Compartir en:

Mi tatarabuelo materno T. Tolueno cuenta en su “Autobiografía Epistolar” (Edición privada, 1865) que en una travesía por el “gran Océano”, se topó con la isla de San Nocis: un lugar único en el mundo. Su ubicación exacta nunca se menciona. 

Según el tátara en San Nocis ocurría una circunstacia sin par de origen perdido en los ecos del tiempo: la realidad era cambiante de forma frenética, incesante y aleatoria. Dejemos que mi antepasado lo narre.

«

Llegué a San Nocis con viento de sotavento. Dejé mi embarcación fondeada en una bahía calma, a cientos de metros de la orilla. Nada fuera de lo común: una playa tranquila y detrás un bosque subtropical.

Remé en un pequeño bote a la arena y recorrí algunos metros, hasta adentrarme en el bosquecillo. Estaba hambriento y cansado de comer pescado, de modo que busqué frutas o algún mamífero que cazar. Luego de una hora infructuosa miré unos frutos parecidos a la granada, verdes amarillentos, que colgaban a pocos metros del suelo. Tomé uno, lo piqué con mi machete hasta revelar decenas de granos rojos. El olor era agradable. Probé un bocado y el sabor dulce me invitó. Me comí la mitad de un fruto. Seguí adelante.

El bosquecillo no era demasiado tupido y se colaban parchos de cielo. En un área noté una elongada humareda. Había un asentamiento o, quizá, una aldea. Me dirigí a ese cuadrante (noroeste) y, de repente, me sentí mareado, la visión se embriagó y las fuerzas me abandonaban. Un par de minutos después ya no recuerdo más.

Desperté lentamente.

En mis ojos vaporosos apenas penetraban los haces lumínicos. Me costaba moverme. Luego de un rato en ese estado entumecido miré un techo liso, frisado de blanco con mecheros a los lados. “Uf”, pensé, “alguien del pueblo me rescató”. Cerré los ojos, los abrí. Oh, ahora el cobertizo era de troncos, con una claraboya en el centro que me permitía ver el cielo. “¿Será que me dormí y estoy en otro lugar?”.

Con esfuerzo me incorporé, apoyado en los codos para ver la habitación mejor: ahora era de noche, el techo de mármol, con un candelabro, las paredes de cal y un ventanal que daba hacia el sur: el cielo límpido no mostraba ni una nube. Me estrujé los ojos (“Quizá era una fruta de los delirios”, me dije) y al enfocar todo estaba igual. Suspiré aliviado.

Me levanté con un cuerpo muy debilitado. Alguien pareció advertirlo porque escuché pasos fuera del cuarto. Miré hacia arriba y ¡oh! ahora era de cristal esmerilado, con tornasoles en las esquinas y una cúpula retráctil que mostraba un cielo nublado con lluvia y truenos.

─ ¿Enloquecí?

Abrió la puerta una señora robusta, alta, con pelo crespo desordenado, entrecano. Su tez era típica de las islas Kualaia, vecinas lejanas de San Nocis. Hablabla francés, que yo dominaba a medias, aunque su acento era politlántico.

─ Saludos, soy Kramaiiaai, la dueña de la casa. Mi hijo mayor lo encontró desmayado en el bosque y lo trajo ayer. No pensé que despertaría tan rápido, esa fruta que comió se llama Ouaoua y tenía años sin verla aparecer, digo, germinar.

─ Hola, soy T. Tolueno. Creo que esa fruta me hizo delirar porque…

Al levantar mi rostro y mirar de nuevo a Kramaiiaai ya no era oscura, sino muy blanca, pálida, pecosa, con ojos claros.

─ ¿Lo ve? ¡Sigo alucinado! A la que veo no es usted o usted es todas las que se suceden. ¡Estoy loco!

─ No señor T., déjeme explicarle.

Ahora Kramaiiaai era una anciana, el cuarto una bodega con cajas de madera y toneles de vino, oscura y con olor a madera rancia.

─ ¿Estoy muerto y es éste el infierno?

─ Vamos al recibo, para que mi esposo le cuente (ahora Kramaiiaai era una china de unos 80 años, casi sin cabello y un parcho en el ojo derecho; la habitación era un invernadero con paredes y agujeros. Adentro grandes filas de porrones con plantas diversas). Venga.

Essetereuio tenía un porte majestuoso, elegante. De blanca palidez, como un Lord inglés.

─ Siéntese señor T.

