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“Sana sana, colita de rana…”
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“Si puedes curar, cura; si no puedes curar, calma; si no puedes calmar, consuela.”
Augusto Murry

Los organismos vivos tienen la capacidad de autorrepararse, es decir, de corregir fallas, sustituir partes dañadas, recomponer si es necesario un proceso fallido.

El planeta Tierra vivió eones completos de cambios catastróficos, meteoros gigantescos que incluso la hicieron inclinar 7,5 grados respecto al plano solar. Y luego años de océanos y océanos de magma hirviente.

Enfriamiento, asentamiento, desarrollo de una atmósfera, generación de agua, más milenios y milenos hasta que un microorganismo pudo autorreproducirse. La sanación del planeta (a quien muchos consideramos un organismo en sí mismo) de aquellos golpes incendiarios creó más vida, más sistemas autorregulados. Somos hijos de mil procesos de reconstrucción, a pequeña y gran escala.

La naturaleza es capaz de destruir, pero también es una permanente reparadora. Bueno, hasta un punto. Más allá de cierto mantenimiento, Madre Natura sabe cuándo dejar ir.

No hablo aquí de “sanación” como movimiento religioso, sino como un proceso natural y, en última instancia, psíquico individual y grupal. Religioso puede ser, por supuesto, pero no solamente.

Hacia 1550 aE, el imperio egipcio guiaba sus destinos por “designios” divinos, interpretados por sacerdotes y otros intermediarios. Ocurrió allí un milagro de la mente y, vale decir, de la actitud humana: la apuesta de que podíamos ser nosotros mismos quienes curásemos las heridas, no fuerzas misteriosas a las cuales se sacrificaba un desafortunado cordero. El más antiguo “invento” relativo a la salud en la Cronología de los Descubrimientos de Isaac Asimov (1989) es una compilación de remedios diversos de 1550 aEC, algunos mágicos, otros meramente prácticos para combatir las dolencias llamada Papiro de Ebers, por su descubridor.

El componente religioso o místico en la curación es (mi especulación personal) acaso más antiguo que los intentos de crear una medicina práctica. Por eso, muchas recetas del Papiro Ebers son invocaciones mágicas, y otras más utilitarias, recetas que involcuran plantas y su proceso. La medicina es la convicción de que se puede influir en un organismo, proveyendo lo que hace falta para restaurar el sistema y que así sane (con o sin intervención divina).

Otros animales no tienen el beneficio de hospitales o kits medicinales, pero la naturaleza los ha equipado (y a nosotros) para ejecutar funciones de autorreparación. La cola de ciertos batracios que crece luego de cortada. La herida del perro que va regenerando con la saliva… Las células del cuerpo programadas para rehacer tejido dañado y, si no, reconstruirlo, incluso luchando contra enemigos externos, como los gérmenes y virus. También es capaz de alterar funciones corporales (la frecuencia cardíaca, la generación de fluidos, etc) para facilitar la recuperación.

“Sano de mente y cuerpo”

A lo largo de los siglos, los humanos hemos buscado sanación en los dioses, en ceremonias, en objetos sagrados, en mantras, con shamanes, siguiendo ancestrales (y a veces extrañas) rutinas. Desde la meditación hasta la superstición, todo ha valido si es capaz de devolvernos a lo que Wiener (el creador de la cibernetica) llamó “homeostasis”: el punto de equilibrio de un sistema autorregulado.

Recuerdo el famoso modelo de Elisabeth Kübler-Ross, una psiquiatra estadounidense, que estudió la muerte y el duelo humanos. Principalmente estudió a pacientes moribundos. Conocí este trabajo de la forma menos académica, en la película All that jazz (1979) de Bob Fosse, donde la menciona un comediante de cabaret. Básicamente dice: “Hay una dama en Chicago, Dr. Kübler-Ross, así con guión, y esta tipa, sin el beneficio de morir ella misma, ha dividió el proceso de la muerte en cinco etapas: ira, negación, negociación, depresión y aceptación.” Y luego escenifica cada estadio.

Les ofrezco el clip en inglés:

Al principio ira (¿qué es esto; cómo es posible?), rabia pura y simple ante un evento tan disruptivo. Tal indignación desata cuestionamientos que suelen ser cósmicos (la vida, la suerte, Dios). Luego o casi simultáneamente negación, un “no puede ser”, “están equivocados”, “algo debe poder hacerse”. La negación es un mecanismo que transforma lo que queremos en lo que creemos debe ser.

