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No sabemos, por supuesto, quién levantó la primera pared, ni cuándo. Tenemos claro que son inherentes a las ciudades, pero ignoramos cuál fue la primera “polis”.

Si nos guiamos por la Biblia resulta que el mismísimo Caín, durante o quizá después de su vagabundeo por el mundo, fundó la primera ciudad, llamada Enoch. La fecha: a mediados del primer milenio luego del nacimiento de Adán (padre de Caín).

Con no más de 4.000 años, pues, Enoch palidece frente a los 11 mil años que le atribuyen los arqueólogos al asentamiento más antiguo todavía habitado: Jericó, en Palestina, famoso por las murallas que una vez la rodeaban e hicieron inexpugnable. Cuenta el libro homónimo que Josué las derribó con trompetas (y, claro, un buen empujón divino) poco más de un milenio antes de Cristo.

En Jerusalén hay un famoso muro: el de las Lamentaciones. Esta pared es lo que queda del Segundo Templo de Salomón, destruido por los romanos en 70 dC. Según el Talmud al caer el recinto sagrado se cerraron las puertas del cielo, menos ésta, llamada la “Puerta de las Lágrimas”. De modo que una pared, al menos metafóricamente, puede ser una entrada también.

Las paredes como bordes

Al hablar de muros, por supuesto, salta a la ¿vista? la Gran Muralla China. Con al menos 2.200 años de antigüedad, no hay sin embargo consenso sobre su longitud y las estimaciones van desde 2.400 hasta 7.300 kilómetros no continuos, lo cual equivale –sorprendentemente– a entre 20 y 60% del diámetro ecuatorial de la Tierra. Cuenta la leyenda que su primer constructor, el emperador Shih Huang Ti, quiso recomenzar la historia: ordenó que se quemaran todos los libros y documentos existentes. Curioso: nuevos registros y una pared para comenzar la historia, en medio de muchas cenizas.

La muralla china desde la atmósfera (no el espacio exterior). Foto de la NASA.

No es cierta la leyenda urbana de que la Gran Muralla es la única estructura hecha por el ser humano que puede verse desde la Luna. Cierto que se distingue a alturas atmosféricas, pero trabajosamente y con ayuda de instrumentos. 

Aunque puerta a Europa o Asia, según vaya uno, Constantinopla (actual Estambul, Turquía) también conoció una pared fabulosa.

En realidad, fueron tres muros concéntricos que finalizó Teodocio II en 447 dC, luego de treinta años de construcción. Isaac Asimov lo reporta en su Libro de los datos: la más externa estaba antecedida por un foso de casi ocho metros de profundidad, la interna tenía una altura de 21 metros. Ejercitos completos se deshicieron en esos interesticios, hasta que en 1470 los cañones lograron perforarlo y cayó una hegemonía mural que marcó fronteras aún vigentes.

También son notables los muros en terrazas de Machu Picchu, considerados perfectos aunque no tengan argamasa, adheridos por una fuerza gravitatoria muy equilibrada. Un manejo sobrehumano de dos magnitudes: peso y volumen.

Izquierda: Ruinas de Jericó, en Palestina. Derecha: Muro de Macchu Pichu.

Paredes para entrar

Hay una extraña alusión en El lobo Estepario de Herman Hesse. El protagonista Harry Haller transita una calle y observa un muro y una puerta. Al lado el letrero “Teatro de los locos”. La ignora. Otro día se topa con la misma entrada y rótulo, pero en otro callejón. No le otorga mayor importancia. Al tiempo, recuerda el letrero y le da curiosidad. Vuelve a la misma locación pero ya no está la puerta, sólo la pared, lisa, sin señales de tal entrada. Igual ocurre en las otros escenarios de ocurrencia.

Años después, Harry halla sin esperarlo el famoso teatro y esta vez no pierde la oportunidad de entrar en un mundo de genios y locos. En realidad la genialidad de Hesse y la del propio Harry. Recuerdo un gran corredor también rodeado de puertas, detrás de las cuales se escondían mundos extravagantes, maravillosos e incluso peligrosos. Una puerta tenía el letrero:

En decenas de novelas y películas hay murallas en las que empujando uno o varios ladrillos se abre la pared o parte de ella. En las de momias egipcias, en casi todas las de detectives clásicos, en la hacienda de El Zorro y, por supuesto, en la Baticueva.