Me ofrecieron una taza de un té local, que así informalmente al preguntar a Essetereuio:

─ ¿Usted es un ángel o un demonio?

─ Soy un humano como usted.

─ ¿Y como ella? –dije señalando a  Kramaiiaai, que ahora era una adolescente con la cabeza rapada.

Al voltear hacia mi interlocutor, casi suelto la taza (que ya era medio coco con gelatina púrpura), al verlo transformado en un ebrio con ojeras y pupilas inyectadas.

─ ¡No se asuste! –me dijo- ya le explico. San Nocis es un lugar donde las percepciones son fugaces e inesperadas. Se salen de las mentes.

Espabilé del puro impacto. Señaló una biblioteca. Miré la biblioteca.

─ ¿Lo ve?

─ ¡Oh Dios Santo! Ahora es una muralla con… animales trepadores… insectos. Ahora es…

─ Tiene que calmarse porque la rapidez con que nuestros rostros cambian, así como los escenarios del derredor se deben en buena medida a usted, que es nuevo y está nervioso.

─ ¡Es una ilusión, claro! ¿O locura colectiva?

─ No sabemos cuándo empezó, pero nacimos y crecimos así. Como puede notar, evitamos vernos en el espejo pero no podemos impedir ser vistos. La realidad circundante nos recuerda nuestra propia transformación permanente, sin tregua, sin identidad visual. Solo la personalidad y lo que muchos llaman espíritu mantienen un curso, digamos, humano. Cambiante, pero de evolución lenta. La voz no cambia sino con la edad, como suponemos ocurre en otras tierras.

Durante estas cortas palabras ya había sido un anciano calvo, un galán de teatro, alguien muy parecido al Papa Juan XVII, un bosquimano del Kalajari y un hombre con elefantiasis.

─ Siga por favor –le dije, agotado.

─ Aquí tenemos varias generaciones, nos acostumbramos, nos adaptamos, hemos descubierto que la mente colectiva es la que gobierna el ritmo y la frecuencia de los cambios. En plena paz, las transformaciones se miden en minutos. Cuando hay angustia o paranoia colectiva se suceden en segundos. Por eso somos gente tranquila que promueve la convivencia, la calma, la ponderación. Por necesidad, nos hemos vuelto contemplativos, no muy activos que digamos. No hay ornato público en nuestras calles e incluso hogares, no sabemos el color ni la textura original de nada. Solo la última forma que en pocos minutos ya es otra.

─ ¿Todo cambia, todo se transmuta?

─ Hay cosas que no: el cielo, las nubes, los bosques, el mar. Pero todo lo hecho por el hombre y nuestros propios cuerpos son un carrusel de formas y colores y superficies.

─ ¿Y cómo se relacionan entre ustedes: se casan, tienen hijos, hay maestros y alumnos, jueces?

─ Digamos para simplificar, que podemos detectarle el alma a la gente, por eso a veces convivimos casi en total oscuridad. Y sí, tenemos matrimonios, hijos, hermanos y a todos los reconocemos y no los confundimos, a pesar de que son afroamericanos ahora y nipones cinco minutos después.

Ya más consciente de la cultura sannociana comencé a presenciar los cambios en vivo y directo. Horas antes solo cuando dejaba de ver algo y lo retomaba. Ahora frente a mí ¿cómo decirlo? No era la sustitución cruda y seca de un cuadro por otro, de un rostro por otro, de una cocina, no obstante era instantánea. Y radical, extrema. No podía entender cómo la gente no saltaba ante cambios tan absolutos y a veces grotescos. Más sin embargo, pregunté:

─ ¿Es un caos y sin embargo está tan asentado todo, las calles y las edificaciones?

─ Hay cosas que no cambian (se refería a que no se sucedían brutalmente): el género y la voz de las personas; el hecho de que un vestíbulo cambia a otro vestíbulo y no a un patio; las carretas y coches… hay una especie de consistencia que permite clasificar, pero no recordar, porque el mundo perceptivo de San Nocis no forma patrones discernibles.

En cambio el alma de la gente, su esencia psíquica y emocional, eso sí permanecía incólume y evolucionaba plácida y paulatinamente como en otro cualquier lugar del planeta.

Pasamos buena parte de la noche conversando Kramaiiaai, Essetereuio y yo.

Al día siguiente me sacaron a la calle y acompañaron. Presentáronme más de 20 personas y juro que de sus rostros y cuerpos no recuerdo ni un par.

