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1. Enclavada en los manglares de la zona de Cutler en el sureste de Florida, en el centro descubierto de la Bahía de Biscayne, la mansión del Deering Estate era parte del complejo vacacional de la familia capitaneada por Charles Deering, un industrial de maquinaria agrícola que la construyó en 1922, cuando esa zona recién se convertía en un paraíso invernal para los ricos del norte. Deering era de Chicago.

La llamada Stone House (Casa de Piedra) hace honor a su nombre con concreto, roca caliza y acabados de bronce, a la usanza de un par de castillos que Charles había conocido en España. Los dos pisos del palacio son, actualmente, salas de exposición de muebles y arte antiguos, mientras que los jardines que dan a la bahía abrazan un pequeño atracadero de yates, un bayou al norte y el mar mezclado con agua dulce en línea recta a Las Bahamas.

A su lado hay una casa de campo muy hermosa y grande, la Richmond Cottage, de menor tamaño pero señorial a su manera. Es más antigua que el palacio y fue incorporada a éste por medio de una especie de pasillo exterior. Allí funcionaba la cocina, un gran comedor, así como habitaciones complementarias.

Dados sus salones neogóticos y su aislamiento, muchos seguidores de lo paranormal consideran que la Stone House y su hermana la Richmond Cottage son escenarios de presencias paranormales. No son extraños los tours de acólitos de los fantasmas y las presencias sobrenaturales.

La mansión tiene un sótano, donde se guardaban provisiones y, en un área de archivo se erguía una biblioteca de suelo a techo con abundantes enciclopedias y libros sueltos que resultó ser la fachada de una bóveda de seguridad.

En 1985 la propiedad Deering fue comprada por el Condado de Miami-Dade y se convirtió en un sitio turístico emblemático del sureste. Desde entonces se han reconstruido y museografiado sus salones, combinando el valor histórico con la reconstrucción más razonable de algunos espacios.

2. Ahora bien, la historia que les contaré tuvo su origen en 1945 cuando un huracán atlántico (aún no se le ponían nombres sistemáticamente) visitó el flanco sureste floridiano y golpeó fuerte a Cutler Bay y sus alrededores. Con una costa tan abierta, no fue raro que inundara el sótano de la mansión y destruyera mucha información archivada. En este evento se perdió la combinación de la bóveda detrás de la biblioteca.

Sin esa combinación, la puerta de banco de tres toneladas no podía abrirse por la fuerza. Se contrataron los mejores cerrajeros y abridores de cajas fuertes, pero ninguno logró descifrar la combinación o “hackear” la cerradura. El contenido de la bóveda permaneció desconocido por 40 años más, hasta que en 1985 –luego de ser comprado el Deering Estate por el Condado de Miami-Dade y transformado en parque público- se contrató a un experto abridor de cajas fuertes para dilucidar el secreto que Mr. Deering se había llevado a la tumba: qué contenía la bóveda detrás de la biblioteca.

Luego de gran esfuerzo el abridor de cajas logró descifrar el primer número tras un día de pruebas y a los dos siguientes logró la combinación completa, liberando la pesada puerta y revelando ante los ojos atónitos de un grupo de funcionarios del Condado un celar con 4 mil quinientas botellas de vino. Una vinoteca secreta porque fue concebida y armada en tiempos de la Prohibición en EEUU, el veto por ley del consumo y tenencia de alcohol.

Como Charles Deering la había comenzado a dotar desde 1922 hasta su muerte en 1927, tenía vinos muy exquisitos y costosos. Pues bien, ocurrió que en ese evento de 1985 estuvieron como testigos incidentales dos burócratas que visitaban las instalaciones para otros fines y que por serendipia contemplaron el descubrimiento de tan sorpresivo y fabuloso recinto.

Para no hablar más de la cuenta, les cambiaré los nombres a estos burócratas por Kurt y Samuel. El segundo sugirió al otro hacerse ambos los desentendidos, porque tenía una idea sin igual.

─ Dime qué quieres, cuál es tu ansiedad –inquirió Kurt.

─ Amigo, en un descuido logré copiar la combinación ja ja.

─ ¿Cómo, cuándo?

─ Viste que Rocky [McGiboney, el abridor de la caja] se raspó un dedo y al auxiliarse con una gasa dejó unos minutos el papel con la combinación –ríe- la copié.

─ Pero ¡¿cómo?! Eres un pillo ja ja y qué propones.

Samuel explicó que el trabajo de chequeo de inventario y “assessment” del celar se realizaría tres días después porque se atravesaba un fin de semana y un día de fiesta. Como tenían permiso para entrar cuando quisieran, podían inventar una inspección en la tarde del día siguiente, quedarse hasta la noche, ir al sótano y sacar las botellas más selectas, las más costosas, las más deliciosas… no se había corroborado aún el inventario.

Kurt, que era más temeroso, vio la factibilidad de trabajar solos en la noche, abrir la pesada puerta con la combinación en mano, entrar con linternas y revisar con calma el catálogo septuagenario y no ser demasiado ambiciosos con la cantidad, llevarse una 40 o 50 cada vez por tres días. Calcularon que entre 150 y 200 botellas no despertarían sospechas y les podrían producir una pequeña fortuna, además de muy agradables degustaciones.

Pusieron manos a la obra. Llegaron a los 3pm del día siguiente con la excusa de cotejar ciertos activos contra actas de entrega. A las 8pm, cuando cayó la noche bajaron al sótano y comenzaron la tarea. Para su sorpresa la pesada puerta podía abrirse entre ellos dos, algunos metros suficientes para que pasara uno a la vez.