A veces es una piedra que funje de botón u otro objeto: espadas en una panoplia, la cabeza de una estatua o la cuerda que sujeta una bandera. El efecto más teatral se logra cuando la pared se desliza hacia un lado, generalmente con una biblioteca a cuesta.

En un famoso cuento de las Noches de Arabia, Alí Babá entra a una galería secreta por una puerta de piedra que solo abre al invocar un nombre (“¡Äbrete Sésamo!” dice la cultura popular). Un ejemplo clásico de login y password medievales. Ya develada la contraseña ¿cuál es el login? Pues la voz del Alí Babay concluimos que era un sistema biométrico (chiste geek).

Un ejemplo más cotidiano de “pared para entrar” es el Muro de Facebook. La red social llama a la página particular que cada quien tiene el “Muro” (Wall en inglés). Allí mostramos los post y recibimos estímulos de amigos y suscritores. Una pared para dejar mensajes, como grafitis.

Y para no entrar (o salir)

Claro, las paredes y muros se usan principalmente para separar, para aislar. Un caso famoso e infame fue el Muro de Berlín. Hecho para evitar que los ciudadanos del lado comunista de la ciudad se fugaran al lado “federal”, fue paradójicamente el punto focal de miles de escapes, algunos espectaculares. El principal autor de La pared, Roger Waters, tocó estos temas en Berlín, casi diez años después, cuando derribaron el Muro en el preludio de la reunificación alemana. Es famosa la frase de Ronald Regan, en la mismísima Puerta de Brandenburgo: “¡Mr Gorbachov, tumbe ese muro!”

Y, demolido el de Berlín, se han seguido construyendo. Se ha criticado mucho una muralla que Israel quiere colocar en una de sus fronteras con los territorios palestinos. Ni qué decir de la pretendida pared que evitaría entradas ilegales en ciertos puntos de la frontera EUA-México. Donald Trump ha levantado, no el  muro, pero sí el tema de nuevo en la opinión pública.

Entre Cuba y la península de Guantánamo hay un muro al que se refiere el Coronel Jessep (Jack Nicholson) en la película A few good men. Le reprocha a un joven abogado que lo quiere imputar: “Ustedes me necesitan en aquella maldita pared”. Una vez más, la pared como contención, como dique.

En la novela Lapas del escritor venezolano Doménico Chiappe, a una Caracas futurista y colapsada la cruza un gran muro que separa a la clase social depauperada del resto.

Prolijo en estados alterados, La pared (1979) es un exitoso álbum del grupo Pink Floyd, que canta a la alienación humana y la creación -para protegernos- de mundos internos, a veces benignos, a veces infernales. Luego de años de filtraciones, el protagonista logra encerrarse del todo en su propia marisma.

De La Pared, la canción: “Another Brick in the Wall”, con letra en inglés:

Frases sobre paredes

 • Si no arreglas una grieta, construirás una pared. Proverbio Swahili

• Aún el paraíso podría convertirse en prisión si uno tuviera el tiempo para notar las paredes.  Morgan Rhodes

• La oscuridad nos envuelve a todos, pero mientras el sabio tropieza en alguna pared, el ignorante permanece tranquilo en el centro de la estancia. Anatole France

• Una plaza muy grande y no un muro. Ésa es la separación entre el cielo y el infierno. Del autor

Puertas según búsqueda en Google Images (1)

Laberintos

Un ir hacia adelante y nunca llegar a donde creemos o queremos. Perder el norte y los demás puntos cardinales. No hay violencia, no hay amenaza, solamente se avanza hacia ninguna parte. Eso es un laberinto.

La estructura de un laberinto incluye paredes, un largo camino que toma arbitrarias direcciones con el objetivo específico de confundirnos.

Cuenta la leyenda que Teseo entró al laberinto de Creta para matar al monstruo Minotauro. Su enamorada Ariadna le dio un ovillo para que dejara un camino de hilo que lo trajera de vuelta. De otra manera no hubiera encontrado salida.

Dédalo había construido ese laberinto años antes y fue condenado a perderse en él. Junto a su hijo Ícaro escapó volando con las célebres alas unidas con cera.