Cuando el duelo ocurre por una muerte metafórica: un rompimiento amoroso, un fracaso u otro golpe emotivo, la negación toma múltiples matices. La mente trabaja sobretiempo para buscar explicaciones que nos sanen de la angustia o de la rabia misma. Aceptamos como un bálsamo teorías o conjeturas que nos rescaten de estados psíquicos alterados. La paz espiritual es un orden mental. La furia es un desequilibrio. Una “verdad” que traiga paz es como una medicina.

La negociación ocurre cuando entablamos un intercambio con nosotros mismos y con entidades externas, usualmente metafísicas, como Dios o los dioses. Prometemos cuidarnos, dejar de consumir tal o cual cosa, ser mejores, todo por unos años más o por la disminución del sufrimiento.

Hay una película legendaria que ofrece un ejemplo de esa negociación: El Séptimo Sello de Igmar Bergman, uno de los mejores films que he visto. Un caballero medieval regresa a una Europa moribunda por la peste, luego de una cruzada fracasada. En una playa se encuentra con la Muerte, que le informa que lo viene a buscar. Antonious Block la reta a jugar ajedrez con la condición de que lo deje vivir mientras dure el juego, y lo libere de su influjo si gana.

Vean la escena en la que se encuentran, subtitulada en inglés:

La depresión es tristeza profunda, paralizante. La convicción es indudable y se siente aquello de “nada qué hacer”. En los duelos metafóricos, la depresión es una etapa muy peligrosa, porque nos desactiva a veces por completo. De Marcel Proust es esta frase: “No se cura un sufrimiento sino a condición de soportarlo plenamente.” Por eso quizá es necesario soportarla intensamente, tan rápido como sea posible, pero sin subterfugios ni autoengaños.

Para Kübler-Ross la fase final es la “aceptación”: un estado de paz, de ocupación en aspectos que se pueden controlar, capaz de cerrar el círculo bajo una comprensión más amplia, a veces realmente cósmica, del sentido de la vida y la muerte. Aquí me permito introducir un concepto: el perdón, sincero, sentido, a la vida, a la muerte, a las fuerzas sobrenaturales, al otro, a los otros…

Buda decía que para triunfar sobre el sufrimiento y la angustia de la vida debemos alcanzar un estado de renuncia, de comprensión espiritual de lo inevitable, y una paz autoprocurada al anular los afanes y el autoengaño. Es decir, aniquilar el yo.

En todo caso, sin aceptación no hay paz, aunque sea corta o relativa. ¿Es esa paz producto final del autoengaño o de una comprensión espiritual profunda, una sincera renuncia de las expectativas que se tenían o un reacomodo de las mismas? Hay gente que prefiere no lograr esa paz, porque no está satisfecha con el cierre del proceso y sigue luchando.

Si el evento no tiene salida, la aceptación podría ser la mejor medicina. Si hay posibilidades, si no todo termina allí, pueden haber aceptaciones parciales que no hagan decrecer la lucha por objetivos mayores o distintos.

A veces, el que no haya paz también funge de catalizador. Pero nada como la paz para la paz misma.

“Cuando una persona se inclina ante el destino, entonces se vuelve tranquila y silenciosa, humilde, pudiendo dejar atrás lo pasado y mirando hacia adelante.” Bert Hellinger

Do re mi

“Quiero hacer una música tan perfecta que se filtre a través del cuerpo y sea capaz de curar cualquier enfermedad.” decía Jimmi Hendrix (y con Hey Joe y otras joyas, lo logra).

La música, en efecto, es un remedio para la tristeza, para la soledad, para la angustia. Algo tienen Mozart y los Beatles, en mi caso, que me cambian el estado de ánimo y me reconcilian con la vida.

Otra cosa que me funciona es tener un plan, un destino. La depresión se mitiga porque siento que estoy ocupado labrándome un nuevo futuro, no en manos de “los dioses”, sino en las mías propias, humanas e imperfectas, pero bajo mi control y libertad (aunque no sea así plenamente), sentirlo da fuerza.

Como Doña Bárbara, que creía fanáticamente en su propio poder o como José Arcadio Buendía, de Cien años de soledad, quien no tenía tiempo de deprimirse por un fracaso porque ya ponía en marcha una nueva locura civilizatoria. Como todo aquel que ha sido capaz de curarse con su propia energía, con su propia vislumbre, con sus propios argumentos.

No hay una sola forma de sanar. Nuestro organismo o nosotros mismos (“Mi mejor farmacia está en mi cabeza”), o nuestros grupos formales o informales de apoyo (familia, amigos, red de tuiteros…), la medicina tradicional o la alternativa. Todo vale para poder recuperar la sonrisa.

Venga de donde venga el remedio, se recupera la paz, el Nirvana, la homeostasis, el balance o la salud si la sanación comienza genuinamente en uno mismo.

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ILUSTRACIÓN: Lúdico
Publicado originalmente el 17 de octubre de 2012.

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