Si uno es una muchedumbre imaginen 20 o más. No obstante, Como personalidades eran tremendamente estables y continuos. Aunque no había memoria visual ubicaba exitosamente a algunos cuando los mencionaban (“Ah” –recordaba- “el de tal o cual voz-tipología”).

Me calmé, incluso me enamoré de una voz con mil rostros de nombre Reedizze. Su tono, su inteligencia y un instante supremo en el cual me mostró el más hermoso rostro del mundo, bastaron para olvidar esa aparente locura y sumergirme en esa otra: el enamoramiento, que es 100 veces más insólito en San Nocis.

Mi primer beso con Reedizze fue un caos porque de un beldad pasaba a ser un monstruo deforme, eso sí con muchas más escalas intermedias (y humana, siempre humana). Duró semanas, pero nada que las urgencias de dos jóvenes no vencieran finalmente. No debería, pero voy a contarles que el contacto físico no era táctilmente continuo y fluido, sino que las variaciones de superficie podían ser gruesas: de piel tersa a escarchada, de lampiña a peluda. Había que entrenar la mente, la imaginación, para poder ponerse a tono.

La sabiduría popular y el sentido común me llevaron a cerrar los ojos y así pude consumar. El secreto era lograr mantener una imagen elegida lo suficiente para… Entendí o creí entender que la gente no necesitaba hacerlo porque ya estaban condicionadas, era su mundo real y más bien se dedicaban obsesivamente a analizar las cosas que no cambiaban. Yo era un ejemplar rarísimo que vivía según una “estúpida continuidad”.

Un día, obstinado de ser el único con esa convicción, fui a la iglesia-granja-refugio-subterráneo-castillo y un cura-gigoló urbano-bailador flamenco daba una misa.

No pude contenerme y les rogué pensar en una realidad fija, en la estabilidad. Me aplaudieron y sé que los dejé pensando.

El cura me invitó a abandonar el recinto (bajo el argumento de que el mundo consistente, sin cambios arbitrarios en la percepción inmediata, era dominio de la religión), mucha gente me siguió, incluso el cura. Afuera di un discurso que sospecho pasó a formar parte de la historia de la isla. Cada vez más gente se unía.

Esa muchedumbre me impresionó más que nada hasta el momento. Miles de caras que parecían un hormiguero de formas y colores de lo rápido que cambiaban con todas las expresiones y tipologías. Un espectáculo indescriptible.

Escuché decir que lo llaman “retiro a la montaña” pero sencillamente lo que hice fue huir. No podía con aquello y sospeché acertadamente que ellos conmigo tampoco. Mientras tanto me buscaban y veía de lejos un gran desorden: reuniones, discusiones airadas, incluso violentas escaramuzas y cruces de manos. Decidí partir escondido, a pesar del patrullaje de las costas.

Cuando divisé mi barco era un patito de madera gigante o un islote o un montón de escombros. De allí a que se hiciera barco… A punto de deprimirme recordé que ésa era la mera percepción, es decir, la idea mental. En vez del barco aparecía cualquier disparate pero la nave estaba allí, como siempre.

Bajé de la montaña. Había rebelión en San Nocis. La mitad del pueblo estable, el otro cambiante, lo cual creaba enfrentamientos muy cruentos. Alguien me divisó y salieron detrás de mí. Salté al agua y nadé desesperado, por instantes mi exasperación tornó el agua en arena y quedé atascado, pero en pocos minutos ya era distintos tipos de líquido. Mi nave era la de siempre, la abordé y puse las velas en la dirección posible y luego en la correcta. Los sannocianos no conocían la navegación.

Me alejé rápido y ya la isla era una franja en el horizonte. Toda percepción de entonces en adelante recobró su aspecto de siempre. Me dirigí a un archipiélago, que no mencionaré, donde había dejado a mi tripulación de descanso y me había ido solo, por la curiosidad de conocer los alrededores. No mencioné nada de San Nocis, así como a ninguno de mis contemporáneos.

De modo que se enteran por estas memorias. Y me da risa decir “memorias” porque, como saben, se forman de los pensamientos y las percepciones.

Termino este escrito con una leve sonrisa de solo recordar a San Nocis.

»

…………………………………………..
ILUSTRACIONES: Inicial:  Composición con foto de John M. Phillips. Segunda: Lúdico.

Compartir en:

Commentarios de Facebook

Comentarios