En El Nombre de la Rosa de Umberto Eco, el secreto de los asesinatos está en la biblioteca del siglo XIV, un laberinto compuesto por miles de estantes y libros incluso no visitados en años. Son paredes tapizadas de códices y textos previos a la invención de la imprenta. Las paredes no se pueden atravesar ,de modo que hay que seguir hacia adelante o hacia atrás. Guillermo de Basquerville, el detective medieval de la novela, recuerda que es muy difícil -casi imposible- salir de un laberinto sin ayuda externa. Para él, no hay laberintos sin matemáticas.

Hay un cuento de JL Borges, sobre un poderoso rey que invita a otro, menos fastuoso, a su palacio y, para jugarle una broma, lo suelta en un laberinto oscuro y pétreo del cual sale mucho tiempo después, sometido a la humillación de toda la corte.

Pasan los años y este rey nómada conquista al primero. Lo lleva prisionero a las tierras del sur. A caballo, atado de manos, lo conduce al centro del desierto y lo suelta. “Ahora”, le dice, “estás en mi laberinto”.

Uno sin paredes, el más terrible porque su matemática es el conjunto vacío… Más sobre laberintos

Agujeros verticales con hojas oscilantes: vaya forma rebuscada de decir “puertas”.

Me gusta. La puerta permite o impide el acceso al “próximo” ambiente. Tiene el poder de transformar la pared: de un muro sólido a parte del camino. Una canción mexicana dice: “Adelante quien esté tocando las puertas del alma”. Cuando uno quiere invitar a participar o a zanjar diferencias señala que “las puertas están abiertas”.

Los Beatles son sugestivos con las puertas en sus canciones: “Los tontos se extrañan de porqué no entran por mi puerta” (Fixing a hole) o “El largo y tortuoso camino que conduce a tu puerta nunca desaparecerá” (The long and winding road). Bod Dylan escribió Open the Door Homer, canción dedicada a un amigo muerto cuyo apodo era Homer. En una estrofa le dice a Homer(o) que abra la puerta y salga. Muchos escritores y poetas han tipificado la muerte como el otro lado de una puerta.

Y la cultura popular está llena de alusiones a puertas: “El último, que cierre la puerta”. “Una puerta se cierra y otras se abren”. “Darte con la puerta en la cara”. Y ni qué decir de esa caricatura de Quino en la que un malhumorado jefe cuelga en el vestíbulo de su oficina un cartel por demás paradójico.

Frases con puertas

Sueltas, pero muy pertinentes para “abrir” el entendimiento:

• El sueño es la pequeña puerta escondida en el más profundo y más íntimo santuario del alma. Carl Jung

• El hombre encuentra a Dios detrás de cada puerta que la ciencia logra abrir. Albert Einstein

Se me abre una puerta, entro y me hallo con cien puertas cerradas. Antonio Porchia

• Si cierras la puerta a todos los errores, dejarás afuera a la verdad. Rabindranah Tagore

• Sólo cerrando las puertas detrás de uno se abren ventanas hacia el porvenir. Françoise Sagan

• Creen que no pasará nada porque cerraron la puerta. Maurice Maeterlinck

• La puerta mejor cerrada es aquélla que puede dejarse abierta. Proverbio Chino

• La puerta de la felicidad se abre hacia dentro, hay que retirarse un poco para abrirla: si uno la empuja, la cierra cada vez más. Sören Kierkegaard

Y de mis Rendijas:

• Siempre hay que dejar una puerta entrecerrada.

• El descuido de la gente suele abrir una puerta de escape para no pasar vergüenza.

• Las puertas de la percepción son apenas una antesala.

¿Se revertirá alguna vez la tendencia? ¿La de levantar más muros que puentes? ¿O de que haya puertas pero no las abramos o la de ponerle nosotros mismos las puertas, sin abrirlas?

Este cuento de Franz Kafka llamado “Ante la ley” lo representa magistralmente:

Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.

-Tal vez -dice el centinela- pero no por ahora.

La puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice:

-Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera.

El campesino no había previsto estas dificultades; la Ley debería ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba negra de tártaro, rala y negra, decide que le conviene más esperar. El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un costado de la puerta.

Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente siempre le repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice:

-Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo.

(…) Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián se ve obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del campesino.

-¿Qué quieres saber ahora? -pregunta el guardián-. Eres insaciable.

