonio que luchaba por llevársela a la noche perpetua de Gog y Magog. Esa niña, pues, estaba en peligro de muerte.

Vizoso se puso en guardia, pero con Consuelo despierta no avanzó mucho, dado que era la misma mujer dulce e iluminada por la gracia del señor de siempre. No recordaba sino lo que repetía una y otra vez. Pero su pedido de que la dejaran en paz encendió alarmas.

Un sábado cruzó la neblina caraqueña a las 2am, junto a la servicio de Visitación, para llegar al segundo piso de Consuelo de Hidalgo y verla semidespierta, elevada artificialmente por almohadones, despeinada y exhibiendo una sonrisa vesánica, diabólica… Vizoso la rocío con agua bendita, sacó la cruz y la presionó con fuerza sobre la base del cuello, invocó a la Virgen y luego al Cordero que Quita el Pecado del Mundo.

A pesar de sus visitas, rezos y ritos, Consuelo no recordaba nada más y parecía predispuesta, sobre todo por su dormir inquieto y el escape intermitente de gemidos y la invocación de un dios pagano cuyo nombre no podían discernir. Algo oscuro, enorme, como El Ávila omnipresente en la Caracas de 1910.

Noches después Trinita llevó, a escondidas, una santera llamada Tania conocida en el oeste de la ciudad por sus “trabajos”. Tal convocatoria era impensable para las hermanas Alcalá, pero la desesperación las empujaba a tomar medidas extremas. La mujer sexagenaria y desdentada declaró que la posesión era fuerte. Usó por primera vez esa palabra indeseable, proscrita, pero cuya verdad saltaba a la vista. No prometió nada y a decir verdad tampoco logró mucho. Solo quedaron sesiones horrendas, en las que vociferaba en medio del sólido silencio caraqueño. Si había dudas en el vecindario, se disiparon esa noche.

No obstante, antes de que se hiciera un escándalo, la “posesión” de Consuelo cesó para no repetirse más. Algo en ella despertó o escapó de la ciénaga que la atrapaba. Nunca más ocurrió el incidente cuyo misterio solo podría ser revelado por un narrador omnisciente. Consuelo y Rafael José vivieron con considerable felicidad hasta avanzada edad. Consuelo tuvo hijos, nietos y bisnietos hasta morir de vieja en 1962.

4. Su última crisis ocurrió a mediados de diciembre de 1910. Cuando la valeriana hizo efecto, apoyó grácilmente la cabeza en el almohadón. De entresueño pasó a sueño profundo donde se vio en el Mercado lateral a la Urdaneta, a dos cuadras de su casa, lleno de vendedores proletarios y ambulantes, como ese mulato alto y fornido, que la miraba lascivamente para su rabia (pero secreta y sorpresiva excitación).

Lo esperaba en una casa inespecífica, mezcla de la de abajo con la de las Galípoli y algo de la escuela Mariano Eustaquio Narváez. Buscaba la cama y yacía boca arriba. No era su cama, sino la de una tía lejana y no sabía porqué. Pronto el mulato de las frutas, llegaba silencioso y casi invisible excepto por su silueta y solo era delatado por la respiración. Trepaba la cama, le subía el camisón a Consuelo, le separaba las piernas, se bajaba el pantalón y sacaba el descomunal miembro erecto para penetrarla e iniciar un embate salvaje que la incrustaba en la cama y la sumía en un placer a la vez diabólico y celestial, hasta sentir que aquello le salía por la boca y le trancaba la respiración y solo veía su silueta y no era un diablo, o el diablo se había transmutado en un ángel oscuro y sudoroso como el mítico Chiridirilles. Por prodigios de la mente esos pocos minutos contenían horas y horas de sexo salvaje. Cuando llegaba Rafael José y tocaba la puerta del sueño todo quedaba en penumbras y ella sola tenía que salir del limbo, trepar el agujero en el colchón para reincorporarse a la otra vida, algo que podía tomarse un largo tiempo. Y así fueron todas las anteriores.

A su manera, una posesión demoníaca al final del día.

 

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ILUSTRACIÓN: Lúdico.

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