Adentro iluminaron el espacio y comenzaron a recorrer los estantes contra una lista que a veces no coincidía con las etiquetas. Pero en general sí. Sacaron 28 botellas de una sola vez y repitieron la operación, de modo que el primer día se llevaron casi 60. Éxito.

El segundo día replicaron la operación, se complicaron un poco porque Kurt se golpeó un codo contra el borde de la puerta y le costó mucho más llevar las bolsas. 48 botellas. Samuel, que era más audaz, sin embargo mostró algo de precaución y preguntó a Kurt si se sentía con bríos de volver mañana. Ya sumaban unos $120 mil en vinos robados.

No se sabe si por pura ambición o por temor a que Samuel fuera solo y llevara una carga secreta, lo instó a volver una tercera vez y compensar el bajo resultado del segundo día.

Regresaron (un día antes del inventario oficial) y colocaron en bolsas 72 botellas. Antes de sacar las dos últimas, Samuel propuso un brindis, abriendo una y chocaron las copas por tan fluido plan.

Voló un corcho (que guardaron en la bolsa para no dejar evidencias) y se sirvieron en dos vasos de plástico un delicioso Pinot Noir, muy aromático –cosa que preocupó a Kurt- pero que Samuel descartó como poco posible de permanecer en el aire hasta varias horas más tarde. Brindaron y bebieron un par de vasos cada uno.

3. Al disponerse a salir ocurrió todo. Vieron la pesada bóveda cerrarse con ellos adentro. Aterrorizados la empujaron, nada, trataron de forzarla, nada. Afortunadamente no les faltaba el aire, pero la desesperación llegó rápido. Era 1985, no había celulares.

Se dieron ánimo mutuamente y dedujeron que llegaría, en unas cuantas horas, personal del Condado y que como peor escenario, confesarían su crimen. Se sentaron en el seco suelo e intentaron, sin suerte, conciliar el sueño. Hablaron mucho, hasta que se cansaron y volvieron a intentar descansar cuando escucharon un ruido seco detrás de uno de los estantes.

Ambos se miraron aterrorizados, una de las linternas comenzaba a perder vigor. Dos nuevos  golpes en la pared de un estante, alguien quería llamar su atención desde el otro lado.

─ ¿Quié… quién es?

─ Hola, soy Sigfredo, estoy con Nadia.

─ ¿Quiénes son?

─ Yo soy el catador personal de la familia, quien ayudó a Mr Charles a lograr esa colección que ustedes han visitado.

─ Perdónenos, estamos dispuestos a devolver las botellas.

─ No se preocupen por eso, ya es tarde –apuntó Sigfredo.

─ ¿Tarde? Por favor ayúdennos a salir.

─ No, no podemos –dijo una voz femenina.

─ ¿Usted es Nadia? –inquirió Samuel.

─ Sí, pertenezco al servicio doméstico de la mansión.

─ Lo importante, amigos, es que no se duerman. Mantengan a toda costa la vigilia hasta que los rescaten. Si lo logran nunca más sabrán de nosotros.

─ Si los rescatan –agregó no muy optimistamente Nadia.

Silencio. Samuel y Kurtz los llamaron susurrando, luego gritando. Parecían idos. Entraron en desesperación y esa tensión, que los hizo casi irse de las manos por imprecaciones mutuas, los agotó enormemente. Se sentaron en extremos opuestos del celar, bebieron más y luchando contra el cansancio, se quedaron dormidos.

4. Se abrió la pesada puerta de la bóveda. Samuel y Kurtz se despertaron. Ambos, somnolientos, se miraron como para constatar que no estaban locos y compartieron la experiencia sin hablarse. En vez de funcionarios de Miami-Dade entró un hombre espigado y con atuendo extravagante, detrás de él un grupo heterogéneo de entusiastas de lo paranormal.

─ Éste es el celar de Deering. Como ven es un centro poderoso de captura de espíritus y no solo vinícolas (Risas).

Samuel y Kurtz hicieron las señas de rigor, dieron los gritos de rigor, pero parecieron comprender rápidamente. No eran vistos ni sentidos. En su desesperación, al menos acordaron salir detrás del último visitante. Escucharon con paciencia la perorata de Moogie-X, el guía parasicológico que explicaba con un extraño sensor cómo recibía señales de al menos “dos presencias”.

─ Pero son débiles, probablemente recientes y no tienen fuerza para impactar lo físico.

Kurtz tocó a Samuel en el hombro, para que viera, detrás del público asomado y contra la pared del fondo, un hombre en frac negro de rostro blanquecino, lívido, pómulos pronunciados y ojos encajados en su propia sombra. Era Sigfredo. Al lado Nadia, una mujer que no parpadeaba, con largas pestañas y rostro como metido en sí mismo, labios negros y pómulos azulados.

De forma inesperada e insólita Samuel sintió un borbotón de alegría. Al menos tenían un par de amigos para guiarlos en el “nuevo” mundo (para no decir “el otro”). Se sintió tan efusivo que, en tan comprometidas circunstancias, lo único que se le ocurrió fue un chiste:

─ Ja ja  ¡ah Kurt! Con razón las llaman bebidas espirituosas.

A Kurtz no le dio risa. Samuel sonrió para sus adentros. Y salieron ambos a encontrarse con la pareja que los esperaba.

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Cuadro inicial: Óleo exhibido en la Deering Estate. Foto: FNN.

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