-Todos se esfuerzan por llegar a la Ley -dice el hombre-; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?

El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora:

-Nadie podía pretenderlo porque esta puerta era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.

Hacer un comentarios sobre ese cuento sería arruinar su efecto. Prefiero obsequiarles este proverbio japonés: “Hay una puerta por la que pueden entrar la buena o la mala fortuna, pero tú tienes la llave”.

Jim Morrison confesó haber llamado The Doors (Las Puertas) al famoso grupo, inspirado en el libro de Aldoux Huxley, Las puertas de la percepción. Huxley lo basó en sus experiencias con mescalina, un derivado del peyote, usado por indígenas mexicanos en viajes psicotrópicos. Y por Huxley y por Morrison.

Al final el protagonista de La pared logra derribarla y -creemos- liberarse de sí mismo y del afuera. El héroe en El lobo estepario se queda del otro lado de la pared, en un mundo que ya este lado no comprende.

Más sobre puertas famosas

Las Puertas del Cielo en Florencia. Foto: FNN.

LAS PUERTAS DEL CIELO. En el Batisterio de San Juan de Florencia (construido en el siglo XI) hay una puerta que bronce que, varios siglos después, Miguel Ángel llamo “Del Cielo”.  Fue construida por Lorenzo Ghiberti y Filippo Brunelleschi a principios del siglo XV y contiene imágenes bíblicas. Tomó más de 20 años construirlas. La visité hace unos años  y las fotos que ven son del álbum de ese viaje.

Hablando de homónimos, hay un cuento de Julio Cortázar llamado Las Puertas del Cielo (otras), que se desarrolla en un bar y que tiene, a mi juicio, una de las mejores líneas finales que yo haya leído en una historia corta.

Puerta del Coral Castle. Foto: Wikipedia.

LA ENTRADA AL CASTILLO DE CORAL. Muy cerca de mi casa en Homestead, Florida, está el Coral Castle, construido por un letón enamorado entre 1923 y 1951. Hoy sigue siendo un misterio. ¿Cómo pudo este hombre excéntrico mover, sin maquinaria pesada y casi solo, 1.100 bloques de coral de 1, 5 metros cuadrados y 50 kg cada uno? Pero lo más increíble es la puerta: un bloque sólido de coral de 9 toneladas con 24 metros de ancho, 28 de alto y 7 de ancho. Lo más impresionante es que ese monstruo se abre con el ligero empujón de un solo dedo.

10 DOWNING STREET. Ésa es la dirección de la residencia del Primer Ministro británico. Discreta, sin ínfulas, sin embargo detrás de esa puerta se han tomado algunas de las decisiones más importantes de la historia contemporánea.

EL PUEBLO DE LA PUERTA. En el estado venezolano de Trujillo hay un población muy acogedora, La Puerta. Aunque fue fundada en 1620 como San Pablo, se le comenzó a llamar por su nombre actual al considerarse la entrada suroeste a la provincia de Venezuela en la época del Virreinato. Alejandro de Humboldt, el explorador que recorrió las regiones equinocciales a principios del siglo XIX, ya la llamaba así para entonces.

LAS PUERTAS DEL INFIERNO. Si hay unas del cielo, pues hay otras del averno sin duda. En Nicaragua está el volcán Masaya, al que le atribuyen esa misión. Y hay muchas más según las tradiciones de múltiples pueblos. La cultura hebrea sitúa una cerca de Jerusalem, los romanos imperiales otra en el sur de Italia. Los griegos la creían en la actual Turquía. Los mayas la ubicaban en una cueva en el actual Belice.

A pesar de lo piadosos y fanáticos que fueron sus moradores, muchos han creído que hay una entrada a la hogar de Satanás en El Escorial de España, por aquello de que fue en un tiempo centro de práctica de alquimia.

En la foto, otra “puerta”, la boca de una fumarola de lava en West Kamokuna. La imagen emula las almas pecadoras siendo absorbidas por el averno, miren bien.

Cuatro películas que terminan con puertas

La puerta es un símil del comienzo o del fin, aunque la imaginación del director de la película pueda jugar con las combinaciones. Me he fijado en cuatro films cuyas escenas finales incluyen una puerta, abierta o cerrada.

Debe haber muchas más, pero estos títulos me gustan en particular. Primero la catedral del cine, El Padrino, de 1972. Su final es de antología. La esposa del nuevo Don Corleone cree por breves minutos que su esposo no es el monstruo que dicen, autor intelectual de decenas de asesinatos. Él le asegura que son mentiras, que luchará por legitimar la familia. La esposa pasa a un salón a preparar dos tragos. Ve a lo lejos como llegan dos capitanes de la mafia y besan el anillo del nuevo capo di tuti capi. Desde adentro un guardaespalda cierra la puerta, suave pero contundentemente.

La última escena de esa película es un rostro anonadado porque sus peores temores han resultado ciertos. La puerta que cruza esa cara es poesía visual que no se olvida más nunca en la vida.

Goodfellas (1990) de Martin Scorsese, otra excelente película de mafiosos, finaliza con el protagonista bajo el Programa de Protección a Testigos, quien entra a su casa lamentando su suerte actual, lejos de la acción. Tras recordar brevemente a su gran amigo Tommy DeVito (Joe Pesci) como todo un pistolero, cierra la puerta de una casa suburbana. Sin pretensiones, esa escena termina con broche de oro una narración cinematográfica portentosa.

Hay una película de animación del estudio Pixar, Monster Inc, que me gusta mucho por sus personajes y su factura. La historia trata la amistad de una niña y un monstruo de gran corazón, Sully. La única forma de comunicar a ambos mundos era con puertas especiales, diríamos multidimensionales. Una vez devuelta la niña a su cuarto, desde donde por accidente había cruzado la frontera, Sully pensó que no vería más a su amiguita. Y resulta que la encuentra una vez más, cuando abre la puerta reconstruida tiempo después, y es saludado por la aguda voz de la niña que lo llamaba “gatito” (kitty).

El Retorno del Rey de la serie de El Señor de los Anillos de Peter Jackson concluye una larga odisea con el hobbit Sam regresando a su comarca, entrando a su casa y cerrando la pequeña puerta. Él mismo le había dicho a su compañero de viaje, antes de emprender el viaje:

Es peligroso, Frodo, cruzar tu puerta. Pones el pie en el camino y, si no vigilas tus pasos, nunca sabes a dónde te pueden llevar.

Las casas de los hobbits son hermosas y están enclavadas en las colinas, como escondidas detrás de murallas naturales.

Esa puerta cerrada parece decir: “He vuelto a mi hogar”. En este caso, luego de salvar al mundo.

Epílogo

Hemos visto que la pared es la infraestructura básica. Horizontal sobre el suelo es un piso y arriba un techo. Pero no hay separación entre el afuera y el adentro que sirva sin caminos entre el afuera y el adentro. Ese camino preeminente es el agujero de la puerta. La ventana misma es una puerta dado que se puede entrar por ella aunque su fin sea otro. Y la puerta, la hoja de madera, metal, etcétera, es el interruptor de separación, paso, expansión y completitud de los espacios. Hasta la computación se basa en pequeñas puertas que frenan o dejan seguir flujos de electrones.

Las paredes y las puertas son parte esencial de la infraestructura del mundo.  Y también de la cultura: las usamos para ilustrar, representar, proveer escenario, contextualizar, dramatizar… tantas cosas además de unir y separar físicamente. Se convierten en metalenguaje.

Vida y muerte se resumen en dos visiones portálicas opuestas: una puerta que se cierra hacia la oscuridad o una que se abre hacia algún tipo de luz. Cada quien vislumbra su fin, pero ambas metáforas resumen poderosamente la cesación o la persistencia.

Imaginé lo siguiente: le abren la puerta a alguien y se acerca al final de la pared de un palacio con miles de pasillos y escaleras. Al final del único corredor que queda, llega a la última puerta que verá en su vida y está cerrada. El reloj indica que faltan tres minutos, dos, uno… cero. No se abre. Y ese alguien sigue ahí frente a la puerta cerrada, con plena lucidez. ¿Qué ocurrió, sigue allí o ya está muerto?

Pasa un tiempo. No sabe si un minuto o un año. Con temor y timidez da media vuelta y contempla.

Las paredes se han desvanecido.

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ILUSTRACIONES: Inicial: Lúdico. Publicado originalmente el 25 de mayo de 2014. Fotos y videos: Dominio público de la WWW.

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